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WITOLD GOMBROWICZ Y UN POETA SIN DIENTES

Enviado por Cinosargo el 08/07/2010 a las 15:57
Cinosargo
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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ Y UN POETA SIN DIENTES


“¡Tyrmand! ¡Éste sí es un talento! ¡Cuánto sex-appeal tiene ‘El malo’ en un trescientos por cien varsoviana! Literatura de un barrio bajo arruinado, lleno de escombros y hoyos. Y sin embargo, todo brilla, brota, resuena, canta. Tyrmand encarna perfectamente la continuidad de nuestra poesía romántica, él ha heredado su penacho, él escribe su prosecución, pero a la medida ya de la nueva historia: la proletaria (...)”
“Evidentemente la historia de ‘El malo’ está inventada del principio al fin, para placer del lector y del autor. Pero qué verdadera y qué polaca es esta mentira por el tipo de imaginación y de visión, por su sentimiento y temperamento. Ese libro es sencillamente vodka, el mismo despreciable vodka que antes de la guerra permitía soportar de alguna manera la vida en Polonia (...)”

“Sólo que antes de la guerra se lo sorbía de la copa mientras que hoy se lo apuran directamente de la botella. Al hojear las páginas de Tyrmand, me parece estar caminado por las calles de Varsovia de antes de la guerra, siguiendo la ruta de nuestra historia tan llena de peleas y puñetazos. Ya por aquel entonces sabía que algo como Tyrmand era inevitable, que se alzaría como la luna, románticamente, y que explotaría”
Gombrowicz buscó durante toda su vida un punto de encuentro ente la superioridad y la inferioridad, entre la inteligencia y la estupidez, con un movimiento de ida y de vuelta, ascendente y descendente, conservando por separado las propiedades que tienen cada una de esas esferas, una aspiración a la totalidad y a la universalidad característica de la cultura contemporánea.

La cuestión de escribir adrede una novela buena para las masas, es decir, mala no parecía más fácil a primera vista que escribir una novela buena. Escribir una novela buena para las masas no significaba en absoluto escribir una novela accesible, interesante, noble e impregnada de cultura como las de Sienkiewicz, sino escribir una novela con lo que las masas experimentan en realidad penetrando sus instintos más bajos.
El que emprendiera esta tarea debería liberar su imaginación más sucia, turbia y mediocre, quitarle las cadenas a la conciencia oscura y baja. Este pobre concepto de las masas tenía más que ver con el miedo que con el desprecio. La intelectualidad polaca estaba amenazada por el primitivismo de la masa mucho más ignorante y terrible en Polonia que en otros países de cultura superior.

En aquellos años de antas de la guerra al dirigirse a los de abajo el escritor escribía desde arriba en la medida que su cultura y su buena educación literaria se lo permitía. Pero el proyecto de ese Gombrowicz veinteañero era otro: entregarse a la masa, rebajarse, convertirse en un ser inferior, una idea que más tarde le sirvió para enunciar su postulado fundamental.
En la cultura no sólo el inferior debe ser creado por el superior, sino también a la inversa. El proyecto no terminó bien, era una tarea gigantesca y peligrosa, diez años después se dio cuenta que había estado jugando con fuego, algo enfermizo que llegó a sus manos le hizo tomar conciencia. Un joven llegó a su casa con un manuscrito bajo el brazo pidiéndole que lo leyera, que la obra tenía un gran impulso erótico para excitar a los lectores.

De verdad resultó un libro erótico y sucio que se complacía en la porquería, era malo y barato. Leyendo ese manuscrito Gombrowicz recordó su propia novela olvidada hacía tiempo, escrita en 1926, el mismo año en el que había escrito “El diario de Stefan Czarniecki” Unos días después de que el autor del manuscrito llegara a la casa de Gombrowicz se pegó un tiro en la sien.
No era posible imaginar que la causa del suicidio hubiera sido la novela, pero esa obra era la expresión de un estado de ánimo que condujo al joven a la catástrofe. Diez años atrás, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi despreocupado, no había estado lejos él mismo de tomar una decisión parecida, Gombrowicz debía estar terriblemente desesperado.

