
WITOLD GOMBROWICZ, BEETHOVEN Y LA MANO
“En
cuanto a Beethoven, también yo estoy un poco harto de esas sinfonías,
su orquesta no es capaz de absorberme y acosarme del todo; pero sus
cuartetos del último período, cuyo lenguaje es difícil, esos sonidos que
rozan el límite y hasta lo sobrepasan... ¡Oh, décimo cuarto cuarteto!
Si te escucho con tanta emoción, es probablemente porque abundas tanto
en gozos sensuales de la forma como en violencia ejercida sobre esta
forma (...)”
“Abundas en nombre de, iba a decir en nombre del
Espíritu, pero diré en nombre del creador. Porque mientras los cuatro
instrumentos del décimo cuarto, cumbre y corona de todos los cuartetos,
cantando al unísono, a cada instante alcanza las más embriagadoras
armonías y se
retuercen en modulaciones voluptuosas, al mismo tiempo, a cada
instante, una mano severa y hasta brutal y despiadada viola este deleite
(...)”
“Te obliga a saltos repentinos y a una dura economía de
la expresión, vuelta hacia la esfera de la metafísica, ascética,
extendida entre los registros más altos y más bajos, que aspira a una
realización más elevada y más lejana. De pronto todo ha callado. El
disco se ha acabado. Punto. Tengo necesidad de un café. Tomaba café,
comía unos croissants. Y algo más (...)”
“Cuando el mozo se acercó
para preguntar qué deseaba, su mano pendía, silenciosa, escondida,
secreta, y desocupada, hasta que, sin saber en qué pensar, pensé en un
arbusto que había estado observando un día en no sé qué estación, desde
la ventanilla de un tren. Esa mano me asaltó de repente en el silencio
que se interpuso entre nosotros... Final. Punto”
En un mismo
pasaje de los diarios Gombrowicz
manifiesta la importancia que le da a Beethoven y a las manos. “Maneras
de escuchar los cuartetos de Beethoven. A veces trato de relacionarlos
con una edad diferente e incluso con el otro sexo. Intento imaginarme
que el do sostenido menor fue compuesto por un niño de diez años o por
una mujer. También trato de escuchar el cuarto como si estuviera
compuesto después del décimo tercero (...)”
“Para adquirir una
relación personal con cada uno de los instrumentos, me imagino que soy
el primer violín, que Quilomboflor toca la viola, que Goma sostiene el
violoncelo y Beduino el segundo violín”. Como expresión del hombre
Gombrowicz le reservó siempre un lugar especial a la música y a los
sueños. La música rehumaniza la descomposición formal con mayor fuerza
que la literatura.
Es por eso que su efecto es más poderoso que
el del resto de las artes. La crítica a la música que realiza Gombrowicz
se refiere más bien a sus
manifestaciones sociales, a la mistificación y a la falsedad que rodean
a las representaciones en los teatros de ópera y de conciertos, al
valor derivado e inauténtico de los ejecutantes y de los directores, y
no a la música misma.
Después de su ocupación habitual que era la
literatura, las pasiones predominantes de Gombrowicz eran la filosofía y
la música. Poco después de despacharlo a Milosz en las primeras páginas
del “Diario” se ocupa de un concierto en el Teatro Colón, es el primer
escenario de la Argentina que aparece en los diarios. Un pianista alemán
galopaba acompañado por la orquesta.
Termina de galopar, lo
aplauden y el jinete baja del caballo, hace reverencias secándose la
frente con un pañuelo. “A la vista de tantos solícitos homenajes podía
parecer que no habría una mayor diferencia entre su fama y la de
Beethoven, su nombre también estaba en los labios de todos y era un
artista igual que él... Y sin
embargo... sin embargo... ¿era famoso como Beethoven o como las hojitas
de afeitar de Gillet? (...)”
