
WITOLD GOMBROWICZ Y EL DEMONISMO
“Wittlin,
en mi opinión, es el demonismo burgués. ¿Puede un burgués ser
demoníaco? Echemos una mirada a su biografía: un muchacho educado en los
buenos principios del siglo pasado, en un clima de cultura, de arte, de
moral cristiana, ternura y delicadeza. Vive de entrada la primera
guerra europea y la vive activamente como voluntario de las Legiones y
después como soldado de la infantería austríaca (...)”
Sin embargo
aquella primera guerra no tenía aún el carácter de cataclismo y a un
burgués le podía parecer que se le abrían las puertas a una vida más
noble y más serena. Más tarde nuestro joven se convierte en maestro,
educador, literato, colaborador de revistas, director de teatro,
traductor de Homero, autor
de los ‘Himnos’, de ‘La sal de la tierra’. Le llega la fama
internacional, es traducido a varios lenguas, una carrera brillante
(...)”
“Esta carrera, que nace del espíritu burgués y es la
afirmación de este espíritu, va acompañada de una descomposición
latente, subterránea. El Wittlin de hoy continúa siendo el mismo
Wittlin, no ha cambiado un ápice, la única diferencia es que hoy está
suspendido en el vacío, ya que la historia ha hecho que la tierra se
hundiera bajo sus pies. Es un burgués a quien se le ha hundido la
burguesía, en eso radica su demonismo (...)”
“Si trasladásemos a
Sienkiewicz a nuestra época, dudo que se sintiera demasiado inquieto.
Sienkiewicz era una naturaleza sana, y las naturalezas sanas no pierden
el ánimo con facilidad. El cambio, Wittlin, el burgués, vino al mundo
con un refinamiento burgués, y fue justamente este refinamiento lo que
le hizo vulnerable a la enfermedad..., y la
enfermedad es una brutalidad que puede servir un burgués que vive en
los algodones de la burguesía”
Gombrowicz escribió
“Transatlántico” en el Banco Polaco, protegido por la mirada bondadosa
de Juliusz Nowinski, el presidente del Banco Polaco. A más de las cosas
que le debieron pasar por la cabeza mientras lo escribía, la más de las
veces cómicas, es seguro que cuando lo terminó y lo mandó a “Kultura”
sabía que por algo así los polacos podían romperle los huesos.
Los
escritores a quienes les había mandado el texto mecanografiado le
advirtieron que había escrito algo peligroso, que a los exiliados
polacos les resultaría insoportable, que era mejor dejar la publicación
para más adelante cuando cambiaran las cosas, y que si a pesar de todo
quería publicarlo ahora debía encomendarse a Dios. Se publicaron unos
fragmentos de “Transatlántico” en “Kultura” acompañados con un prefacio.
“Supongo
que
el libro que tenéis en las manos os parecerá bastante chocante, porque
un espíritu laico y hasta herético ha irrumpido en vuestros sentimientos
religiosos. No pretendo ganarme la gracia de nadie, quiero responder
con desprecio al desprecio con el que me han tratado mis compatriotas y
que sigue amenazándome”. El caldo se estaba poniendo espeso.
Entonces
recurre al ya ilustre Josef Wittlin a ver si le puede escribir un
prólogo que atempere un tanto la tempestad, pues el prefacio que había
escrito para presentar los fragmentos era una nueva provocación. Fueron
los lectores los que colocaron a Gombrowicz en el campo de la seriedad y
del conflicto, sin embargo, “Transatlántico”, tiene también una buena
dosis de infantilismo y de humor.
El prólogo de Wittlin era
elocuente, valiente y sosegado, no obstante, también resaltaba, más que
ninguna otra cosa, el problema polaco de modo que los demás aspectos de
la obra fueron
empalideciendo con el tiempo. “Aparece ‘Transatlántico’ en forma de
libro con el prefacio de Wittlin y el mío. Indignación. Cartas.
Reacciones en pro y en contra. Ahora mi papel ya está claramente
definido (...)”
“Mi segunda entrada en la literatura patria, tras
doce años de silencio, se desarrolla bajo el signo de la rebelión contra
la patria”. En las reflexiones que hace Gombrowicz sobre sus colegas
siempre encuentra un pelo en la leche, nunca deja de mirarles el lado
flaco, ni el divino Schulz se salva de este despioje. A Wittlin, en
cambio, no sólo no lo ataca sino que en los diarios va preparando poco a
poco un panegírico sin fisuras.
