
WITOLD
GOMBROWICZ, LA POLÍTICA Y LA DEMOCRACIA
Gombrowicz fue
contemporáneo, contempló y padeció las conducciones políticas de tres
personajes históricos: el mariscal Józef Pilsudski, el general Juan
Domingo Perón y el doctor Arturo Frondizi. A este último presidente lo
conoció personalmente. Antonio Berni relata en una nota el clima que
reinaba en su estudio cuando Gombrowicz dio su conferencia sobre la
regresión cultural de Europa.
“Mi estudio lo tenía en una casona,
resto de un antiguo casco de estancia hoy demolido, frente al parque
Lezica, al costado de un pasaje y refugio nocturno de parejas. Una
glicina centenaria generosamente extendía sus ramas por la vecindad.
Asistieron Emilio Soto, Sigfrido Radaelli, Conrado Nalé Roxlo con Arturo
Frondizi, futuro presidente de la Argentina, que vivían a cincuenta
metros de mi estudio, y una docena más de personas”
Gombrowicz,
tanto como el Asiriobabilónico Metafísico, tenía una relación extraña
con la política, se interesaba más por el estilo de los políticos y de
los jefes militares que por las ideas que representaban. Para provocar a
la gente de izquierda adoptaba la pose de un retrógrado recalcitrante.
Al Pterodáctilo le cuenta en Vence que había destapado una botella de
champaña el día que mataron al “Che” Guevara.
El Indiecito le quiso
pegar en Santiago del Estero por una de esas discusiones disparatadas, y
Arrillaga, el comunista español que me lo había presentado, le quiso
desparramar mierda en la cara. Pero las manifestaciones políticas más
dramáticas y peligrosas Gombrowicz las hace en Berlín en el año 1963,
lleva la excitación al paroxismo declarando que era hora de que los
polacos dejen de
pavonearse con sus cinco millones de muertos.
A juicio de
Gombrowicz esa actitud era snob, y Hitler no era tan malo. Gombrowicz
buscaba la liberación de su conciencia, estaba convencido de la
bancarrota de todas las ideologías políticas, de las de izquierda y de
las de derecha. Siguiendo las enseñanzas de Marx pensaba que había
llegado el momento de estudiar en forma completa el condicionamiento de
la conciencia.
Se debía estudiar no sólo el condicionamiento de la
conciencia de los aguaciles del capitalismo, sino también el de los
estudiantes que profieren injurias en un mitin. Desde adolescente se
sintió en rebeldía contra las instituciones que utiliza la colectividad
para presionar sobre el individuo y desde entonces estuvo convencido de
que ninguna reforma violenta puede transformar el mundo en un paraíso.
Mientras,
por un lado, seguía perteneciendo a la vieja época de la buena
educación política en la que la gente se
expresaba con mayor moderación y seriedad, por otro, era un
representante de los tiempos modernos poniéndose en contra de todo lo
que facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios y las
relaciones. Hubiese utilizado el comunismo como un instrumento.
Quería
destruir el conjunto de las condiciones que fatalmente lo determinaban,
pero el comunismo es una teoría, y Gombrowicz no creía que la teorías
fueran capaces de transformar verdaderamente la vida. Contrariamente a
lo que se ha dicho y escrito sobre él nunca fue indiferente al siniestro
problema de la vida fácil de los ricos y la vida difícil de los pobres.
Una
noche conversaba con Gombrowicz en el café Rex sobre la derivación
cómica y dramática que había tenido su discusión con Arrillaga acerca
del comunismo, repentinamente me pregunta: –¿Qué idea política tiene
usted, Gómez?; –Anarquista, le respondí después de haberlo meditado un
momento. Se le
iluminó la cara, mordió la pipa y la giró hacia el otro lado, me
observó en diagonal con una mirada cómplice.
