
La Fiebre
A Gonzalo Humberto Rosado
Pero la fiebre, al final venturosa por resignación,
me devuelve una lucidez que a diario creo perdida,
una lucidez imposible de compartir.
Gabriel Wolfson
Se levantó muy temprano, era el primer día de clases. Como todos los años, llegó a la Universidad cuando aún estaba vacía. Entró en el aula y esperó, esperó los nuevos rostros que se desparramarían inquietos por los pupitres recién pulidos. Pero en su mente seguía pegada la costra del sueño que lo hacía fantasear con mundos lejanos, perdidos, extintos.
La doncella caminaba por un vergel mientras que entre las tupidas flores un caballero la espiaba, la anhelaba. De lejos, sólo de lejos le cantaba. Una y otra vez le cantaba. Y ella, amaba su canto. Se recostaba en un madero y sus manos jugueteaban con la húmeda hierba: escuchaba; escuchaba hasta embalsarse y soñar con la voz, y el hombre, y la noche que los cubría.
De repente, la puerta se abrió y un torrente de cuerpos se precipitó al interior. Como hormigas desorientadas, buscaban un lugar, un nido, un pedazo de mundo donde pudieran sentirse seguros. Él sólo miraba y esperaba, estatua de carne palpitante.
Hacía dos días que se sentía mal, la garganta le raspaba, sudaba más de lo normal, sus sentidos se entumecían: divagaba. Tenía que empezar, las hormigas lo esperaban, lo devoraban con miradas y sólo algunas se retraían como flores ante la noche.
El mismo discurso de todos los años, la falsa sonrisa, presentación, nombres, más nombres, más nombres aún, un ejército de nombres, la orgía desbordante de nombres... Y ya no quedaba nada, nada que hacer, nada que decir, nada que fingir, sólo un: “es todo muchachos, se pueden ir”. Se relajan los músculos, la gota de sudor resbala, tiembla; en la garganta se fermenta un no sé qué y la mente regresa a la navegación de costras sonámbulas.
Él la busca entre un laberinto de retamas, con suaves voces la llama, “fermosa dama, aqueste caballero, vuestro captivo y esclavo eterno os anhela, día y noche ni duermo ni vivo, sólo planto y planto. Vuesa majestad me tiene atado, amarrado, enlazado a la muerte el sentido. Fermosa dama, ¿dónde estáis amor de mis entrañas?, dulce tormento que me quemáis, ¿adónde ardéis sutil estrella de nieve y oro sempiterno?” Un poco por aquí, otro poco por allá, y tras un madero caído…
Mediodía, el calor va aumentando hasta convertirse en una sinfonía de aromas, sensaciones, malestar, y sudor. El camión va abarrotado. Delante de él un par de jóvenes coquetean, ella inclina el cuerpo y deja entrever los senos por el escote, él se acerca cada vez más y más hasta que desliza un dedo por la mejilla, el cuello, el brazo y luego…
-¡Bajan!
Camina, entra en un edificio; sube dos pisos y abre una puerta. Una habitación en penumbras lo recibe, prende la luz, toma un poco de agua y siente un escozor insoportable en la garganta. Duerme.
Bajo los rayos de una luna mutilada mueve el lápiz: derecha, izquierda; izquierda, derecha, y nada: ni una rima, ni una metáfora, ni un verso, NADA. Con la frustración impregnada en el puño rompe la hoja, el lápiz, la noche y sus estrellas de aluminio. Tiene la garganta cerrada: una pastilla, otra pastilla y un poco de jarabe…
Vuelve a dormir, vuelve a soñar: ya casi se ha consumado. Él se aleja como un fantasma entre la niebla verdosa, ella se queda con el cuerpo roto, fragmentado; entre suspiros y sollozos penetra el alcázar, se vuelve sombra entre sombras hasta que una mano la ilumina, con cariños y mimos la sumerge en un lecho: el dolor la envuelve. A lo lejos, a lo lejos alguien canta: amanece.
Miércoles: la misma rutina de los días anteriores. Camión, salón, máscaras de sueño, hormigas, hormigas, dormidas, homicidas, suicidas, idas… Y dolor, irritación, el cuerpo que crece y se hincha como un globo lleno de helio. Nuevamente una gota resbala, tiembla. Él resbala, tiembla. Los ojos se le inflaman, la boca es un desierto de sal, su espalda un mosaico mal acomodado y tiritan los dientes como sensuales flamas azules. Otro camión, un bebe que llora, un seno al aire, leche; los novios que se besan, se tocan, se ahorcan el uno al otro; el aire que se vuelve sol, la nube que se deshidrata en las retinas y un exconvicto que toca la guitarra y canta: Oye cantinero, sírveme… por favor,… borracho… sentirme de lo peor.
