
ORNITORRINCO NO SABE
Rodrigo Torres Quezada
-“El Ornitorrinco no sabe qué es la belleza de la sociedad”
El hombre leyó en voz alta el adhesivo que estaba pegado de forma despatarrada en la puerta de su habitación. Dio un suspiro que evocaba todas aquellas imágenes que el pasado le escupía elegantemente para evitar que se amontonaran en montaña de cordilleras y provocaran desazón. Bajó tranquilamente la escalera peldaño a peldaño, como si hubiera querido reconocer en cada uno algún rostro familiar o amigable. El color gastado de las escalinatas, le pareció al hombre, en realidad, un fiel reflejo de ese rostro, de ese cuerpo al que estaba atado como los mismos peldaños lo estaban a la estructura de la escalera. Esta sin peldaños no sería escalera; él, sin su rostro, sin su cuerpo, ¿dejaría de ser él? Y al reflexionar esto dio otro suspiro que arrancó una misteriosa risotada en algún vecindario lejano. Al legar al comedor se encontró, como siempre, a todos sentados alegremente devorando aquel asado que reafirmaba los lazos consanguíneos entre familiares y amigos que se sentían ya parte del clan. El señor Hills departía entre vaso y vaso con el señor Gutiérrez, la señora Bustamante reía junto a la señora Pérez, los pequeños vástagos aprendían de la voz experimentada del señor Wladimir, y una lista de personajes siempre afables jugueteaban entre la historia oxidada de los tenedores y la ruina de los estómagos. El hombre se acercó a la mesa, tomó una silla con una voluntad irrisoria y se sentó junto al grupo. El señor Hills le habló como si hubiese llegado el fin del mundo y sólo ellos hubieran quedado vivos:
-Mis más cordiales saludos, Ornitorrinco. ¿Cómo está tu vida? Si es que se puede llamar vida a eso- y el señor Hills rió. Los demás comensales callaron; pero al mirar directamente a los ojos de Ornitorrinco, rieron.
-Oye, me han dicho que ya aprendiste a ir al baño a hacer tus necesidades solo, ¿es eso cierto? ¿Por qué no nos explicas eso? Vamos, estamos ansiosos por oírte hablar- el señor Gutiérrez habló mientras trataba de sacarse con la lengua un pedazo de hueso de pollo que le había quedado incrustado en una muela.
-Hace muchísimos años que puedo hacer eso solo- dijo Ornitorrinco.
Su voz se escuchó tan horrenda que Wladimir le amenazó con que si no aprendía a hablar bien le golpearía por amedrentar tan cobardemente a los vástagos. Estos tomaron unos tenedores y se los lanzaron a Ornitorrinco. Uno le quedó incrustado en el pecho y un hilillo de sangre corrió para llegar al fin al suelo y convertirse en algún personaje de ensueño. La señora Bustamante que estaba a su lado, le sirvió un plato que contenía un mejunje de piezas poco menos que comestibles y que bien podría haber sido sólo basura, aunque generalmente se le consideraba como sobras frescas. Ese día, el almuerzo estaba aderezado con un poco de cordial pimienta y una pizca de rechazo salobre. La señora metió el tenedor en la comida de Ornitorrinco y sacó una porción que se la llevó hacia la apertura para los alimentos (lo que en él parecía ser la boca) en un vaivén que recordaba el divertido y feliz andar de un pequeño avioncito:
-Aquí va la comida, hijito mío; viene sin escalas, directo a su boquita. Coma, coma, mi bebé, para que cuando sea mayor tenga muchas fuerzas, críe músculos y las mujeres se vuelvan locas por usted
Ornitorrinco recibía aquella porción y la masticaba con la cabeza apuntando hacia la mesa, como si hubiese perdido la cordura entre los paltos servidos, la grasa de pollo y los huesos desparramados por doquier. Los comensales aplaudieron favorablemente a Ornitorrinco por su hazaña de devorar aquella porción. Luego, un tal señor Floridor dio un brindis en homenaje:
-Congregados de almuerzo, es un agrado para mí tener que dirigir unas palabras hacia nuestro pequeño que de a poco está creciendo. Hoy fue una pequeña porción de comida, mañana será el palto entero… Asimismo, ayer fue su primera palabra…y quizás hoy ya puede hablar
-Señor Floridor, yo…yo…yo…yo hace años puedo comunicarme- contestó Ornitorrinco con su clásica voz gangosa aderezada en ciertos momentos por una incipiente y jocosa tartamudez.
-¡Cállese, hombre! No se meta en la conversación de los adultos- le retó la señora Pérez.