La obra maestra a la que Gombrowicz le había puesto el punto final resultó ser una mezcla asquerosa del vivir plenamente la vida en la sensualidad y la brutalidad, una historia no menos sórdida y excitante que la del joven malogrado. Una señora amiga la leyó y le sugirió que la quemara; Gombrowicz le hizo caso, arrojó el original y las copias en la nieve y les prendió fuego.
Esta historia muestra cómo en Polonia el hombre culto no estaba protegido de la presión de la masa por instituciones y tradiciones sólidas, por la jerarquía y el orden social como lo estaba en Occidente. “En nuestro país la inteligencia, la sutileza, la razón, el talento, están completamente indefensos ante toda clase de inferioridad proveniente de los bajos fondos de la sociedad (...)”

Indefensos frente a la miseria, las extravagancias, el salvajismo, las desviaciones y desenfrenos, el embrutecimiento y la brutalidad; por eso a quien llamamos intelectual ha estado siempre y sigue estando algo atemorizado... Lo único que quizás haya cambiado es que hoy en día esa violencia del inferior sobre el superior está mejor organizada”. La obra de Gombrowicz resultó ser absolutamente hermética para la masa.
Su aspiración de escribir desde el nivel de abajo fracasó, sin embargo, en uno de los testimonios argentinos aparece una costurera polaca nada culta que estaba encantada con la lectura de “Transatlántico”, especialmente con los pasajes en que se miran los zapatos cuando no tienen nada que decirse, o cuando le aconsejan al protagonista que se presente o que no se presente a la embajada, que vaya a la guerra o que no vaya.

Pasó mucho tiempo desde que esa señora amiga le sugirió que quemara la novela, estalló la guerra, terminó la guerra, y ese proyecto inaccesible para Gombrowicz de escribir una novela mala lo realizó Leopold Tyrmand, un escritor polaco que había emigrado de Polonia el mismo año en que Gombrowicz se nos iba de la Argentina después de veinticuatro años de vivir entre nosotros.
“Hoy sigo apreciando ‘El malo’ de Tyrmand, esa novela es para mí como una especie de poema con gorra visera, apestando a vodka y a desastre, con una luna romántica por encima de las ruinas de una Varsovia inexplicablemente erguida. ¿Fácil? ¿Policiaca? ¿Popular? ¿Casi arrabalera? ¡Pues sí! Y justamente porque este canto surgido de una cara desfigurada, sin dientes, no repara en nada (...)”

“No quiere ser ni alta literatura, ni literatura popular, ni proletaria, sino que nace de un gusto vulgar, callejero, del aspecto característico del lugar, de la imaginación que se pasea por las casas en ruinas como un gato, por eso digo que es una obra a su manera creativa y digna de admiración. Es probable, por lo tanto, que Jelenski y otros exageren, en relación con este poeta sin dientes, el tono desdeñoso con que ya lo habían tratado en Polonia (...)”
“¿Será porque Tyrmand, al lograr la libertad, aprovecha la ocasión para ajustar sus cuentas personales? Incluso si fuera así, ¿acaso cada juicio promovido en contra del régimen polaco actual no es, sobre todo, un ajuste de cuentas personal? Además, una característica de Tyrmand, igual que la de todos aquellos formados en la Polonia de la posguerra, es la falta de cristalización, son como un líquido turbio que no ha conseguido sedimentarse (...)”

“Sus mejores valores son de alguna manera fáciles, están demasiado alterados por la vida. Tal vez no sea del todo malo en tiempos en que hemos aprendido demasiado bien a separar los valores, a utilizarlos y a manipularlos. Tyrmand pertenece a esa corriente de nuestra literatura que es probablemente la más original en la actualidad y la más erizada de dificultades personales (...)”
“Yo le permitiría a Tyrmand luchar con las armas que quiera y como quiera, y observaría lo que se revelase en medio del fuego de esta batalla porque en ‘La vida social y sentimental’, aunque sea en cierto modo una sátira y un análisis de un desdentado tenor lírico, nos introduce en la realidad..., en cierta realidad particular, la polaca..., que se vuelve insólita y extraordinariamente característica (...)”

“¿Por qué? ¿A causa de qué hasta ciertas debilidades se convierten aquí en fuerza? Pues se convierten en fuerza porque aquí se lee al mismo tiempo el libro y a su autor, el autor es de allí, está creado por lo que describe, unido a su descripción por un cordón umbilical invisible, sigue siendo hijo de aquello de lo que reniega, aunque se haya desprendido, aunque lo combata (...)”
“Esto marca la obra con un sello de una autenticidad particular, lo cual se aprecia mejor en las frases más inocentes, las menos comprometidas políticamente, las pronunciadas de paso, como sin querer”. Ese poema con gorra visera, apestando a vodka y a desastre, con una luna romántica por encima de las ruinas de Varsovia inexplicable erguida que escribió Tyrmand golpeaba en el corazón de los polacos.

