WITOLD GOMBROWICZ Y LA
PINTURA
“La pintura... Qué sé yo. Es posible que mi
fobia sea exagerada. No puedo negar, a pesar de todo, que en un cuadro,
incluso cuando es una copia fiel de la naturaleza, hay algo que
cautiva y atrae. ¿Qué es lo que cautiva y atrae? Indudablemente, un
paisaje pintado nos dice cosas distintas que ese mismo paisaje al
natural, su acción sobre nuestro espíritu es diferente (...)”
“Pero
no porque el cuadro sea más bello que la naturaleza, no, el cuadro
siempre será una belleza torpe, una belleza estropeada por la inhábil
mano del hombre. Pero tal vez en esto se oculta el secreto de la
atracción. El cuadro nos transmite una belleza sentida, ya percibida por
alguien, es decir, por un pintor. La contemplación de un objeto,
cualquiera que este sea, nos sume en la desesperación de la soledad
(...)”
“Esta angustia nuestra ante la cosa como tal, nos da la
explicación de este fenómeno paradójico que hace que un tronco pintado e
imperfecto nos sea más próximo que un tronco natural con toda su
perfección. Un tronco pintado es un tronco pasado por el hombre... Hace
poco, en un banquete, vi a los pintores, todo un gremio. La
conversación se centró en la exposiciones, los premios, la venta de
cuadros (...)”
“Eran como propietarios de empresa preocupados por su
fabriquita, previsores y algo amargados, resentidos con la sociedad,
que no entiende nada y no quiera comprar... Ellos por lo general son
anarquistas, a veces comunistas, pero en realidad están ligados de por
vida a la burguesía. Y se diga lo que se diga, sus objetos valiosos son
para que alguien los posea, los posea materialmente, para que se
conviertan en propiedad de alguien (...)”
“La posesión en este
arte tiene una gran importancia, y esto es imposible sin el capital
privado”. La fobia de Gombrowicz con la pintura tiene orígenes remotos:
Leonardo da Vinci, el Louvre, la Gioconda. Leonardo da Vinci es un
personaje histórico que tiene para Gombrowicz el atractivo de ser
archinteligente y de conocimientos completos, unas cualidades que
debieron ejercer sobre él una enorme sugestión en su juventud.
Leonardo
da Vinci, arquitecto, escultor, pintor, inventor, músico, ingeniero y
el hombre más representativo del Renacimiento, es considerado como uno
de los más grandes pintores de todos los tiempos y la persona con más
variados talentos de toda la historia de la humanidad. Leonardo se
revela grande sobre todo como pintor. Regular y perfectamente formado,
parecía, en las comparaciones de la humanidad común, un ejemplar ideal.
Del mismo modo que la claridad y la perspicacia de la vista se
reflejan más apropiadamente en el intelecto que en los sentidos, así
la claridad y la inteligencia eran propias de Leonardo da Vinci. No se
abandonó nunca al último impulso de su propio talento originario e
incomparable y, frenando todo impulso espontáneo y casual, quiso que
todo fuese meditado una y otra vez.
Siempre atento a la naturaleza,
consultándola sin tregua, no se imita jamás a sí mismo; el más docto de
los maestros es también el más ingenuo, y ninguno de sus dos émulos,
Miguel Ángel y Rafael, merece tanto como él ese elogio. El interés por
Leonardo da Vinci nunca se ha satisfecho, a través de los siglos ha
llegado hasta nosotros. Las multitudes aún hoy hacen cola por ver sus
obras y sus dibujos más famosos se divulgan en camisetas.
Los
escritores actuales, siguen maravillándose de su enorme genio. Especulan
sobre su vida privada y, particularmente, sobre lo que alguien tan
inteligente pensaba realmente. La archiinteligencia, los conocimientos
completos y el humanismo eran cuestiones que subyugaban su conciencia,
por lo tanto Leonardo da Vinci debió ser en su juventud algo así como
el Norte de Gombrowicz.