-¿Ven? El pequeño acaba de dar su primera respuesta- dijo con emoción el señor Floridor.
Entonces todos dieron un suspiro lleno de ternura que los sumió en un corto ensimismamiento que luego derivó en un festejo total y un carnaval lleno de voces y anécdotas bulliciosas. Ornitorrinco, en tanto, salió a la calle para tomar la locomoción que le llevaría al trabajo.
-Imbécil, colóquese algo en el rostro- le gritó una mujer que esperaba la locomoción en el mismo paradero.
-Disculpe, dama. No fue mi intención hacerle daño- la respuesta de Ornitorrinco se perdió entre el rostro de ira de la mujer y un ave que volaba a ras del suelo.
Arriba de la locomoción se sintió observado y a la vez indiferente para los demás. Esta mezcla de sentimientos confusos venía a raíz de que un grupo le observaba entre risas, gestos de asco y de pena, y de que otro grupo apenas le quiso mirar. Un hombre mayor se levantó de su asiento para cedérselo a Ornitorrinco.
-Disculpe, su estado es deplorable. Tenga la amabilidad de sentarse aquí. Yo aún tengo las fuerzas suficientes como para estar de pie en esta máquina del demonio…pero usted es tan…
El hombre dejó caer algo parecido a una lágrima. Se restregó los ojos con rabia y esperó con aire triunfal la respuesta de Ornitorrinco.
-No, gracias, muy…muy amble
Ornitorrinco se puso de todos los colores del arco iris. Algunos se dieron cuenta de esto y se rieron a tal punto que llegaron a vomitar provocando que el viejo amble alzara su voz:
-¡Dejen a este infeliz tranquilo! Muchos de ustedes no tienen ningún tipo de enfermedad y por ello se creen tan sanos…pero eso es aparente, dentro de sus espíritus sólo hay mugre. ¡Están podridos!
Entonces volvió a dirigirse a Ornitorrinco:
-¡Vamos, siéntese!- el hombre estaba a punto de caerse al piso, sus piernas eran sólo un recuerdo de la juventud de antaño.
-No… No quiero- Ornitorrinco empezó a caminar lentamente para llegar al fondo de la máquina, ahí en donde los que nunca alcanzaron algo podían lograrlo todo en secreto.
-Que le digo que se siente, venga, está enfermo, este asiento está destinado a gente enferma y su deber es sentarse aquí. No sea porfiado
El viejo tomó a Ornitorrinco de una extremidad que parecía ser un brazo y de un sonoro tumbo le obligó a apoltronarse en el asiento.
-Señor, ¿por qué hace esto? Yo no estoy enfermo…Estoy sano…
Las palabras de Ornitorrinco suscitaron hechos confusos: algunos rieron y le lanzaron objetos más o menos contundentes; otros, con grandes aspavientos, dejaron escapar un suspiro de ternura. El viejo se sintió como un héroe ante la hazaña de ayudar al prójimo aunque este siguiera insistiendo en que no necesitaba ningún tipo de ayuda, y el aplauso de la mayoría de los pasajeros del bus reforzó aquello.
Ornitorrinco quedó callado un buen rato. De soslayo su mirada se posaba en uno que otro pasajero que siempre le contestaba con una expresión patética o bien una mueca grosera como la de aquella niña que en los brazos de su madre se atrevía a sacarle la lengua y levantarle el dedo del medio. El aludido se colocó rojo ante aquello y estuvo a punto de gritar.
-Perdona, ¿me puedes decir la hora, por favor?
La joven mujer, que debe de haber rondado los treinta y tantos años, sorprendió tanto a Ornitorrinco que este miró al viejo que aún permanecía de pie a su lado, observándole con compasión, como pidiéndole permio para responder. El hombre dio una tos de aprobación y entre tartamudeos Ornitorrinco contestó:
-Son… So-son..la-las dos de la tarde…
-Muchas gracias, eres muy amable- la mujer volteó su rostro y lo apegó a la ventana perdiéndose entre el tráfago de las bocinas y el bullicio de los metales con ruedas, algo propio del día a día. En su curiosidad, Ornitorrinco sacó a la mujer de sus cavilaciones etéreas:
-Disculpe… ¿No lo dije bien?
-¿Dijiste bien qué cosa?
-La respuesta…es que usted denante… Sucede que se volteó y me preguntó… Era lo de la hora, el asunto de la hora… Us-us-us-usted…a mí…
-¿Qué te sucede? Hace quince minutos que te pregunté lo de la hora… Tu respuesta me dejó muy conforme, eres una persona amble y por sobre todo muy tierna- la mujer dio una sonrisa elástica y volvió al ensimismamiento que le provocaba la ventana y su paisaje metálico.
