
WITOLD
GOMBROWICZ Y UN POETA SIN DIENTES
“¡Tyrmand! ¡Éste sí es un
talento! ¡Cuánto sex-appeal tiene ‘El malo’ en un trescientos por cien
varsoviana! Literatura de un barrio bajo arruinado, lleno de escombros y
hoyos. Y sin embargo, todo brilla, brota, resuena, canta. Tyrmand
encarna perfectamente la continuidad de nuestra poesía romántica, él ha
heredado su penacho, él escribe su prosecución, pero a la medida ya de
la nueva historia: la proletaria (...)”
“Evidentemente la historia
de ‘El malo’ está inventada del principio al fin, para placer del lector
y del autor. Pero qué verdadera y qué polaca es esta mentira por el
tipo de imaginación y de visión, por su sentimiento y temperamento. Ese
libro es sencillamente vodka, el mismo
despreciable vodka que antes de la guerra permitía soportar de alguna
manera la vida en Polonia (...)”
“Sólo que antes de la guerra se
lo sorbía de la copa mientras que hoy se lo apuran directamente de la
botella. Al hojear las páginas de Tyrmand, me parece estar caminado por
las calles de Varsovia de antes de la guerra, siguiendo la ruta de
nuestra historia tan llena de peleas y puñetazos. Ya por aquel entonces
sabía que algo como Tyrmand era inevitable, que se alzaría como la luna,
románticamente, y que explotaría”
Gombrowicz buscó durante toda su
vida un punto de encuentro ente la superioridad y la inferioridad, entre
la inteligencia y la estupidez, con un movimiento de ida y de vuelta,
ascendente y descendente, conservando por separado las propiedades que
tienen cada una de esas esferas, una aspiración a la totalidad y a la
universalidad característica de la cultura contemporánea.
La
cuestión de escribir adrede
una novela buena para las masas, es decir, mala no parecía más fácil a
primera vista que escribir una novela buena. Escribir una novela buena
para las masas no significaba en absoluto escribir una novela accesible,
interesante, noble e impregnada de cultura como las de Sienkiewicz,
sino escribir una novela con lo que las masas experimentan en realidad
penetrando sus instintos más bajos.
El que emprendiera esta tarea
debería liberar su imaginación más sucia, turbia y mediocre, quitarle
las cadenas a la conciencia oscura y baja. Este pobre concepto de las
masas tenía más que ver con el miedo que con el desprecio. La
intelectualidad polaca estaba amenazada por el primitivismo de la masa
mucho más ignorante y terrible en Polonia que en otros países de cultura
superior.
En aquellos años de antas de la guerra al dirigirse a
los de abajo el escritor escribía desde arriba en la medida que su
cultura y su buena educación literaria se lo
permitía. Pero el proyecto de ese Gombrowicz veinteañero era otro:
entregarse a la masa, rebajarse, convertirse en un ser inferior, una
idea que más tarde le sirvió para enunciar su postulado fundamental.
En
la cultura no sólo el inferior debe ser creado por el superior, sino
también a la inversa. El proyecto no terminó bien, era una tarea
gigantesca y peligrosa, diez años después se dio cuenta que había estado
jugando con fuego, algo enfermizo que llegó a sus manos le hizo tomar
conciencia. Un joven llegó a su casa con un manuscrito bajo el brazo
pidiéndole que lo leyera, que la obra tenía un gran impulso erótico para
excitar a los lectores.
De verdad resultó un libro erótico y
sucio que se complacía en la porquería, era malo y barato. Leyendo ese
manuscrito Gombrowicz recordó su propia novela olvidada hacía tiempo,
escrita en 1926, el mismo año en el que había escrito “El diario de
Stefan Czarniecki” Unos días
después de que el autor del manuscrito llegara a la casa de Gombrowicz
se pegó un tiro en la sien.
No era posible imaginar que la causa del
suicidio hubiera sido la novela, pero esa obra era la expresión de un
estado de ánimo que condujo al joven a la catástrofe. Diez años atrás, a
pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi
despreocupado, no había estado lejos él mismo de tomar una decisión
parecida, Gombrowicz debía estar terriblemente desesperado.
La
obra maestra a la que Gombrowicz le había puesto el punto final resultó
ser una mezcla asquerosa del vivir plenamente la vida en la sensualidad y
la brutalidad, una historia no menos sórdida y excitante que la del
joven malogrado. Una señora amiga la leyó y le sugirió que la quemara;
Gombrowicz le hizo caso, arrojó el original y las copias en la nieve y
les prendió fuego.
