
WITOLD
GOMBROWICZ, SALZBURGO Y NUREMBERG
“En un vagón restaurante:
las cinco de la tarde; nos acercamos a Tandil, que desde aquí recuerda a
Salzburgo: la esbelta torre de una iglesia entre las montañas. Unos
torrentes de resplandores primaverales atraviesan el espacio, el sol
tiembla en el aire, los colores se desprenden uno tras otro de los
prados y se elevan hasta disiparse en los confines del cielo.
Ensoñación. Calor... El tren se ha parado en medio de los campos (...)”
“A
través de la ventana, delante de mí, veo la hierba, los rieles y un
pedazo de papel. ¡Cómo cansa todo esto! Lo he visto mil veces. Miles de
veces el tren paraba y yo veía: los rieles y un pedazo de papel.
Hipnotizado por el papel, no aparto de él la vista, espero que el tren
arranque y el papel se aleje, abandonado. Lo he hecho ya mil veces. Yo,
el papel y los rieles. Los rieles, yo y el papel. El papel, los rieles y
yo”
“Hace unos días llegué a Tandil y me alojé en el hotel
Continental. Tandil, pequeña ciudad de setenta mil habitantes, entre
montañas no muy altas, erizadas de piedras como fortalezas; he venido
aquí porque es primavera y para librarme del todo de los microbios de la
gripe asiática. Pensaba en los medios para penetrar en la ciudad de la
que me habían advertido: ‘Te aburrirás de aburrimiento en Tandil’ (...)”
“Ayer alquilé por una módica suma un apartamento delicioso un poco
en las afueras de la ciudad, al pie de la montaña, allí donde se alza
una gran puerta de piedra, en la unión de un parque con un bosque de
eucaliptos y coníferas”. Gombrowicz pasó varias temporadas en Tandil. En
la primera temporada entra a la ciudad recordando a Salzburgo y se
marcha de Tandil
mencionando a los mártires de Nuremberg.
En el año 1957
Gombrowicz me escribe la primera carta, me la manda desde Tandil.
Buscando un alivio para sus bronquios atacados por el asma Gombrowicz se
nos va a Tandil. Algo había que lo atraía en esa ciudad del sur, como
una lámpara a las mariposas. Pasó cinco temporadas por allá entre los
años 1957 y 1960, en total unos diez meses más o menos, y convirtió a
Tandil en un lugar mítico.
Claro, fueron los jóvenes tandilenses los
que atrajeron a Gombrowicz, él andaba detrás de una actualización
permanente de su inmadurez porque la inmadurez no se puede aprender. La
barra del café Rex de Buenos Aires empezó a saber algo de la gente de
Tandil cuando Gombrowicz nos escribe desde allá. “Niños, aquí estoy en
Tandil, llegue mas o menos, paré en el hotel Continental, cien pesos
diarios, pero ya me mudé (...)”
“Ahora vivo allí abajo donde
termina la gran avenida que se ve
bien y donde está la gran puerta de entrada a la montaña, yo vivo justo
al lado de la puerta y pago veinticinco diarios sin comida la cual me
saldrá cincuenta más. Ocurre que me fui al diario Nueva Era y hablé con
el director preguntando si hay ambiente, entonces me dijo: ‘Cómo no
habrá, si tenemos al gran Salceda’ (...)”
“Así que me fui a ver a
Salceda quien resulto bolche y colaborador de Propósitos, pero igual nos
hicimos amigos”. Gombrowicz llega a Tandil y se prepara para desempeñar
el papel de Cristóbal Colón. “Ferreyra llegó al bar excitado y
divertido; después de su infaltable y ceremonioso saludo me contó,
conteniendo la risa, gran parte de una extraña novela que había
encontrado enmohecida en un estante de la biblioteca (...)”
“Se
llamaba ‘Ferdydurke’. El libro había sido hallado sin abrir, las páginas
virginalmente cerradas. Juan Carlos Ferreyra fue su primer lector, yo
el segundo, Jorge
Vilela el tercero y Mariano Betelú el cuarto. Exceptuando algunos pocos
admiradores y amigos fue cuidadosamente sepultado por la casi totalidad
del medio argentino y por muchas de sus grandes figuras (...)”
