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WITOLD GOMBROWICZ, SALZBURGO Y NUREMBERG

Enviado por Cinosargo el 06/07/2010 a las 13:56
Cinosargo
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JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS



WITOLD GOMBROWICZ, SALZBURGO Y NUREMBERG



“En un vagón restaurante: las cinco de la tarde; nos acercamos a Tandil, que desde aquí recuerda a Salzburgo: la esbelta torre de una iglesia entre las montañas. Unos torrentes de resplandores primaverales atraviesan el espacio, el sol tiembla en el aire, los colores se desprenden uno tras otro de los prados y se elevan hasta disiparse en los confines del cielo. Ensoñación. Calor... El tren se ha parado en medio de los campos (...)”
“A través de la ventana, delante de mí, veo la hierba, los rieles y un pedazo de papel. ¡Cómo cansa todo esto! Lo he visto mil veces. Miles de veces el tren paraba y yo veía: los rieles y un pedazo de papel. Hipnotizado por el papel, no aparto de él la vista, espero que el tren arranque y el papel se aleje, abandonado. Lo he hecho ya mil veces. Yo, el papel y los rieles. Los rieles, yo y el papel. El papel, los rieles y yo”

“Hace unos días llegué a Tandil y me alojé en el hotel Continental. Tandil, pequeña ciudad de setenta mil habitantes, entre montañas no muy altas, erizadas de piedras como fortalezas; he venido aquí porque es primavera y para librarme del todo de los microbios de la gripe asiática. Pensaba en los medios para penetrar en la ciudad de la que me habían advertido: ‘Te aburrirás de aburrimiento en Tandil’ (...)”
“Ayer alquilé por una módica suma un apartamento delicioso un poco en las afueras de la ciudad, al pie de la montaña, allí donde se alza una gran puerta de piedra, en la unión de un parque con un bosque de eucaliptos y coníferas”. Gombrowicz pasó varias temporadas en Tandil. En la primera temporada entra a la ciudad recordando a Salzburgo y se marcha de Tandil mencionando a los mártires de Nuremberg.

En el año 1957 Gombrowicz me escribe la primera carta, me la manda desde Tandil. Buscando un alivio para sus bronquios atacados por el asma Gombrowicz se nos va a Tandil. Algo había que lo atraía en esa ciudad del sur, como una lámpara a las mariposas. Pasó cinco temporadas por allá entre los años 1957 y 1960, en total unos diez meses más o menos, y convirtió a Tandil en un lugar mítico.
Claro, fueron los jóvenes tandilenses los que atrajeron a Gombrowicz, él andaba detrás de una actualización permanente de su inmadurez porque la inmadurez no se puede aprender. La barra del café Rex de Buenos Aires empezó a saber algo de la gente de Tandil cuando Gombrowicz nos escribe desde allá. “Niños, aquí estoy en Tandil, llegue mas o menos, paré en el hotel Continental, cien pesos diarios, pero ya me mudé (...)”

“Ahora vivo allí abajo donde termina la gran avenida que se ve bien y donde está la gran puerta de entrada a la montaña, yo vivo justo al lado de la puerta y pago veinticinco diarios sin comida la cual me saldrá cincuenta más. Ocurre que me fui al diario Nueva Era y hablé con el director preguntando si hay ambiente, entonces me dijo: ‘Cómo no habrá, si tenemos al gran Salceda’ (...)”
“Así que me fui a ver a Salceda quien resulto bolche y colaborador de Propósitos, pero igual nos hicimos amigos”. Gombrowicz llega a Tandil y se prepara para desempeñar el papel de Cristóbal Colón. “Ferreyra llegó al bar excitado y divertido; después de su infaltable y ceremonioso saludo me contó, conteniendo la risa, gran parte de una extraña novela que había encontrado enmohecida en un estante de la biblioteca (...)”

