
WITOLD
GOMBROWICZ Y SANTIAGO DEL ESTERO
“El tren corre. A través de
las ventanas del vagón herméticamente cerradas a causa de la arena que
penetra por todas partes, no se ve nada aparte de esos raquíticos
arbolitos crecidos en la arena, y una hierba rala. Cae la noche; de vez
en cuando, al apagar con la mano los reflejos en el cristal, se me
dibujan a lo lejos los árboles, siempre los mismos, que huyen. ¿Cuántas
horas me quedan aún de este viaje y a través de qué regiones? (...)”
“No
lo sé. Me duermo. Y, por fin, Santiago”. Cuando Gombrowicz llega a
Santiago lo está esperando en la estación Francisco René Santucho,
hermano de Mario Roberto. En la década de 1950 había fundado la Librería
Aymara y el Centro Cultural “Dimensión”, donde
auspició charlas y conferencias de intelectuales como Miguel Ángel
Asturias, Juan José Hernández Arregui, Bernardo Canal Feijóo, Orestes Di
Lullo, Witold Gombrowicz...
Con el deseo de conocer la verdadera
naturaleza del indio Gombrowicz de inmediato mantiene conversaciones
con ese santiagueño ilustre. Empieza por decirle que había demasiada
belleza en la juventud de esa cuidad: –No hay nada peor que la
superabundancia, conozco ciudades donde cada una de esas niñas valdría
cien mil, aquí no daría yo por ellas ni tres centavos.
Son
demasiadas; –No, no es por eso... el motivo es otro; –¿Cuál es?; –Es la
venganza del indio; –¿Qué venganza? El señor español había reducido a
los indios al papel de esclavos y siervos, pero poco a poco se fue
mezclando con el criado de lo que resultó una combinación especial. El
indio tenía que defenderse de la dominación del señor español y recurrió
entonces a la burla.
Mofándose del señor acabó cultivando en sí mismo una perfecta
capacidad para ridiculizar todo lo que quería destacarse y dominar. De
esta manera rechazó las jerarquías y reivindicó la igualdad, el indio
veía en el éxito y en las muestras de talento el deseo de dominar. “Con
un movimiento de la mano en el aire, ese Nietzsche indio abarcó a la
multitud y concluyó: –Ahora aquí nada quiere destacarse ni brillar”
Pero
ésta es justamente la opinión que Gombrowicz tiene de los argentinos, y
no solamente del indio. La belleza y la genialidad argentinas son
antigeniales, su facilidad proviene del hecho de que no quiere sacar
provecho de sus ventajas, una idea realmente interesante. “Un europeo
las cultivaría como un campo fértil, se inclinaría sobre sí mismo como
un instrumento”
El argentino en cambio permite que sus virtudes
queden en un estado natural, no quiere ser célebre, no quiere luchar
contra la
gente, es discreto, no quiere imponerse. La actitud del argentino
frente a los otros no es suficientemente aguda, no se les echa encima,
no necesita de los demás para ser alguien, el hombre no es para él un
obstáculo al que tenga que salvar, no utiliza a los otros como una
garrocha para saltar hacia arriba.
Si el hombre argentino llegara a
ser como lo piensa Gombrowicz, entonces, hay que decirlo, en
comparación, él se comportaba como un animal salvaje. Otro asunto que
puso al indio a la defensiva fue el engaño, los conquistadores empezaron
a confundirlo con piedras brillantes y siguieron tomándole el pelo. No
hay nada a lo que un indio tema más que a que lo engañen.
Éste
era el mismo tipo de miedo que Gombrowicz registraba en algunos de sus
lectores. “Pero ¿de qué le sirve al indio saber si yo hablo ‘sincera’ o
‘insinceramente’? ¿Qué tiene que ver esto con la certeza de los
pensamientos que pronuncio?”.
Gombrowicz estaba convencido de que se puede proclamar insinceramente
una gran verdad y soltar sinceramente la mayor tontería.
Los
pensamientos se deben analizar en tanto que pensamientos, y no en tanto a
cuál sea la intención del hombre que los pronuncia. El engaño es una
herramienta a la que el escritor debe recurrir para no convertirse en
una presa fácil del lector. “Basta ya de ese sueño tranquilo en el seno
de la confianza mutua. ¡Que despierte el espíritu! ¡Despierta! ¡Y salud,
indios!”
Mientras los europeos le estaban abriendo la puerta a
un Gombrowicz importante, el Gombrowicz de por acá tiene ataques de
infantilismo con los jóvenes de Tandil y de Santiago del Estero, se
comportaba con ellos como si fuera un muchacho grande. Es difícil
resumir en pocas palabras el proceso de infantilización que se
manifiesta en Gombrowicz a medida que va creciendo.