“Yo en aquel entonces estaba efectivamente
en mala disposición con el arte. Me saturaba de Schopenhauer y de su
antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya obra este
contraste toma un aspecto aún más doloroso. El arte era para mí el
fruto de la enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas no me
gustaban, por decirlo así, personalmente, yo prefería al mundo y a la
gente de acción (...)”
“Estas fobias, a mi edad, eran
apasionadas, yo tenía entonces veinticinco años, una edad en la que aún
no se ha renunciado a la belleza. El mundo artístico me atraía por su
libertad y su esplendor, pero me repudiaba física y moralmente. Así que
esa excursión al Louvre no era tan inocente como pudiera parecer.
Escaleras. Estatuas. Salas. Al franquear el umbral de ese templo,
empezaron a ocurrir cosas raras, aunque en cada uno de diferente manera
“Con
la expresión de un perfecto campesino echaba unas miradas descuidadas a
aquellas salas llenas de la monotonía infinita de las obras de arte,
aspiraba ese olor a museo que da dolor de cabeza, mientras mis ojos se
deslizaban de un cuadro a otro con esa expresión mezcla de aburrimiento y
menosprecio que produce el exceso. Eran demasiado numerosas esas obras
maestras y la cantidad mataba la calidad (...)”
“Y también la
mataba esa disposición tan uniforme sobre las paredes”. Desde muy joven
la admiración constituyó para Gombrowicz una actitud absolutamente
impracticable. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero aquí, en
Buenos Aires, entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno
de nosotros, un maniobra que sorprendía a los que no conocían a
Gombrowicz.
Si le preguntaban por qué renqueaba, en algunos
ocasiones alegaba que lo hacía para compensar alguna falta de balance
de la propia exposición. En otras ocasiones decía que renqueaba porque
le dolía mucho una pierna, y que era una lástima que la belleza de la
pintura calmara menos el dolor que una aspirina. Cuando en la quinta de
Hurlingham me presentó las esculturas metálicas de Giangrande evitó
que me pusiera en pose.
“Vea, son unos pluviómetros muy
especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. Cuando se me
ocurre ir a un museo me preocupo mucho más por los rostros de los
visitantes que miran las pinturas que por los rostros pintados.
Mientras los rostros pintados miran con una tranquilidad soberana, en
los rostros vivientes y reales se nota algo convulsivo y desesperado
(...)”
“Un semblante falso y ficticio que hasta puede asustar a una
persona poco acostumbrada. Ah, por Dios, estas miradas piadosas o
conocedoras, ese esfuerzo para estar a la altura, esa pseudo
profundidad que se junta con todo un mar de pseudo impresiones, pseudo
sentimientos, pseudo juicios. La Gioconda es una hermosa tela, de eso no
cabe ninguna duda (...)”
“Pero si Leonardo da Vinci hubiese
podido presentir las convulsiones que originaría su cuadro, es posible
que hubiese aniquilado el rostro pintado en la tela para salvar los
rostros reales que la admiraban. El cuadro era hermoso, pero lo que
había delante del cuadro era esnobismo y un esfuerzo torpe para advertir
algo de esa belleza de cuya existencia se estaba informado”
El
sentimiento de admiración que aparece de vez en cuando en las obras de
Giombrowicz, es un sentimiento de admiración derrumbado, enfermizo y
teatral. Con una expresión de perfecto campesino Gombrowicz echaba unas
miradas aburridas. “Hombres normales e inteligentes en todas las demás
realidades se pierden frente a cierta clase de fenómenos, hay algo de
falso y de malo en su relación misma con esos fenómenos entonces(...)”
“Y,
por cierto, en el terreno artístico se acumuló una cantidad tan grande
de absurdos, paradojas, falsedades, que eso no se puede explicar sino
por algún error básico en nuestro modo de tratar el asunto. ¿Cómo
explicar, por ejemplo, que delante de un cuadro firmado por Rafael nos
muramos de entusiasmo y la copia del mismo cuadro aunque perfecta nos
deje fríos?”
El escritor debe obligarse a desarrollar una política
frente a la cultura, no puede dejarse subyugar, debe conservar su
soberanía y no tan sólo en atención a su yo. La atracción que produce
la belleza en el arte no tiene lugar en una atmósfera de libertad, una
voluntad colectiva que pertenece a la región interhumana de la que no
tenemos conciencia nos obliga a admirar.