Esta historia muestra cómo en Polonia el hombre
culto no estaba protegido de la
presión de la masa por instituciones y tradiciones sólidas, por la
jerarquía y el orden social como lo estaba en Occidente. “En nuestro
país la inteligencia, la sutileza, la razón, el talento, están
completamente indefensos ante toda clase de inferioridad proveniente de
los bajos fondos de la sociedad (...)”
Indefensos frente a la
miseria, las extravagancias, el salvajismo, las desviaciones y
desenfrenos, el embrutecimiento y la brutalidad; por eso a quien
llamamos intelectual ha estado siempre y sigue estando algo
atemorizado... Lo único que quizás haya cambiado es que hoy en día esa
violencia del inferior sobre el superior está mejor organizada”. La obra
de Gombrowicz resultó ser absolutamente hermética para la masa.
Su
aspiración de escribir desde el nivel de abajo fracasó, sin embargo, en
uno de los testimonios argentinos aparece una costurera polaca nada
culta que estaba encantada con la lectura de
“Transatlántico”, especialmente con los pasajes en que se miran los
zapatos cuando no tienen nada que decirse, o cuando le aconsejan al
protagonista que se presente o que no se presente a la embajada, que
vaya a la guerra o que no vaya.
Pasó mucho tiempo desde que esa
señora amiga le sugirió que quemara la novela, estalló la guerra,
terminó la guerra, y ese proyecto inaccesible para Gombrowicz de
escribir una novela mala lo realizó Leopold Tyrmand, un escritor polaco
que había emigrado de Polonia el mismo año en que Gombrowicz se nos iba
de la Argentina después de veinticuatro años de vivir entre nosotros.
“Hoy
sigo apreciando ‘El malo’ de Tyrmand, esa novela es para mí como una
especie de poema con gorra visera, apestando a vodka y a desastre, con
una luna romántica por encima de las ruinas de una Varsovia
inexplicablemente erguida. ¿Fácil? ¿Policiaca? ¿Popular? ¿Casi
arrabalera? ¡Pues sí! Y justamente porque
este canto surgido de una cara desfigurada, sin dientes, no repara en
nada (...)”
“No quiere ser ni alta literatura, ni literatura
popular, ni proletaria, sino que nace de un gusto vulgar, callejero, del
aspecto característico del lugar, de la imaginación que se pasea por
las casas en ruinas como un gato, por eso digo que es una obra a su
manera creativa y digna de admiración. Es probable, por lo tanto, que
Jelenski y otros exageren, en relación con este poeta sin dientes, el
tono desdeñoso con que ya lo habían tratado en Polonia (...)”
“¿Será
porque Tyrmand, al lograr la libertad, aprovecha la ocasión para
ajustar sus cuentas personales? Incluso si fuera así, ¿acaso cada juicio
promovido en contra del régimen polaco actual no es, sobre todo, un
ajuste de cuentas personal? Además, una característica de Tyrmand, igual
que la de todos aquellos formados en la Polonia de la posguerra, es la
falta de cristalización, son
como un líquido turbio que no ha conseguido sedimentarse (...)”
“Sus
mejores valores son de alguna manera fáciles, están demasiado alterados
por la vida. Tal vez no sea del todo malo en tiempos en que hemos
aprendido demasiado bien a separar los valores, a utilizarlos y a
manipularlos. Tyrmand pertenece a esa corriente de nuestra literatura
que es probablemente la más original en la actualidad y la más erizada
de dificultades personales (...)”
“Yo le permitiría a Tyrmand luchar
con las armas que quiera y como quiera, y observaría lo que se revelase
en medio del fuego de esta batalla porque en ‘La vida social y
sentimental’, aunque sea en cierto modo una sátira y un análisis de un
desdentado tenor lírico, nos introduce en la realidad..., en cierta
realidad particular, la polaca..., que se vuelve insólita y
extraordinariamente característica (...)”
“¿Por qué? ¿A causa de
qué hasta ciertas debilidades se
convierten aquí en fuerza? Pues se convierten en fuerza porque aquí se
lee al mismo tiempo el libro y a su autor, el autor es de allí, está
creado por lo que describe, unido a su descripción por un cordón
umbilical invisible, sigue siendo hijo de aquello de lo que reniega,
aunque se haya desprendido, aunque lo combata (...)”
“Esto marca la
obra con un sello de una autenticidad particular, lo cual se aprecia
mejor en las frases más inocentes, las menos comprometidas
políticamente, las pronunciadas de paso, como sin querer”. Ese poema con
gorra visera, apestando a vodka y a desastre, con una luna romántica
por encima de las ruinas de Varsovia inexplicable erguida que escribió
Tyrmand golpeaba en el corazón de los polacos.