¿Pero usted no creerá
que el anarquismo sea una idea realizable; –No, no lo creo, pero hay que
mirar en esa dirección. No volví a hablar del anarquismo con
Gombrowicz, y creo que tampoco de política. “Tenía dieciséis años y
acababa de termina el sexto curso, cuando sobrevino el dramático verano
de 1920”. Gombrowicz se refiere al mes de agosto de 1920, cuando el
ejército bolchevique se acercaba a Varsovia.
El mariscal
Pilsudski, gracias a una hábil maniobra envolvente, logró derrotar al
ejército invasor. “Todos los jóvenes se alistaban entonces como
voluntarios, casi todos mis colegas se paseaban ya en uniforme, las
calles estaban llenas de carteles con un dedo índice que apuntaba y un
eslogan del estilo ‘La patria te llama’, y en las alamedas las
jovencitas preguntaban a los muchachos: –¿Por qué no
está usted todavía en el ejército?”
Gombrowicz no se enroló, la
oposición determinante de su madre venció la voluntad de su padre que,
en principio, exigía que cumpliera con su obligación. Su abuela Aniela
también estaba escandalizada: –Imagínate, Tosia, qué tiempos, qué poca
educación tienen esas jóvenes, paran a los hombres en la calle sin
ninguna vergüenza. Cualquiera les puede responder: –Pero si usted a mí
no me gusta, señorita.
Gombrowicz utilizaba las formas políticas y
militares como si fueran un juego, tanto era así que él y sus hermanos
se declararon partidarios fervientes de la coalición de Francia e
Inglaterra tan sólo por el hecho de que su madre tenía una ligera
tendencia proalemana. Tampoco quiso tomar parte en el festín de la
independencia. “Me mantenía a distancia en los desfiles”
“Cuando me
topaba en la calle con los ruidos de una marcha militar y el ritmo de
una tropa que desfilaba a
mi lado, hacía todo lo posible para no seguir su compás. ¿Estaría
buscando quizás mi propia música y mi propia marcha? La vida política no
me interesaba”. Pero la figura del mariscal Józef Pilsudski era
demasiado imponente como para que le pasara desapercibida.
Lo
que realmente le disgustaba a Gombrowicz del mariscal Pilsudski no es
que fuera un hombre de izquierdas, sino la propaganda pomposa e ingenua
que le hacían sus partidarios, y también la actitud de Pilsudski hacia
su propia grandeza. El mariscal estaba aplastado por la dimensión
histórica de Polonia y por la misión que se le imponía. Pero la historia
no sólo trata a la gente con crueldad.
Además, se burla de ella;
ninguna iniciativa radical podía llevarse a cabo en las condiciones de
esa Polonia de entre guerras, y hombres eminentes como Pilsudski estaban
condenados a la insignificancia. Pilsudski hizo lo todo lo que pudo y
como pudo con realismo, valor y
virilidad contra los pacifismos cobardes de los burgueses presumidos
tanto de Francia como de Inglaterra.
A Gombrowicz, en tanto que
artista, le encantaba y lo divertía el estilo impresionante del
mariscal, su manera imponente y pintoresca, y su grandeza tan personal y
auténtica. No obstante, en las discusiones que mantenía con otros
colegas escritores sobre ese personaje predominaba el sentimiento y el
respeto que tenían por él, por eso se hacía imposible el análisis.
La
grandeza del mariscal Józef Pilsudski permanecía en Polonia fuera de
toda discusión como algo establecido de una vez y para siempre. Pero
esta predisposición hacia la admiración y la obediencia tan
generalizada, aún entre sus adversarios, no le convenía a la elite de
Polonia, lo que es bueno para un soldado no siempre es recomendable para
un intelectual.
Y esa impotencia romántica, sentimental e
ingenua de la intelligentsia polaca respecto a
Pilsudski le hacía daño, ya que él mismo era la primera víctima de su
propia leyenda. A veces se atacaba algún aspecto de su política, pero no
se ponía en discusión ni se analizaba su propia grandeza. “Puede ser
que fuera grande, no lo niego. A mí lo que me enervaba no era su
grandeza sino la pequeñez de los que se sometían a ella con tanta
facilidad (...)”
