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WITOLD GOMBROWICZ Y SANTIAGO DEL ESTERO

Enviado por Cinosargo el 14/07/2010 a las 10:45
Cinosargo
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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y SANTIAGO DEL ESTERO



“El tren corre. A través de las ventanas del vagón herméticamente cerradas a causa de la arena que penetra por todas partes, no se ve nada aparte de esos raquíticos arbolitos crecidos en la arena, y una hierba rala. Cae la noche; de vez en cuando, al apagar con la mano los reflejos en el cristal, se me dibujan a lo lejos los árboles, siempre los mismos, que huyen. ¿Cuántas horas me quedan aún de este viaje y a través de qué regiones? (...)”
“No lo sé. Me duermo. Y, por fin, Santiago”. Cuando Gombrowicz llega a Santiago lo está esperando en la estación Francisco René Santucho, hermano de Mario Roberto. En la década de 1950 había fundado la Librería Aymara y el Centro Cultural “Dimensión”, donde auspició charlas y conferencias de intelectuales como Miguel Ángel Asturias, Juan José Hernández Arregui, Bernardo Canal Feijóo, Orestes Di Lullo, Witold Gombrowicz...

Con el deseo de conocer la verdadera naturaleza del indio Gombrowicz de inmediato mantiene conversaciones con ese santiagueño ilustre. Empieza por decirle que había demasiada belleza en la juventud de esa cuidad: –No hay nada peor que la superabundancia, conozco ciudades donde cada una de esas niñas valdría cien mil, aquí no daría yo por ellas ni tres centavos.
Son demasiadas; –No, no es por eso... el motivo es otro; –¿Cuál es?; –Es la venganza del indio; –¿Qué venganza? El señor español había reducido a los indios al papel de esclavos y siervos, pero poco a poco se fue mezclando con el criado de lo que resultó una combinación especial. El indio tenía que defenderse de la dominación del señor español y recurrió entonces a la burla.  

Mofándose del señor acabó cultivando en sí mismo una perfecta capacidad para ridiculizar todo lo que quería destacarse y dominar. De esta manera rechazó las jerarquías y reivindicó la igualdad, el indio veía en el éxito y en las muestras de talento el deseo de dominar. “Con un movimiento de la mano en el aire, ese Nietzsche indio abarcó a la multitud y concluyó: –Ahora aquí nada quiere destacarse ni brillar”
Pero ésta es justamente la opinión que Gombrowicz tiene de los argentinos, y no solamente del indio. La belleza y la genialidad argentinas son antigeniales, su facilidad proviene del hecho de que no quiere sacar provecho de sus ventajas, una idea realmente interesante. “Un europeo las cultivaría como un campo fértil, se inclinaría sobre sí mismo como un instrumento”

El argentino en cambio permite que sus virtudes queden en un estado natural, no quiere ser célebre, no quiere luchar contra la gente, es discreto, no quiere imponerse. La actitud del argentino frente a los otros no es suficientemente aguda, no se les echa encima, no necesita de los demás para ser alguien, el hombre no es para él un obstáculo al que tenga que salvar, no utiliza a los otros como una garrocha para saltar hacia arriba.
Si el hombre argentino llegara a ser como lo piensa Gombrowicz, entonces, hay que decirlo, en comparación, él se comportaba como un animal salvaje. Otro asunto que puso al indio a la defensiva fue el engaño, los conquistadores empezaron a confundirlo con piedras brillantes y siguieron tomándole el pelo. No hay nada a lo que un indio tema más que a que lo engañen.

 Éste era el mismo tipo de miedo que Gombrowicz registraba en algunos de sus lectores. “Pero ¿de qué le sirve al indio saber si yo hablo ‘sincera’ o ‘insinceramente’? ¿Qué tiene que ver esto con la certeza de los pensamientos que pronuncio?”. Gombrowicz estaba convencido de que se puede proclamar insinceramente una gran verdad y soltar sinceramente la mayor tontería.
Los pensamientos se deben analizar en tanto que pensamientos, y no en tanto a cuál sea la intención del hombre que los pronuncia. El engaño es una herramienta a la que el escritor debe recurrir para no convertirse en una presa fácil del lector. “Basta ya de ese sueño tranquilo en el seno de la confianza mutua. ¡Que despierte el espíritu! ¡Despierta! ¡Y salud, indios!”