A Gombrowicz le
echaban en cara que por no haber estado presente apenas tenía una débil
noción de cómo había sido la transición en Polonia del capitalismo al
comunismo. A Jerzy Andrzejewski, en cambio,
lo conocemos sobre todo por “Cenizas y diamantes”, un estremecedor
fresco sobre los últimos días de la ocupación nazi en Polonia y la
inmediata llegada del comunismo al poder.
La novela tiene lugar
durante los últimos tres días antes de la capitulación alemana. La
Polonia nacionalista y la socialista pugnan por ocupar el poder del
nuevo Estado. La grandeza de “Cenizas y diamantes” reside, sobre todo,
en la autenticidad histórica que destila: la desorientación de los
protagonistas, la desmoralización unida a la esperanza, el pasado que se
intenta borrar a toda costa.
La lucha cotidiana por sobrevivir,
las camarillas de jóvenes que se juntan para defender unos ideales, los
oportunistas de todo pelaje, la ausencia de cordura. Incluso el bien y
el mal, el idealismo y el cinismo, se reparten en partes casi iguales
entre los distintos bandos. Como trasfondo aparecen las cenizas en las
calles hechas de las ruinas de la segunda
guerra mundial.
También aparecen los diamantes y el lujo del Hotel
Monopol, donde la decadente aristocracia polaca vive sus últimos días
entre matones y facciones políticas. Pero esa gorras viseras, esas
maneras de andar por las calles varsovianas de Tyrmand y de Andrzejewski
estaban también dentro de Gombrowicz. “Estuvimos discutiendo sobre este
tema con grupo humano de varias lenguas (...)”
“Discutíamos al
volver de la proyección de una película cuyo título en polaco debe ser
Zamach (El atentado). A aquellos argentinos, ingleses e italianos la
película le había parecido bastante exótica, pero cuando los acosé a
preguntas, resultó que no era por el tema, ni por la forma artística ni
por la acción. No, todo eso es más que conocido, ese patriotismo, la
lucha contra el invasor, el heroísmo de la juventud (...)”
“Sí, es
un tema bastante sobado..., pero aquellas gorras..., y aquella manera de
andar... Precisamente
esos detalles de tercer orden, que no se sabe cómo llegan a la
pantalla, eran los que más les habían interesado”. Un aire a ese poeta
sin dientes de Tyrmand y de las ruinas de las calles de Varsovia de
Andrzejewski Gombrowicz lo busca en “El diario de Stefan Czarniecki”.
Stefan
Czarniecki había nacido en una casa muy respetable. El padre, un hombre
fascinante y orgulloso, poseía unos rasgos que personificaban una
estirpe perfecta y noble. La madre andaba siempre vestida de negro con
unos pendientes antiguos como único adorno. Stefan se veía a sí mismo
como un muchacho serio y pensativo. Había en su vida familiar un solo
punto oscuro.
Su padre odiaba a su madre, no la soportaba, un enigma
que lo condujo finalmente a la catástrofe interior. Se convirtió en un
inútil inmoral, para poner un ejemplo, besaba la mano de una dama
babeándola, sacaba el pañuelo y se secaba la saliva mientras le pedía
perdón. El padre evitaba el
contacto con la madre, a veces la miraba a hurtadillas con expresión de
infinito disgusto.
Stefan, en cambio, no manifestaba aversión
hacia su madre a pesar de que había engordado muchísimo al punto de
tropezarse con todas las cosas. Stefan se imaginaba que había sido
concebido bajo coacción violentando los instintos, y que él era el fruto
del heroísmo del padre. Un día la repugnancia del padre estalló: –Te
estás quedando calva. Dentro de poco estarás más calva que un trasero.
Eres
horrorosa. Ni siquiera adviertes cuán horrible es tu aspecto. Stefan no
comprendía el porqué debía considerar a la calvicie de la madre peor
que la del padre, además, los dientes de la madre eran mejores y, sin
embargo, ella no sentía repugnancia por él. La madre era una mujer
majestuosa y muy religiosa, rodeada de una furia de ayunos, plegarias y
acciones piadosas.
A veces, los convocaba a Stefan, al cocinero,
al mayordomo, al
portero y a la camarera y decía: –¡Ruega, ruega pobre hijo mío por el
alma de ese monstruo que tienes por padre! ¡Rogad también vosotros por
el alma de vuestro amo que se ha vendido al diablo! A la madre le
producían horror las acciones del padre, y al padre lo que le producía
horror era ella misma, no podía dejar de manifestar su asco.