“No le reprochaba en absoluto a las masas que lo
siguieran ciegamente; sin embargo, me preocupaba la ligereza con la que
la capa social más avanzada de la nación renunciaba a su derecho a la
crítica, al escepticismo y, ésta es la palabra precisa, al control.
Mientras la fuerte personalidad del mariscal dominó el panorama de la
vida política e incluso espiritual, las cosas se sostuvieron bastante
bien (...)”
“Pilsudski se alejaba de toda teoría, nadie sabía a
ciencia cierta cuáles eran sus principios, no obstante infundía la
confianza que puede dar un hombre
altruista y capaz, acaso genial o incluso providencial”. Gombrowicz,
entre otras muchas luchas, había empezado a lidiar con el espíritu
romántico polaco en “Ferdydurke”, burlándose del mismísimo mariscal
Pilsudski.
“A Nalkowska le debo el haber retirado a tiempo de
‘Ferdydurke’ un pequeño verso que parodiaba ‘La primera Brigada’ de las
Legiones de Pilsudski. Puso el grito en el cielo. Pero, aunque todo lo
que se refería al mito de Pilsudski y las Legiones estaba lejos de poder
ser comentado libremente en la prensa o en los libros, cada uno podía
hablar de ellos lo que le viniera en gana”
El comportamiento de
Gombrowicz cuando murió Pilsudski no estuvo a la altura de las
circunstancias. “Por fin comprendí, se trataba de Pilsudski. Hacía unos
días que se sabía que su estado de salud era alarmante. De repente una
fila de Cadillacs empezó a entrar en el patio del palacio Belweder: era
el Gobierno, con el primer
ministro Skalkowski a la cabeza, que iba a despedirse del Mariscal
(...)”
“Miré con ira los pálidos semblantes de unos cuantos de mis
colegas escritores y dije en voz alta: –¡Qué bonitos coches! Es fácil
imaginarse el efecto producido por semejantes palabras... Los más
benévolos, explicaban a los demás, menos indulgentes, que yo estaba un
poco loco, que era un poco comediante, que no era más que una pose y que
jugaba a ser un cínico y un tipo grosero”
Un día del 1955, un
año antes de haber sido presentados en el café Rex, yo lo vi a
Gombrowicz hablando solo por la calle Florida. Caminaba con entusiasmo,
no sólo hablaba, también sonreía como si hubiera resuelto algún
problema. Pasado más de medio siglo me doy cuenta ahora que ese talante
de condenado que recién sale del presidio estaba relacionado con su
próxima renuncia la Banco Polaco.
Al Banco Polaco se dirigía cuando
me crucé con él aquella mañana. Su
campaña literaria en los siete años y medio de trabajo en la oficina no
fue arrolladora. Escribió “Transatlántico”, y comenzó el “Diario”,
“Opereta” y “Cosmos”. El trabajo y Gombrowicz nunca se habían llevado
bien en Polonia y aquí en la Argentina esta relación siguió la misma
suerte. “Ante mí –nada, ninguna esperanza (...)”
“Para mí todo
ha terminado, nada quiere comenzar. ¿Mi balance al día de hoy? Después
de tantos años, llenos a pesar de todo de esfuerzo intenso y de trabajo,
¿qué soy? Un empleadillo, asesinado por siete horas pasadas diariamente
ocupándome de papelejos, estrangulado en todas sus empresas de
escritor. Nada, no puedo escribir nada aparte de este Diario”
El año
1955 fue un año turbulento, los conflictos civiles entre los peronistas y
los antiperonistas se transforman en conflictos bélicos, aunque
restringidos y muy localizados. Se produjeron enfrentamiento entre las
fuerzas
armadas, la Marina de Guerra amenazó con bombardear el puerto de Buenos
Aires, con más exactitud, las refinerías de petróleo, las refinerías no
la ciudad.
Gombrowicz se siente cerca de las refinerías por su
tendencia a convertir en inminente lo remoto y se escapa, aproxima su
casa de Venezuela 615 a las refinerías y el miedo que le sobreviene lo
obliga a hacer una mudanza preventiva, se muda a San Isidro, a la casa
de los Swieczewski, a muchos kilómetros del puerto. Me tocó hacer el
servicio militar en la Marina de Guerra.