Desde muy joven
Gombrowicz se dedicó sistemáticamente a hacerle
un lugar a la inmadurez y a tocarle la cola al diablo, siendo la
característica común de estas dos inclinaciones la de ser movimientos
descendentes. Es un caso singular en el que se cruzan con igual
intensidad la seriedad y la falta de seriedad. Por su nacimiento estaba
preparado para ser absorbido por la clase de los terratenientes como sus
hermanos.
También pudo ser tomado por las organizaciones
políticas, o militares, o eclesiásticas, o por la mundología, pero por
razones misteriosas se mantuvo al margen. Hizo todo lo posible por estar
apartado también del trabajo y del matrimonio, pero ocho años después
de haberlo perdido todo se empleó durante casi ocho años en el Banco
Polaco, y algún tiempo después de haber regresado a Europa se casó con
la Vaca Sagrada.
“El hombre es un ser social, y quien se integra
rápida y fácilmente en su ambiente, se forma e incluso llega a un grado
considerable de eficacia... pero no se
manifestará nunca en él la fuente de sus energías más profundas, será
un hombre técnicamente útil, pero superficial y limitado”. En la maraña
indígeno erotizada que Gombrowicz había armado en Santiago del Estero se
fueron perfilando poco a poco dos personajes míticos.
Estos
personajes eran Leopoldo Allub Manzur y Mario Roberto Santucho a los que
Gombrowicz apodó el Beduino y el Indiecito respectivamente. El Beduino
era un joven desconcertante, de un aspecto intimidatorio por la fiereza
de su rostro, sin embargo, era el más tierno de todos nosotros. Para
defenderse de su timidez recurría a burlas inocentes en forma
permanente.
A su alrededor flotaba un aire de irrealidad manifiesto,
un aire como el del geniecillo de la filosofía de Descartes. Una tarde
Gombrowicz conversaba con el Beduino en un banco de la plaza principal
de Santiago del Estero. Este pichón santiagueño de sociólogo le
preguntaba de vez en cuando a
Gombrowicz si tenía tanto sentido del humor como lo parecía a primera
vista.
Mientras tanto le contaba que cada uno de los hermanos
Santucho tenía una tendencia política diferente, gracias a lo cual la
familia no le temía a las revoluciones tan frecuentes en aquella época,
cualquiera fuese la revolución que triunfara algún hermano ganaría: el
comunista, el nacionalista, el liberal, el cura o el peronista. El
Beduino trataba de asegurarse, más que de ninguna otra cosa, de que
Gombrowicz tuviera sentido del humor.
Cuando estuvo más o menos
seguro de que tenía sentido del humor, con mucho disimulo, encendió un
petardo y lo puso debajo del banco, el petardo estalló: –Perdón,
Gombrowicz, ¿se asustó?; –No utilice, jovencito, esas armas infernales
contra mí. Me contaba el Beduino que se puso blanco como un papel y
durante un largo rato Gombrowicz no pudo pronunciar palabra.
El
talante ligero de este gombrowiczida
santiagueño le daba oportunidad a Gombrowicz para armar numeritos
teatrales. “Beduino y yo en la parada del autobús, esperamos el 208
cerca de mi casa de Venezuela: –¡Oye, viejo! Para no aburrirnos,
¡montaremos un numerito! ¡Los dejaremos boquiabiertos! Habla conmigo
como si yo fuera director de orquesta y tú músico, pregúntame por
Toscanini (...)”
“Beduino se muestra encantado. Subimos. Se sitúa a
una distancia conveniente y comienza, en voz alta: –En tu lugar,
reforzaría los contrabajos, prestaría atención también al fugato,
maestro... La gente aguza los oídos: –Hum, hum...; –Y cuidado con los
cobres en ese pasaje del Fa al Re... ¿Cuándo tienes ese concierto? Yo
toco el catorce... A propósito, ¿cuándo me mostrarás esa carta de
Toscanini?; –Me dejas asombrado, chico (...)”
“No conozco a
Toscanini, no soy director de orquesta y francamente no entiendo por qué
has de presumir delante de la gente
haciéndote pasar por músico. ¿Qué es eso de engalanarte con plumas
ajenas? ¡Es muy feo! Todos miraban severamente a Beduino que, colorado
como un tomate, me dirige una mirada asesina”. Gombrowicz se establece
en Santiago del Estero en el año 1958.
Huyendo del frío de Tandil y
del de Buenos Aires se toma unas vacaciones de cuatro meses y medio en
esa ciudad subtropical buscando un alivio para su asma. En esa ciudad no
encontró el término medio que había encontrado en Tandil ni el
anonimato de Buenos Aires, se movía entre la provocación y el erotismo.
Gombrowicz buscaba una actualización de su inmadurez y de su talante
jocoso e infantil que no pocas veces le producía dolor.