Ornitorrinco se sintió importante. Una leve alergia atacó ciertas partes de su cuerpo. El viejo le seguía mirando desde la altura aunque el parkinson le rompía la uniforme visión de a quien había cedido el asiento.
-¿Qué…qué fue lo último que dijo?- Ornitorrinco volvió a sacar a la mujer del silencio urbano.
Las palabras repiquetearon en la mente de Ornitorrinco como un eco expandido por las campanadas provenientes de alguna iglesia en la que una pareja estuviese contrayendo el vínculo matrimonial. Apretó fuerte los puños y comenzó a golpear el asiento delantero. Eran golpecitos apenas perceptibles para el pasajero que iba delante. Incluso tenían cierta musicalidad, la que provocó que el hombre de aquel asiento se sumiera en un profundo sueño. Ornitorrinco crispó los músculos de su cara y se quejó en silencio. Entonces, se dio de cabezazos contra el asiento de adelante. El pasajero, sin embargo, no despertó.
-¿Qué sucede?- la mujer miró a su compañero de asiento con un aire de reproche pero a la vez con un dejo de comprensión.
-Yo no…yo no soy tierno… Yo…yo…yo soy adulto- Ornitorrinco de pronto sintió un beso en la frente. Era el viejo que se despedía de él cariñosamente.
Ornitorrinco se puso rojo y se mordió algo que parecía ser un labio hasta hacerlo sangrar. El viejo bajó del bus y desde la vereda se despidió de él con lágrimas recorriendo su rostro.
-Te tomó cariño ese hombre, ¿no? Vamos, acéptalo, eres tierno- le dijo la mujer con un tono dulce.
-Yo… Yo soy adulto- Ornitorrinco temblaba y ya algunos pasajeros comenzaban nuevamente a esbozar sonrisas en su contra.
-No he dicho que no seas adulto, simplemente dije que eras tierno… Acepta tu esencia
Ornitorrinco miró a la mujer con sorpresa. Se rascó algunas partes de su cuerpo hasta sacarse algunas costras molestas, y dio una mueca un tanto delicada a la mujer. Esta, para sorpresa de Ornitorrinco, tomó lo que en él parecía ser un brazo de hombre y se lo acarició suavemente.
-Mi nombre es Jezabel, ¿cuál es el tuyo?
Ornitorrinco repitió para sí aquel nombre. Le sabía a miel en la boca pero a ajenjo en el estómago. Esto mismo le emocionó. Casi a punto de gritar le contestó salpicando una saliva viscosa y hedionda:
-Según el sticker de mi habitación me dicen Ornitorrinco
-Mira tú, es un hermoso nombre, tan fantástico… Tú saliste de un cuento de hadas, ¿sabes?
De pronto, sonó el celular de Jezabel. Contestó con temor. Sus manos temblaban y Ornitorrinco pudo oír al otro lado del móvil la voz de un hombre joven que parecía estar riendo pero que quizás estaba en pleno ataque al corazón. Luego de unos minutos, Jezabel cortó. Volvió a mirar el paisaje metálico de la ciudad y luego de un suspiro miró sosegada a Ornitorrinco:
-Para que veas que estoy agradecida de la conversación que hemos tenido, de que me hayas dado la hora tan amablemente y de tu compañía, te invito a un restorán muy bueno que conozco en unas cuadras más… ¿Te parece?
Ornitorrinco abrió el orificio por el que comía, dejó caer baba y contestó con un brillo en su faz:
-Sí… Me gusta…
Bajaron entre las risas y los llantos de los pasajeros. Algunos desde arriba le gritaron que fuera a un doctor, otros le dijeron que estaba condenado y una pequeña niña le despidió con el dedo del medio alzado en su máxima expresión. En el restorán, el mozo que le atendió resultó ser un hombre alegre y de buen tino humorístico.