Mientras los europeos le estaban abriendo la puerta a un Gombrowicz importante, el Gombrowicz de por acá tiene ataques de infantilismo con los jóvenes de Tandil y de Santiago del Estero, se comportaba con ellos como si fuera un muchacho grande. Es difícil resumir en pocas palabras el proceso de infantilización que se manifiesta en Gombrowicz a medida que va creciendo.
Desde muy joven Gombrowicz se dedicó sistemáticamente a hacerle un lugar a la inmadurez y a tocarle la cola al diablo, siendo la característica común de estas dos inclinaciones la de ser movimientos descendentes. Es un caso singular en el que se cruzan con igual intensidad la seriedad y la falta de seriedad. Por su nacimiento estaba preparado para ser absorbido por la clase de los terratenientes como sus hermanos.

También pudo ser tomado por las organizaciones políticas, o militares, o eclesiásticas, o por la mundología, pero por razones misteriosas se mantuvo al margen. Hizo todo lo posible por estar apartado también del trabajo y del matrimonio, pero ocho años después de haberlo perdido todo se empleó durante casi ocho años en el Banco Polaco, y algún tiempo después de haber regresado a Europa se casó con la Vaca Sagrada.
“El hombre es un ser social, y quien se integra rápida y fácilmente en su ambiente, se forma e incluso llega a un grado considerable de eficacia... pero no se manifestará nunca en él la fuente de sus energías más profundas, será un hombre técnicamente útil, pero superficial y limitado”. En la maraña indígeno erotizada que Gombrowicz había armado en Santiago del Estero se fueron perfilando poco a poco dos personajes míticos.

Estos personajes eran Leopoldo Allub Manzur y Mario Roberto Santucho a los que Gombrowicz apodó el Beduino y el Indiecito respectivamente. El Beduino era un joven desconcertante, de un aspecto intimidatorio por la fiereza de su rostro, sin embargo, era el más tierno de todos nosotros. Para defenderse de su timidez recurría a burlas inocentes en forma permanente.
A su alrededor flotaba un aire de irrealidad manifiesto, un aire como el del geniecillo de la filosofía de Descartes. Una tarde Gombrowicz conversaba con el Beduino en un banco de la plaza principal de Santiago del Estero. Este pichón santiagueño de sociólogo le preguntaba de vez en cuando a Gombrowicz si tenía tanto sentido del humor como lo parecía a primera vista.

Mientras tanto le contaba que cada uno de los hermanos Santucho tenía una tendencia política diferente, gracias a lo cual la familia no le temía a las revoluciones tan frecuentes en aquella época, cualquiera fuese la revolución que triunfara algún hermano ganaría: el comunista, el nacionalista, el liberal, el cura o el peronista. El Beduino trataba de asegurarse, más que de ninguna otra cosa, de que Gombrowicz tuviera sentido del humor.
Cuando estuvo más o menos seguro de que tenía sentido del humor, con mucho disimulo, encendió un petardo y lo puso debajo del banco, el petardo estalló: –Perdón, Gombrowicz, ¿se asustó?; –No utilice, jovencito, esas armas infernales contra mí. Me contaba el Beduino que se puso blanco como un papel y durante un largo rato Gombrowicz no pudo pronunciar palabra.

El talante ligero de este gombrowiczida santiagueño le daba oportunidad a Gombrowicz para armar numeritos teatrales. “Beduino y yo en la parada del autobús, esperamos el 208 cerca de mi casa de Venezuela: –¡Oye, viejo! Para no aburrirnos, ¡montaremos un numerito! ¡Los dejaremos boquiabiertos! Habla conmigo como si yo fuera director de orquesta y tú músico, pregúntame por Toscanini (...)”
“Beduino se muestra encantado. Subimos. Se sitúa a una distancia conveniente y comienza, en voz alta: –En tu lugar, reforzaría los contrabajos, prestaría atención también al fugato, maestro... La gente aguza los oídos: –Hum, hum...; –Y cuidado con los cobres en ese pasaje del Fa al Re... ¿Cuándo tienes ese concierto? Yo toco el catorce... A propósito, ¿cuándo me mostrarás esa carta de Toscanini?; –Me dejas asombrado, chico (...)”

“No conozco a Toscanini, no soy director de orquesta y francamente no entiendo por qué has de presumir delante de la gente haciéndote pasar por músico. ¿Qué es eso de engalanarte con plumas ajenas? ¡Es muy feo! Todos miraban severamente a Beduino que, colorado como un tomate, me dirige una mirada asesina”. Gombrowicz se establece en Santiago del Estero en el año 1958.
Huyendo del frío de Tandil y del de Buenos Aires se toma unas vacaciones de cuatro meses y medio en esa ciudad subtropical buscando un alivio para su asma. En esa ciudad no encontró el término medio que había encontrado en Tandil ni el anonimato de Buenos Aires, se movía entre la provocación y el erotismo. Gombrowicz buscaba una actualización de su inmadurez y de su talante jocoso e infantil que no pocas veces le producía dolor.