Las
últimas paradas argentinas que hizo en este viaje a la inmadurez fueron
Tandil y Santiago del Estero. El intento por separar literariamente en
los diarios su inmadurez tandilense de su erotización santiagueña no
funcionó y todo quedó confundido en
una especie de erotización inmadura. La naturaleza indígena de Santiago
asomaba la nariz por todas partes: en las plazas, en los parques y en
los estudiantes.
“Estaba sentado en un banco de la plaza, en un
parque, y a mi lado tenía un muchacho, posiblemente un estudiante de la
Escuela Industrial, con un compañero un poco mayor que él: –Si fueras de
putas –le decía el muchacho al compañero–, tendrías que soltar al menos
cincuenta. ¡O sea que a mí me debes lo mismo! ¿Cómo entender eso? Ya me
he percatado que en Santiago todo puede interpretarse de dos maneras
diferentes (...)”
“Se puede interpretar como extrema inocencia o
como extrema depravación, por lo que no me extrañaría que estas
palabras fueran inocentes, una simple broma en una conversación entre
colegiales. Pero no puede excluirse algo más perverso. Como tampoco
puede excluirse la archiperversión que consistiría en que, teniendo el
significado que
yo les atribuía, fueran, a pesar de todo ello, inocentes (...)”
“En
ese caso el escándalo mayor constituiría la más perfecta inocencia. Ese
muchacho quinceañero era evidentemente de buena familia, de sus ojos
emanaba salud, cordialidad y alegría, no decía aquello voluptuosamente,
sino con toda la convicción de una persona que defiende un derecho
legítimo. Y además reía..., con esa risa de aquí, nunca excesiva pero
envolvente”
Gombrowicz ya advertido de la dulzura equívoca de los
changos dio una conferencia en la Universidad en la que habló como
hablan los más célebres, simulando que se sentía como si estuviera en su
propia casa, que aquello era para él pan comido, cuando en realidad
cualquier cuestionario indiscreto que le hubieran hecho lo hubiera
dejado desarmado. “¡Pero estoy tan acostumbrado a la mistificación y al
engaño! (...)”
“Y además sé perfectamente que hasta los más ilustres
sabios no
desdeñan tales mistificaciones. Hacía, pues, mi papel como podía, un
papel que por otro lado no me salía del todo mal. De repente vi, un poco
al fondo, detrás de la primera fila, una mano que descansaba sobre una
rodilla. Otra mano, al lado, perteneciente a otra persona, se apoyaba o,
mejor, se agarraba con los dedos al respaldo de la silla (...)”
“De
pronto fue como si esas dos manos me tomaran, hasta el punto que me
asusté, me quedé sin respiración, y otra vez sentí en mí la llamada de
la carne”. Las manos que irrumpen como un llamado del cuerpo lo llevan a
Gombrowicz a una persecución anhelante de un muchacho moreno,
desconocido para él, por las calles de Santiago. “Fue uno de esos
momentos de mi vida en que comprendí con toda claridad que la moral es
salvaje (...)”
“De pronto, cuando llegué a su altura, me saludó
sonriente: –Qué tal? ¡Lo conocía, era uno de los lustrabotas de la
plaza, para eso yo no
estaba ni por asomo preparado!; –¿Adónde vas?, nos cruzamos y de toda
esa pasión no quedó sino la normalidad. Santiago es una vaca que rumia
diariamente su vuelo, es una pesadilla en la que uno corre una carrera
vertiginosa pero sin moverse de un lugar (...)”
“Roby llegó a
Buenos Aires, es un soldado nato, sirve para el fusil, las trincheras,
el caballo. Me interesaba saber si en los dos años que habíamos dejado
de vernos había cambiado algo en aquel estudiante, me parecía imposible
que a su edad, pudiera evitar una mutación aunque fuese parcial. Pero el
tonto no ha asimilado nada desde que lo dejé en Santiago hace dos años”
En
el año 1960 el Indiecito vino a Buenos Aires y nos fue a visitar al
café Rex. A la una de la mañana nos fuimos a otro bar a tomar cerveza y a
discutir en un círculo más privado. Esa noche Santucho lo había
trasladado a Gombrowicz al pasado, al hitlerismo, al sentimiento de
impotencia que lo
había asaltado en la víspera de la quiebra de Europa, y al asombro que
le producía el cómo la calidad inferior puede ser hasta tal punto fuerte
y agresiva.
Por esa particularidad fructuosa que tiene la
literatura podemos mezclar estos recuerdos del ascenso irresistible de
la barbarie alemana del año 1938, con ese Indiecito santiagueño de 1960,
y con unas aventuras extrañas que corrió Gombrowicz durante su estada
en Berlín en 1963. La cabeza y la mano, en la imaginación de Gombrowicz,
son las partes del cuerpo que ponían en contacto a ese joven argentino
con el terror del nazismo.