“Los
mismos señores que se deleitaban con las extravagancias de Rimbaud y
escribían y hablaban humanitaria y comprensivamente de él, cuando se
encontraron con las extravagancias de Gombrowicz olvidaron su espíritu
comprensivo y humano. Claro está, nadie les había dicho si Gombrowicz
era un artista o un farsante, y sí les habían dicho que Rimbaud era un
artista”
El Ingeniero Fireire, el Asno, Marlon y Flor de Quilombo
fueron pues entonces los que descubrieron y desparramaron en Tandil el
inmarcesible “Ferdydurke”. Esta joven comparsa de intelectuales
tandilenses era admiradora de Arthur Rimbaud, una verdadera contrariedad
para Gombrowicz pues ese personaje era poeta y francés. Sin embargo,
existía un punto de
contacto entre ellos: la modernidad.
Caracterizado por su afán de
destrucción y por su rebeldía, Rimbaud concibe la poesía como medio de
exaltar la vida. La obligación del poeta era la de agotar todas las
formas de amor, de sufrimiento y de locura para alcanzar lo desconocido.
Para los de Buenos Aires algunas de las cosas que ocurrieron en Tandil
se volvieron legendarias.
El asombro de Gombrowicz cuando supo,
casi recién llegado a Tandil, que el Asno y el Ingeniero Fireire había
leído “Ferdydurke”; la compota de Flor de Quilombo que protegió a
Gombrowicz de sus ensoñaciones con su propia muerte; la ceremonia que
armó Deolinda de Mauro en su casa celebrando la llegada del contrato de
Julliard para editar “Ferdydurke” en París.
La historia verdadera de
lo que les ocurrió en Tandil a unos jóvenes que poco a poco se fueron
convirtiendo en leyenda, empieza en 1956, un año en el que el Ingeniero
Fireire y el Asno leen
“Ferdydurke”. Un poco después de esta lectura, alguno de los miembros
del grupo que se formó el año siguiente cuando conocieron a Gombrowicz,
se presentaba con una ramita verde entre los dientes.
Además,
todos se tocaban la oreja izquierda si alguna cosa no le gustaba. El día
que conocieron a Gombrowicz en el León de Francia, uno de los cafés de
la plaza principal de Tandil, todos supieron que era la encarnación de
“Ferdydurke”. El mundo mágico del que habla Gombrowicz en los diarios,
ese mundo que busca un lugar junto al mundo racional, debía ser la
juventud.
Ese estadio de la vida le resultaba más familiar que la
condición sofisticada de la madurez. Gombrowicz no quería ocupar su
lugar de adulto en la sociedad y anduvo siempre conspirando, aliándose
en su contra con otros elementos, ambientes y fases del desarrollo. Hay
un pasaje memorable de los diarios que muestra hasta qué punto los
argentinos fuimos cómplices de
ese sabotaje.
En la tercera actualización de su inmadurez que
hace en la Argentina conoce a los jóvenes de Tandil, por ese entonces el
centro de la importancia era ocupado por la desfachatez y la ligereza
de la adolescencia. “También soy colega de Cox, un chico largo y flaco
de diecisiete años que tiene algo de botones de un hotel de gran
ciudad...: familiaridad con todo y experiencia de todo (...)”
“La
más perfecta falta de respeto que jamás haya visto, una tremenda
mundología, como si hubiera llegado a Tandil directamente de Nueva York
(sin embargo, nunca ha ido siquiera a Buenos Aires). A éste joven no lo
va a impresionar nada..., posee una incapacidad total de sentir
cualquier jerarquía y un cinismo que consiste en saber guardar una
apariencia amable (...)”
“Es una sabiduría proveniente de la
esfera inferior, la sabiduría de un pilluelo, de un vendedor de
periódicos, de un ascensorista, de un mozo de
recados, para quienes la esfera superior tiene valor en la medida en
que se le puede sacar dinero. Churchill y Picasso, Rockefeller, Stalin,
Einstein son para estos muchachos de Tandil caza mayor que desplumarían
hasta la última propina si los pescaran en el hall del hotel (...)”
“Semejante
actitud hacia la Historia en este chico Cox me tranquiliza y hasta me
alivia, me proporciona una igualdad más auténtica que aquella otra,
hecha de consignas y teorías. Descanso”. El desorden, la confusión y la
torpeza de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con
los demás fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le
permitió más adelante sobresalir y entrar en el gran mundo.
El
poema del chip, chip, me decía la chiva y la primera carta que me
escribió desde Tandil fueron los ejercicios preliminares con la
estupidez que Gombrowicz hizo conmigo. El poema ya tenía un cierto
prestigio, lo había declamado en la
conferencia que dio contra los poetas en la que uno de los viejos vates
presentes, después del recitado, le revoleó un bastón y estuvo a punto
de pegarle, pero la carta no tenía pasado.