La Marina de Guerra era
una de las fuerzas armadas argentinas, la fuerza que despertaba más
nostalgia en Gombrowicz desde Europa recordando los encuentros que había
tenido con sus jóvenes conscriptos en los tiempos de Retiro. El
servicio militar lo hice durante dos años, en 1955 y 1956, una época
bastante revuelta de la historia política argentina en la que cambió de
forma abrupta nuestro destino
político.
Como no tenía vocación para el combate un almirante me
dio una mano y finalmente me ocuparon en el Ministerio de Marina, un
edificio bastante cañoneado y bombardeado durante la Revolución
Libertadora mientras yo estaba adentro. Me habían destinado a los
conmutadores telefónicos así que, hasta que sobrevinieron los
acontecimientos del 16 de junio, pasaba una buena vida.
En
septiembre, después del derrocamiento de Peron ocurrido tres meses
después de la sublevación de junio, nuestra vida de conscriptos retomó
una cierta calma hasta que se produjo la contrarrevolución peronista en
1956, abortada por informaciones oportunas que recibieron los sediciosos
evitando de esta manera una derrota segura y el derramamiento de
sangre.
Desde el mismo día de la sublevación empezaron a
investigar todos los centros desde donde los contrarrevolucionarios
podían haber sido alertados y los conmutadores telefónicos cayeron bajo
la
lupa de las pesquisas militares. Aunque yo no tenía nada que ver con
los sediciosos preventivamente me pasaron por un tiempo al servicio de
ascensores del Ministerio de Marina.
Cuando Gombrowicz se fue de la
Argentina en el año 1963 yo me hice amigo de la comparsa de Jorge
Brussa, archienemigo de Gombrowicz y campeón de ajedrez del café Rex. Al
poco tiempo de haber entrado en contacto con los nuevos contertulios
hicieron correr el rumor que yo lavaba ropa a domicilio y que ellos
conocían el origen y las características de mi cultura.
Después
de haber pasado miles de horas polemizando con Gombrowicz en los cafés,
yo tenía un gran entrenamiento para hablar de cualquiera de los asuntos
que ocupan el mundo de la inteligencia aunque, debo reconocerlo, sin
profundizar demasiado, y esta particularidad de mis conocimientos
incompletos fue relacionada con el ascensor del Ministerio de Marina.
En
efecto, durante el día escuchaba
muchas conversaciones en esa cabina cerrada que yo hacía subir y bajar,
pero eran conversaciones que no tenían principio ni fin, las tomaba
empezadas en algún piso y se me escapaban sin terminar en algún otro
nivel. Pues bien, esta ocurrencia que tuvieron esos amigos míos de café
que me aparecieron cuando se fue Gombrowicz me hicieron recordar un
poco a las conferencia que daba Gombrowicz.
Las conferencia que
daba Gombrowicz versaban sobre el existencialismo y el marxismo, sobre
la mecánica ondulatoria y la relatividad. El hablaba de estos temas como
si para él fueran pan comido, pero sabía perfectamente bien que
cualquier cuestionario no demasiado profundo que le hubieran hecho lo
podía haber puesto en verdaderos aprietos. Las ideas que Gombrowicz
tenía sobre el peronismo eran ambiguas y contradictorias.
El 1º de
junio de 1955, dos semanas antes del estallido de la Revolución
Libertadora, Gombrowicz renuncia al Banco
Polaco al que había ingresado en diciembre de 1947. Se siente libre y
le da rienda suelta a la alegría que le produce la finalización de sus
obligaciones laborales. “Y como coincidió con el derrocamiento de Perón,
¡el viento de la libertad soplaba de todas partes en torno a mí!”