A Gombrowicz le echaban en cara que por no haber estado presente apenas tenía una débil noción de cómo había sido la transición en Polonia del capitalismo al comunismo. A Jerzy Andrzejewski, en cambio, lo conocemos sobre todo por “Cenizas y diamantes”, un estremecedor fresco sobre los últimos días de la ocupación nazi en Polonia y la inmediata llegada del comunismo al poder.
La novela tiene lugar durante los últimos tres días antes de la capitulación alemana. La Polonia nacionalista y la socialista pugnan por ocupar el poder del nuevo Estado. La grandeza de “Cenizas y diamantes” reside, sobre todo, en la autenticidad histórica que destila: la desorientación de los protagonistas, la desmoralización unida a la esperanza, el pasado que se intenta borrar a toda costa.

La lucha cotidiana por sobrevivir, las camarillas de jóvenes que se juntan para defender unos ideales, los oportunistas de todo pelaje, la ausencia de cordura. Incluso el bien y el mal, el idealismo y el cinismo, se reparten en partes casi iguales entre los distintos bandos. Como trasfondo aparecen las cenizas en las calles hechas de las ruinas de la segunda guerra mundial.
También aparecen los diamantes y el lujo del Hotel Monopol, donde la decadente aristocracia polaca vive sus últimos días entre matones y facciones políticas. Pero esa gorras viseras, esas maneras de andar por las calles varsovianas de Tyrmand y de Andrzejewski estaban también dentro de Gombrowicz. “Estuvimos discutiendo sobre este tema con grupo humano de varias lenguas (...)”

“Discutíamos al volver de la proyección de una película cuyo título en polaco debe ser Zamach (El atentado). A aquellos argentinos, ingleses e italianos la película le había parecido bastante exótica, pero cuando los acosé a preguntas, resultó que no era por el tema, ni por la forma artística ni por la acción. No, todo eso es más que conocido, ese patriotismo, la lucha contra el invasor, el heroísmo de la juventud (...)”
“Sí, es un tema bastante sobado..., pero aquellas gorras..., y aquella manera de andar... Precisamente esos detalles de tercer orden, que no se sabe cómo llegan a la pantalla, eran los que más les habían interesado”. Un aire a ese poeta sin dientes de Tyrmand y de las ruinas de las calles de Varsovia de Andrzejewski Gombrowicz lo busca en “El diario de Stefan Czarniecki”.

Stefan Czarniecki había nacido en una casa muy respetable. El padre, un hombre fascinante y orgulloso, poseía unos rasgos que personificaban una estirpe perfecta y noble. La madre andaba siempre vestida de negro con unos pendientes antiguos como único adorno. Stefan se veía a sí mismo como un muchacho serio y pensativo. Había en su vida familiar un solo punto oscuro.
Su padre odiaba a su madre, no la soportaba, un enigma que lo condujo finalmente a la catástrofe interior. Se convirtió en un inútil inmoral, para poner un ejemplo, besaba la mano de una dama babeándola, sacaba el pañuelo y se secaba la saliva mientras le pedía perdón. El padre evitaba el contacto con la madre, a veces la miraba a hurtadillas con expresión de infinito disgusto.

Stefan, en cambio, no manifestaba aversión hacia su madre a pesar de que había engordado muchísimo al punto de tropezarse con todas las cosas. Stefan se imaginaba que había sido concebido bajo coacción violentando los instintos, y que él era el fruto del heroísmo del padre. Un día la repugnancia del padre estalló: –Te estás quedando calva. Dentro de poco estarás más calva que un trasero.
Eres horrorosa. Ni siquiera adviertes cuán horrible es tu aspecto. Stefan no comprendía el porqué debía considerar a la calvicie de la madre peor que la del padre, además, los dientes de la madre eran mejores y, sin embargo, ella no sentía repugnancia por él. La madre era una mujer majestuosa y muy religiosa, rodeada de una furia de ayunos, plegarias y acciones piadosas.