“¡Qué diferente es la fama por la que
se paga de la fama con la que se gana! Pero él era demasiado débil para
oponerse al mecanismo que lo ensalzaba, no había que esperar resistencia
de su parte. Bailaba al son que le tocaban. Y tocaba para el baile de
quienes bailaban a su alrededor”. Las características sociales de la
música tienen representaciones que se manifiestan en grandes cantidades.
Cantidades
de orquestas, salas, virtuosos, viajes, academias, festivales,
concursos, técnicos, teóricos, ingenieros, creadores y críticos, se
cuentan de a miles. El escándalo causado por la cantidad no sólo alcanza
a los virtuosos y a las orquestas de conciertos sino también a sus
mismísimos creadores. Durante muchos años Gombrowicz había perdido el
contacto con la música.
Con anterioridad a la compra del Ken Brown,
un
reproductor de discos, nuestras conversaciones con él poco tenían que
ver con la músi-ca misma: el concierto para piano que dio en
Sal-sipuedes en el que aporreó las teclas, a pesar de que no sabía
distinguir una negra de una corchea; los auxilios financieros del
inolvidable Karol Szymanowski, el príncipe de los putos, según declaraba
con entonación, y poca cosa más.
Pero Gombrowicz anda-ba a la
búsqueda de algo más duradero, unos nuevos temas para su “Diario”, ya
que lo que había escrito sobre la música hasta ese entonces se re-fería
más bien a sus manifestaciones sociales, a la mistificación y a la
falsedad que rodean a las representaciones en los teatros de ópe-ra y de
conciertos, al valor derivado e inauténtico de los ejecutantes y
directores, y no a la música misma.
La pieza de Venezuela era muy
antigua y tenía suministro de corriente continua, así que cuando
Gom-browicz enchufó el Ken Brown por primera vez, un
aparato de corriente alternada, la pick-up le explo-tó en las manos.
Llegó a adquirir una gran facilidad para referirse a los aspectos
técnicos de la música, un conocimiento apócrifo que utilizaba para
lucirse e incomodar a los demás.
Mientras el público escuchaba
con atención un concierto en la Facultad de Derecho, Gombrowicz sacó un
gotero del bolsillo, lo ascendió cuan-to pudo con el brazo bien
extendido y empezó a descolgarse gotas en la nariz desde lo alto,
haciendo todos los aspavientos posibles para llamar la atención. Cuando
terminó el concierto fuimos a ver al direc-tor polaco, Stanislaw
Skrowaczewski.
Habló un rato con el director incomodado por el
placer doloroso de la confrontación, acordaron un encuentro para el día
siguien-te y nos fuimos. Después de un tiempo le pregunté a Gombrowicz
qué le había pare-cido nuestra orquesta al maestro polaco: –Vea, no
quiero desanimarlo, me dijo que tiene el nivel, más o
menos, de las bandas de música que tocan en las plazas de Varsovia.
Los
cuartetos de Beethoven eran para Gombrowicz la cumbre prodigiosa de la
música, y la música, el efecto más poderoso y penetrante con el que las
bellas artes alcanzan el alma. A parte del placer que le producía,
Gombrowicz encontraba en los cuartetos una estructura espiritual que se
correspondía profundamente con el arte de composición literaria a la que
ponía en práctica en todas sus obras.
En la variedad de temas que
Gombrowicz aborda en los diarios está incluida su sabiduría filosófico
musical, pero su obra artística no la incluye, por lo menos no la
incluye a primera vista. Hay que decir no obstante que las estructuras
musicales y el pensamiento fundamental están presentes en el momento de
la creación, pero Gombrowicz se ocupa de cubrir su presencia con el
lenguaje.
A veces utiliza el sistema de la grilla que se aplica
sobre un texto legible para
hacer surgir un código, otras el método del pintor que primero hace un
cuadro realista y después oculta su legibilidad, y también el
procedimiento que utilizan los animales para ocultar sus excrementos. En
la música que escuchaba no es razonable investigar cuál es la
referencia al mundo de esas melodías y armonías, como lo hacen la
pintura y la literatura.
