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Despeinado [por J.S. de Montfort]

Enviado por Cinosargo el 11/09/2010 a las 14:00
Cinosargo

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Despeinado


por J.S. de Montfort


Patricia lo estaba haciendo allí mismo, con una resplandeciente impudicia: me estiraba el bañador hacia delante con su mano. Con la otra mano formaba un cuenco y la metía en el agua y la levantaba con mucha lentitud y la volcaba poco a poco muy poco a poco, tan poco a poco que la incertidumbre obligaba a mi cuerpo a manifestarse nervioso, y me llevaba a notar con gran estruendo cada una de las gotas, pues además, las gotitas saladas iban cayendo lentamente muy lentamente, con extraordinaria lentitud, punzantes e imprevistas, y se deslizaban por sobre mi zona genital,  - deshaciéndose - ya calientes por la pantorrilla y alguna alcanzaba el tobillo y el escalofrío entonces era mayúsculo, y tanto más ridículo…

 No estaba fría el agua, pero yo aparentaba que era puro hielo, tanto más por decencia que por sumarme al acto teatral que estaba interpretando Patricia. Y es que además no me obedecía mi cuerpo, y le seguía el capricho a Patricia. Y eso a ella le gustaba, vaya que si le gustaba: le encantaba, la excitaba como a una perra. Y yo me comportaba como un niño, dócil, obediente. Porque, con todo, me parecía una descortesía enfadarme con ella, o negarme. Y perdonen por la expresión anterior, pero es mejor que sea expedito sobre este asunto.

 Temía que iba a ocurrir algo parecido. Siempre lo temo.

Y allí estábamos, con los pies cercados por las marcas progresivas que iban dejando las olas en la arena seca, como dos tontos –o así me sentía yo-, y todo el mundo podía vernos, repito: todo el mundo. Era el litoral, el maldito litoral, propiedad ecuménica, ¡oh, inabarcable litoral mediterráneo!

Se trataba de una cala cobijada por espesos riscos y árboles cabezones (de esos que ponen en los belenes) –pero sólo de un lado-, así que daba la sensación de que uno estaba bajo la protección natural de una sombra, de algún tipo de sombra proyectada por las piedras, la falda de la montaña, o la curvilínea masa tupida y boscosa.

Pero era una cuestión ilusoria, pues me encontraba en el desamparo más absoluto, porque sí, estaban los riscos, estaban los árboles, pero en el vértice de la semicircunferencia se abría despampanante la carretera, con los ciclistas, los peatones, los coches, y un poco más hacia delante las vías del tren, con sus cientos de pasajeros viajando alegremente hacia la Costa Brava: piiiii! piiiiiii!

-Ya vale, ¡para!, le dije- ¡para! Patriiiicia...

Pero es que mi cuerpo cada vez estaba más tenso, y a ello habría que añadirle el agravante de mi desacuerdo (fingido, sí, fingido).

Y en verdad, además, ¡pero claro que había gente! Había pescadores, decenas de pescadores mirando desde las rocas, con sus cañas puntiagudas por las que avanzaba vertiginoso el hilo cada vez que lanzaban el plomo al infinito.

Y había coches, y no sé ruido, gente “eh, que viene gente”.

-Patriciiia, Patricia.

Y le sacudía con la mano en la coronilla de su pelo castaño, pero ella no hacía más que esconder los ojos, y agacharse, y cubrirse con el cabello, y abrazarse a mi espalda con las palmas rectas y viscosas, hacia arriba, hacia el cielo, hacia el infinito: como una medusa, con su piel blanca y eléctrica y fina y pálida y mortal.

-Patriiiiicia.

Y ella no paraba, ¡ni por asomo!, y se reía. Cómo podía reírse en una situación tal… Pero yo era incapaz de hacer nada con mis manos –tampoco mi boca acertaba al articular sonidos que se plegasen a alguna sintaxis conocida-, y simplemente las tenía (las manos) en jarras junto a la cadera, y le decía: “Para, para, para, para, Patricia, para”. Al menos creo que lo decía, o lo pensaba, o lo deseaba, pero no ocurría nada, y Patricia seguía incesante y obstinada.

Y se oía –con gran claridad- el pito de los trenes de larga distancia –mooooock-, blancos y rápidos, zum! que se olvidaban de nosotros sin apenas habernos visto. Pero yo los sentía, en mi espalda, en mis hombros, en mis nalgas; sabía que me podían ver con total claridad, sobre todo, mis nalgas blanquecinas y ridículas, pues se habían perdido mis bermudas rojas, de flores blancas. Me gustan mucho esas bermudas, me gustan tanto…. Y no me hace gracia que Patricia juegue con ellas. Podría romperlas. “Cuidado, Patricia, por favor”. No, mis bermudas, no. Podrías romperlas.