Describe algunas características
de su carácter excepcional: un poeta prosista, un santo rebelde, un
clásico vanguardista, un patriota cosmopolita, un activista social
solitario. Es difícil de creer que este dinamitero profesional no le
hubiera encontrado ningún lado flaco al bueno
de Wittlin. “Y la fuerza de toda la rebelión de Wittlin consiste en que
él por nada del mundo quiere rebelarse y, si se rebela, es porque debe
hacerlo (...)”
“Ésta es la razón de que ninguno de nosotros sea tan
consciente como él, y de que las palabras de nadie sean tan capaces,
como lo son las suyas, de conquistar a la gente endurecida por los
prejuicios. Experimenté en mí mismo esa fuerza, ya que el prólogo de
Wittlin a mi libro es una obra maestra llena de una fuerza transparente
que persuade, y de una bondad cargada con el más moderno de los
dinamismos (...)”
“Pero precisamente a causa de ese prólogo me
lanzaría a un ataque contra Wittlin, lo atacaría para que no dijeran que
lo perdono porque me defiende y apoya. ¡Qué mezquinos son mis
sentimientos!”. A pesar de que Gombrowicz tenía prevenciones contra la
gratitud a la que consideraba un sentimiento peligroso, es probable que
en este caso haya representado un
exceso teatral de gratitud.
Wittlin le había escrito el prólogo de
“Transatlántico” en un momento dramático, pero a mí me parece que aquí
hay algo más. Ya en sus primeros cuentos Gombrowicz había sacado
consecuencias tempranas de la idea de intencionalidad, una noción que se
hizo famosa con Husserl. Gombrowicz sabía que el mundo sólo revela al
hombre su significado a través de las intenciones que el hombre tenga
para con él.
La montaña sólo es empinada porque quiero subirla,
el azúcar tarda mucho en disolverse si tengo apuro en tomar el té, los
objetos son pesados sólo cuando quiero levantarlos, y livianos cuando
quiero mantenerlos firmes en medio del viento. En otras palabras, las
cosas sólo tiene relación y significado cuando el hombre se los da. El
elogio que le hace a Wittlin tiene que ver con eso de que la montaña
sólo es empinada porque queremos subirla.
Este asunto lo pone en
claro cuando manifiesta que
debiera atacar a Wittlin para que no digan que lo perdonaba porque lo
defendía y apoyaba. Después de hablar de sus sentimientos mezquinos deja
pasar diez años y vuelve a Wittlin, pero ahora nos está diciendo que
Wittlin fue el escritor que se acercó más al infierno, es decir, empieza
a retirarse del panegírico absoluto que había pergeñado.
Ese
ángel con gorro de dormir bueno como el pan, es como es para no ser su
contrario, su doble perverso, es santo para no ser diabólico, y su fe es
de las que persiguen a Dios como los caballos de una calesita se
persiguen en una carrera sin fin. Una carrera brillante que nace de un
espíritu burgués, el tiempo no lo ha cambiado pero quedó suspendido en
el vacío porque la tierra se hundió bajo sus pies.
Un burgués al que
se le desmoronó su burguesía, de ahí su demonismo. Es un enfermo que
tiene una capacidad especial para vivir con su enfermedad. A través de
su propia enfermedad, a
través de su neurastenia, a través de Hitler, a través de su herencia
judía, alcanzó el corazón de la noche. “Y quedó suspendido sobre el
abismo, ese hombre bueno y modesto, ¡qué espectáculo! (...)”
“Que
quedaran suspendidos sobre el abismo Malraux, Camus, Schulz, Milosz,
Witkacy, Faulkner forma parte del orden natural de las cosas porque
nacieron colgados. Pero cuando sobre el abismo queda suspendido un
hombre bondadoso como Wittlin, el espectáculo puede producir vértigo, e
incluso náuseas”. El hombre aniquilado por la historia puede convertirse
con el tiempo en el creador de su propia historia.
Creador de su
propia historia como ese Jozef Wittlin devenido en infernal por el
derrumbe de la burguesía, un hombre que sigue extrayendo de sí la misma
bondad y el mismo buen juicio, como esas minúsculas arañas que
confiadamente cuelgan de su propio hilo. El conflicto y las
contradicciones no abandonan nunca a
Gombrowicz, tampoco cuando juzga a Wttlin.