“Se llamaba ‘Ferdydurke’. El libro había sido hallado sin abrir, las páginas virginalmente cerradas. Juan Carlos Ferreyra fue su primer lector, yo el segundo, Jorge Vilela el tercero y Mariano Betelú el cuarto. Exceptuando algunos pocos admiradores y amigos fue cuidadosamente sepultado por la casi totalidad del medio argentino y por muchas de sus grandes figuras (...)”
“Los mismos señores que se deleitaban con las extravagancias de Rimbaud y escribían y hablaban humanitaria y comprensivamente de él, cuando se encontraron con las extravagancias de Gombrowicz olvidaron su espíritu comprensivo y humano.  Claro está, nadie les había dicho si Gombrowicz era un artista o un farsante, y sí les habían dicho que Rimbaud era un artista”

El Ingeniero Fireire, el Asno, Marlon y Flor de Quilombo fueron pues entonces los que descubrieron y desparramaron en Tandil el inmarcesible “Ferdydurke”. Esta joven comparsa de intelectuales tandilenses era admiradora de Arthur Rimbaud, una verdadera contrariedad para Gombrowicz pues ese personaje era poeta y francés. Sin embargo, existía un punto de contacto entre ellos: la modernidad.
Caracterizado por su afán de destrucción y por su rebeldía, Rimbaud concibe la poesía como medio de exaltar la vida. La obligación del poeta era la de agotar todas las formas de amor, de sufrimiento y de locura para alcanzar lo desconocido. Para los de Buenos Aires algunas de las cosas que ocurrieron en Tandil se volvieron legendarias.

El asombro de Gombrowicz cuando supo, casi recién llegado a Tandil, que el Asno y el Ingeniero Fireire había leído “Ferdydurke”; la compota de Flor de Quilombo que protegió a Gombrowicz de sus ensoñaciones con su propia muerte; la ceremonia que armó Deolinda de Mauro en su casa celebrando la llegada del contrato de Julliard para editar “Ferdydurke” en París.
La historia verdadera de lo que les ocurrió en Tandil a unos jóvenes que poco a poco se fueron convirtiendo en leyenda, empieza en 1956, un año en el que el Ingeniero Fireire y el Asno leen “Ferdydurke”. Un poco después de esta lectura, alguno de los miembros del grupo que se formó el año siguiente cuando conocieron a Gombrowicz, se presentaba con una ramita verde entre los dientes.

Además, todos se tocaban la oreja izquierda si alguna cosa no le gustaba. El día que conocieron a Gombrowicz en el León de Francia, uno de los cafés de la plaza principal de Tandil, todos supieron que era la encarnación de “Ferdydurke”. El mundo mágico del que habla Gombrowicz en los diarios, ese mundo que busca un lugar junto al mundo racional, debía ser la juventud.
Ese estadio de la vida le resultaba más familiar que la condición sofisticada de la madurez. Gombrowicz no quería ocupar su lugar de adulto en la sociedad y anduvo siempre conspirando, aliándose en su contra con otros elementos, ambientes y fases del desarrollo. Hay un pasaje memorable de los diarios que muestra hasta qué punto los argentinos fuimos cómplices de ese sabotaje.

En la tercera actualización de su inmadurez que hace en la Argentina conoce a los jóvenes de Tandil, por ese entonces el centro de la importancia era ocupado por la desfachatez y la ligereza de la adolescencia. “También soy colega de Cox, un chico largo y flaco de diecisiete años que tiene algo de botones de un hotel de gran ciudad...: familiaridad con todo y experiencia de todo (...)”
“La más perfecta falta de respeto que jamás haya visto, una tremenda mundología, como si hubiera llegado a Tandil directamente de Nueva York (sin embargo, nunca ha ido siquiera a Buenos Aires).  A éste joven no lo va a impresionar nada..., posee una incapacidad total de sentir cualquier jerarquía y un cinismo que consiste en saber guardar una apariencia amable (...)”

“Es una sabiduría proveniente de la esfera inferior, la sabiduría de un pilluelo, de un vendedor de periódicos, de un ascensorista, de un mozo de recados, para quienes la esfera superior tiene valor en la medida en que se le puede sacar dinero. Churchill y Picasso, Rockefeller, Stalin, Einstein son para estos muchachos de Tandil caza mayor que desplumarían hasta la última propina si los pescaran en el hall del hotel (...)”
“Semejante actitud hacia la Historia en este chico Cox me tranquiliza y hasta me alivia, me proporciona una igualdad más auténtica que aquella otra, hecha de consignas y teorías. Descanso”. El desorden, la confusión y la torpeza de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con los demás fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le permitió más adelante sobresalir y entrar en el gran mundo.