De modo que somos
puestos en el trance de tener que admirar, la relación que surge
entonces entre el que admira y la belleza que admira es falsa. En esta
escuela de tergiversaciones se ha formado un estilo, no sólo artístico
sino también de pensar y de sentir de una elite que se perfecciona y
consigue la seguridad de su forma de una manera inauténtica.
“¿Cómo
es posible reducir todo eso a la pura estética y a una retórica estéril
y vacía sobre la grandeza del arte? ¿Cómo se puede de tal modo enseñar
la literatura y el arte a los niños en las escuelas acostumbrándonos
desde pequeños a una pura ficción? Nuestra vida artística se desarrolla
en un clima de perpetua mentira, y es por eso que la clase culta no
tiene ningún real contacto con la cultura (...)”
“En verdad,
todas nuestras actuaciones culturales recuerdan mucho más un rito
solemne que una auténtica convivencia espiritual. Mientras no tengamos
el valor necesario para dejar las ilusiones, mientras no lleguemos a
una mejor conciencia de las fuerzas que nos dominan, siempre el rostro
pintado de la Gioconda va a transformar nuestro propio rostro en
algo... algo... en fin, en algo bastante dudoso (...)”
“Corrió mucho
agua bajo el puente hasta conseguir establecer una base y sólidas
razones a mi contienda contra las artes plásticas iniciada aquel día
delante del Louvre, en París. Sólo después de la guerra, en la
Argentina, empezó a cristalizar en mí esa hostilidad hacia la pintura.
Mi primera declaración pública sobre este tema, un artículo en el
diario argentino ‘La Nación’ (...)”
“Llevaba por título ‘Nuestra
cara y la cara de la Gioconda’ y hacía referencia a mis experiencias
en París. Hoy veo hasta qué punto mis reacciones son polacas: de un
hidalgüelo polaco, de una campesino polaco, polacas de carne y hueso.
Mi polonidad incurable, que experimento a cada paso cuando estoy en el
extranjero, casi hace reír a un hombre como yo, aparente liberado de
todos sus lazos (...)”
“Llevo en la sangre esa desconfianza polaca
hacia el arte y, sobre todo, hacia las artes plásticas. El hombre no
está hecho para la pintura, sino la pintura para el hombre. En aquel
momento yo aún no sabía que estaba estableciendo una de las fórmulas
más importantes en todo mi desarrollo ulterior”. Gombrowicz se pregunta
si su rebelión contra la pintura no habrá empezado con sus retratos.
Posaba
con inquietud a raíz de esa mirada ajena que se deslizaba por su
forma. El pintor, detrás del caballete, hacía con él lo que se le venía
en gana. Pero mientras lo pintaba, poco a poco se iba dando cuenta de
que la superioridad del pintor era ilusoria. Sus dificultades técnicas
para la reproducción de las formas en el lienzo lo convertían en un
laborioso artesano más que en un amo y señor del cuerpo de Gombrowicz.
La
combinación de líneas y manchas se volvía cada vez más complicada,
cuanto más lo trasladaba a la tela tanto más se adueñaba Gombrowicz del
cuadro, y hacia el final, el pintor ya no podía hacer nada con él, no
podía cambiarlo ni transformarlo. El pintor, para atrapar a las formas,
tiene que someterse a ellas, pero, a partir del momento en que las ha
atrapado y traslado al lienzo, ya no las domina.
Ahora la cosa
reina por sí misma en el cuadro y aplasta con su realidad implacable.
El margen destinado a la creación se volvía, a medida que Gombrowicz se
iba concretando en el cuadro, inexorablemente estrecho y pobre. El
pintor Zygmunt Grocholski, llamado Zygro, tenía la costumbre de hacerse
el loco con un estilo que a Gombrowicz le encantaba, a veces recibía
en casa desnudo absorto sobre una tela.