“Aquí vivo, abajo, donde
termina la gran avenida. Todo más o menos bien pero no sé qué pasa, algo
no muy claro, hoy vino y dijo que le dará a patadas a Panagotto. Ahora,
Dipi y Buffalo sostienen que no era él sino Bianchotti, quien lo sabrá,
me piden consejo pero qué consejo puedo dar, además hay que andar con
cuidado porque hay no sé qué en el ambiente y lo de Leoplán y Ricardone
también me resulta algo raro que digamos (...)”
“Veremos. Mi
valija manda saludos a su changador y yo a los demás infelices del
Rex??? !!! ??? !!! Qué sé yo... La cena. La muela. El paseo y la
confitería”. En la primera temporada que pasa Gombrowicz en Tandil
ocurren los acontecimientos que después se convirtieron en leyenda. Sus
aventuras de en Tandil
eran controladas por la mirada bondadosa de Deolinda de Mauro, la dueña
de la casa donde pasaba las vacaciones.
“Un día lo invitaron a la
casa de los Santamarina, una familia muy importante: –¿Y va a ir a comer
a la casa de esas personas con una camisa tan sucia?, espere, voy a
buscar un trapo y se la limpio con un poco de alcohol. A Witoldo le
gustaba estar en el living durante los grandes calores. Cuando yo salía a
dar un paseo abría la despensa y me robaba algunas frutas (...)”
“Un
día lo sorprendí y se apresuró a tragar la que tenía en la boca: –¡Qué
desgracia tener un ladrón en casa, además sucio! Tenía muchas ganas de
reírse, pero no se rió porque era un hombre de mundo. Poco a poco
comprendí que era un escritor. Un día se enteró de que sus libros habían
sido aceptados en Francia: –Señora, señora, me han escrito, mire esta
carta, me aceptan; –Oh, Witoldo, qué alegría, ¿no deberíamos hacer un
fiesta? (...)”
“Preparé una corona de laureles, se la puse en la
cabeza, Mariano y yo nos paramos al lado de su silla, y él firmó el
contrato. No era espontáneo, pero uno podía comprender que tenía ganas
de contar con amigos, aunque no le resultara fácil; no todos estamos
hechos de la misma manera. Nos escribía cartas, eran hermosas, muy
cortas, pero decían muchas cosas. En una de las últimas escribió: ‘Me
acuerdo de ustedes y no quiero que me olviden’ (...)”
A medida
que Gombrowicz va siendo atraído por Tandil siente la necesidad de
manifestar su desprecio. “¡En Tandil soy el más célebre! ¡Nadie puede
igualarse conmigo! Ellos son setenta mil inferiores... Por todas partes
llevo mi cabeza en alto como una lámpara. Callejeo por Tandil. Su trajín
monótono: sus actividades mortalmente rutinarias, la previsión de
hormiga, la paciencia de caballo, la pesantez de vaca, mientras yo, yo
(...)”
“No puedo llegar
hasta nadie, porque todos están sumergidos en sus propias cosas y
además su soledad es absolutamente insondable, cada cual va detrás de
los suyo, es una soledad de animales, de caballos, de ranas, de peces.
Toda la ciudad es un gran trajín. ¿Qué hacer? ‘A la recherche du temps
perdu’, lo he encontrado en la biblioteca; me he llevado a este Proust a
casa y lo estoy leyendo (...)”
“Leo para sumergirme en un
elemento que me es más propio que el de Tandil, ¡para estar con mi
hermano Proust!”. El ilustre Marcel Proust podía alcanzar algunas
verdades con su refinamiento pero Gombrowicz andaba buscando una actitud
más drástica, no tan protegida por los afeites y los bibelots. “¿Por
qué lo admiramos? Lo admiramos ante todo por haber osado ser delicado y
no haber vacilado en mostrarse así, tal como era (...)”
“Un poco en
frac y un poco en bata de casa, con una frasco de medicamentos, con una
pizca de maquillaje
homosexual-histérico, con fobias, neurosis, debilidades, esnobismos,
con toda la miseria de un francés ultra sutil. Lo admiramos porque
detrás de ese Proust contaminado, raro, descubrimos la desnudez de su
humanidad, la verdad de sus sufrimientos y la fuerza de su sinceridad
(...)”