A veces, los convocaba a Stefan, al cocinero, al mayordomo, al portero y a la camarera y decía: –¡Ruega, ruega pobre hijo mío por el alma de ese monstruo que tienes por padre! ¡Rogad también vosotros por el alma de vuestro amo que se ha vendido al diablo! A la madre le producían horror las acciones del padre, y al padre lo que le producía horror era ella misma, no podía dejar de manifestar su asco.
Créeme, querida, que estás cometiendo una falta de tacto. Cuando veo ante el altar tu nariz, tus orejas, tus labios, tengo la convicción de que también Cristo se siente a disgusto. A pesar de estas contrariedades Stefan fue un buen alumno, aplicado y puntual, pero nunca gozó de la simpatía de los demás. En el recreo los alumnos cantaban todos a una y todos los días.

Uno, dos y tres, dos pan pan/ no hay judío que no sea un can/ Los polacos en cambio son águilas de oro/ Uno, dos, tres, ahora le toca al loro. Stefan estaba fascinado con estos versos pero debía apartarse de los otros chicos cuando cantaban. A pesar de los esfuerzos que hacía por resultarles agradable a ellos y a los profesores con sus buenas maneras, lo único que conseguía era una actitud hostil.
Una tarde, un profesor de historia y literatura, un vejete tranquilo y bastante inofensivo les dijo: –Los polacos, señores míos, han sido siempre perezosos, sin embargo, la pereza es siempre compañera del genio. Los polacos han sido siempre valientes y perezosos ¡Magnífico pueblo, el polaco! A partir de ese momento el interés de Stefan por el estudio disminuyó

Pero con este cambio no consiguió la simpatía del profesor y de nada le sirvió su incipiente preferencia  por los desaplicados y los perezosos. La observaciones del profesor tenían mucha influencia en la clase: –Los polacos han sido siempre holgazanes y desobligados, pero las suecas, las danesas, las francesas y las alemanas pierden la cabeza por nosotros, sin embargo, nosotros preferimos a las polacas.
¿No es acaso famosa en el mundo entero la belleza de la mujer polaca? El resultado de esas insinuaciones fue que Stefan se enamoró de una joven pero ella no se daba por enterada. Una mañana, después de haberle pedido consejo a sus compañeros de clase, venció su timidez y le dio un pellizco; ella cerró los ojos y soltó una risita. Lo había logrado. Se lo contó a sus compañeros y fue la primera vez que lo escucharon con interés.

Acto seguido se precipitaron sobre una rana y la mataron a golpes. Stefan estaba emocionado y orgulloso de haber sido admitido por los jóvenes y presintió que empezaba una nueva etapa de su vida. Para congraciarse aún más con los compañeros atrapó una golondrina y le rompió un ala, cuando se disponía a golpearla con un palo un alumno le dio una bofetada en la cara.
Como no se defendió todos se lanzaron sobre él y lo aporrearon sin ahorrar escarnios ni insultos. En el amor tampoco le iba nada bien, la joven pellizcada le hacía recriminaciones porque era un consentido, un pequeño nene de mamá. Stefan había comprendido finalmente que, si bien el padre era de raza pura, su madre también lo era pero en el sentido contrario, el padre era un aristócrata arruinado casado con la hija de un rico banquero.

Se imaginaba que las dos razas hostiles de los padres, ambas poderosas, se habían neutralizado y habían parido un ratón sin pigmentación, un ratón neutro, por eso no tomaba parte de nada a pesar de haber participado en todo, ése era su misterio. La joven le pedía que fuera valiente, le ordenaba que saltara zanjas, que sostuviera pesos, que golpeara abedules bajo la observación del vigilante.
Le pedía también que arrojara agua sobre el sombrero de los transeúntes. Cuando Stefan le preguntaba cuál era la razón de esos caprichos le decía que no lo sabía, que era un enigma, una esfinge, un misterio para ella misma. Si la joven fracasaba en algo se entristecía, si triunfaba se ponía feliz y le permitía besar sus deliciosas orejas, como premio, sin embargo, nunca se permitió responder a su apremiante: –¡Te deseo!

Le decía que había algo en él de repulsivo y no sabía bien qué era, pero Stefan sabía muy bien lo que querían decir esas palabras. Leía mucho y trataba de comprender el significado de su secreto, se daba ánimos con el recuerdo de uno de los temas escolares, la superioridad de los polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos; los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los italianos, bel canto.
Ésta era la razón por la que querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos que no causaban repulsión. El horizonte político se volvía cada vez más amenazador y la joven cada vez más nerviosa. La multitud en las calles, las tropas se desplazaban hacia el frente. La movilización, los adioses, las banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios, lágrimas, manifiestos, indignación, exaltación y odio.