Puede ser que en la
naturaleza de los combates que libraba Gombrowicz esté presente el
conflicto sartreano de la lucha de las trascendencias en la que cada
hombre trata de exceder al otro con la suya... puede ser. Al ser vistos
por otra persona, somos esclavos, mirando a la otra persona, somos amos,
este imprevisible reverso de la realidad es la verdadera parte del
diablo.
Sería vano el esfuerzo del hombre para escapar a este
dilema, la esencia de las relaciones humanas no es la de ser-con, sino
el conflicto, y es por esto que el respeto por la libertad de los otros
es una palabra hueca. ¿Pero por qué Gombrowicz habrá querido sobrepasar a
un hombre tan benévolo cómo Wittlin que no mentía ni disimulaba, un
hombre que había sido tan bondadoso con él?
Gombrowicz había
escrito que a Wittlin, nacido y criado en medio de las comodidades
burguesas de una ciudad, se le había desmoronado
el mundo y había quedado colgado del infierno. A Wittlin, nacido y
criado en el campo, y soldado en la guerra, no le gustaron para nada
estas páginas del diario de Gombrowicz. “Cómo soy realmente no lo
sabemos ni usted ni yo. Por mi parte, le confieso que no tengo tiempo de
ocuparme de ello”
Digamos algo también sobre las condiciones
históricas bajo las cuales Gombrowicz escribió “Transatlántico” y que lo
obligaron en un momento determinado, a pesar de que no le gustaba que
otros escribieran sus prefacios, a pedirle auxilio a Wittlin. El fin de
la guerra no supuso una liberación para los polacos, fue tan sólo la
sustitución de los verdugos de Hitler por los verdugos de Stalin.
Si
por su situación geográfica y por su historia Polonia se veía
condenada a estar eternamente desgarrada entonces había que cambiar
algo en los polacos para salvar su humanidad. En la relación de los
polacos con el mundo había algo malo y
alterado, como artista Gombrowicz se sentía un poco responsable de esa
fatídica leyenda polaca con la que había que terminar de una manera u
otra.
A pesar de que estaban encerrados en una maraña de quimeras y
de una fraseología hueca los polacos se hallaban al mismo tiempo muy
cerca de la mismísima realidad cruda, esa realidad que rompe los huesos.
Gombrowicz creía en el poder purificador de la realidad, pero no de una
realidad polaca, sino de una realidad más fundamental, la realidad
humana sencillamente.
El romanticismo, el idealismo, la guerra y
la leyenda polacos le asomaban la nariz debajo de cada página de ese
“Transatlántico”, así que tuvo que cortarles la cabeza a esos demonios
con la risa. El demonismo de Jozef Wittlin era sin embargo bastante más
pacífico que otros demonismos con los que se las tuvo que ver Gombrowicz
a lo largo de toda su vida.
Todos los hombres, según sea el lugar
donde hayan nacido,
empiezan a tener desde muy jóvenes algún sentimiento negativo hacia
alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a
los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los
rusos. Gombrowicz tenía la sensación de que Berlín, igual que lady
Macbeth, se lavaba las manos sin cesar.
El diablo y el mal son
socios desde que Dios creó el mundo, una sociedad que preocupaba mucho a
Gombrowicz. Durante sus paseos por el Tiergarten de Berlín se le
presentaba el diablo en forma de pájaro, la muerte en directo, como un
pájaro que venía a posarse sobre su hombro. “Medite ahora mi situación.
Heme aquí, en Berlín, todo Berlín a mis pies, el centro, del otro lado
el castillo de Bellevue y Wedding y Tempelhof (...)”
“Una ciudad
endemoniada, el bunker de Hitler a cinco cuadras detrás del Tiergarten.
Yo, por mi ventana mas grande veo a la distancia de unas diez cuadras el
Berlín oscuro del proletariado,
de Ulbrich, y poco falta para que viese la frontera polaca que dista
como de Buenos Aires a La Plata. Ya comprenderá mis sentimientos de
cierta intranquilidad”. Hay un aspecto siempre presente en las
apariciones que hace Gombrowicz.
En su vida privada y en su obra
Gombrowicz representa el papel del niño diabólico, un niño diabólico
que atiende tanto los asuntos concernientes al mal como los
concernientes a la diversión. El diabolismo de Gombrowicz, como el de
los niños, más que perverso es divertido. Se pone voluntariamente en una
posición inmadura para que su profundidad dramática no se vuelva
indigerible.