Mis recuerdos volvieron a
Zygro en el año 1999, cuando el Pterodáctilo y el Buey Corneta
presentaron “Cartas a un amigo argentino” en el Centro Cultural de
España, una jornada inolvidable en la que tomé contacto con el
Bucanero. Antes de los discursos una hermosa mujer puso en mis manos la
copia de un retrato que Grocholski le había hecho a Gombrowicz en la
casa de la Madame du Plastique.
Es una obra en la que reina una
tranquilidad y un equilibrio que es difícil deducir del aspecto de Zygro
y de su comportamiento, no así del mismo Gombrowicz que acostumbraba a
posar de una manera inexpresiva e impasible tanto para los retratos
como para las fotografías. Janusz Eichler y Zygmud Grocholski eran dos
pintores polacos amigos de Gombrowicz.
Alcanzaron prestigio
internacional cada uno en su estilo, y recibieron a su turno los
comentarios especiales que Gombrowicz le dedicaba a la pintura.
Gombrowicz se había declarado enemigo mortal de toda la pintura y, en
general, de todas las artes plásticas, pero tenía una cierta debilidad
para con los pintores. Ejercitaba todas las variantes de provocador
profesional e histriónico y no ocultaba su odio a los museos y a las
vernissages.
¡No creo en la pintura, descreo de toda la
pintura!–, era una exclamación que, según decía él, le daba mucho
prestigio entre los pintores, que recibían esas declaraciones con un
sincero respeto y que despertaba entre ellos una amistad espontánea. En
un principio la pintura se había ocupado de reproducir la naturaleza,
pero la naturaleza pintaba mejor porque era más precisa que la copia.
Entonces
los pintores buscaron la salvación en un espíritu humano que metían en
el cuadro, pero la pintura trata casi exclusivamente con la materia,
así que el intento resultó cómico. Se hizo claro entonces que el pintor
no debía expresar la naturaleza ni el espíritu, sino su propia visión
de la naturaleza, expresarse a sí mismo con medios estrictamente
pictóricos, con la forma, la línea y el color.
Empezaron
entonces a deformar el objeto, pero aún así el objeto no se movía,
¿cómo podían los pintores expresarse a sí mismos utilizando algo
inmóvil si la existencia es movimiento? La pintura puede transmitir la
visión del pintor pero la de un solo instante. La idea de que Van Gogh o
Cézanne nos han transmitido su personalidad en sus telas es cierta
solo parcialmente.
Si a un escritor le dijeran que tiene que
expresarse utilizando girasoles o manzanas se pondría a llorar como un
bendito. Sin embargo Van Gogh y Cézanne han llegado a sernos tan
familiares porque las palabras, es decir, sus biografías han completado
la inmensa laguna dejada por los girasoles y las manzanas. Los
pintores, aunque ya se permitían deformar la naturaleza, seguían
insatisfechos.
Sintieron la necesidad de liberarse del objeto al
que estaban atados como el perro a su cadena. Se propusieron entonces
descomponer el objeto en sus propios elementos y crear con ellos un
lenguaje abstracto, pero la pintura abstracta tiene la extraña
particularidad de que tampoco se mueve. En la música la forma pura es
posible porque está metida en el tiempo.
La forma se renueva a cada
momento y por eso es posible la melodía, pero un cuadro abstracto es
como un acorde único. Además, la abstracción le quita al cuadro el
carácter de reemplazo de la vida que tenía cuando imitaba a la
naturaleza sin darle nada a cambio. Gombrowicz no creía en el lenguaje
espontáneo y natural del hombre, toda forma es limitación y mentira.
Sin
embargo, igualmente acusa a la pintura de ser artificial, demasiado
artificial, y empieza por decirle a Dubuffet que la única arma que
utilizará contra la pintura en su polémica será el cigarrillo. Para
Gombrowicz el fundamento del valor es la necesidad, pero las
necesidades pueden ser legítimas y también artificiales. La necesidad
del pan es legítima y natural, en cambio la necesidad del cigarrillo es
artificial.
La admiración por la pintura es la consecuencia de un
largo proceso de adaptación que se ha llevado a cabo durante siglos. La
pintura se ha fabricado laboriosamente un receptor adaptado en una
relación convencional. La pintura no está basada en una necesidad
verdadera de belleza. Las joyas son pequeños guijarros cuyo efecto
estético es casi nulo, sin embargo, se han gastado millones para
tenerlas.