Todos los acontecimientos posibles de la
vida se realizan en ella, sin embargo, no puede encontrase parecido
entre la música y las cosas que pasan por nuestra mente cuando la
escuchamos, es expresiva y elocuente pero no describe nada al margen de
ella misma. El hombre encuentra en la música su más auténtica y completa
expresión artística, su lado íntimo y del mundo en general.
El
verdadero carácter de la melodía refleja la naturaleza eterna de la vida
humana, que desea, se satisface, y vuelve a desear, desea otra vez, una
particularidad que describe Schopenhauer con
palabras profundas y hermosas. “Por consiguiente, la música no es en
modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya
objetividad está constituida por las Ideas (...)”
“Por esto mismo,
el efecto de la música es mucho más po-deroso y penetrante que el del
resto de las bellas artes, pues éstas solo nos reproducen sombras,
mientras que ella, esencias”. Gombrowicz no utiliza las estructuras
musicales tan sólo para ordenar su creación literaria, sino también como
elemento de hechizo, para seducir a los lectores. “¡Qué descaro de mi
parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos! (...)”
“Sobre
todo hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando el
compositor, antes de utilizarla, tiene que despojarla de toda su
atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre con la literatura: un
escritor moderno que se respete evita toda suerte de cebos, es difícil y
prefiere repeler antes que tentar.
¿Y yo? Yo hago justamente lo contrario, meto en la obra todos los
sabores más sabrosos, los encantos más encantadores (...)”
“La
relleno de bellezas y excitaciones, no quiero una escritura árida, sin
hechizo... Busco las melodías más cautivadoras... para llegar, si lo
consigo, a algo todavía más seductor”. Teníamos absolutamente prohibido
tararear, canturrear o silbar mientras escuchábamos música junto a
Gombrowicz. Él, en cambio, se permitía algunas cosas que a nosotros nos
resultaban extrañas.
Hacía unas muecas espantosas con la boca,
levantaba los codos con los brazos flexionados y las manos crispadas,
siguiendo los compases de la música, aleteando como un pájaro herido que
no puede levantar vuelo. A veces dejaba escapar unos chirridos muy
desagradable entre los dientes. Había muchas protestas: –Vean, yo sigo
la línea fundamental, como los grandes directores, los detalles no me
preocupan.
Gombrowicz tenía una
actitud verdaderamente religiosa con la música, era enormemente
sensible a al lenguaje musical al que consideraba como la manifestación
más esencial del arte. Bach, que representa al género abstracto, con una
línea melódica que le recordaba el sonido de una máquina de coser,
condujo al fracaso el desarrollo de la música según el juicio de
Gombrowicz.
La admiración que despierta Bach y el placer que
produce son equivalentes a los que se obtienen de la resolución de un
problema matemático. Bach instruye con sus Brandenburgueses a los
asesinos del canto. De Beethoven, en cambio, emana un placer inmenso, la
sensualidad de la forma y la violencia ejercida contra ella lo ponen de
inmediato en la esfera metafísica.
Hay una facilidad en la
aproximación a Beethoven que le llamaba la atención. En el arte nada es
tan difícil como la facilidad, pues su desarrollo es contrario a esta
facilidad, el esfuerzo por mantenerla viva es contrario
a la evolución natural del arte, y su existencia sólo es posible si
detrás de la música se oculta un trabajo gigantesco de composición con
la forma.
Beethoven parece fácil y, sin embargo, es el más
difícil de todos: encontró un lenguaje musical ya hecho, lo unió a la
naturaleza e inventó un idioma nuevo que durará por muchos siglos. A
Gombrowicz le resultan muy extraños los juicios de Nietzsche y de Ortega
sobre Beethoven. El alemán lo compara con Goethe y el español con Bach,
en ambos casos la música del genio de Bonn aparece como un producto de
sentimientos rústicos.
Beethoven era un ser desgraciado, pero supo
expresar en su arte la salud y el equilibrio porque no los tenía.
