
CACOFONÍA
Y entonces estaba el hombre, y no sólo, no sólo el hombre, sino todos los hombres, cascajos de hombre, mentiras de hombre; ternas de miradas vencidas de hombre. Máscaras de carne y hueso, y sin embargo, no hay más en ello, ¿cómo subvertir los órdenes de la carne y el deseo y la voluntad desnuda detrás de una espiral infinita de acontecimientos?. Caprichos de un ácido bastante peculiar y nada más. Y sin embargo, a través de las calles y sus habitantes, aquellas callejuelas oscuras, sucias, malolientes, impregnadas de una vitalidad febril alimentada de máquinas y de sueños sesgados por dinero y el poder corriendo sin lastre como una bestia cacofónica de mil voces, sin amo y sin objeto más que saciar sus instintos más brutales. Y sin embargo, en esas callejuelas, en esas mismas, en los ríos de concreto, habitan los únicos posibles, la esfera única de la igualdad entre ellos, entre los hombres, y todos los hombres son el hombre, el hombre que pasa frente al banco con su mirada metálica y con fuego saliendo de la boca.
Y el frío, ese frío tan peculiar de una mañana por todos ignorada, en el propio seno frío de un hogar con portones de piedra, y gárgolas, gárgolas de piedra. Había alguien que no lo ignoraba, el frío, ni tampoco ignoraba cómo entrar en ese banco atiborrado de billetes, y metálicos, y de almas varias transitando con pesados miembros el interior cristalino de una caja de zapatos, una sofisticada caja de zapatos. A fin de cuentas ignorar, ignorar por dónde se transita, ignorar los propios pasos, los zapatos, objetos crueles, metáforas que ponemos a rodar sobre nuestras vidas incasablemente, con cada paso, con paso cada cual diferente, con diferente maquinación y objetivo y con la incallable persistencia de los matutinos pasos de ese hombre externo que observa la ventana.
Debí haber cocinado el desayuno de Eduardo. Eso debí haber hecho. Eso y despertar a las niñas. Ahora todo el santo día se ha complicado. No me gusta cuando es así. Ni cuándo el frío azota los pies al tocar el suelo. El momento del despertar es cómo el momento previo a la exhalación final, sin estirar la pata, nos ofrece un cheque en blanco para el día. Justo como la muerte cuando se ha abandonado el tren saturado de pensamientos, recompensas, rumias, y personas, justo el momento en que cerramos los ojos sin pensar en el jugo de ese cheque ahora expirado. Por eso es importante no saltar del frío. No saltar de impresión cuando apenas está uno dejando correr los ojos libres por el día que viene. Por eso Eduardo siempre resiente la falta de desayuno, y la falta de minutos libres de conversación y la falta de ese no se qué que no dan las duchas, ni las niñas, ni siquiera los consejeros matrimoniales que ahora visitamos.
Ahora la chimenea de una boca de hombre, el blanco y el humo y el frío, todo se confunde, a una misma imagen evanescente de chimenea de boca de hombre, en blancos, en una ciudad que nadie observa desde los balcones, una ciudad empedernida en su hipotermia y en su ceguera de sí misma. Ciudad empañada de carámbanos, empañada efigie de ciudad, ciudad de lento tránsito helado, inconexa, helada trampa de ciudad.
Y ahora doce horas por matar. Matar los tiempos, los momentos, pasar de un minuto al que le sigue, como por un túnel oscuro. Oscuro tiempo. Oscuro se me escurre. Oscuro cuando me levanto, oscuro me voy y todo el tiempo es un tiempo oscuro. Pasando un túnel sordo, largo, que no conoce su propia boca terrible. Es terrible ser un guardia. Pasar por esto en incontables repeticiones y secuelas, sin conocer nunca el peso del revólver en plenitud. No hacer nada, quedarse sentado, o parado. Es lo mismo: nada. Nada por esperar, esperar la nada que se apodera del día. Los días de nadie, de aquellas personas que se forman en filas, movedizas filas, de lápidas sonrientes, de indiferentes carnes maquilladas. De horas de ríos, de gente entre ríos subterráneos de dinero, dinero gordo e indiferente. Dinero. Quisiera más dinero. Dinero para comprar tiempo. Tiempo para comprar momentos. Momentos por comprar vida. Vida sin factura, ni tarjetas. Vida sin relojes, sin túneles, sin lápidas sonrientes. Vida. Vida para perdonar a mamá. Vida para abandonar ésta burla de no vida. Y la promesa de otros lugares, de amigos, de inviernos floridos. Lugares lejanos de ésta fría caja de zapatos, sofisticada caja de zapatos. Cajón de inagotable dinero subterráneo, frío, subterráneo, dinero.