“En Berlín me llevaron a una prisión y me
mostraron una habitación corriente, luminosa, con unas anillas de hierro
en el techo que habían servido para colgar de ellas a quienes luchaban
contra Hitler, o quizás no para colgar, sino para asfixiar”. Por las
calles de una ciudad profundamente moral tenía también que ver perros y
hombres monstruosos
junto a una voluntad admirable de ser normales.
El año nuevo de
1964 Gombrowicz lo pasó con un grupo de jóvenes alemanes en la casa de
un pintor. Y es aquí donde empieza a darle vuelta a las manos, ve a esos
jóvenes nórdicos encadenados a sus propias manos, unas manos por otra
parte perfectamente civilizadas. “Y las cabezas acompañaban esas manos
como una nube acompaña la tierra, no fue una sensación nueva (...)”
“Ya
en alguna otra ocasión, en la Argentina, Roby Santucho se me había
identificado con sus propias manos”. Eran unas manos nuevas e inocentes
y, sin embargo, iguales a aquellas otras sangrientas del pasado. Manos
amistosas, fraternales y amorosas, como las de aquel bosque de manos
alzadas, tendidas hacia delante en su ‘heil’, en las que también había
amor (...)”
“Una generación que parecía no engendrada por nadie,
sin pasado y suspendida en el vacío, sólo que seguía encadenada a sus
propias
manos, unas manos que ya no mataban, sino que se ocupaban de los
gráficos, de la contabilidad y de la producción. Al mismo tiempo miré la
pared en la casa del pintor anfitrión y vi allá, en lo alto, casi
tocando el techo, un gancho clavado en la pared (...)”
“Clavado en
una pared lisa, solitario, trágico como aquellas anillas de hierro de
las que colgaban o asfixiaban a los que luchaban contra Hitler”. Ese
año nuevo en Berlín le resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni
de la historia. Sólo aquel gancho en la pared y esas manos se le
asociaban con las paradas militares amorosamente mortales en los bosques
alemanes.
De esos jóvenes se habían extraído unas manos puestas
en la avanzada de un bosque de manos que mostraban el camino hacia
delante. “Aquí y ahora, en cambio, las manos estaban tranquilas,
desocupadas, eran privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo encadenados a
sus manos. En realidad no sabía a
qué atenerme: nunca había visto una juventud más humanitaria y
universal, democrática y auténticamente inocente (...)”
“Más
tranquila. Pero... ¡con esas manos!”. A Gombrowicz lo asaltaba la
sospecha insistente de que el contenido de las ideologías no tenía
importancia, que las ideologías sólo servían para agrupar a la gente,
formar una masa y una fuerza creadora. Pero Gombrowicz quería ser él
mismo, sostenerse sobre sus propios pies, alejarse de las palabras
huecas, de la mentira y del éxtasis para tener contacto con la realidad.
“Viví
antes de la guerra y durante la guerra la victoria de la fuerza
colectiva y también su derrota y su desintegración con el renacimiento
del ‘yo’ inmortal. Poco a poco se han ido debilitando en mí aquellos
miedos, ¡cuando de pronto Roby me ha hecho llegar nuevamente ese tufo
diabólico!”. Otra vez Gombrowicz se sentía sometido a las fuerzas ciegas
de la colectividad y de la
historia.
La moral, la ciencia, la razón, la lógica, todo se
convierte en instrumento de una idea diferente y superior que quiere
conquistarnos y poseernos. Pero no es una idea, es una criatura surgida
de la masa y que expresa a la multitud. “Tomaba cerveza sentado frente a
ese estudiante tan encantadoramente joven, tan indefenso y al mismo
tiempo tan peligroso. Miraba su cabeza y su mano. ¡Su cabeza! ¡Su mano!
(...)”
“Una mano dispuesta a matar en nombre de una niñería. La
prolongación del disparate y la sandez que se estaba incubando en su
cabeza era una bayoneta ensangrentada... Una criatura extraña: de cabeza
confusa y trivial, de mano peligrosa. Se me ha ocurrido una idea, un
poco vaga y no acabada de pensar, que sin embargo quisiera anotar aquí.
Se podría formular más o menos con algunas palabras (...)”
“Su
cabeza está llena de quimeras, por lo tanto es digna de compasión; pero
su mano tiene el don de
transformar las quimeras en realidad, es capaz de crear hechos.
Irrealidad, pues, del lado de la cabeza, realidad del lado de la mano...
y seriedad de uno de los extremos. Tal vez le esté agradecido por
haberme vuelto a mis antiguas angustias. Esta seguridad en mí mismo de
hombre culto, de intelectual, de artista, que va creciendo en mí con la
edad, ¡no es nada bueno! (...)”
“No hay que olvidar que los que
no escriben con tinta escriben con sangre”





































