
Dos Amantes
Eran cerca de las cuatro de la madrugada y ninguno de los dos podía dormir. Ella, la mujer, tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de su marido y con su mano derecha le acariciaba el pecho, mientras el otro, el hombre, sólo miraba hacia arriba, pensando, y no parecía tomarla muy en cuenta.
- Te amo sabí -. Le dijo ella.
Pero el hombre no le respondió y sólo suspiró fastidiado.
De pronto el tomó con violencia las mantas y se cubrió con ellas hasta la cabeza. Luego se separó de ella y volteó hacia la izquierda, dándole la espalda.
- Miguel – Susurró la mujer – no….
Pero el no dijo nada y se alejó un poco más hacia la izquierda, intimidado, mientras la mano de ella retenía la suya
Estuvieron así por unos segundos. Luego, ya cansada, ella también volteó y le dio la espalda y con sus dedos comenzó a jugar con la funda de la almohada. Miraba la débil luz del reloj a un costado de la cama y apenas respiraba.
- Esto no está bien – Dijo con tristeza – Nos estamos haciendo daño.
Y se quedó callada, mientras su trémula respiración traspasaba aquel rígido silencio
Miguel intentó decir algo, cualquier cosa, pero sus esfuerzos solo terminaron en un fuerte resoplido. Nunca se había sentido tan desgraciado en su vida. Nunca, y su mutismo así lo delataba
De todos modos, se quedó contemplando ese torso y ese cabello, y luego quiso cerrar los ojos; pero no pudo, no al menos con aquel peso en su interior. Habían cosas en el mundo que el podía pasar por alto, mierda, habían cosas sin las cuales el sabía que podía vivir, sin problemas, pero esta no era una de ellas.
Se sentía vulnerable, enormemente débil, pero aun así alargó su brazo con timidez y con sus dedos rozó aquel brazo desnudo. Acarició con suavidad aquella tibia piel morena y dejó que su mano navegara con placidez a través de aquel misterioso y oscuro océano. Sabía que ella aun no se quedaba dormida, por lo que no se detuvo cuando vio que no reaccionaba. Estaba seguro que aquel ardor no la dejaba dormir, que la obligaba a apretar los dientes para no estallar, y por eso el siguió avanzando, con rapidez, hasta más abajo de su cintura.
Al sentir su mano, ella tembló y la tomó con violencia, pero en vez de alejarla, la ayudó a adentrarse aun más al interior de su cuerpo. Aquel triangulo ardía y Miguel comenzó a frotarlo con impaciencia y no dejaba que ciertos temblores lo separasen de ella. Le besaba el cuello, olía el perfume de su cabello y ella mordía la almohada, delirante, sofocada, sin querer soltar por ningún motivo aquella mano de la gloria. Era una prisión sincera del placer. Y el reloj sólo observaba envidioso, con sus números rojos, que ahora no significaban nada.
Su boca entonces contuvo un gemido y buscó sus labios para un beso. Dientes y lengua se estrellaron en un sonoro deleite. Sus manos danzaron solas y se untaron miel ardiente en sus pechos. Buscaban sus secretos, aunque ya nada tenían que ocultarse. Sus dedos desbocados se abrían paso entre caminos ya conocidos, pero que no por eso habían perdido el encanto y se miraban esperando el colapso. El éxtasis estaba pronto a encaminarse.
Sin embargo amigos, ella, la mujer, quería más, lo quería todo, y tratando de que el no lo notara, buscó entre sus piernas hasta que dio con lo que deseaba. Lamentablemente para ella, el se dio cuenta enseguida, y se quedó allí, inmóvil, con su mano aun allí, en la boca del triangulo ardiendo, y no fue capaz siquiera de hacer un gesto, ni de exhalar un resoplido o un murmullo. Sólo se detuvo, y ya no sabía si estaba respirando. Es más, por un momento pensó que se había muerto, y bueno, si lo pensamos bien, creo que lo estaba un poco
De todos modos ella siguió acariciándolo y besándolo, pero pronto comprendió que era inútil. Se alejó de el y se dio vuelta hacia la derecha y esta vez pretendía quedarse allí, no importaba lo que ocurriese. Mordió con todas sus fuerzas la almohada y reprimió un llanto, hasta que esta comenzó a saber a lágrimas. No sabía cuanto más podría resistir, pero estaba segura que por hoy, ya no quería ni mirarlo.
El retrocedió lentamente hacia su rincón y se quedó observando ese torso herido. Le echó un vistazo por encima de ella al reloj, pero se reía en su cara el maldito imbécil. De pronto levantó las mantas, solo las de su lado, y observó la realidad, eso, ese enano de mierda, el objeto de su miseria, y lo odió con todas sus fuerzas, se odió a si mismo con toda su alma.
- Amor, ja, ¡Que estafa! -.
Por primera vez la palabra le hizo gracia.
- Todo lo que necesitas es amor -.
Otra gran mentira.
Comenzó a tocarlo, a frotarlo con fuerza, pero nada, era inútil. Con frustración entonces volvió a taparse con las mantas y por primera vez sintió escalofríos, un escalofrío inquietante que le hormigueaba por todo su cuerpo.
Fue debajo de aquellas mantas que empezó a pensar. Tristes conclusiones surcaron su mente. Todo ahora parecía estúpido, todo. Toda esa creencia, toda esa fe depositada en un sentimiento, el amor, el amor, el amor, bah, aquello no era nada si no se tenía lo otro. ¿Qué importaba lo que se juraran dos tristes seres? Si uno de ellos había perdido su esencia. Que hipocresía de mierda.