Créeme,
querida, que estás cometiendo una falta de tacto. Cuando veo ante el
altar tu nariz, tus orejas, tus labios, tengo la convicción de que
también Cristo se siente a disgusto. A pesar de estas contrariedades
Stefan fue un buen alumno, aplicado y puntual, pero nunca gozó de la
simpatía de los demás. En el recreo los alumnos cantaban todos a una y
todos los días.
Uno, dos y tres, dos pan pan/ no hay judío que no
sea un can/ Los polacos en cambio son águilas de oro/ Uno, dos, tres,
ahora le toca al loro. Stefan estaba fascinado con estos versos pero
debía apartarse de los otros chicos
cuando cantaban. A pesar de los esfuerzos que hacía por resultarles
agradable a ellos y a los profesores con sus buenas maneras, lo único
que conseguía era una actitud hostil.
Una tarde, un profesor de
historia y literatura, un vejete tranquilo y bastante inofensivo les
dijo: –Los polacos, señores míos, han sido siempre perezosos, sin
embargo, la pereza es siempre compañera del genio. Los polacos han sido
siempre valientes y perezosos ¡Magnífico pueblo, el polaco! A partir de
ese momento el interés de Stefan por el estudio disminuyó
Pero
con este cambio no consiguió la simpatía del profesor y de nada le
sirvió su incipiente preferencia por los desaplicados y los perezosos.
La observaciones del profesor tenían mucha influencia en la clase: –Los
polacos han sido siempre holgazanes y desobligados, pero las suecas, las
danesas, las francesas y las alemanas pierden la cabeza por nosotros,
sin embargo, nosotros preferimos a
las polacas.
¿No es acaso famosa en el mundo entero la belleza de
la mujer polaca? El resultado de esas insinuaciones fue que Stefan se
enamoró de una joven pero ella no se daba por enterada. Una mañana,
después de haberle pedido consejo a sus compañeros de clase, venció su
timidez y le dio un pellizco; ella cerró los ojos y soltó una risita. Lo
había logrado. Se lo contó a sus compañeros y fue la primera vez que lo
escucharon con interés.
Acto seguido se precipitaron sobre una
rana y la mataron a golpes. Stefan estaba emocionado y orgulloso de
haber sido admitido por los jóvenes y presintió que empezaba una nueva
etapa de su vida. Para congraciarse aún más con los compañeros atrapó
una golondrina y le rompió un ala, cuando se disponía a golpearla con un
palo un alumno le dio una bofetada en la cara.
Como no se defendió
todos se lanzaron sobre él y lo aporrearon sin ahorrar escarnios ni
insultos. En el amor tampoco
le iba nada bien, la joven pellizcada le hacía recriminaciones porque
era un consentido, un pequeño nene de mamá. Stefan había comprendido
finalmente que, si bien el padre era de raza pura, su madre también lo
era pero en el sentido contrario, el padre era un aristócrata arruinado
casado con la hija de un rico banquero.
Se imaginaba que las dos
razas hostiles de los padres, ambas poderosas, se habían neutralizado y
habían parido un ratón sin pigmentación, un ratón neutro, por eso no
tomaba parte de nada a pesar de haber participado en todo, ése era su
misterio. La joven le pedía que fuera valiente, le ordenaba que saltara
zanjas, que sostuviera pesos, que golpeara abedules bajo la observación
del vigilante.
Le pedía también que arrojara agua sobre el sombrero
de los transeúntes. Cuando Stefan le preguntaba cuál era la razón de
esos caprichos le decía que no lo sabía, que era un enigma, una esfinge,
un misterio para ella
misma. Si la joven fracasaba en algo se entristecía, si triunfaba se
ponía feliz y le permitía besar sus deliciosas orejas, como premio, sin
embargo, nunca se permitió responder a su apremiante: –¡Te deseo!
Le
decía que había algo en él de repulsivo y no sabía bien qué era, pero
Stefan sabía muy bien lo que querían decir esas palabras. Leía mucho y
trataba de comprender el significado de su secreto, se daba ánimos con
el recuerdo de uno de los temas escolares, la superioridad de los
polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos;
los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son
peludos; los italianos, bel canto.
Ésta era la razón por la que
querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos
que no causaban repulsión. El horizonte político se volvía cada vez más
amenazador y la joven cada vez más nerviosa. La multitud en las calles,
las tropas se desplazaban
hacia el frente. La movilización, los adioses, las banderas, los
discursos. Juramentos, sacrificios, lágrimas, manifiestos, indignación,
exaltación y odio.