-Hola, hola, ¿cómo está, dama? ¿Cómo está…caballero? Hey, usted es muy simpático, ¡qué mono que es usted!- el mozo tomó una servilleta y se la pasó por el cuello a Ornitorrinco dejándosela puesta cual babero de un bebé. Entonces llamó la atención de los demás hacia sí:
-Atención, público presente, he aquí que tenemos a un bebé que viene a hacernos reír con su cara de chiste, su cara de nada… Su cara…esa cara tan tierna
El mozo estiró con sus manos la boca de Ornitorrinco hasta formar una sonrisa. Tan fuerte lo hizo que llegó a partirle un poco las comisuras de los labios sacándole sangre. Sin embargo, esto no le quitó la alegría al agradable mozo por lo que siguió jugando con su cliente, formando con la boca de este diferentes posiciones, a la vez que como ventrílocuo, le hacía decir:
-“Hola, amiguitos, soy un bebé muy bonito, me va bien con las damas y las invito a comer a restoranes caros. Mi baberito es muy mono, y lo ocupo para no mancharme con los grumos que se me salen de la boca cuando trago y trago”
Los clientes rieron a carcajadas. Muchos incluso se pararon de sus asientos y aplaudieron al mozo. Este tuvo que hacer varias reverencias en agradecimiento a su público tan enfervorizado. Jezabel también reía pero cuidaba de mirar hacia abajo y taparse la boca con una mano que le sujetaba el rostro. Ornitorrinco estaba rojo. Se sumió en un silencio peligroso y luego miró los ojos de Jezabel. Entonces sonrió. El mozo miró de cerca la cara de Ornitorrinco y comenzó en un tono jocoso:
-¿Qué desea comer el bebito? Vamos, hable. ¿Sabe hablar? ¿Qué-de-se-a-co-mer? ¿Qué-va-a-pe-dir?
-Una vez leí un libro en el que aparecía un mozo como usted…- Ornitorrinco habló con cierta sabiduría.
-¿Qué-qui-e-re-pe-dir?- Insistió en un tono enfermizo el mozo.
-No te preocupes, yo pido por ti. Tú sólo ocúpate de lo tuyo, no sé, lee el menú- le sugirió con seguridad y actitud Jezabel.
Pidió para los dos un gourmet, rescatando a su acompañante de un nuevo interrogatorio del mozo. Jezabel tomó su mano, lo que en ese cuerpo parecía ser una mano, y se la acarició con cierto aburrimiento.
-Así que te gusta leer… ¿Es verdad eso?
-Sí… Sí… Me gusta, he leído de todo un poco… Me da placer leer- Ornitorrinco le contestó con una sonrisa ingenua que resguardaba algunas heridas aún sin cicatrizar del todo.
-Yo he leído mucho, creo que necesito un descanso. Ya soy una mujer afortunada, no me quejo. La vida me ha dado muchos gustitos, ¿sabes?- Jezabel le dio una risa apática.
-Yo…yo no soy como tú… Me gustaría… Yo quisiera, se-se-ser como tú- intentó decir Ornitorrinco.
-Te gustaría, ¿no cierto? Soy una mujer feliz
Al llegar el mozo con el pedido a la mesa, ornitorrinco comenzó a temblar. Sabía que en cualquier instante el hombre inventaría alguna broma en donde él sería la carnada perfecta, una vez más, para atraer las risas y la atención del público. Contrario a lo que pensaba Ornitorrinco, el hombre dejó el pedido y se dio la media vuelta con el rostro serio y concentrado en su labor. La gente que esperaba a que molestase a Ornitorrinco, incluso algunos clientes estaban preparados para sacar fotografías del suceso con sus cámaras, se desilusionó y volvió cabizbajo a devorar sus aperitivos. Ornitorrinco respiró hondo, calmo, tranquilo. Dio un mordisco a su gourmet y lo halló delicioso. Le recordó una vieja receta que él sabía hacer.
-Claro que yo le echo menos azúcar- dijo Ornitorrinco con inocencia.
-¿Sabes cocinar? No lo puedo creer- comentó confundida Jezabel.
-Sí-sí… ¿Po-por qué te so-sorprende tanto?
-Porque…porque yo diría que no sabes hacer nada… Eres tan nada, tan poca cosa, como que llamas a que los demás te desprecien
Ornitorrinco se sonrojó. Estuvo varios minutos con la cabeza gacha tratando de explicarse el por qué de los dichos tan duros de Jezabel. Entonces fue cuando, de la nada, reapareció el mozo. Corrió desde una esquina del restorán con un cuchillo directamente extraído de la cocina del chef y, como si hubiese sido una ráfaga cortante, pasó a cortarle un pedazo de carne a Ornitorrinco. Este chilló como una verdadera alimaña. Jezabel volvió a llevarse una mano a la boca para disimular su sonrisa. En esta ocasión de verdad quería reír. El mozo comenzó una vez más, en medio del griterío de Ornitorrinco, a delirar sabrosos dichos humorísticos:
-Señoras y señores, he aquí un exquisito plato que es de lo más novedoso de nuestra cocina. Se trata de un tumorcillo sanguinolento extraído del más guapo e inteligente de nuestros clientes… “Oh, sí, yo leo”, “Oh, sí, yo soy galán”- el mozo decía esto mirando a Ornitorrinco. Este gritaba de dolor pero ya comenzaba a acostumbrarse a ello.