“Pero, ¡ay!, cuando examinamos mejor volvemos a descubrir
detrás de la desnudez a Proust en bata, en frac o en camisón junto con
todos los accesorios, la cama, las medicinas, los bibelots. Es un juego a
la gallina ciega. No se sabe aquí qué es lo definitivo, si la desnudez o
la vida, la enfermedad o la salud, la histeria o la fuerza. Por eso
Marcel Proust es un poco de todo, una mezcla indigerible (...)”
“Profundidad
y superficie, originalidad y banalidad, perspicacia y candor... cínico e
ingenuo, exquisito y de mal gusto, hábil y torpe, entretenido y
estudioso, ligero y pesado... ¡Pesado! Este primo me aplasta. Soy de su
familia... yo, ultra
sutil, pertenezco al mismo medio. Sólo que... sin París. Me ha faltado
París. ¡Y mi delicado cutis no protegido por los afeites siente la
mordida del áspero Tandil”
Fueron los jóvenes tandilenses los que
atraparon a Gombrowicz en esa ciudad, él andaba detrás de una
actualización permanente de su inmadurez. La barra del café Rex de
Buenos Aires empezó a saber algo de la gente de Tandil cuando Gombrowicz
nos empieza a escribir desde allá. Gombrowicz se va a Tandil como un
viajante de comercio, quiere ver si le puede vender un poco de risa al
dolor y sacar de este negocio un sucedáneo del talento.
No le venía
nada bien la idea de talento, el escritor no escribe con ningún talento
misterioso, sino consigo mismo. El escritor escribe con su sensibilidad e
inteligencia, con una constante excitación del espíritu que es la
esencia de toda retórica. Si lo que escribe el escritor es trivial,
fracasa no sólo como literato, sino
también como hombre. El fundamento de esa constante excitación del
espíritu es para Gombrowicz el dolor.
El dolor es el quid de la
existencia, y la risa el último recurso que tenemos para soportarlo.
“Saquemos de ello una moraleja: que en los momentos que las
circunstancias catastróficas nos obligan a transformarnos interiormente
del todo, la risa es nuestra salvación. Pero el humor consiste en una
inversión de todo, hasta el punto que un verdadero humorista nunca puede
ser únicamente lo que es (...)”
“La risa nos libera de nosotros
mismos y permite que nuestra humanidad sobreviva a pesar de los
dolorosos cambios de nuestro envoltorio. Esa risa, dictada por unas
necesidades terribles, debería abarcar no solamente el mundo del
enemigo, sino ante todo a nosotros mismos y a lo que para nosotros es
más querido. Vierto sobre el papel mi crisis del pensamiento democrático
y del sentimiento universal (...)”
“No soy el
único –quiero que lo sepáis–, no soy el único que, si no ahora sí
dentro de diez años, desee tener un mundo limitado y un Dios limitado.
De repente Tandil se me sube a la cabeza, ese insulso, rancio, burdo
substrato de una vida modesta, limitada –tras la que están como se está
tras una vaca–, aburrida y eterna... concretizados en ella por los
siglos de los siglos (...)”
“¡Dejen vivir en paz a la pobre gente!,
¿de dónde sacan ustedes que todo el mundo debe ser inteligente e
ilustrado?; –¿Cómo?; –¡Dejen en paz a los brutos!; –¿Niega usted la
necesidad de la ilustración universal?; –Por supuesto que la niego,
¡abajo con todas las enseñanzas!; –Usted debe ser fascista, ¿no es
cierto? Hitler, Hitler, Hitler... ¿De dónde había salido este Hitler?
“En
la confusión de mi vida, en este desorden de acontecimientos, noté
desde hace tiempo, cierta lógica en el desarrollo de las tramas. Cuando
un
pensamiento llega a ser dominante, empiezan a multiplicarse hechos que
lo estimulan desde el exterior, tal parece que la realidad exterior
comenzara a colaborar con la interior. Hace poco anoté aquí mismo que me
han llamado –oh, por equivocación– fascista (...)”
“Ahora, al
adentrarme por casualidad en una parte para mí desconocida de Tandil, en
el barrio Rivadavia, me saltaron a los ojos unos letreros garabateados
en tiza en las paredes, en la piedra: “Loor y gloria a los mártires de
Nuremberg”. ¿Un hitleriano en Tandil? ¿Y tan apasionado? ¿Después de
tantos años? Este fanatismo, ¿dónde?... En Tandil... ¿Por qué aquí?
(...)”