De todos modos, volvió a mirarla desde su rincón. Sus largos cabellos ahora ocultaban su torso y sus hombros. Quería decirle algo, tocarla, pero finalmente se contuvo. Nunca la había escuchado sollozar y aquello fue como si un filudo cuchillo se hubiera atascado en su corazón.
Miguel no sabía que hacer. Quería decirle algo, besarla, pero no estaba seguro de como empezar. Era su interior una maraña de miedos y de dudas y no sabía como desprenderse de ellas, como salir de aquel laberinto, y hubiera dado lo que fuera por que ella hubiera hecho el primer intento, por que ella le hubiera señalado el camino.
La esperó en su rincón por unos minutos, largos e interminables minutos, pero nada ocurrió, no hubo ningún acercamiento, y al final no tuvo otra opción que deslizar su mano hacia ella. Sintió entonces aquel pequeño temblor y luego aquel débil quejido y luego el llanto, el llanto que se hizo cada vez más profundo, más retraído. Trató con sus dedos de llegar hasta su rostro, hasta sus ojos, pero a mitad de camino ella lo detuvo, en seco, y luego giró para buscar su mirada.
Por unos instantes se quedaron inmóviles, observándose el uno al otro. El hombre con su pecho ardiendo y ella con su corazón en vilo. Ninguno de los dos podía dejar de mirarse y no podían creer cuanto brillo ahora encontraban, cuanta verdad.
Ella, pegada a él, suplicaba con su rostro rojo y desesperado. Su boca abierta, el aire jadeante emergiendo como un pequeño tornado, todo un vapor olor a miel que llegaba tibio hacia la boca de Miguel, que no decía nada, con la mordaza y las ataduras de la angustia aun asfixiándolo, justo cuando ella lo esperaba a su lado. Ella, la mujer, estaba allí para él, solo para él, con sus venas hirviendo y reflejándose debajo del tejido moreno de su piel, y el que no podía decidirse, y el que no podía desatarse de la angustia, del miedo y de todos esos hijos de putas, criminales que no nos dejan vivir. ¿Qué iba a pasar si otra vez la decepcionaba?
Puta que es tan simple para algunos hablar de amor. Es tan fácil llenarse de poesía, de versos, de palabras hermosas. Tantas tonadas y otras basuras sin peso. Tanta camionada de mentiras, de falsos héroes, de enamoradas doncellas. ¿Necesitamos acaso de todas estas patrañas?
En fin, atrapado entre sus propias dudas Miguel seguía estático, pero ella, amigos míos, ella no podía dejar de mirarlo. Lo contrario a la angustia, a la inseguridad de Miguel, era el deseo y la pasión de la mujer. Es más, era tal el arrebato que despertaban en ella sus sentimientos, que el brillo en sus ojos ahora se había intensificado y observaba su rostro como si en él lo viera todo, todo lo que no podía darse el lujo de despreciar. Al final se atrevió a abrazarlo. Clavó sus dedos en su nuca y luego lo besó llenando de rosas toda su boca.
El se dejó llevar y comenzó a acariciar con sus dedos todo su cuerpo. Todavía debajo de su cintura las cosas seguían muertas y el aun temblaba, pero, al mismo tiempo, sus manos naufragaban inseguras sobre ese cuerpo moreno, y se daba cuenta de que no podía separarse de ella, que no podía dejarla ir, aun cuando supiera, aquella irremediable y patética verdad que lo carcomía, que miles de hombres podían darle lo que él se empeñaba en negar, pudiendo ella ahora estar con cualquiera de ellos, gimiendo de placer.
Estuvo así por unos cuantos segundos, angustiado y retraído, hasta que ya no pudo contenerse y se abalanzó sobre ella. Ella le siguió con la misma fuerza y rápidamente monto su cuerpo sudoroso encima del suyo, ese cuerpo cimbreante que ahora ardía y sacaba chispas eléctricas entre medio de las sabanas.
Miguel no pudo dejar de sorprenderse a si mismo con aquel arrebato, pero no por ello se intimidó. Siguió apegado a ella y la atenazó firme, con sus brazos de fuego, y la besó en los labios hasta hacerla perder el aire. Tenía ganas de apretarla contra si, de hacerla parte de su propio yo, de su misma esencia y no quería darle el más mínimo espacio, las más mínima posibilidad para que se detuviera a pensarlo un momento. Sentía que estaban a punto de llegar a algo importante, o, más que importante, a algo realmente valedero y no quería perderlo, por nada del mundo. De ahora en adelante iban a burlarse de todos esos que se decían amantes, de todos los que se atrevían a hablar de amor frente a ellos, y no se detendrían a escuchar estupideces, nunca más.
No me sueltes – Le murmuró ella
Jamás – Le devolvió el, estremecido.
Con sus brazos finalmente se encaramó sobre ella y la mantuvo allí, debajo, vientre contra vientre, y ella se dejo poseer, elástica, convertida en un pulpo y ya no le importaba nada, sólo que el momento se detuviese y durara para siempre, viendo como al fin aquel rostro se satisfacía dichoso, besando sus mejillas y sus pechos.
Te amo – Le dijo ella al oído
Y esta vez el sonrió, complacido, y la besó en la cabecita con ternura.






































