
WITOLD
GOMBROWICZ, LOS PERROS, LA TIBIEZA Y LA RISA
“Durante diez
años no se es nadie, durante dos se es importante, después de lo cual,
en virtud de una disposición cultural, uno se convierte en autor de
golosinas literarias, por lo demás, bastante buenas. Este por lo demás
es lo que más me inquieta. Quizás me gustaría más que ellos callasen
sobre mí de una forma tajante, salvaje, como ocurría hasta hace poco,
que me quemaran en la hoguera o que me ahogaran en un retrete (...)”
“El
arte, como es bien sabido, sólo teme una cosa: la tibieza. Pero ellos
proceden... de manera culturalista. Con una planificación. Se puede
alabar un poco, cómo no, para que no parezca que reine el terror...,
pero no demasiado. Este un poco mata como un veneno
aplicado en pequeñas dosis. Los perros se mordisquean en la canícula”.
Gombrowicz utiliza a los perros para burlarse del gran enemigo del arte
que es la tibieza y para provocar la risa.
Hace más o menos dos
lustros, Eugenio Noworyta, mejor dicho, el Camaleón, por aquel entonces
Embajador de Polonia en la Argentina, en el medio de una conferencia muy
seria que estaba dando en el Centro Naval de Buenos Aires, relató la
historia del encuentro de dos perros, uno checo y el otro polaco. Los
pichichos se encuentran en la frontera, el perro checo está bien
alimentado y va camino de Polonia.
Al perro polaco se le ven las
costillas y va camino de Checoslovaquia: –¿Adónde vas, pregunta el perro
checo; –Voy y a ver si puedo comer algo, ¿y vos?; –Voy a ver si puedo
ladrar un poco. Porque les damos de comer y por su instinto altruista
los perros polacos, los perros checos y todos los demás perros del mundo
han llegado a tener un gran
afecto por nosotros.
Dostovieski dice que no hay hombre por más
ruin y miserable que sea que no lo pueda querer un perro o una mujer.
Los terratenientes tienen en general una buena relación con los
animales, a Gombrowicz lo alcanzan las generales de la ley, es una
predisposición que paradójicamente humaniza el carácter de los hombres,
como también le ocurría al Dandy, es decir, a Bioy Casares.
Gombrowicz
era muy tierno con los gatos y con los perros. En cierta oportunidad en
que le había pedido ayuda a dos jóvenes señoritas para pasar al francés
la versión española de “El casamiento” les pagó con siete gatitos que
había encontrado en la calle; también dio muestras de una gran congoja
cuando murió el perro de Frau Schultze, la encargada de la pensión de la
calle Venezuela.
Un canon que aparece en los diarios y que
Gombrowicz utilizaba sistemáticamente era el de hacer seguir la ligereza
a la seriedad y viceversa,
para satisfacer este principio a veces recurría a los perros. Cuando
apareció “Ferdydurke” en la Argentina Gombrowicz se convirtió en el
editor de una revista literaria a la que le puso el nombre de “Aurora”,
se tiraron cien ejemplares del primer número que, lamentablemente,
también fue el último.
Era un panfleto humorístico, una sátira en la
que se burlaba a la manera estudiantil de Borges, Capdevila, Larreta,
Barletta y Victoria Ocampo, un libelo en el que observé por primera vez
cómo Gombrowicz separaba el texto en partes con anuncios publicitarios
caninos. “Un perrito blanco lanudo, y bien alimentado”; “Se busca perro
grande para achicarlo”; “Un perro lindo y grande con cachorros y dos
perras”.
Gombrowicz pasaba así de la seriedad de la aparición
de “Ferdydurke” en el continente Sudamericano, a la ligereza de las
intervenciones caninas. Es indudable que con esta intervención de los
perros
Gombrowicz nos quiere provocar la risa. Después de una memorable
intervención de carácter intelectual en una charla magistral que había
dado a los estudiantes de Santiago del Estero, aparecen unos perros.
Estos
perros le dan título a una serie de pensamientos bastante serios. Se
refiere a los abogados y a los ingenieros, a los que ve como naturalezas
vulgares condenados únicamente a la ciencia, todo lo demás era para
ellos una tomadura de pelo de la que tenían que defenderse para no ser
engañados. Se refiere también a sus alumnos de filosofía a quienes
previene de su falta de seriedad.