El poema del chip, chip, me decía la chiva y la primera carta que me escribió desde Tandil fueron los ejercicios preliminares con la estupidez que Gombrowicz hizo conmigo. El poema ya tenía un cierto prestigio, lo había declamado en la conferencia que dio contra los poetas en la que uno de los viejos vates presentes, después del recitado, le revoleó un bastón y estuvo a punto de pegarle, pero la carta no tenía pasado.
“Aquí vivo, abajo, donde termina la gran avenida. Todo más o menos bien pero no sé qué pasa, algo no muy claro, hoy vino y dijo que le dará a patadas a Panagotto. Ahora, Dipi y Buffalo sostienen que no era él sino Bianchotti, quien lo sabrá, me piden consejo pero qué consejo puedo dar, además hay que andar con cuidado porque hay no sé qué en el ambiente y lo de Leoplán y Ricardone también me resulta algo raro que digamos (...)”

“Veremos. Mi valija manda saludos a su changador y yo a los demás infelices del Rex??? !!! ??? !!! Qué sé yo... La cena. La muela. El paseo y la confitería”. En la primera temporada que pasa Gombrowicz en Tandil ocurren los acontecimientos que después se convirtieron en leyenda. Sus aventuras de en Tandil eran controladas por la mirada bondadosa de Deolinda de Mauro, la dueña de la casa donde pasaba las vacaciones.
“Un día lo invitaron a la casa de los Santamarina, una familia muy importante: –¿Y va a ir a comer a la casa de esas personas con una camisa tan sucia?, espere, voy a buscar un trapo y se la limpio con un poco de alcohol. A Witoldo le gustaba estar en el living durante los grandes calores. Cuando yo salía a dar un paseo abría la despensa y me robaba algunas frutas (...)”

“Un día lo sorprendí y se apresuró a tragar la que tenía en la boca: –¡Qué desgracia tener un ladrón en casa, además sucio! Tenía muchas ganas de reírse, pero no se rió porque era un hombre de mundo. Poco a poco comprendí que era un escritor. Un día se enteró de que sus libros habían sido aceptados en Francia: –Señora, señora, me han escrito, mire esta carta, me aceptan; –Oh, Witoldo, qué alegría, ¿no deberíamos hacer un fiesta? (...)”
“Preparé una corona de laureles, se la puse en la cabeza, Mariano y yo nos paramos al lado de su silla, y él firmó el contrato. No era espontáneo, pero uno podía comprender que tenía ganas de contar con amigos, aunque no le resultara fácil; no todos estamos hechos de la misma manera. Nos escribía cartas, eran hermosas, muy cortas, pero decían muchas cosas. En una de las últimas escribió: ‘Me acuerdo de ustedes y no quiero que me olviden’ (...)”

A medida que Gombrowicz va siendo atraído por Tandil siente la necesidad de manifestar su desprecio. “¡En Tandil soy el más célebre! ¡Nadie puede igualarse conmigo! Ellos son setenta mil inferiores... Por todas partes llevo mi cabeza en alto como una lámpara. Callejeo por Tandil. Su trajín monótono: sus actividades mortalmente rutinarias, la previsión de hormiga, la paciencia de caballo, la pesantez de vaca, mientras yo, yo (...)”
“No puedo llegar hasta nadie, porque todos están sumergidos en sus propias cosas y además su soledad es absolutamente insondable, cada cual va detrás de los suyo, es una soledad de animales, de caballos, de ranas, de peces. Toda la ciudad es un gran trajín. ¿Qué hacer? ‘A la recherche du temps perdu’, lo he encontrado en la biblioteca; me he llevado a este Proust a casa y lo estoy leyendo (...)”

“Leo para sumergirme en un elemento que me es más propio que el de Tandil, ¡para estar con mi hermano Proust!”.  El ilustre Marcel Proust podía alcanzar algunas verdades con su refinamiento pero Gombrowicz andaba buscando una actitud más drástica, no tan protegida por los afeites y los bibelots. “¿Por qué lo admiramos? Lo admiramos ante todo por haber osado ser delicado y no haber vacilado en mostrarse así, tal como era (...)”
“Un poco en frac y un poco en bata de casa, con una frasco de medicamentos, con una pizca de maquillaje homosexual-histérico, con fobias, neurosis, debilidades, esnobismos, con toda la miseria de un francés ultra sutil. Lo admiramos porque detrás de ese Proust contaminado, raro, descubrimos la desnudez de su humanidad, la verdad de sus sufrimientos y la fuerza de su sinceridad (...)”