La amada de Stefan ni lo miraba, no tenía ojos más que para los militares. Stefan afirmaba su patriotismo, participaba en juicios sumarios contra espías, pero algo en la mirada de Jadwiga lo obligó a alistarse como voluntario en el regimiento de ulanos. Atravesaban la cuidad cantando inclinados sobre el cuello de sus caballos, una expresión maravillosa aparecía en el rostro de las mujeres.
Sentía que muchos corazones latían también por él, y no entendía el porqué pues no había dejado de ser el conde Stefan Czarniecki que era antes ni el hijo de una Goldwasser, el único cambio era que ahora usaba botas militares y llevaba en el cuello unas tiras color frambuesa. La madre lo convocaba para que no tuviera piedad, para que arrasara, quemara y matara, para que destruyera a los malvados.

El padre, un gran patriota, lloraba en un rincón y le decía que con la sangre podría borrar la mancha de su origen, que pensara siempre en él  y ahuyentara como la peste el recuerdo de la madre porque podía serle fatal, que no perdonara y que exterminara hasta el último de esos canallas. La amada le entregó por primera vez su boca, una verdadera delicia. La guerra era hermosa.
Era precisamente la conciencia de ese esplendor la que le proporcionaba las energías para combatir al implacable enemigo del soldado: el miedo. De cuando en cuando lograba colocar un tiro de fusil en el blanco preciso, y entonces se sentía columpiado por la sonrisa impenetrable de las mujeres y hasta le parecía que se ganaba el afecto de los caballos que hasta el momento sólo le habían propinado coces y mordiscos.

Sin embargo, ocurrió un incidente que lo lanzó al abismo de la depravación moral de la que no pudo apartarse hasta el día de hoy. La guerra se había desencadenado en todo el mundo. La esperanza, consuelo de los imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa perspectiva del porvenir: el regreso a casa y la liberación de su situación de ratón neutro, pero las cosas no ocurrieron de esa manera.
Su regimiento estaba defendiendo con tesón por tercer día consecutivo una colina en el frente de batalla, con la orden de resistir hasta la muerte. Fue entonces cuando cayó un obús que le cortó de un tajo ambas piernas al ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el pobre, seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan tuvo que acompañar.

Cuando terminó la guerra y volvió a casa con aquella risa sonándole aún en los oídos comprobó que todo lo que hasta entonces había sostenido su existencia yacía hecho escombros, que no le quedaba más remedio que volverse comunista. Stefan entendía el comunismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido en porciones iguales.
Un programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos y repartida entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus oraciones; que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya raza fuera poco satisfactoria. Un programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado fuera causal del castigo con la cárcel.

Stefan elegía el término comunismo porque constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma tan incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de esos intelectuales. Las conversaciones más irónicas y extrañas las tuvo con su adorada Jadwiga que lo había recibido con efusiones extraordinarias al regreso de la guerra.
Stefan le preguntaba que si acaso la mujer no era algo misterioso, y cuando ella le respondía que sí, que lo era, y que ella misma era misteriosa y desencadenaba pasiones, que era una mujer esfinge, entonces Stefan exclamaba que también él constituía un misterio, que tenía un lenguaje personal secreto y que le gustaría que ella lo adoptara. Le advirtió que le iba a meter un sapo debajo de la blusa.

Ella tenía que repetir con él las siguientes palabras: Cham, bam, biu, mniu, ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso pronunciarlas, le dijo que le daba vergüenza y se echó a llorar. Stefan no le hizo caso, tomó un sapo grande y gordo y cumplió con su palabra. Se puso como loca. Se tiró al suelo, y el grito que lanzó sólo podría compararse con el del soldado destripado.
¿Pero es que para todas las personas las mismas cosas deben ser bellas y agradables? Lo único que le quedó de agradable en esa historia fue que ella enloqueció, incapaz de librarse del sapo que se agitaba bajo su blusa. Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones totalmente incomprensibles.

Cada vez que tropezaba con un sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de cometer una villanía. “Tal es el secreto personal que opongo al gran misterio de la existencia. ¿Qué queréis?... cuando paso junto a una pareja feliz, a una madre con un niño o a un anciano amable, pierdo la tranquilidad. Pero a veces el corazón se me encoge y una gran nostalgia de vosotros, padre y madre queridos, se apodera de mí. ¡También de ti siento nostalgia, oh santa infancia mía!”

 


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WITOLD GOMBROWICZ Y UN POETA SIN DIENTES.. Dandy :)

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