El público aplaudió salvajemente al mozo y le tiró monedas como propina adicional. El hombre dio otra de sus clásicas reverencias. Hizo girar el palto con el pedazo de carne con tan solo un dedo. Se veía realmente divertido. Los clientes jugaron con el pedacito de carne. Lo pisotearon, lo escupieron y lo rebanaron en pedacitos más pequeños que fueron a reunirlos en un palto especial para Ornitorrinco.
-Hey, señor muy mono, esto es para usted con todo nuestro amor- dijo el mozo ofreciéndole a Ornitorrinco el palto con su propio pedazo de carne hecho añicos. Detrás del mozo los clientes observaban atentos. Jezabel miraba su celular, esperaba una llamada.
Ornitorrinco pensó en huir pero el dolor era demasiado. La sangre que escurrió por el sector cercenado, de su aparente rostro, se unió a sus lágrimas. Temblando de miedo comenzó a tragar. Las mismas personas que le rodeaban buscaron tenedores y le ayudaron a comer. Muchos le hicieron tragar a la fuerza incrustándole, en la apertura para los alimentos, los tenedores. El mozo en una muy ocurrente idea sugirió:
-Ahora háblanos algo intelectual, vamos, ¿quieres? ¿Sa-bes-le-er?
-S…s…sí-sí… A-mo, le-er- dijo Ornitorrinco entre lágrimas.
Un par de hombres se acercó a Jezabel y empezaron a cortejarla. Esta disfrutó de su compañía y no ocultó para nada sus encantos y coquetería. Ornitorrinco se veía rodeado de ojos grandes como lunas incandescentes, bocas plenamente abiertas, fétidas, terribles y cuyas lenguas escupían lo peor de las heces humanas. El mozo le dio varios golpes tratando de descubrir cuál de todas esas excrecencias sanguinolentas y amarillo verdosas eran lo que en Ornitorrinco podía llamárseles ojos. La gente deseaba más show:
-Vamos, dí algo gracioso, animalito- le dijo una dama.
-Ten-go… Te-te-tengo familia…ta-también; me informo como ustedes… Voy al te-teatro… Voy al cine…
-Ornitorrinco, tu conversación ha sido muy grata pero me debo ir, me han llamado… Gracias por haberme dado la hora- le dijo Jezabel que a cada lado iba tomada del brazo por uno de los galanes. Luego, se volvió una vez más hacia Ornitorrinco y le dijo:
-Ah, por cierto, ¿tú no tienes vida?
Entonces, él recordó que debía ir a su trabajo. Se incorporó de la mesa con gran dificultad pues las personas no le dejaban tranquilo. Vio cómo esa mujer que le había brindado unos minutos de atención se alejaba por el umbral del restorán atochada de hombres. El mozo siguió dándole tajos por el cuerpo pero de forma estoica Ornitorrinco pudo soportar el dolor. Su rastro de sangre provocó risas estrepitosas. El mozo se cruzó de brazos, movió la cabeza como sorprendido, y dijo en voz alta:
-¿Vieron la cara de esa bestia? Maldito aborto mal parido
Lo primero con que se encontró a su paso al llegar al trabajo, fue con el reto del jefe. Este, independiente de si Ornitorrinco llegase temprano o tarde, de todas formas siempre le llamaría la atención. Pero Ornitorrinco no podía tenerle rencor a ese hombre.
-Usted es un chiste, ¿sabe, señor Ornitorrinco? Usted no tiene idea de las necesidades de una empresa con respecto a su empleado. ¿Leyó bien el contrato? Mejor dicho, ¿le leyeron bien el contrato? Porque dudo que usted pueda leer
-S…s…sí sé leer, señor
-Estúpido… ¿Y con qué otra tontería me va a salir ahora? ¿Con que se culturiza viendo cine arte?
-S…sí…sí, se-ñor…
-No sea tonto, hombre… Esas cosas están reservadas a grupos de personas a las cuales usted no pertenece. Usted pertenece aquí… Y aun en esta mediocridad no es capaz de manejarse solo… Todo debemos hacerlo por usted, ¡todo!
-Yo… Yo s-sí pue-pue-do hacer las cosas solo… Pero nunca me han dejado hacerlo…- Ornitorrinco temblaba. El jefe con una sola mirada le hería en escozor hasta los genitales.
-Estúpido… Oiga, ¿por qué tiene tantas heridas? ¿Acaso se iba a suicidar?