“Pero, ¡ay!, cuando examinamos mejor volvemos a descubrir detrás de la desnudez a Proust en bata, en frac o en camisón junto con todos los accesorios, la cama, las medicinas, los bibelots. Es un juego a la gallina ciega. No se sabe aquí qué es lo definitivo, si la desnudez o la vida, la enfermedad o la salud, la histeria o la fuerza. Por eso Marcel Proust es un poco de todo, una mezcla indigerible (...)”
“Profundidad y superficie, originalidad y banalidad, perspicacia y candor... cínico e ingenuo, exquisito y de mal gusto, hábil y torpe, entretenido y estudioso, ligero y pesado... ¡Pesado! Este primo me aplasta. Soy de su familia... yo, ultra sutil, pertenezco al mismo medio. Sólo que... sin París. Me ha faltado París. ¡Y mi delicado cutis no protegido por los afeites siente la mordida del áspero Tandil”

Fueron los jóvenes tandilenses los que atraparon a Gombrowicz en esa ciudad, él andaba detrás de una actualización permanente de su inmadurez. La barra del café Rex de Buenos Aires empezó a saber algo de la gente de Tandil cuando Gombrowicz nos empieza a escribir desde allá. Gombrowicz se va a Tandil como un viajante de comercio, quiere ver si le puede vender un poco de risa al dolor y sacar de este negocio un sucedáneo del talento.
No le venía nada bien la idea de talento, el escritor no escribe con ningún talento misterioso, sino consigo mismo. El escritor escribe con su sensibilidad e inteligencia, con una constante excitación del espíritu que es la esencia de toda retórica. Si lo que escribe el escritor es trivial, fracasa no sólo como literato, sino también como hombre. El fundamento de esa constante excitación del espíritu es para Gombrowicz el dolor.

El dolor es el quid de la existencia, y la risa el último recurso que tenemos para soportarlo. “Saquemos de ello una moraleja: que en los momentos que las circunstancias catastróficas nos obligan a transformarnos interiormente del todo, la risa es nuestra salvación. Pero el humor consiste en una inversión de todo, hasta el punto que un verdadero humorista nunca puede ser únicamente lo que es (...)”
“La risa nos libera de nosotros mismos y permite que nuestra humanidad sobreviva a pesar de los dolorosos cambios de nuestro envoltorio. Esa risa, dictada por unas necesidades terribles, debería abarcar no solamente el mundo del enemigo, sino ante todo a nosotros mismos y a lo que para nosotros es más querido. Vierto sobre el papel mi crisis del pensamiento democrático y del sentimiento universal (...)”

“No soy el único –quiero que lo sepáis–, no soy el único que, si no ahora sí dentro de diez años, desee tener un mundo limitado y un Dios limitado. De repente Tandil se me sube a la cabeza, ese insulso, rancio, burdo substrato de una vida modesta, limitada –tras la que están como se está tras una vaca–, aburrida y eterna... concretizados en ella por los siglos de los siglos (...)”
“¡Dejen vivir en paz a la pobre gente!, ¿de dónde sacan ustedes que todo el mundo debe ser inteligente e ilustrado?; –¿Cómo?; –¡Dejen en paz a los brutos!; –¿Niega usted la necesidad de la ilustración universal?; –Por supuesto que la niego, ¡abajo con todas las enseñanzas!; –Usted debe ser fascista, ¿no es cierto? Hitler, Hitler, Hitler... ¿De dónde había salido este Hitler?

“En la confusión de mi vida, en este desorden de acontecimientos, noté desde hace tiempo, cierta lógica en el desarrollo de las tramas. Cuando un pensamiento llega a ser dominante, empiezan a multiplicarse hechos que lo estimulan desde el exterior, tal parece que la realidad exterior comenzara a colaborar con la interior. Hace poco anoté aquí mismo que me han llamado –oh, por equivocación– fascista (...)”
“Ahora, al adentrarme por casualidad en una parte para mí desconocida de Tandil, en el barrio Rivadavia, me saltaron a los ojos unos letreros garabateados en tiza en las paredes, en la piedra: “Loor y gloria a los mártires de Nuremberg”. ¿Un hitleriano en Tandil? ¿Y tan apasionado? ¿Después de tantos años? Este fanatismo, ¿dónde?... En Tandil... ¿Por qué aquí? (...)”