Las tesis y los problemas serios no le importaban
demasiado, si bien se ocupaba de ellos lo hacía como quien no quiere la
cosa, porque en el fondo de su alma era irresponsable. La única
reverencia que hizo Gombrowicz en su vida, se la hizo al dolor, con el
dolor no jugaba. Los otros diablos que aparecen en Gombrowicz son
domésticos, aunque burlones y sarcásticos, tienen buenos modales y se
los puede invitar a tomar el té en casa.
Los pensamientos de
Gombrowicz, como el vuelo de algunos pájaros, se dejan caer desde la
altura para atrapar algo parecido a la verdad, pero él siempre conserva
intacto un talento que había utilizado en su juventud para enredar a los
profesores y más tarde, ya mayor, a los hombres de letras. Las
aventuras del Maligno en la época de Gombrowicz eran tenebrosas.
Un
día, mientras un primo suyo participaba de una sesión de espiritismo, la
copa transmitió un mensaje en ruso: –Te visitaré esta noche. Entendió
que estaba dirigido a él pues nadie de los presentes sabía ruso ni había
estado en contacto con ellos; el primo de Gombrowicz, en cambio, había
pasado por las armas a más de uno en los combates contra los
bolcheviques en el año 1920.
Volvió a casa y se acostó; en medio
de la noche se despertó y sintió
que alguien estaba acostado a su lado. Tocó el cuerpo que estaba frío
como el hielo, como un cadáver. Saltó de la cama y huyó a la calle.
Gombrowicz empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para
un incrédulo. Pero la presencia del mal convertía su ser en una
existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo.
Le
resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en asuntos en los
que la falta de datos tenía el mismo significado que su exceso de
abundancia. No hay obra de Gombrowicz ni corta ni larga, ni temprana ni
tardía, en la que no se sienta la presencia del Maligno. Desde “El
bailarín del abogado Kraykowski” hasta “Opereta” el diablo se pasea
mostrándonos la cola.
El primer encuentro con la Bestia lo tuvo
en la casa de campo de su hermano Janusz, a los diecinueve años. Lo
había invadido un sentimiento de que algo no iba como debía, sintió la
necesidad de justificarse de alguna manera,
así que empezó a escribir una novela sobre el personaje de un contable.
Una tarde se animó y les leyó un fragmento al hermano y a la cuñada que
habían ido a visitarlo.
Janusz exclamó que era un horror, que tenía
que tirarlo porque daba asco, que en el futuro se ocupara de otra cosa,
mientras la cuñada suspiraba que era una pena que no se hubiera
dedicado a la caza. Gombrowicz quemó la obra, esta primera prueba le
indicaba que en la soledad de esa casa empezaban a manifestarse las
ponzoñas que lo atormentaban desde hacía tiempo.
Poco tiempo
después de esa visita familiar se produjo un acontecimiento extraño que
tuvo una influencia considerable en su vida psíquica. Una noche se
despertó y sintió un peso sobre los pies, movió las piernas, algo gruñó y
se alejó, pero no pudo ver lo que era porque era de noche. Lo invadió
una terrible sospecha, la casi certeza de que no había sido el perro de
la casa sino un ser cien veces
más horroroso el que se había acostado a sus pies.
Esa idea lo
atormentó varias noches, finalmente recordó algo que le había sucedido
cuando era niño. El obispo de Sandomierz había ido a visitar a los
padres y les confesó que una noche, mientras estaba en la cama, se le
había aparecido el Maligno. Cuando ya dormía sintió un peso sobre los
pies, movió las piernas para sacárselo de encima y algo increíblemente
pesado cayó emitiendo un ruido metálico.
No era un perro, era un
pequeño hombrecito de cincuenta centímetros que parecía estar hecho de
metal. Pronunció una oración para ahuyentarlo, la criatura emitió un
alarido y se escondió debajo del armario. Cuando el obispo constató más
tarde que el suelo había quedado completamente quemado huyó de la casa
atravesando el campo y pasó toda la noche bajo las estrellas a pesar de
que nevaba.
Estos episodios asociados produjeron en Gombrowicz
consecuencias importantes
que justifican la presencia del diablo en toda su obra, en la dramática
y en la más risueña “Los días vividos a la sombra de aquellos terribles
enigmas me introdujeron en regiones espirituales hasta entonces
desconocidas para mí y que no hubiera alcanzado con facilidad por
caminos normales (...)”