Él era un bribón al que le
gustaba divertirse y burlarse de los alumnos y de sus enseñanzas. Cuenta
además que su exceso de inteligencia e imaginación lo llevaba a la
estupidez puesto que nada resultaba para él demasiado fantástico, y que
el arte sólo le teme a la tibieza, un apotegma fundamental en las
concepciones de Gombrowicz. Y por
último saca la conclusión de que tiene poca resistencia para sus
angustias.
Esta debilidad le dificulta la entrada a un ascensor o la
subida a un tranvía. La imaginación le hace aparecer los tormentos del
momento con un aspecto insignificante, antes de llegar a ser verdaderos
tormentos. Esta manera de acercarse al dolor, piensa Gombrowicz, corroe
la importancia del dolor como los gusanos a la madera. A cada una de
estas reflexiones más o menos serias las acompaña con sendas
publicidades para perros.
“Perrito mojado o sólo húmedo a
elegir”; “Perrito blanco, sabroso, bien nutrido”; “Cambio perro negro
mordedor por dos viejos”; “Perro mojado y gordinflón”; “Los perros se
mordisquean en la canícula”. En ese panfleto humorístico al que dio en
llamar “Aurora” también utiliza a los perros para atacar la
responsabilidad por la palabra. El escritor Hipólito Alonso Pereiro
estaba escribiendo a máquina la primera
página de su novela.
En este relato un mucamo le pregunta a la
señora si había ordenado llamar el coche. Cuando Matilde, la señora, le
estaba diciendo que sí, pero que no había ningún apuro, en vez de pero, y
por error, a Pereiro le salió perro. Un escritor con menos fuerza de
carácter hubiera corregido el error, pero Pereiro era consciente de su
misión y aceptó con responsabilidad la palabra que había escrito:
–¡Perro, insolente perro!
Y esta respuesta de Matilde obligó al
pobre Pereiro a modificar la respuesta del mucamo: –Si yo soy un perro,
entonces usted, señora, es una pera. Este nuevo error que se le deslizó
en el teclado de la máquina, pues en vez de perra escribió pera, lo
obligó a cambiar otra vez : –Si yo soy un perro, entonces usted es una
pera perra, una perra pera para mí, señora, porque sepa que a mí me
gusta la bruta.
Quiso decir fruta pero ya era tarde: –¡Ah, soy bruta,
que me muerda si yo
soy bruta! Había querido decir muera: –¿Morderte? ¡Con pusto!;
–¡Infame, sos coco!; –¡La Coca-cola es usted!; –¡Lococo!; –¡Co-coco,
cocococo! A veces la burla prescinde de la intervención directa de los
perros en diversos pasajes de los diarios, pero un poco antes o un poco
después aparecen los pichichos.
“Cuando abordo la crisis del
arte, no es porque, siendo yo mismo artista, la sobrestime, sino porque
creo que ilustra la crisis de la forma humana en general... Georges
Girreferést-Prést ha llegado procedente de París. Ayer estuve con él en
la Fragata... Café. Coñac. Me explicó lo que le habían explicado...,
anécdotas y chismorreo recogidos por ahí, ya algo rancios, referentes a
la inmediata posguerra (...)”
“Es difícil comprobarlo, sólo Dios
sabe cómo fueron las cosas realmente... No obstante, todo esto proyecta
una luz extraña sobre la historia del pensamiento sartreano”. Como si
hubiera presentido
la invitación que poco después le haría la Fundación Ford, Gombrowicz
se prepara para llegar a Francia. Un poco antes de abandonar la
Argentina relata un encuentro en la Fragata con un tal Georges
Girreferèst-Prést recién llegado de París.
El hecho de que la
falta de seriedad fuera, a juicio de Gombrowicz, tan importante para el
hombre como la seriedad explica el porqué, a pesar de su conflicto tan
agudo entre la vida y la conciencia, no se refugió en ninguno de los
existencialismos contemporáneos. La autenticidad y la inautenticidad de
la vida le resultaban a Gombrowicz igualmente preciosas.
La
insuficiencia y el subdesarrollo tenían para él la misma importancia que
las grandes categorías de la existencia humana. Georges
Girreferèst-Prést le cuenta a Gombrowicz en la Fragata que Sartre,
cuando todavía era muy joven, acostumbraba a pasear por la avenue
l’Opéra a las siete de la tarde, la hora de más tráfico. Sartre le
había dicho que la percepción del hombre a una distancia tan corta
actúa como una amenaza física.