“Será otra vez una de las oscuridades tandileñas, esos nublamientos que seguramente  son boberías... que no me esfuerzo por desentrañar... pero (teniendo en cuenta lo otro, ese fascismo que me han atribuido) parece que esta inscripción me guiñara el ojo... ¿Alusión? Desde hace ya bastante tiempo sé que más de una cosa me alude y más de uno me guiña el ojo (...)”
“Y además este Hitler me cae encima cuando me fastidia el bruto... cuando vomito al bruto y soy vomitado por el bruto”. La tesis de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme audacia para alcan-zar el límite del terror, y creció con el miedo ajeno. Aplicó el prin-cipio de que ganaría el que tuviera menos miedo, y que el secreto del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al otro y aplastar-lo.

Lo mismo da que el otro sea una persona o que sea una nación; ese paso más frente al que los demás exclaman: –No lo doy. Quiso que una vida extremadamente cruel fuera la prueba definitiva de su capacidad de vivir, y quiso también alcanzar la he-roicidad luchando contra su propio miedo. Se prohibió la debilidad y se cortó la retirada, una estrategia absolutamente contraria a las tácticas de Gombrowicz.
Es muy útil descomponer el ascenso de la forma desde la mismísima persona hasta la gran historia, siguiendo el camino que siguió Hitler. Primero se unió a un conjunto pequeño de indivi-duos y se hizo líder de ese grupo reducido a partir de sus cualidades personales, y en esta primera fase del proceso la idea era el instru-mento para conseguir el sometimiento del otro.

Hasta aquí, tanto el líder como sus subalternos estaban situados en un terreno humano, po-dían renunciar. Aquí empieza a aparecer un factor decisivo: el aumen-to de la cantidad cambia la dimensión, se hace inaccesible para un so-lo individuo. La forma demasiado pesada y maciza empezaba a vivir su propia vida. Un poco de fe en cada obediente se multiplicó por la can-tidad y se convirtió en una carga de fe peligrosa.
Cada uno de ellos ya no podía saber cómo reaccionarían los demás, a los que no co-nocía, si se le ocurriera decir: –Renuncio. Hitler, reforzado por la cantidad y por la fe, había crecido, pero todavía no había nada en su naturale-za privada ni en la de los otros que les impidiera tomar la palabra, y decir: –Paso. La forma creció por su propia ley general y transfirió a una esfera superior la acción de la conciencia individual.

Hitler fue dejando de actuar con su propia energía y utilizó la fuerza de la ma-sa,  superior a la suya propia. El grado de excitación entre el líder y sus subordinados creció en audacia y alcanzó tal estado de ebullición que el conjunto se volvió terrible y superó la capacidad de cada uno de sus miembros. En este continuo ascenso de la forma, el terror se a-poderó de todos, también del jefe, que entró en una dimensión extrahuma-na.
Ya nadie podía retroceder, porque sus conductas habían sido trans-feridas de la región humana a la interhumana. Gombrowicz introduce la idea teatral del artificio, una idea que denota todo su mundo. Hitler finge ser más valiente de lo que en verdad es para forzar a los demás en esta carrera enloquecida del crecimiento de la forma, pero de este artifi-cio nació una realidad que produjo hechos.

Las masas no pudieron sen-tir el carácter teatral de la actuación de su líder, y una nación de millones de habitantes retrocedió aterrorizada ante la aplastante vo-luntad de su jefe. El jefe se vuelve grande con una grandeza extraña cuyo rasgo característico es que se crea desde el exterior. Hitler se había partido en dos: un Hitler privado con pensamientos y sentimien-tos simples estaba en manos del Gran Hitler, que se le imponía desde afuera.
Una vez que estas transformaciones entraron en la esfera inter-humana, la idea ya no funcionó, porque la idea no era necesaria, era sólo una aparien-cia detrás de la cual el hombre se posesionó del hombre. Una mano blan-da que no hacía tanto tiempo tomaba un pincel para hacer trazos sobre una tela se convirtió en una maza con la que se golpeó a la gran historia.

“Adiós Tandil. Me voy. Ya está hecha la maleta. Una profecía: la democracia, la universalidad, la igualdad no serán capaces de satisfacernos. Será cada vez más fuerte en vosotros el deseo de la dualidad, de un mundo doble, de un pensamiento doble, de una mitología doble; en el futuro profesaremos dos sistemas diferentes al mismo tiempo y el mundo mágico encontrará su lugar junto al mundo racional”

 


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