Un compañero de trabajo que escuchaba la conversación irrumpió en la oficina con la excusa de que debía dejar unos informes, sin embargo su único objetivo era molestar a Ornitorrinco:
-¡Uy! La bestia sobrehumana ya no aguanta más su triste existencia y se quiere matar, uy, la niña está triste… ¿Va a llorar? “Es que yo soy muy emocional”, “Snif, snif, snif”
-Jorquera, deje tranquilo a este estúpido- ayudó el jefe a Ornitorrinco.
-Hey, todos, la cosa esta se sienta mal, parece que se quiere suicidar. Es tan frágil la niña- Jorquera hizo que todos los compañeros de trabajo de Ornitorrinco gimieran en un aspaviento de ternura sumamente patético.
Ornitorrinco crispó sus puños pero se sintió impotente a tal punto que él mismo se dijo en voz alta:
-Ornitorrinco, eres un estúpido, cobarde. Tienes cara de nada, eres inocente, frágil, un niño en cuerpo de hombre, un hombre en cuerpo de bestia, soy aborrecible
-Deje de hablar solo. Jorquera, dirija a este estúpido hacia su lugar de trabajo. Sabiendo como es de tonto probablemente no sepa o se le haya olvidado a donde debe ir- dijo el jefe sonriendo casi con dulzura.
Cuando Jorquera apreció guiando a Ornitorrinco, todos los compañeros de trabajo se colocaron frente a sus rostros un espejo en el cual él se vio. Eran decenas de espejos reflejando lo peor que le había podido pasar a la civilización, lo más bajo a lo que podían caer los genes, una mala jugada del destino, un funesto augurio apocalíptico acontecido. Al verse en los espejos, Ornitorrinco le dijo en un tono casi gutural a Jorquera:
-Ese…soy yo…
-Lamentablemente- a Jorquera le causaba placer ver cómo las lágrimas de su compañero de labor se escurrían infantilmente por ese proyecto de rostro, por esa geografía malformada, por esa falla arquitectónica, por ese continente demolido por los terremotos.
Ornitorrinco quiso abrazar a su compañero para encontrar algo de paz y apoyo, pero Jorquera le sacó a un lado con una patada en el estómago que le hizo asomar un intestino:
-¡Para, para! Yo soy bien hombrecito para mis cosas, no vengas con cambios hormonales aquí. Conmigo no te irá bien, te lo advierto
Jorquera sentó de sopetón a su compañero en el puesto correspondiente y se alejó hacia su propio cubil emitiendo susurros chismosos acerca del olor del trasero de Ornitorrinco. Este encendió el computador, ordenó los documentos de trabajo y se sumió en un sopor lleno de espesura. Veía a sus compañeros tan ufanos y satisfechos de sí mismos que se le inundó el pecho con una sensación que se colaba de un lado a otro como un vil gusanito buscando salir de sus intestinos. Robinson estaba apoyado en la ventana con una taza de té hablando calculadamente con Sofía. Esta le miraba con las pupilas fijas y Robinson le guiñaba un ojo. Se juntarían a la salida del trabajo para ir a pasar un buen rato a algún bar, a alguna discoteque o quizás a una pizzería. Lo que era seguro es que irían al motel. Eso nadie lo podía poner en duda. Ornitorrinco comenzó a babear esa clásica materia viscosa que tanto hacía reír a Wladimir y a los vástagos cuando iba a defecar al baño y ellos deliberadamente rompían el seguro para verle y molestarle. Le sacaban fotografías y comentaban ante todos que su trasero (o lo que se suponía era su trasero) tenía mejor aspecto que ese rostro putrefacto. Entonces Ornitorrinco se sentía mareado y comenzaba a babear. Los vástagos rompían en risas y Wladimir decía con grandilocuencia ampulosa: “Quizás los jugos gástricos ahora están digiriendo el tejido adiposo, luego de que su estómago se rompiera al ejercer tanta presión sobre sus paredes”. Los vástagos reían pero no estaban muy felices pues necesitaban que llorase. Entonces Wladimir los abrazaba y les daba palabras de encomio: “Pequeños, no se preocupen, este pobre espectáculo de alimaña sí está llorando, peor lo hace por sus vísceras… Esas babas son lágrimas. ¿Qué asco, no?”. Así se sentía ahora Ornitorrinco: su baba se escurría por el teclado del computador recorriendo cada letra, cada número, deformando con su ácido la estructura del lenguaje humano. Robinson dio una mirada de reprobación a Ornitorrinco, luego buscó la aprobación de su desaprobación ante Sofía, y esta le dio la razón a su hombre. Le miró con pasión y terminó dándole un beso.