Gombrowicz atribuía a esta antinomia la máxima importancia. El artista
debe compensar sus desórdenes con la disciplina y el rigor. “Ya es hora
de responder a la pregunta: ¿por qué se quiere destruir a Beethoven, por
qué se permite cualquier
tontería siempre que sea antibeethoveniana?
“¿Por qué se ha
urdido una red de alabanzas ingenuas y acusaciones igualmente ingenuas
con la intención de ahogarlo? ¿Tal vez porque Beethoven no gusta? Es
justamente por lo contrario: porque es la única música que realmente le
ha salido bien a la humanidad, la única encantadora”. En el prólogo de
“Gombrowicz, este hombre me causa problemas” enuncié el canon del
treinta por ciento, canon con el que me manejo para leer.
Ha llegado
el momento entonces de que enuncie los tres principios con los que me
manejo para escribir, principios que tienen la particularidad de que no
se pueden usar al mismo tiempo, o uno u otro, porque son excluyentes.
Primero. Nadie lee nada de nada. Segundo. Algunos leen pero no entienden
nada. Tercero. Algunos entienden pero se olvidan enseguida.
Una
noche charlábamos en el Rex de un problema que tenía cierta importancia,
pero de repente yo tomé la
palabra y empecé a hablar apasionadamente de una cuestión que carecía
por completo de interés: –Gómez, no veo por qué usted habla con tanto
entusiasmo de un asunto insignificante; –Vea, Gombrowicz, si hablara sin
ningún entusiasmo nadie me escucharía.
Gombrowicz no era muy
entusiasta que digamos pero se obsesionaba frecuentemente con temas
laterales. “Yo miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo
una vez no pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez,
entonces me voy a preguntar por qué el cenicero se ha convertido en un
objeto más interesante que los demás. Y si vuelvo a mirarlo una tercera y
una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto decisivo (...)”
“Por
la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia
terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante. Esta
emboscada de la conciencia tiene una gran importancia en mis obras”. En
el segundo
intento que hizo con un tipo de historias a las que podríamos
considerar al margen de la literatura, valiéndose de un tema de tan poco
interés como el de mi charla apasionada en el Rex, utilizó una mano.
Pero
mientras yo trataba de despertar la atención de los demás solamente con
mi entusiasmo, Gombrowicz lo despierta con la maestría que tiene para
sacarle jugo a las mismísimas piedras. La ciencia es un sistema general
construido para estudiar los caracteres similares de los fenómenos y sus
relaciones, siendo algunos de sus productos de una gran utilidad.
Ninguna
persona en su sano juicio puede prescindir de ellos pero hay que tratar
de que no se conviertan en un alimento único. La ciencia es, entonces,
un conocimiento racional y útil, mientras que el arte es un orden
gratuito que busca la distracción y el goce estético. Aunque pudiera
parecer lo contrario, los objetos detrás de los cuales van la ciencia y
el arte a veces se
manifiestan como deseos simultáneos y vehementes en una misma cabeza.
Los
milagros son fenómenos sorprendentes de la naturaleza contra los que la
ciencia se rompe la cabeza mientras el arte suele tener con ellos una
actitud ambivalente. Uno de los lugares preferidos por Gombrowicz para
hacer milagros diabólicos era el café Querandí. “Yo miro esta mesa y me
fijo en una de mis manos apoyada sobre ella. Si me fijo sólo una vez no
pasa nada (...)”
“Pero si vuelvo a la mano y la miro otra vez,
entonces me voy a preguntar por qué la mano se está convirtiendo en un
objeto más interesante que los demás. Y si vuelvo a mirarla una tercera,
una cuarta y una quinta vez, la mano se convierte en un objeto
decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una
importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan
importante (...)”
“Esta emboscada de la conciencia tiene una gran
importancia en mis
obras”. La relación que Gombrowicz tenía con los sentimientos lo
predispuso desde joven a realizar experimentos, los experimentos que
hace con las manos son memorables. Gombrowicz tenía una gran maestría
para animar a los seres sin alma. A las diez de la mañana, después de
haber escuchado un cuarteto de Beethoven, estaba tomando un café en el
Querandí.