Y lo peor es que a ella no le daba ningún reparo estar allí (claro, ya lo he dicho: estas cosas la excitan como a una perra), ella indócil y persuasiva, sobre todo por sus braguitas negras, - mínimas (sí, mínimas)-. De esas braguitas rectas –y negras-, y que a mí tanto me gustan. Y que marcan… ya saben lo que marcan

Claro que quizá puede que se tratara sólo de aquello: de sus braguitas, de sus braguitas negras que marcan... –mínimas (mínimas braguitas negras, rectas)-.

Escuchaba a mi espalda el ruido, pero no podía moverme, seguía con los brazos en jarras, las bermudas en los tobillos.

Patricia se reía puerilmente, y era capaz de toser sin

-Para, por favor, para –pero se lo decía entre dientes.

Me había engañado (¡me has engañado, Patricia!). “Una playa nudista”. Eso es lo que Patricia había dicho –tal como se confiesan los secretos-. Y yo me imaginé que estaríamos en algún lugar apartado, remoto, inaccesible, íntimo, pero no aquello, no allí: no a la vista de cualquiera.

Dije sí porque (cómo podría negarlo, me excitaba a mí también), y era sábado y me aburría, y hacía calor, y además, pero ¿por qué no podía ponerse Patricia un bañador? (lo hacen todas las chicas –lo hace mi hermana-) Acaso… pero ¡Patricia! Y total me dije: “una vez más, no te hará daño” ¿pero por qué tenía que llevar siempre esas braguitas negras, cortas, rectas, esas braguitas que siempre están diciendo… que marcan…?

Está bien, había sucumbido aquella primera vez, en aquella fiesta –aquí había empezado todo mi delirio-, la escena esa en la piscina (cómo negarlo, era morboso). Bueno, bien, vale, “nadie nos mira”, había dicho ella, “no te preocupes, nadie se enterará”. Pero era del todo obvio que no era así, pues yo los veía pasar, veía pasar a la gente, avergonzada y sigilosa por el borde de la piscina. Habría mucha gente en esa fiesta, ¡cómo no se iban a enterar! Estaba borracho, qué podía importarme, era algo obsceno, me hacía gracia (me hizo gracia aquella vez; no ya luego). Y total, por una vez… Todos los chicos hemos soñado en alguna ocasión con esto, sobre todo si la mujer pasa de los treinta y cinco.

Algunos chicos nos miraban detrás de las cortinas, pero, claro, ella estaba de espaldas, cómo iba a verlos. Y yo me sentía asqueado, pero no podía moverme, nada, no podía hacer nada. Y claro, aunque no hubiera estado de espaldas, Patricia siempre cerraba los ojos, así seguro que nadie la miraba (¿?), pues era ella quien no miraba a nadie, quien no quería ver a nadie, a nadie más que a mí: “tú y sólo tú”, había dicho. Y añadió: “a partir de ahora, y para siempre”. A mí aquello me parecía hallarse más allá de lo razonable, resultaba demasiado concluyente, y atemorizador. Que soy un chaval, carajo, ¡Patricia, déjame, por favor…!

            Era obvio que las cosas ya se estaban saliendo de madre, que el río se estaba desbordando, que todo aquello tenía un límite, que las tierras fértiles se estaban anegando, pero qué podía hacer si mi cuerpo se resistía si mi lenguaje resultaba fútil si mi comprensión era nula si Patricia era un imán insoportable.

Y entonces el golpe súbito de su frente contra mi estómago una y otra vez una y otra vez una y otra vez y su mano seca y cortante –filosa y súbita como el rayo- que hizo trizas la parte lateral de mi bermuda, en un arranque incontenible de violencia, y para rematar, mi cuerpo que, como siempre, ¡eah! se salió con la suya. Y Patricia también, claro, como siempre, como siempre Patricia consiguiendo sus propósitos.

Mierda, Patricia, lo sabía, ¡me has roto las bermudas!

(las bermudas eran un regalo de mi hermana)

Patricia era flaca y huesuda –mucho-. A mí me gusta cuando a las mujeres se les marcan las clavículas (como a los cadáveres), cuando están casi anoréxicas (y pasan de los treinta y cinco). Patricia era así: totalmente así. Y no debería decirlo, pero: me daba dinero, bastante dinero.