Jorquera apareció hablando de fútbol con uno de los supervisores. Este se reía y hablaba de lo mal que estaban los clubes amateurs. Si ellos no mejoraban su rendimiento, ¿cuál sería el porvenir de aquel deporte? Ornitorrinco los escuchaba y de a poco sus oídos comenzaron a sangrar. Cerró los ojos. Quiso hacer algo pero su paciencia, esa paz ridícula de quienes están frente a un computador, le hizo calmarse. Tomó un papel y un lápiz y comenzó a hacer un poema. En él, la figura de Jezabel cobró vida dotándola de magia, convirtiéndola en un hada, en un ser de otro plano cósmico y que había aparecido para decirle que sí, que ella creía en él, ella confiaba en que él podía darle la hora. Ornitorrinco se sentía importante recordando ese hecho; no le importó que minutos antes ella se marchara con esos dos galanes.
-Oye, abortito… ¿Te sangran los oídos?- le dijo Jonathan en tono ameno. Luego agregó como hablándole al aire:
-¿Esos son los oídos, no?
-No…no te preocupes… A veces me pasa… Estoy bien, gracias
Jonathan llamó a sus compañeros para que vieran el espectáculo. Aunque la idea era fotografiar, como siempre, todas aquellas anécdotas supurientas que emanaban de ese cuerpo tan deplorable, el foco de atención lo acaparó el poema de Ornitorrinco:
-¿Sabe escribir?- preguntó Robinson deformando la cara como si le hubiesen dado un puñetazo.
-Miren, la niña escribe poemitas… A ver, “Graciosa beldad, de un bosque arrullado en gozo viniste a sobrecogerme con tus encantos de diosa”… ¡Qué basura!- expresó Jorquera.
-¡Qué tierno! Pero si es sólo un niño… Miren que tierno- dijo Julia como si hubiese estado hablando de un feto.
-Este tipo nunca ha cogido, qué les apuesto… Ni siquiera sabe hacer poemas buenos, ese romanticismo da asco- comentó furiosa Sofía al ver a lo que parecía ser un hombre haciendo algo tan poco varonil.
Ornitorrinco se sintió observado. Se le crisparon los puños. Su pecho se fue inflamando de una extraña pasión. Sus ojos eran puro amanecer. Recordó entonces a Jezabel preguntándole la hora y los latidos de su engreído corazón se calmaron. Jorquera le escupió el poema por lo que Ornitorrinco tuvo que volver a hacer otro.
-Aprende a hacer algo bien, tontorrón- le dijo aquel en su cara. Luego les comentó a sus compañeros:
-Este bodrio está cada día más feo, hasta se le cae el pelo, ¡guácala!
Ornitorrinco no soportó tantas miradas. Apretó con fuerza el bolígrafo y lo partió en dos. Este gesto de furia hizo que sus compañeros se rieran más aún y compartieran otras sabrosas anécdotas acerca de él:
-“Recuerdo cuando llegó. Yo no podía creerlo, o sea, esa cosa, ¡uy, qué atroz, dios mío! Llamé a la Paty en seguida para contarle y ella no me lo podía creer, en serio”
-“Yo hablé con Rodolfo, sí, estaba ocupado y todo, pero cuando le mencioné la nueva adquisición de nuestra empresa no pudo menos que dar un alarido de terror, porque, seamos sinceros, esto es un error, esto es antinatura”
El bullicio general había llegado a oídos del jefe. Este salió de su oficina dispuesto a sofocar el desorden y despejar la zona de trabajo de Ornitorrinco. Ya estaba acostumbrado a ello:
-Ya, ya, dejen al tontito tranquilo, pueden seguir con él en el break pero ahora los necesito trabajando, ¿escucharon?
Cada trabajador volvió entre risitas siseosas a su puesto de labor. El jefe, en tanto, se acercó curioso hacia ornitorrinco y oteando los versos que reescribía en una mugrienta hoja, le pidió explicaciones:
-A ver, ¿cómo es la cosa, señor Ornitorrinco? ¿Se le paga a usted por escribir garabatos en esas hojas de pordiosero? Rompa ese papelucho asqueroso o si no lo despido en diez segundos
-Es mío…mí-o- Ornitorrinco estaba rojo. Pero era un rojo distinto, era un rojo que desbordaba pasión.
-Diez… Nueve… Ocho…- el jefe contaba con una expresión de felicidad. No tardó en ser seguido por el resto del personal, dichoso en ver qué locura haría Ornitorrinco.
-Mí-o… Yo…yo- Ornitorrinco miraba de un lado a otro. Se golpeó una pierna, o lo que parecía ser en él una pierna; aterrizó su cabeza una y otra vez en la pantalla del computador.
-Siete… Seis… Cinco… Cuatro…- la cuenta regresiva ya se había convertido en una fiesta, todos estaban abrazados y bailaban al son de las lágrimas de Ornitorrinco.