Pareciera
una declaración casi política, sin embargo, unos meses antes de esta
manifestación antiperonista me había pedido ayuda para traducir unos
párrafos escritos para el diario en los que elogiaba tanto a Peron como a
su régimen. Este texto nunca se publicó, naturalmente. “Ya sabe como
son los mozos en Buenos Aires: envidiosos, amargados, peronistas, bien,
aquí en Berlín son todo lo contrario (...)”
“Atentos, sonrientes,
amabilísimos, corriendo, con vocación verdadera de mozo, con profundo y
sincero respeto. Cuando uno se da cuenta de que casi todos eran asesinos
torturadores (arriba de cuarenta años)... esto es genial, no hay
caso. Bolches no hay. Aman tiernamente a los yanquis. Son cien por
ciento europeos, antinacionalistas, pacifistas. Goma, son geniales no
cabe duda”
“No tengo mucho que decir sobre la victoria de Arturo
Frondizi, que ha sido elegido presidente de la Argentina; en cambio
quisiera anotar que el acto en sí de las elecciones no deja de
sorprenderme. Ese día en que la voz de un analfabeto cuenta lo mismo que
la voz de un profesor, la voz de un idiota lo mismo que la de un sabio,
la voz de un canalla lo mismo que la de un hombre honrado, es para mí
el más loco de todos los días (...)”
“No comprendo cómo este acto
fantástico puede determinar para varios años sucesivos algo tan
importante en la práctica como lo es el gobierno de un país. ¡En qué
burda patraña se basa el poder! ¿Cómo ese cuento fantástico acompañado
de los famosos cinco adjetivos –universal, libre, secreto, igualitario y
directo– puede constituir la
base de la existencia social?”
Las circunstancias políticas que
vivió Gombrowicz después de la aparición de “Ferdydurke” en la Argentina
fueron variopintas: los gobiernos de Juan Domingo Perón,, la Revolución
Libertadora y el gobierno de Arturo Frondizi. A Gombrowicz le
interesaban muy poco los contenidos políticos cualesquiera fuera el
régimen, le interesaba mucho más el estilo de los políticos.
“Este
país tan aburrido que es la Argentina, de un día para otro se ha
convertido en uno de los espectáculos más interesantes del mundo”. Fue
una época de una gran exaltación política, Frondizi había hecho un pacto
con Perón y ganó las elecciones del año 1958 de una manera aplastante.
Los discursos de su campaña electoral contenían los programas de la
izquierda nacionalista.
El petróleo debía ser nuestro, había que
llevar adelante la reforma agraria, había que darle un gran impulso a
la industria nacional
y había que socializar el capital. Este programa que complacía a la
izquierda y al nacionalismo despertó el entusiasmo del pueblo y obtuvo
cuatro millones de sufragios sobre siete millones de votantes, pero el
presidente Frondizi empieza a tomar decisiones de lo más extrañas.
“Apenas
nueve meses más tarde, ese mismo Frondizi entregaba la explotación del
petróleo a los magnates extranjeros. Anuncia un programa de reformas
financieras y económicas que es uno de los más draconianos del mundo.
Empieza a cerrar las empresas estatales y despide a los empleados. Abre
de par en par las puertas del país al capital extranjero. Proclama el
estado de sitio y sofoca la huelga general con el ejército”
Este
escándalo le resulta a Gombrowicz bastante instructivo. Los argentinos
estaban aturdidos, habían pasado del arrebato de entusiasmo, al temor y a
la rabia. Los salarios subían por la escalera y los precios empezaron a
subir por el
ascensor, Gombrowicz estaba cayendo en la cuenta de que se había
acabado la facilidad. El país era tan rico que durante largos años había
soportado la demagogia, la megalomanía y la fraseología.
También
había soportado toda clase de teorías magníficas, sin hablar de diversos
negocios turbios que habían prosperado en ese caldo de cultivo. En esta
forma se refiere Gombrowicz a la época del gobierno peronista, a su
entender había llegado la hora de enfrentarse cara a cara con la
realidad, con el enorme despilfarro que había realizado el régimen
derrocado.
