Figurantes
Esta noche estoy cansado y no tengo ganas de escribir. El espíritu apático de esta ciudad me ha calado los huesos. Paseas por la calle y ves todos esos rostros hieráticos y deformes, todas esas miradas extraviadas puesta en todos y en ningún sitio; todas esas siluetas que parecen sombras chinescas sobre un decorado de cartón piedra. Son gentes que caminan con una nube oscura sobre sus cabezas. Lo mismo que tu y que yo. Porque tú y yo también participamos de esta tragicomedia absurda y cruel en la que para algunos no somos más que meros figurantes. Pues que se jodan, porque este figurante va borracho y se a empeñado en arruinarles la función.
Un par de extranjeros, hindúes, hablan entre ellos mientras esperan en la parada a que llegue su autobús. Los demás no hablan, solo parecen querer disimular el hecho de que también están allí, esperando el mismo autobús pero sin nada que decir, porque, como todos saben, los figurantes casi nunca tienen nada que decir. De vez en cuando, alguno le echa una mirada de reojo a aquellos tipos extraños que visten de forma extraña y hablan la lengua mas extraña del mundo. Pero no os equivoquéis, éstas miradas no son ofensivas. No, mas bien al contrario, son miradas ofendidas. Porque es así como deambulan por el mundo la mayoría de las personas que han sido obligadas a ser solo figurantes en sus propios melodramas: OFENDIDAS. Y vivir ofendido es muy estresante. Siempre hay alguien que te molesta, alguien que te insulta o te saca de quicio, alguien con el que pelear y del que defenderse. Lo que parecen no entender es que por mucho que luchen todos los días contra todos los enemigos que hay a su alrededor, esta ofensa no se puede limpiar. Y aunque a veces uno consiga olvidarse de ella durante algún tiempo, lo cierto es que siempre está ahí, latente y a flor de piel, esperando a que cualquier mal gesto la despierte. Alguien debería decirles que la culpa de todo la tienen los que repartieron los papeles de la obra, que se quedaron con los mejores y a los demás no nos dieron ni texto. Pero que nadie se equivoque, esos nunca viajan en autobús. No, esos viajan en limusinas, en coches oficiales o en coches de empresa de 60 mil euros. Y cuando se paran junto a la acera, aún no han bajado de sus lujosos automóviles y ya tienen a su alrededor a una cuadrilla de figurantes, pegándose entre ellos por ser el que les abra la puerta y extienda la larga alfombra roja bajo sus pies.
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David Garrido Navarro.







