El hombre menudo, la gabardina larga. Pasos invadidos por la premura, empujados por una determinación hasta entonces desconocida. Pasos helados por una lesión añeja. Añeja cara sin lavar. Y ojos rojos de humo, y de frío y el frío en la mirada, en los pasos, el frío trepando la mañana y sus habitantes inadvertidos. Inadvertidos paseantes, en una ciudad sembrada de una inquietud ante el no se qué. De una ciudad invadida por un rostro que no logra adivinar. Rostro ahora de los seres que bullen en el interior del espacio. Ese hombre, ese rostro, es toda posibilidad arrinconada en los nudos de ese banco. Él las tiene todas.
Sacar la escopeta y esperar los gritos ahora liberados por la visión de un par de tubos metálicos. El paisaje cambia, y pareciera que los rostros se desvanecen en medio de esa nube evanescente y cálida de humanidad al límite. El deseo caníbal de la mujer, los ridículos planes del guardia descompuesto, la fuerza contenida del hombre que calla, todos son presas inauditas de un momento que perpetra con energía, sin invitación previa. Cada ser muestra su verdadero rostro ante la posibilidad de disolución, corte de lastres, enser final. El momento más sincero antecede el final que se vislumbra, como la danza erótica de una vela antes de ser arrebatada por la corriente. Erótica, excitación erótica en el cuerpo del atacante, la posibilidad de dar paso a acontecimientos en los confines contenidos por esa membrana de vidrio. El microcosmos del atacante. El juego previo de la sangre. ¡¡Dadme todo el dinero!! ¡¡Hacéis cualquier tosco intento de alertar a la policía y me los cargo a todos!!
El corazón de la mujer es un pistón desahuciado. Se apresura a satisfacer los deseos del hombre en gabardina negra, de negra ropa enfundada, mientras empaña su visión con enfundada, negra precisión. Lágrimas, voces deshiladas, desbaratados actos en el interior del cuadrilátero. Piso brillante, ojos reflectados. Nadie juega al héroe cuando se tiene el corazón contra el piso, ni vuelven tampoco las horas hilvanadas en reflectados pisos de negro enmarmolado. Todo lo dicho, hecho y desahuciado se vuelca con el mismo frío de que es presa la ciudad en una mañana por las aguas cautiva. Por favor llévate todo menos el anillo de ónix. El viaje a Japón. Conocer a Megumi. Sus ojos de tilo y los dibujos de henna tallados en su habitación. Esa noche eléctrica en Akihabara es todo lo que me queda. Era demasiado joven, demasiado tarde. Y ahora el son metálico de la escopeta me arropa bajo las luces vibrantes una vez más. No quiero alejarme de ese momento. No por todo el oro, ni el terror grisáceo del mundo. Nada para olvidar un mar de separación y una noche de total entrega. Libertad y laxitud en la forma de una mujer que escarba la madera con pigmentos. Tatuajes del alma. Alma eléctrica de Akihabara. Las calles mojadas, la mojada velada de una noche fluorescente pigmentada. La película. La vida perpetúa, el éxtasis de la ciudad. Los besos sabor ciruela. El mismo frío del pavimento, es el frío que ahora muerde mis huesos. Llévate todo menos el anillo de ónix.