-¡Ba…!
Uno, dos, ninguno, nada, llave: mareo. La escalera es una serpiente escurridiza que repta bajo sus pies, trata de subir pero pierde el equilibrio y su cabeza choca contra el barandal de metal oxidado, unas cuantas gotas de sangre caen, se ofusca. El mundo gira como un carrusel ingrávido mientras sus piernas de algodón intentan seguir adelante. Cierra, abre, cierra.
Pasa el tiempo, las horas, los minutos, y aumenta el frío que le recorre la piel de fuego. Abre los ojos, admira el cuarto, el polvo capturado en una telaraña iluminada por un rayo lunar, las ropas desperdigadas por el piso, la oscuridad que se mueve como un cuerpo devorando los objetos…
Toma el lápiz, arranca una hoja y comienza a fluir en la noche que lo envuelve, se desbocan sus sentidos, comienza el espectáculo.
A lo lejos alguien canta, a lo lejos, y la noche se ha llenado de tu recuerdo. El sofá baila tango con mi hermana muerta mientras que el reloj hace piruetas que atentan contra la coherencia del tiempo, una aguja cae, otra sube, a ninguna le importa seguir adelante. Los libros tiemblan y escupen letras, reclaman la ausencia y la falta de amor; Nietzsche se arrastra por el suelo sacrificándose hoja por hoja hasta que sólo queda solapa vacía; Freud examina letra por letra los problemas mentales que acusan falta de orgias, la O se abre expectante, I la satisface con un suspiro de esperma; navega Neruda por las opíparas profundidades de la cocina, despega sus labios de papel y mastica versos con queso gruyer, rimas con caviar y mujeres de maracuyá. Solo Sabines fuma, y se esfuma como la espuma en su nube de muerte, asciende al suave cielo de prostitutas canonizadas… A lo lejos alguien canta, a lo lejos, y el olor de sus ojos llega con el salitre del mar. La gotera gotea tenue tonada teñida de agua y el silencio resbala, tiembla. Una cascada de polvo escondido desemboca en la sala: oasis animal. Manada de sillas salta y danza, y las frías ventanas de grandes bocazas las espían tras pastos de tela… A lo lejos alguien canta, a lo lejos, y el alba explota en un orgasmo de añil blanquinegro… Y a lo lejos, a lo lejos…
Cae la mano y el lápiz, los parpados se sellan como capullos de seda y se abandonan en un río todavía inconcluso.
Las sabanas de sangre ocultan un cuerpo de oro y alabastro que se retuerce en un sinsabor, ella desgarra su llanto en la silenciosa almohada y clama contra el cielo por el amigo ausente: “Ruin y falso, ¿dónde os habéis escondido? Abusador de mi confianza e inocencia, devuélveme la honra. Regresa Sol de mi muerte, tempestad de mi virginidad, azote de mi boca… Regresa cruel amor, regresa que me marchito como una flor sin agua… regresa.” Pero pasan días, meses, y el vientre se desborda en una curva delatora que el vestido es incapaz de ocultar… Nunca regresó.
Al despertar trató de escribir, de buscar el tirso nocturno, escarbó en sus entrañas, revolvió sus pensamientos, pero todo era inútil, el aliento de la fiebre se había ido tan rápido como llegó.
David A. González V.
David Anuar González Vázquez (1989) cursa el tercer año de la licenciatura en Literatura Latinoamericana en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY (Universidad Autónoma de Yucatán). Escribe desde los 15 años poesía y narrativa –mayormente cuentos cortos y unos frustrados fragmentos de novelas–; ha participado en dos talleres de escritura, y en una Jornada Creativa en la ciudad de Bacalar, Q. Roo. Ha publicado en la revista Códice y en la revista Icor. Su principal inquietud y línea de estudio es la religión y la poesía. Contacto: gonzo0622@hotmail.com







































Espacios alternos.Así me sentí, yendo ...
Espacios alternos.
Así me sentí, yendo de un lugar a otro por momentos.
Felicidades, David.