La prueba de que esos cristales no representan la
belleza es que un diamante artificial, absolutamente idéntico al
diamante auténtico, sólo vale unos céntimos. Esto mismo pasa con las
copias de los cuadros, el original puede valer una fortuna, en cambio
la duplicación no vale nada. Si las formas artísticas no expresan,
aunque de una manera transpuesta, esas necesidades entonces se
convierten en un vicio.
Es un vicio que se aprovecha de un estado de
cosas artificial con un origen histórico. A juicio de Gombrowicz la
pintura es el ejemplo más señalado de un vicio que compara al del
cigarrillo para caracterizar la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet.
Este mecanismo de la convivencia humana hizo que el comprador de un
Ticiano fuera un hombre muy respetable, pues mostraba su riqueza.
El
objeto bonito estimuló el instinto de posesión de los reyes, de los
príncipes, de los obispos hasta llegar a la burguesía, y poco a poco se
fue creando una escala de valores. Un mecanismo complicado y gregario
con un remoto origen histórico, estimula una sobre atención sobre el
cuadro. Arrancado el éxtasis que tiene origen en esta sobre atención el
espectador y el crítico concluyen que si el éxtasis existe es porque
la obra es digna de él.
Las paredes de una Vernissage en la que
estaba Gombrowicz aparecían colmadas de composiciones abstractas
saturadas de colores inmovilizados, mientras una multitud de bípedos
caóticos desfilaba salvajemente ante ellas. En las paredes, astronomía,
lógica y composición, en la sala, desbarajuste y una desorganización
que va y viene a los empujones.
Gombrowicz y un pintor holandés
hacían comentarios sobre las masas, dominadas por tensiones lineales
oblicuas, de unas litografías. De pronto, alguien lo golpea en la
cadera, es un fotógrafo doblado en dos que apunta con su cámara a los
invitados más importantes. Mientras intenta reponerse junto a Alicia de
Landes examinado con fuerza un conjunto de colores sometidos a sus
propias leyes, el fotógrafo lo enviste nuevamente.
Lo enviste por
detrás disparando dos veces, una de frente y otra de perfil. Se compone
por segunda vez y se dirige al encuentro de un grupo de franceses que
analiza la lógica interior de una composición lineal, pero tropieza
otra vez con el fotógrafo. Cuando está a punto de decirle algo
desagradable aparece un desconocido con una cara que le parece
conocida: –¡A quién veo! ¡El mundo es un pañuelo!
¡Hace siglos
que no nos vemos!; –Es verdad. ¡Qué encuentro...! En el mismo momento
en que Gombrowicz hacía esfuerzos por recordar a ese desconocido, de un
salto se le aparece el fotógrafo, hace clic, le pide veinte pesos y le
da una recibo. Estaba furioso, lo había fotografiado justo con los
ojos clavados en ese rostro olvidado, con una cara de bobo. Gombrowicz
se había hartado de la Vernissage y se va furioso sin saludar a nadie.
Al
día siguiente Gombrowicz sigue haciendo esfuerzos para recordar al
desconocido que se había entusiasmado con el encuentro, hasta que se da
cuenta que a ese rostro olvidado podría recordarlo mirando la
fotografía que le había sacado el fotógrafo inoportuno. Corre
rápidamente a la dirección estampada en el recibo: –Ah, ¿usted también
con el talón? Ya han venido varias personas, me parece que ese
fotógrafo es un impostor.
“¿Qué es lo que sé de Eichler? Imagino
un ser tan delicado que no pertenece a nuestro mundo grosero. Este
príncipe devorado por la civilización y convencido de la imposibilidad
de contentarse con lo que es decide escaparse a la simplicidad y al
universo del cuento. Construyó entonces una pequeña casa coloreada,
divertido como un niño. Al mismo tiempo dulce y amargo, tierno y cruel,
débil y fuerte, sobrio y romántico, inerte a lo asiático y activo a lo
europeo, Eichler es hasta cierto punto una compensación permanente”
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