-Es…mi…po…po-ema…- Ornitorrinco jadeaba.
-Tres… Dos… ¡Uno! ¡Está despedido!- el jefe entonces abofeteó a Ornitorrinco, tomó su poema y lo destrozó dejando caer los pedacitos uno a uno sobre él.
-Los… ¡Los odio!- Ornitorrinco gritó. Esto sólo provocó más risas.
Se paró desorbitado de su asiento. Alguien le hizo una zancadilla y al caer escupió una víscera fétida. Corrió. Iba jadeando y en las escaleras su baba viscosa le hizo resbalarse y caer de tumbo en tumbo. Llegó a la calle en donde la gente le recibió con más risas y bromas de buen tino. Gritó como una bestia adolorida, como si los barrotes de su jaula hubiesen estado electrificados; gritó como un recién nacido que se da cuenta que está vivo. El día dejaba caer su vivencia sobre él como una cascada de risas que una a una se iban apoderando de su cuerpo devorando cada gesto noble, cada palabra bien dicha, cada sueño, para troquelar su piel y sus vísceras en fétidas excrecencias sanguinolentas. Corrió hacia la locomoción. Debía volver a su hogar, a encerrarse en su habitación y no volver a salir nunca más de ahí, a favor del mundo. De pronto, vio algo terrible: Jezabel apareció sentada al lado de un hombre bigotudo que miraba con turbación la presencia de Ornitorrinco ahí arriba.
-¿Ornitorrinco? Hola… ¿Cómo estás?... Oye, te presento a mi esposo- dijo ella.
-Hola…- el seco tono germano del hombre hizo surgir más tumorcillos en Ornitorrinco.
Ornitorrinco hizo parar la máquina. Corrió durante horas, se cayó, tropezó, fue vilipendiado, pero al fin retorno a su hogar. Al entrar, nadie le saludó; todos estaban entregados a la fiesta de la dicha. Sólo Wladimir y los vástagos repararon en que jadeaba y tenía los ojos rojos y desorbitados. Vieron que subió las escaleras y al llegar a su habitación escucharon un llanto pavoroso. Ornitorrinco estaba frente a su puerta: comenzó a pasar un dedo (o algo parecido a un dedo) sobre esta como si hubiese estado borrándola. Entonces, entró a la pieza y se sumió en la desesperación. Wladimir y los vástagos, al escuchar los jadeos bulliciosos y el consecuente portazo, subieron a espiar a Ornitorrinco. Al llegar a la puerta de la habitación de este, quedaron estupefactos. Se miraron entre sí como buscando alguna explicación satisfactoria; en el adhesivo de la puerta se leía lo siguiente:
-“El Ornitorrinco no sabe que es la belleza de la sociedad”
Curriculum literario
Rodrigo Torres Quezada
Tengo 25 años. Chileno. Soy Licenciado en Historia de la Universidad de Chile.
2008: Resulté finalista en el concurso argentino de cuentos Hespérides, con la obra “Kiriépolis”.
2009: En el mes de abril realicé el taller de Creación Literaria con Mario Valdovinos en la fundación Pablo Neruda de Bellavista. Participé en el taller Santiago Heavy: cuento urbano a cargo de Carlos Tromben en los talleres de Balmaceda. Estuve en el taller de Iniciación a la novela con Mauricio Electorat. Participé en el taller de cuentos de Jaime Collyer.
El 2009, también, participé leyendo poesía en el evento Muchísima fe. Resulté uno de los ganadores en el concurso de cuentos Relatos de colección. Obtuve un diploma de participación en el 4º Concurso de Literatura “Yasunari Kawabata”. Me fue otorgada una mención honrosa en el concurso Cuentos para cuervos de la revista literaria El Puñal por el cuento “Pascua florida”. El 2009 lancé el libro de cuentos Locuras y otras irrealidades con un grupo de escritores. Aparecí con el cuento “Pétreo misterio” en el segundo número (septiembre-octubre 2009) de la revista literaria Absenta.
El 2010 la editorial Mago Editores eligió mi cuento Ideal programado para colocarlo en el libro BajoRío en marco de la Décima selección de cuento y poesía de Mago Editores. Finalista en el XVIII Concurso literario de San Martín de Valdeiglesias (España), con la obra “Los proteliotragos”. Finalista (octavo lugar) del II Concurso de relato corto “La maleta del tío Paco” (España). Aparición en la revista argentina Papirando nº 11.






































Me impactó, es bueno el ...
Me impactó, es bueno el relato. Saludos!