Las últimas paradas argentinas que hizo en este viaje a la inmadurez fueron Tandil y Santiago del Estero. El intento por separar literariamente en los diarios su inmadurez tandilense de su erotización santiagueña no funcionó y todo quedó confundido en una especie de erotización inmadura. La naturaleza indígena de Santiago asomaba la nariz por todas partes: en las plazas, en los parques y en los estudiantes.
“Estaba sentado en un banco de la plaza, en un parque, y a mi lado tenía un muchacho, posiblemente un estudiante de la Escuela Industrial, con un compañero un poco mayor que él: –Si fueras de putas –le decía el muchacho al compañero–, tendrías que soltar al menos cincuenta. ¡O sea que a mí me debes lo mismo! ¿Cómo entender eso? Ya me he percatado que en Santiago todo puede interpretarse de dos maneras diferentes (...)”  

“Se puede interpretar como extrema inocencia o como extrema depravación, por lo que no me extrañaría que estas palabras fueran inocentes, una simple broma en una conversación entre colegiales. Pero no puede excluirse algo más perverso. Como tampoco puede excluirse la archiperversión que consistiría en que, teniendo el significado que yo les atribuía, fueran, a pesar de todo ello, inocentes (...)”
“En ese caso el escándalo mayor constituiría la más perfecta inocencia. Ese muchacho quinceañero era evidentemente de buena familia, de sus ojos emanaba salud, cordialidad y alegría, no decía aquello voluptuosamente, sino con toda la convicción de una persona que defiende un derecho legítimo. Y además reía..., con esa risa de aquí, nunca excesiva pero envolvente”

Gombrowicz ya advertido de la dulzura equívoca de los changos dio una conferencia en la Universidad en la que habló como hablan los más célebres, simulando que se sentía como si estuviera en su propia casa, que aquello era para él pan comido, cuando en realidad cualquier cuestionario indiscreto que le hubieran hecho lo hubiera dejado desarmado. “¡Pero estoy tan acostumbrado a la mistificación y al engaño! (...)”
“Y además sé perfectamente que hasta los más ilustres sabios no desdeñan tales mistificaciones. Hacía, pues, mi papel como podía, un papel que por otro lado no me salía del todo mal. De repente vi, un poco al fondo, detrás de la primera fila, una mano que descansaba sobre una rodilla. Otra mano, al lado, perteneciente a otra persona, se apoyaba o, mejor, se agarraba con los dedos al respaldo de la silla (...)”

“De pronto fue como si esas dos manos me tomaran, hasta el punto que me asusté, me quedé sin respiración, y otra vez sentí en mí la llamada de la carne”. Las manos que irrumpen como un llamado del cuerpo lo llevan a Gombrowicz a una persecución anhelante de un muchacho moreno, desconocido para él, por las calles de Santiago. “Fue uno de esos momentos de mi vida en que comprendí con toda claridad que la moral es salvaje (...)”
“De pronto, cuando llegué a su altura, me saludó sonriente: –Qué tal? ¡Lo conocía, era uno de los lustrabotas de la plaza, para eso yo no estaba ni por asomo preparado!; –¿Adónde vas?, nos cruzamos y de toda esa pasión no quedó sino la normalidad. Santiago es una vaca que rumia diariamente su vuelo, es una pesadilla en la que uno corre una carrera vertiginosa pero sin moverse de un lugar (...)”

“Roby llegó a Buenos Aires, es un soldado nato, sirve para el fusil, las trincheras, el caballo. Me interesaba saber si en los dos años que habíamos dejado de vernos había cambiado algo en aquel estudiante, me parecía imposible que a su edad, pudiera evitar una mutación aunque fuese parcial. Pero el tonto no ha asimilado nada desde que lo dejé en Santiago hace dos años”
En el año 1960 el Indiecito vino a Buenos Aires y nos fue a visitar al café Rex. A la una de la mañana nos fuimos a otro bar a tomar cerveza y a discutir en un círculo más privado. Esa noche Santucho lo había trasladado a Gombrowicz al pasado, al hitlerismo, al sentimiento de impotencia que lo había asaltado en la víspera de la quiebra de Europa, y al asombro que le producía el cómo la calidad inferior puede ser hasta tal punto fuerte y agresiva.