“La enorme energía acumulada en el capital
internacional ha irrumpido en la Argentina, un país que es casi tan
grande como la mitad de Europa. De modo que un ciudadano de a pie no
entiende nada de nada y no sabe a qué atenerse. Durante largos años le
han dicho que todo eso era ‘explotación’ e ‘imperialismo’, y ahora
resulta que es la perspectiva de un nuevo
bienestar y el remedio más eficaz contra la anemia”
Los
nacionalistas piensan que Frondizi los ha traicionado: –¿Qué es lo que, a
juicio de ustedes, se puede hacer?; –Hay que hacer la revolución;
–Bien, pero si la revolución triunfara, al llegar al poder, ¿qué
programa tienen ustedes para salir de la crisis que afecta al país?;
–¿Programa? Bueno... Era imposible seguir imprimiendo billetes sin el
respaldo de la provisión de fondos.
Sin embargo, el nacionalismo
argentino, como todos los nacionalismos del mundo, es emocional y no le
gustan las cifras. “Todo su programa se reduce a un odio verdaderamente
enfermizo hacia los Estados Unidos y a un temor igualmente enfermizo de
que los Estados Unidos les va a devorar. La Argentina debe a los
Estados Unidos una parte importante de su desarrollo técnico, sin hablar
ya de los provechos en el tema de la política (...)”
“¿Quién, por
ejemplo, los defendió de
Hitler?”. Según la manera de ver las cosas que tenía Gombrowicz se
estaba produciendo una guerra entre las cifras y los sentimientos, las
fobias y las ilusiones. Los nacionalistas habían conducido el país al
aislamiento económico, una de las causas principales de la crisis. En la
Argentina existían varios tipos de nacionalismos y cada uno de ellos
deseaba una variante distinta de dictadura para recuperar la dignidad.
Un
cierto tipo de nacionalismo era el clerical militarista, admirador de
España y de Franco, que había formado parte de la revolución contra
Perón por haber quemado iglesias y combatido al clero. Pero en la época
de Frondizi ese mismo grupo intentaba aliarse con los peronistas y con
los comunistas, porque también ellos eran nacionalistas, querían formar
un frente antigubernamental y establecer una dictadura.
Pero la
única dictadura posible en la Argentina era la dictadura militar, y el
ejército estaba contra
ellos. Para los comunistas del país existían tres centros de poder: el
poder del ejército, el poder de la iglesia católica y el poder de los
sindicatos obreros. Las instituciones democráticas, como el parlamento y
la corte suprema, habían sido violadas tantas veces que carecían de
prestigio.
Los partidos políticos y la opinión pública estaban
desorientados, habían elegido un presidente de izquierda y progresista y
justamente él los había traicionado. El cambio de camisa del presidente
había provocado una confusión infernal en todo el país. Pero a un
simple obrero no le preocupa tanto la victoria de la revolución mundial,
lo que quería era seguir viviendo más o menos bien, descubriendo cómo
iba recuperando su bienestar.
“Mientras volvía a casa, unas masas de
niebla irrumpían por entre los bloques de edificios, y yo me decía que
la Argentina es un lugar del mundo atractivo, incluso para un escritor
como yo, poco
interesado en política, pues poco a poco, la niebla va disipándose y
deja al descubierto el implacable contorno de la vida real. Todo eso
ocurre por sí solo, simplemente porque se ha agotado el dinero (...)”
“Se
ha agotado ese dinero que es el infalible instrumento de los sueños y
de la ilusión. La verdad es que toda esta aventura no ha sido nada
original. Se trata de un proceso histórico dialécticamente clásico. La
izquierda llega al poder: reformas, subidas de sueldos, precios más
bajos, planificación, reestructuración, manipulación y declamación,
después de lo cual aparece el fondo de la caja (...)”
“Entonces
empieza la crisis, el poder da un giro a la derecha, liberal, impopular,
y al cabo de unos años de esfuerzos y ahorro las cajas vuelven a estar
llenas y de nuevo se puede soñar, y planificar, y engrandecer..., e
imprimir los billetes para cubrir todos esos gastos. He aquí la noria de
la Historia. Vuelta a
empezar”
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