La amada de Stefan ni lo miraba, no tenía
ojos más que para los militares. Stefan afirmaba su patriotismo,
participaba en juicios sumarios contra espías, pero algo en la mirada de
Jadwiga lo obligó a alistarse como voluntario en el regimiento de
ulanos. Atravesaban la cuidad cantando inclinados sobre el cuello de sus
caballos, una expresión maravillosa aparecía en el rostro de las
mujeres.
Sentía que muchos corazones latían también por él, y no
entendía el porqué pues no había dejado de ser el conde Stefan
Czarniecki que era antes ni el hijo de una Goldwasser, el único cambio
era que ahora usaba botas militares y llevaba en el cuello unas tiras
color frambuesa. La madre lo convocaba para que no tuviera piedad, para
que arrasara, quemara y matara, para que destruyera a
los malvados.
El padre, un gran patriota, lloraba en un rincón y
le decía que con la sangre podría borrar la mancha de su origen, que
pensara siempre en él y ahuyentara como la peste el recuerdo de la
madre porque podía serle fatal, que no perdonara y que exterminara hasta
el último de esos canallas. La amada le entregó por primera vez su
boca, una verdadera delicia. La guerra era hermosa.
Era precisamente
la conciencia de ese esplendor la que le proporcionaba las energías
para combatir al implacable enemigo del soldado: el miedo. De cuando en
cuando lograba colocar un tiro de fusil en el blanco preciso, y entonces
se sentía columpiado por la sonrisa impenetrable de las mujeres y hasta
le parecía que se ganaba el afecto de los caballos que hasta el momento
sólo le habían propinado coces y mordiscos.
Sin embargo, ocurrió
un incidente que lo lanzó al abismo de la depravación moral de la que
no pudo apartarse hasta
el día de hoy. La guerra se había desencadenado en todo el mundo. La
esperanza, consuelo de los imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa
perspectiva del porvenir: el regreso a casa y la liberación de su
situación de ratón neutro, pero las cosas no ocurrieron de esa manera.
Su
regimiento estaba defendiendo con tesón por tercer día consecutivo una
colina en el frente de batalla, con la orden de resistir hasta la
muerte. Fue entonces cuando cayó un obús que le cortó de un tajo ambas
piernas al ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el pobre,
seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan
tuvo que acompañar.
Cuando terminó la guerra y volvió a casa con
aquella risa sonándole aún en los oídos comprobó que todo lo que hasta
entonces había sostenido su existencia yacía hecho escombros, que no le
quedaba más remedio que volverse comunista. Stefan entendía el comunismo
como un programa en el
que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las
esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido en porciones iguales.
Un programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos
y repartida entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus
oraciones; que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya
raza fuera poco satisfactoria. Un programa en el que todas las
sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente
bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado fuera causal del
castigo con la cárcel.
Stefan elegía el término comunismo porque
constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma tan
incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los
rostros brutales de esos intelectuales. Las conversaciones más irónicas y
extrañas las tuvo con su adorada Jadwiga que lo había recibido con
efusiones extraordinarias al regreso de la
guerra.
Stefan le preguntaba que si acaso la mujer no era algo
misterioso, y cuando ella le respondía que sí, que lo era, y que ella
misma era misteriosa y desencadenaba pasiones, que era una mujer
esfinge, entonces Stefan exclamaba que también él constituía un
misterio, que tenía un lenguaje personal secreto y que le gustaría que
ella lo adoptara. Le advirtió que le iba a meter un sapo debajo de la
blusa.
Ella tenía que repetir con él las siguientes palabras:
Cham, bam, biu, mniu, ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso
pronunciarlas, le dijo que le daba vergüenza y se echó a llorar. Stefan
no le hizo caso, tomó un sapo grande y gordo y cumplió con su palabra.
Se puso como loca. Se tiró al suelo, y el grito que lanzó sólo podría
compararse con el del soldado destripado.
¿Pero es que para todas
las personas las mismas cosas deben ser bellas y agradables? Lo único
que le quedó de agradable en esa historia fue
que ella enloqueció, incapaz de librarse del sapo que se agitaba bajo
su blusa. Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un
pacifista militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones
totalmente incomprensibles.
Cada vez que tropezaba con un
sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria,
sentía la necesidad de cometer una villanía. “Tal es el secreto
personal que opongo al gran misterio de la existencia. ¿Qué queréis?...
cuando paso junto a una pareja feliz, a una madre con un niño o a un
anciano amable, pierdo la tranquilidad. Pero a veces el corazón se me
encoge y una gran nostalgia de vosotros, padre y madre queridos, se
apodera de mí. ¡También de ti siento nostalgia, oh santa infancia mía!”
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