Por esa particularidad fructuosa que tiene la literatura podemos mezclar estos recuerdos del ascenso irresistible de la barbarie alemana del año 1938, con ese Indiecito santiagueño de 1960, y con unas aventuras extrañas que corrió Gombrowicz durante su estada en Berlín en 1963. La cabeza y la mano, en la imaginación de Gombrowicz, son las partes del cuerpo que ponían en contacto a ese joven argentino con el terror del nazismo.
“En Berlín me llevaron a una prisión y me mostraron una habitación corriente, luminosa, con unas anillas de hierro en el techo que habían servido para colgar de ellas a quienes luchaban contra Hitler, o quizás no para colgar, sino para asfixiar”. Por las calles de una ciudad profundamente moral tenía también que ver perros y hombres monstruosos junto a una voluntad admirable de ser normales.

El año nuevo de 1964 Gombrowicz lo pasó con un grupo de jóvenes alemanes en la casa de un pintor. Y es aquí donde empieza a darle vuelta a las manos, ve a esos jóvenes nórdicos encadenados a sus propias manos, unas manos por otra parte perfectamente civilizadas. “Y las cabezas acompañaban esas manos como una nube acompaña la tierra, no fue una sensación nueva (...)”
“Ya en alguna otra ocasión, en la Argentina, Roby Santucho se me había identificado con sus propias manos”. Eran unas manos nuevas e inocentes y, sin embargo, iguales a aquellas otras sangrientas del pasado. Manos amistosas, fraternales y amorosas, como las de aquel bosque de manos alzadas, tendidas hacia delante en su ‘heil’, en las que también había amor (...)”

“Una generación que parecía no engendrada por nadie, sin pasado y suspendida en el vacío, sólo que seguía encadenada a sus propias manos, unas manos que ya no mataban, sino que se ocupaban de los gráficos, de la contabilidad y de la producción. Al mismo tiempo miré la pared en la casa del pintor anfitrión y vi allá, en lo alto, casi tocando el techo, un gancho clavado en la pared (...)”
“Clavado en una pared lisa, solitario, trágico como aquellas anillas de hierro de las que colgaban o asfixiaban a los que luchaban contra Hitler”.  Ese año nuevo en Berlín le resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni de la historia. Sólo aquel gancho en la pared y esas manos se le asociaban con las paradas militares amorosamente mortales en los bosques alemanes.

De esos jóvenes se habían extraído unas manos puestas en la avanzada de un bosque de manos que mostraban el camino hacia delante. “Aquí y ahora, en cambio, las manos estaban tranquilas, desocupadas, eran privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo encadenados a sus manos. En realidad no sabía a qué atenerme: nunca había visto una juventud más humanitaria y universal, democrática y auténticamente inocente (...)”
“Más tranquila. Pero... ¡con esas manos!”. A Gombrowicz lo asaltaba la sospecha insistente de que el contenido de las ideologías no tenía importancia, que las ideologías sólo servían para agrupar a la gente, formar una masa y una fuerza creadora. Pero Gombrowicz quería ser él mismo, sostenerse sobre sus propios pies, alejarse de las palabras huecas, de la mentira y del éxtasis para tener contacto con la realidad.

“Viví antes de la guerra y durante la guerra la victoria de la fuerza colectiva y también su derrota y su desintegración con el renacimiento del ‘yo’ inmortal. Poco a poco se han ido debilitando en mí aquellos miedos, ¡cuando de pronto Roby me ha hecho llegar nuevamente ese tufo diabólico!”. Otra vez Gombrowicz se sentía sometido a las fuerzas ciegas de la colectividad y de la historia.
La moral, la ciencia, la razón, la lógica, todo se convierte en instrumento de una idea diferente y superior que quiere conquistarnos y poseernos. Pero no es una idea, es una criatura surgida de la masa y que expresa a la multitud. “Tomaba cerveza sentado frente a ese estudiante tan encantadoramente joven, tan indefenso y al mismo tiempo tan peligroso. Miraba su cabeza y su mano. ¡Su cabeza! ¡Su mano! (...)”

“Una mano dispuesta a matar en nombre de una niñería. La prolongación del disparate y la sandez que se estaba incubando en su cabeza era una bayoneta ensangrentada... Una criatura extraña: de cabeza confusa y trivial, de mano peligrosa. Se me ha ocurrido una idea, un poco vaga y no acabada de pensar, que sin embargo quisiera anotar aquí. Se podría formular más o menos con algunas palabras (...)”
“Su cabeza está llena de quimeras, por lo tanto es digna de compasión; pero su mano tiene el don de transformar las quimeras en realidad, es capaz de crear hechos. Irrealidad, pues, del lado de la cabeza, realidad del lado de la mano... y seriedad de uno de los extremos. Tal vez le esté agradecido por haberme vuelto a mis antiguas angustias. Esta seguridad en mí mismo de hombre culto, de intelectual, de artista, que va creciendo en mí con la edad, ¡no es nada bueno! (...)”

“No hay que olvidar que los que no escriben con tinta escriben con sangre”

 

 

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