Todos callan mientras el dinero resbala. En las manos frías del hombre-gabardina. Aún atiza la mirada. Y aún vuelan palabras por la sala hundida con el corazón contra el piso. Silenciosa repica la alarma ignorando falaz la atroz medida. El hombre, de todo hombre, tomando las preciosas posesiones. Posesas ahora por la avidez del frío hombre. Hombre poseído de hambre. Del asalto y prefigurada sangre en los cristales. La sangre en la mirada. Mirada de cristales.
No puedo respirar y sin embargo respiro. Sabía que algo estaba mal desde que tuve que cruzar camino trastabillando por el cementerio. Prohíben los ángeles en las lápidas del ce-men-te-rio, pero el espacio quieto alrededor de la lengua de piedra los delata. Yo sé que se detienen a observar el mundo con arrobo y vacío, como pequeños cuervos. Si estuvieran colocados en su lugar y con los ojos fijos, clavados en la tierra, sabría dónde mirar y dónde no, pero es inútil. Algunas personas creen que con sólo cerrar los ojos el mundo se va a ir a dormir con ellos. No funciona así. Respirar, exhalar, controlar el flujo de aire. Ante todo no desesperar, de lo contrario podría morir en éste camino. Camino cerrado, camino alterno al cementerio. Hoy todos los caminos se entrecruzan. Todos señalan con el dedo hacia el punto geográfico a que nunca dan mis pasos. Hoy por vez primera en doce años. Sé lo que debí haber hecho en ese tiempo. Hay más tiempo de muerte que de vida. Eso me enseñó mamá. Nunca entendí la plenitud con que se mostró ese día caluroso. Calurosa despedida, como brasas que atizan. La humedad, y los ojos de la estatua desde el campanile. Y el reloj roto colgando de orgullo en un tiempo que nunca nos alcanza. Así será mamá para siempre, una despedida en un día caluroso con el tiempo hecho añicos. Añicos de doce años. Años doce para perdonar mi propia partida. Hubiera preferido su ausencia ese día. Eso o una patada, o sus lágrimas. Su amor me desbarata. Y ahora ésta fría tumba, de fríos recuerdos que tropiezan en el cementerio y dan hacia otro cuenco de frío dinero. Sofisticada tumba. Pero no por hoy, si logro respirar. No puedo y sin embargo lo hago.
Apresura su partida. Atropellado deseo. Corre mórbido, fácil salida. ¿Puedo levantar mi cabeza y ser presa de un momento anunciado?. La muerte me persigue. La veo en cada esquina desde que comienza el día. Raquel fue afortunada. Ella lo supo antes que yo. Que la vida se extingue en un parpadeo, o en la forma de un árbol que va perdiendo sus hojas. De cualquier manera eso no era para ella. Y no lo es para mí. Nunca pude perdonarla. Ni siquiera por su partida sin fuegos de artificio. Supongo que la carga de ser una madre prematura y sin señales fisiológicas es algo que un hermano no puede comprender. Recuerdo su cara al preparar el almuerzo. Y sus manos cuando zarandeaba mi cabello. Una vida tomada por la vida de una partida. Levantaré mi cabeza. Un brazo se ase a otro brazo. Golpes vienen uno tras el otro como una catarata. La sirena zumba desde los vértices, sacudiendo el rocío de los cristales limítrofes. Un borde erupcionado, el costado se vacía en redonda salida. Sangre. ¿De quién?. La mía, mía sangre. Caer enmarmolado, esparciendo su redondo reflujo. Mariposas de sangre. Un alto a las patrullas. Hombres desenfundados. ¡Pare o disparamos!. Respuesta de acero. Las balas hienden el aire con su vuelo. BANG BANG. Dos hombres en el suelo. Unido panorama, el destino compartido de hombres dos envueltos en la muerte sin saberlo. Desenfunda el carmín solar entre las nubes que se alejan. Hombres dos entre todo hombre. El fin de los pasos, máscaras desenfundadas.
Eduardo. Doce Horas. Megumi. Y sin embargo respiro. Raquel. BANG BANG.
Carlos Alejandro Rojas (México)





