El mozo se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle
atención a su mano que cuelga silenciosa, secreta y desocupada pero, de
pronto, sin saber por qué, sus pensamientos vuelan hacia un árbol que
había visto una vez desde la ventanilla del tren. “Sí, me sucede con
frecuencia. Observo un árbol. Cuando ya lo he observado una vez, vuelvo a
ese árbol, que por esta razón, se hace más fuerte que los demás (...)”
“Es
algo que se organiza al margen de mi voluntad, pero creo que a todo el
mundo le ocurre lo mismo”. Los árboles y los arbustos le despertaban un
especial
interés, también es por un arbusto que me pregunta a mí en Piriápolis
cuando andaba buscando inspiraciones para “Cosmos”. Pero volvamos al
Querandí. La mano del mozo lo había asaltado de repente en medio del
silencio.
Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero
una lectura que estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre
Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea
que lo llevó nuevamente al café fue la del eterno retorno. Mientras se
preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el mismo momento,
ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las
últimas realizaciones, estaba con él.
Un ser representante de la
amargura, la furia y el silencio de humanidad. Silencioso como la mano
del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el Querandí mientras
Gombrowicz estaba en casa? Si dejara de pensar en la mano del mozo la
mano se disiparía en la facilidad de
la nada, pero la mano volvía a él porque el había vuelto a ella con
Nietzsche, y un poco después con la mano del Embajador de Polonia con
quien estaba conversando ahora.
Miraba esa mano diplomática
apoyada el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella otra
abandonada allá en el Querandí, como un punto de referencia. Gombrowicz
empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un
incrédulo como lo era él, pero la presencia del mal convertía su ser en
una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo.
Le
resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el
que la falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia. Su
propia mano descansaba tranquila en el bolsillo, también descansaban
tranquilas las manos sobre las rodillas de los automovilistas que
corrían en sus coches. ¿Y la mano del Querandí qué estaría haciendo?
Estaba vagabundeando en la periferia de
sus límites en busca de no se sabe qué.
¿Y si Gombrowicz de
repente se arrodillara ante la mano? Sería un intento fallido, como
siempre, de construir un altar cualquiera. Una desesperación por
agarrase de algo, de la mano del mozo del café Querandí. Más tarde, en
el restaurante Sorrento, se le acercó el mozo, también con una mano
desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo era importante
porque no era aquélla.
Está adorando un objeto que él mismo
enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no tiene derecho a exigir
que se postren ante él. El ponerse de rodillas sólo depende de
Gombrowicz. Escogió esa mano del Querandí para agarrarse de algo, para
tener un punto de referencia. Pero no quiere que la mano haga algo con
él, o de él. Ya es de noche, llega a un café de Lavalle y San Martín.
Discute
conmigo sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de vista es que en
“Crimen y Castigo” no existe un
drama de conciencia en el sentido clásico de la palabra. El juicio de
Raskólnikov no es de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo,
un juicio de espejo. Este tipo de reflejo se convierte también en un
mecanismo que nos lleva a decir lo que nos pasa por la cabeza.
Esta
conciencia de espejo es como fijar la mano del Querandí en alguna parte,
fuera de nosotros, por la fuerza de un reflejo. Así como se construía
la conciencia de Raskólnikov, se le estaba construyendo esa mano a
Gombrowicz. Esa mano se ha convertido en un parásito, ahora se está
alimentando de Dostoievski, no parará hasta chupar de Gombrowicz todas
las palabras que necesite.
Llegó la medianoche, habían pasado
catorce horas desde el comienzo de la aventura. ¿Dónde estará la mano en
ese momento? ¿Todavía en el Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y
se habrá puesto a dormir? “Me pareció tranquila al verla por primera vez
en el Querandí... ,
pero se ha vuelto cada vez más posesiva... , y yo mismo ya no sé qué es
la que podría frenarla allá, en la periferia... , donde está mi límite”
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