Patricia tenía ese raro encanto que a veces asociamos con lo grotesco –pero bello, bellísimo-: el cabello desmadejado, castaño a mechas rubias, la frente grande, los ojos redondos (hipnóticos, de los que dan brincos, como los de los sapos), los pechos pequeños, puntiagudos y erectos. El culo prieto; las piernas largas, largas, finas.

-Te regalaré otras, no te preocupes, no te preocupes por eso ahora. Vámonos –y me subió las bermudas hasta la cintura, ajustándome la goma a la cadera. Y acto seguido me dio una palmadita en la nalga, como hacen los pediatras –o las enfermeras de los pediatras-.

Y luego, inmediatamente después, mientras caminábamos hacia el coche, Patricia hacía una cosa muy asquerosa con las manos sobre su cara (cosa que no pienso contarles), pero que haciéndolo ella resultaba hasta de cierta elegancia (era vulgar el asunto –en grado sumo-, pero aún así, ella lo hacía con tal displicencia que neutralizaba la grosería).

Sacaba sin parar kleenex no sé muy bien de dónde, de un pequeño bolsito creo. No me detuve a cerciorarme, pues estaba preocupado por el lateral rasgado de mis bermudas.

Estaba un poco enfadado (las bermudas eran un regalo de mi hermana).

-Ahora mismo iremos a por ellas –dijo Patricia, pero sonó tan falso como si hubiera dicho que en ese mismo momento fuésemos de camino a los cráteres lunares en lugar de ir en dirección a Tarragona.

-Ayyy –continuó Patricia en un mohín satisfecho, acariciándome la barbilla, como si se me hubiese derramado el líquido de un hipotético vaso del que estuviera bebiendo.

Yo no dije nada.

Y sacó algo de algún sitio un cigarrillo y me lo metió en la boca (uno de esos), sin darme tiempo a decir nada. Lo encendió.

-Fuma, cielo…

Metió el pie hasta dentro del motor –seguro que lo hubo de agujerear, con ese ademán nervioso y profundo- mientras el Volkswagen –ora sumiso ora salvaje- se enfurruñaba con las curvas imprecisas de las carreteras de la costa, a este lado de la las rayas blancas, luego al otro; adelantando inopinadamente a los coches, siguiendo a los trenes, burlándose de ellos, haciendo sonar con estrépito el claxon.

¿Dónde vamos?, pensé, pero no me atreví a decir nada, o quizá es que ya tuviese pastosa la lengua y pocas ganas de comunicarme. Yo no quería ir a Tarragona, ni a Cadaqués, ni a Palamós, ni a Sant Feliu de Guixols, y menos todavía a Lloret de Mar. Que no, yo quería irme a mi casa, y ponerme unos pantalones, como todo chico normal, comme il faut.  Y cenar con mi hermana y luego quedar con alguna chica inocente de veinte años. Como debía ser.

Patricia conducía descalza (siempre conducía descalza). Y yo me sentía estúpido con mis bermudas rotas (regalo de mi hermana), sujetándomelas con las manos para que no quedasen al aire mis vergüenzas, pues la capota estaba quitada y dentro del coche un revuelo loco de aire lo removía todo. Mi razón, mi corazón incluso. Y sin darme cuenta me acabé ese cigarrillo, y todo me parecía divertido ya (de momento).

Yo seguía agarrándome las bermudas como un tonto. Y ella se reía, y yo, qué podía hacer yo… estaba así tan guapa, tan despeinada, con su risa tan vívida, tan insolente, pero tan cándida... con los ojos achicados como los de una niña.

Pero entonces me atreví, y cerré los ojos, como le había visto hacer a ella constantemente.

Su mano eléctrica venció la penosa resistencia de las mías, que se abandonaron al aire salado y cálido, y su mano tentacular y asesina entraba por el lateral de mis bermudas rajadas: rojas de flores blancas. Y mi mente se convirtió en un mapa de carreteras: inmenso y libre.

El coche avanzaba con vibrante languidez por la carretera en tanto que la mano de Patricia jugaba con mi cuerpo, produciéndome dulces cosquillas.

Pensé: sí, al menos sé que sigo vivo, lo noto, lo sufro.

Se redujo la certeza a un momento, duró ese instante exacto en el que mantuve los ojos cerrados, y notaba el aire en la cara, y cómo el aire jugueteaba con mi pelo, y me despeinaba. 

 

 

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