Debido a la cantidad de hombres
que también paseaban, el hombre le resultaba enormemente próximo y
terriblemente lejano. Esta apretujada masa no humana de hombres
condicionaba el pensamiento del joven Sartre, empieza a buscar entonces
un sistema solitario para la actividad de su conciencia, y se refugia,
le dice, en sí mismo, se aísla herméticamente de los demás, cerrando la
puerta del propio yo.
Paradójicamente, esta soledad había nacido de
la multitud. Cuando la idea de la soledad se instaló en él, advirtió que
su soledad iba a encontrar resonancia en miles de otras almas. La
cantidad parecía seguir formando parte de la idea que derivaba de ella:
la soledad. Pero la filosofía y la cantidad son antinómicas, la
conciencia y el hombre concreto no pueden alimentarse con la cantidad,
sin embargo, se estaban alimentando con ella.
El sistema de Sartre en su fase inicial proclama sencillamente
que yo soy yo de manera impenetrable para los otros, como una lata de
sardinas; los otros no existen. El miedo que le produce esta idea no
está solo, lo ve multiplicado por la cantidad de aquellos a los que
puede haber convencido con la idea. No podía seguir adelante con este
pensamiento que se comía la cola.
Debía pues volver a reconocer,
mejor dicho, debía volver a construir al otro, pero cuando termina de
construir al otro empieza a sentir sobre sí mismo la mirada de ese otro.
Y ese otro, determinado y construido por Sartre, no tenía nada que ver
con el hombre concreto, ese otro al que tenía que reconocerle la
libertad, era al mismo tiempo un objeto. Sartre se encuentra cara a
cara, le dice Girreferèst-Prést a Gombrowicz, con la cantidad.
La
cantidad en toda su plenitud, con todos los hombres posibles, con el
hombre en general, y él, que de joven se había
asustado de la multitud parisina, se las está viendo con todos los
individuos. Estaba solo frente a todos. A pesar de este panorama
terrible no se asusta y se pone sobre los hombros la responsabilidad por
todos los hombres. Pero esta plenitud se le viene a mezclar nuevamente a
Sartre con una cantidad relacionada ahora con su obra.
La cantidad
de ediciones, de ejemplares, de lectores, de comentarios, de ideas
derivadas de sus ideas, y variantes de estas variantes. “Entonces, me
dice, lo vi acercarse a Sartre a un cristal empañado y escribir con el
dedo: Nec Hercules contra plures”. La bancarrota era completa, Hercules
no puede contra todos, pero como esa bancarrota estaba dividida por
millones a causa de la cantidad, la bancarrota se empequeñecía.
Se
achicaba justamente gracias a la cantidad, en medio del caos y de la
confusión donde nadie sabe nada, nadie entiende nada, donde se parlotea y
se habla sin ton ni son, y donde todo acaba
en nada. El humor de este pasaje que escribe Gombrowicz en los diarios
es un tanto serio, como también lo es el humor de aquellos otros en los
que asoman la cola los perros.
Y otra vez tenemos que decir que esta
historia no tendría nada de particular si no fuera porque esa
conversación con el francés en la Fragata nunca existió, y no existió
porque no existía el francés. Hay varias maneras de comprobarlo, la más
sencilla consiste en descubrir que cada vez que nombra al francés, siete
veces en total, lo hace de una manera diferente, variando las letras y
el tipo de acento.
Es decir, en este caso no sólo se está
burlado del lector, como lo hizo con Siegrist, una narración en la que
sólo se provoca la risa así mismo porque el lector no sabe que se está
burlando, sino que también le da pistas al lector para que sepa que se
está burlando de él, para que nos riamos todos como nos reímos cuando
aparecen los perros. Sin embargo,
las reflexiones son atinadas y están de acuerdo con su manera de
pensar.
Reír resulta agradable porque nos satisface el triunfo del
conocimiento intuitivo, la forma natural del conocimiento inseparable de
nuestro ser animal, sobre el pensamiento abstracto. Nos agrada
comprobar que el pensamiento es incapaz de comprender todas las
variantes que presenta la realidad, es placentero ver perder a la razón
de vez en cuando, un dominio severo, perpetuo y molesto.
Gombrowicz
mezcla la seriedad con la ligereza para hacernos reír a nosotros y para
provocarse la risa a sí mismo.
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