“Me pusieron en contacto con el Misterio,
con la máscara, me revelaron el poder de los significados ocultos, me
arrancaron de la rutina de lo cotidiano para precipitarme en el pathos,
en el drama de nuestra verdadera situación en el mundo. Esos
descubrimientos casi oníricos me mostraron un lenguaje sibilino y
poderoso, al que luego recurrí con gran frecuencia en mis obras
literarias posteriores”
La relación que Gombrowicz tenía con los
sentimientos lo predispuso desde joven a realizar experimentos, también
con la naturaleza. En Mar del Plata estaba más solo que en Necochea y en
consecuencia se le despertaba una propensión a
realizar experimentos más endemoniados. Las lluvias, la agitación y el
ruido de las hojas de los árboles lo obligaban a encerrarse en casa y
también en sí mismo.
De esos experimentos nocturnos que hacía
resultaba el miedo, tenía miedo que se le apareciera algo. “Algo
anormal..., ya que mi monstruosidad va creciendo, mis relaciones con la
naturaleza son malas, flojas, y este aflojamiento me hace vulnerable a
todo. No me refiero al diablo, sino a cualquier cosa... No sé si me
explico. Si la mesa dejara de ser una mesa transformándose en... No
necesariamente en algo diabólico (...)”
“El diablo es sólo una de
las posibilidades, fuera de la naturaleza está el infinito... La casa
crujía, los postigos golpeaban. Quise encender la luz: imposible, los
cables estaban cortados. Un aguacero. Me quedé sentado a oscuras en
medio de los resplandores. Me levanté, di unos pasos por la habitación y
de pronto extendí la mano, no sé por
qué, quizás porque tenía miedo (...)”
“Entonces cesó el
temporal. La lluvia, el viento, los truenos, el fulgor: todo acabó.
Silencio. Entiéndase bien: la tempestad no se extinguió de un modo
natural, sino que fue interrumpida. Yo, por supuesto, no estaba tan loco
como para creer que fuera mi gesto lo que había detenido la tempestad.
Pero –por curiosidad– volví a extender la mano en aquella habitación
envuelta ahora en las tinieblas (...)”
“¿Y qué?: viento, lluvia,
truenos, ¡todo empezó de nuevo! No me atreví a extender la mano por
tercera vez, y mi mano ha quedado hasta hoy ‘sin extender’, manchada por
esta vergüenza. Al fin y al cabo, lo que sé de mi naturaleza y de la
naturaleza del mundo es incompleto, es como si no supiera nada”
Gombrowicz
se había propuesto escribir un novela mala, inspirada en un proyecto
que había concebido a contramano, un proyecto que a primera vista
parecía fácil de
realizar: entregarse a la masa, rebajarse, convertirse en un ser
inferior, una idea que más tarde le sirvió para enunciar un postulado
según el cual en la cultura no sólo el inferior debe ser creado por el
superior, sino también a la inversa.
El proyecto no terminó bien,
era una tarea gigantesca y peligrosa, diez años después se dio cuenta
que había estado jugando con fuego, algo enfermizo que llegó a sus manos
le hizo tomar conciencia. Un joven llegó a su casa con un manuscrito
bajo el brazo pidiéndole que lo leyera, que la obra tenía un gran
impulso erótico para excitar a los lectores. De verdad resultó un libro
erótico y sucio que se complacía en la porquería, era malo y barato.
Leyendo
ese manuscrito Gombrowicz recordó su propia novela en la que buscaba
entregarse a la masa, olvidada hacía tiempo. Unos días después de que el
autor del manuscrito llegara a la casa de Gombrowicz se pegó un tiro en
la sien. La causa
del suicidio no había sido la novela, pero esa obra era la expresión de
un estado de ánimo que condujo al joven a la catástrofe.
Diez años
atrás, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi
despreocupado, Gombrowicz no había estado lejos él mismo de tomar una
decisión parecida, debía estar muy desesperado. La obra maestra a la que
Gombrowicz le había puesto el punto final resultó ser una mezcla
asquerosa del vivir plenamente la vida en la sensualidad y la
brutalidad.
Una historia no menos sórdida y excitante que la del
joven malogrado. Una señora amiga la leyó y le sugirió que la
destruyera; Gombrowicz le hizo caso, arrojó el original y las copias en
la nieve y les prendió fuego durante aquel otro encuentro que Gombrowicz
había tenido con el diablo.
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