“Será otra vez una de las oscuridades tandileñas, esos
nublamientos que seguramente son boberías... que no me esfuerzo por
desentrañar... pero (teniendo en cuenta lo otro, ese fascismo que me han
atribuido) parece que esta inscripción me guiñara el ojo... ¿Alusión?
Desde hace
ya bastante tiempo sé que más de una cosa me alude y más de uno me
guiña el ojo (...)”
“Y además este Hitler me cae encima cuando me
fastidia el bruto... cuando vomito al bruto y soy vomitado por el
bruto”. La tesis de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme
audacia para alcan-zar el límite del terror, y creció con el miedo
ajeno. Aplicó el prin-cipio de que ganaría el que tuviera menos miedo, y
que el secreto del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al
otro y aplastar-lo.
Lo mismo da que el otro sea una persona o
que sea una nación; ese paso más frente al que los demás exclaman: –No
lo doy. Quiso que una vida extremadamente cruel fuera la prueba
definitiva de su capacidad de vivir, y quiso también alcanzar la
he-roicidad luchando contra su propio miedo. Se prohibió la debilidad y
se cortó la retirada, una estrategia absolutamente contraria a las
tácticas de Gombrowicz.
Es muy útil
descomponer el ascenso de la forma desde la mismísima persona hasta la
gran historia, siguiendo el camino que siguió Hitler. Primero se unió a
un conjunto pequeño de indivi-duos y se hizo líder de ese grupo reducido
a partir de sus cualidades personales, y en esta primera fase del
proceso la idea era el instru-mento para conseguir el sometimiento del
otro.
Hasta aquí, tanto el líder como sus subalternos estaban
situados en un terreno humano, po-dían renunciar. Aquí empieza a
aparecer un factor decisivo: el aumen-to de la cantidad cambia la
dimensión, se hace inaccesible para un so-lo individuo. La forma
demasiado pesada y maciza empezaba a vivir su propia vida. Un poco de fe
en cada obediente se multiplicó por la can-tidad y se convirtió en una
carga de fe peligrosa.
Cada uno de ellos ya no podía saber cómo
reaccionarían los demás, a los que no co-nocía, si se le ocurriera
decir: –Renuncio. Hitler, reforzado por la
cantidad y por la fe, había crecido, pero todavía no había nada en su
naturale-za privada ni en la de los otros que les impidiera tomar la
palabra, y decir: –Paso. La forma creció por su propia ley general y
transfirió a una esfera superior la acción de la conciencia individual.
Hitler
fue dejando de actuar con su propia energía y utilizó la fuerza de la
ma-sa, superior a la suya propia. El grado de excitación entre el líder
y sus subordinados creció en audacia y alcanzó tal estado de ebullición
que el conjunto se volvió terrible y superó la capacidad de cada uno de
sus miembros. En este continuo ascenso de la forma, el terror se
a-poderó de todos, también del jefe, que entró en una dimensión
extrahuma-na.
Ya nadie podía retroceder, porque sus conductas habían
sido trans-feridas de la región humana a la interhumana. Gombrowicz
introduce la idea teatral del artificio, una idea que denota todo su
mundo. Hitler
finge ser más valiente de lo que en verdad es para forzar a los demás
en esta carrera enloquecida del crecimiento de la forma, pero de este
artifi-cio nació una realidad que produjo hechos.
Las masas no
pudieron sen-tir el carácter teatral de la actuación de su líder, y una
nación de millones de habitantes retrocedió aterrorizada ante la
aplastante vo-luntad de su jefe. El jefe se vuelve grande con una
grandeza extraña cuyo rasgo característico es que se crea desde el
exterior. Hitler se había partido en dos: un Hitler privado con
pensamientos y sentimien-tos simples estaba en manos del Gran Hitler,
que se le imponía desde afuera.
Una vez que estas transformaciones
entraron en la esfera inter-humana, la idea ya no funcionó, porque la
idea no era necesaria, era sólo una aparien-cia detrás de la cual el
hombre se posesionó del hombre. Una mano blan-da que no hacía tanto
tiempo tomaba un pincel para hacer trazos sobre una tela
se convirtió en una maza con la que se golpeó a la gran historia.
“Adiós
Tandil. Me voy. Ya está hecha la maleta. Una profecía: la democracia,
la universalidad, la igualdad no serán capaces de satisfacernos. Será
cada vez más fuerte en vosotros el deseo de la dualidad, de un mundo
doble, de un pensamiento doble, de una mitología doble; en el futuro
profesaremos dos sistemas diferentes al mismo tiempo y el mundo mágico
encontrará su lugar junto al mundo racional”
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