
Ángel de la muerte (selección)
Ciclo. Inédito (1977)
Ulises Varsovia
Ángel de la muerte
Un animal en mi interior anda suelto.
Sus atributos son la furia y la intemperie,
el sigilo de sus actos, los ojos en acecho.
De noche, cuando el sueño vence mis resistencias,
lo escucho merodear su celda, gruñendo,
con el olfato pegado a mi cansada vigilia,
sus músculos dotados de mil saltos contenidos,
tenaz en su ansiedad salvajemente primitiva.
Intrínsecamente obscuro, sangre en su esencia,
he visto su rencor de esclavo desear la muerte,
abrir sus fauces invisibles en mis manos,
y casi alcanzar a herir a la paloma en fuga.
Ella no entiende el rumor del espeso follaje
cuando el ángel de la muerte se aproxima.
Su ser es apenas ser, sin férreos atributos,
apenas la voluntad de continuar viviendo.
Sus alas no conocen aún la selva humana.
Salvaje cazador de las profundidades,
el látigo de un niño restalla en tus instintos
acorralando tu sed, y muriendo en cada golpe.
Mi sueño es tu más amplia libertad acorralada.
Pero quizás quiero abrir tu celda cuando lloro,
y quiero odiar la dulce mansedumbre de tu presa.
Porque no soy la paloma, sino furor y ternura,
el salto de la fiera y las plumas doradas,
un rayo despiadado y mi propia muerte.
Ropas
Pobres las ropas tiradas por el cuarto.
Nadie pensaría que han vagado por las calles
llevando en su interior la conmoción, el espanto,
los ruidos quebrados del viento
cantando desnudo en los bosques lejanos.
He allí sus gestos sobrecogidos,
su crispada tensión, sus pliegues desordenados.
Parece que aún tuvieran temor, o vergüenza,
que quisieran rebelarse contra su aciago destino,
aquel obscuro deseo de ya no seguir siendo.
Amanece en la habitación y están temblando.
Ellas han querido perpetuar la noche
reptando hacia los rincones donde la sombra dura,
y maldijeron al sol y a las aves matutinas,
y se odiaron a sí mismas llenas de botones.
"En verdad, amigas mías, afligidas vestiduras,
también vosotras tenéis derecho a abandonarme.
Sólo mi piel quiere amarme y se adhiere férreamente,
pero entiendo que me acechan las traiciones".
Eso parece que dijo una voz desde el lecho.
Entonces lloraron las ropas diseminadas,
y volvieron a sentir vergüenza, llenas de miedo,
y corrieron asustadas hacia los bolsillos
donde hallaron las manos heladas de un moribundo
aferradas a la tela desesperadamente.
En la miseria
Estos versos han sido escritos en la miseria,
en la profunda soledad donde se sufre tanto.
Han debido vencer el hambre y la vergüenza:
nada de lo que digan debe ser olvidado.
Seréis mi amor más grande que no tuve nunca,
el único regazo que no ha de abandonarme.
Jurad fidelidad al que os concibe en la angustia.
Seguidme hasta la muerte y más allá continuadme.
Trémulas palabras mías convulsionadas,
somos más fuertes en la íntima agonía.
Surgiendo de mi ser, ¡qué regias vuestras alas!
¡Qué orgullo en el dolor de mis frases heridas!
Nadie mire con desprecio estas líneas humildes.
Nadie escuche con piedad su flébil acento.
Fueron escritas con furia y orgullo triste.
Dejad que sobre el papel sigan existiendo.
Ardiente sed
Ámame en la noche tumultuosa venida
desde el corazón abrupto del invierno,
recíbeme en tu ser ahora que la lluvia
persigue sin piedad mis pasos huyendo.
Déjame hablarte esta noche del frío y el llanto,
de la soledad hambrienta cavando en mi vida,
del viento y la lluvia hostil que me buscaban
por las quebradas calles de mi ciudad herida.
Serás de mi ardiente sed de ser amada,
el vino prodigioso obscuro y terrestre,
la guarida donde duerma mi inquietud salvaje,
el conjuro de los sueños terribles que en mí crecen.
Cuánto quise haberte amado entonces, niña,
cuando caía la lluvia y gemía el viento.
Era ceniza la atmósfera de aquellas calles.
Era tan solo mi ser perdido en el desierto…
Pero esta noche has venido y no digas nada,
sólo déjame decirte que estás conmigo y llueve,
y no hay nada como amarte cuando cae la lluvia,
y me buscan por las calles sus fríos besos de nieve.






































