Entrevista / Pedro Lemebel
"Mi escritura es un género bastardo"
Por Martín Lojo
La Nación, Argentina.
Sábado 13 de Marzo de 2010
Hablar con Pedro Lemebel produce la misma sensación de alteridad radical y encantamiento que leer la prosa barroca de sus relatos y crónicas, o ver los registros de sus performances. La entonación abolerada y los adjetivos filosos del escritor, artista visual y militante chileno son las armas con que atrapa la singularidad del mundo marginal y castiga a la farándula cómplice del pinochetismo en las crónicas de La esquina es mi corazón (1995) y De perlas y cicatrices (1997). Ese estilo marca también el tono de su posición política que, ajena a toda conciliación heteronormativa, intensifica las diferencias para retratar el mundo homosexual en Loco afán (1996), sus "crónicas del sidario", donde otorga un lenguaje afirmativo a aquellos a quienes "se les ha pegado la sombra". Aunque las crónicas llevan lo mejor de su escritura, es más conocido en la Argentina por la novela Tengo miedo torero (2001), en la que cuenta la historia de la Loca del Frente, un gay soñador que se enamora de un militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, en la víspera del atentado contra Augusto Pinochet que la organización realizó en 1986. De visita en Buenos Aires por el estreno de una versión teatral de la obra, adaptada por Gerardo Begérez, Lemebel cuenta cómo se gestó esa historia de amor en tiempos violentos.
-¿Por qué elegiste
narrar en tu novela el atentado a Pinochet?
-Porque yo estuve ahí. Contarlo
hoy es como cantar "El oso": yo vivía en un barrio muy contento hasta
que me golpeó la puerta un joven muy hermoso. Me pidió que le guardara
unos paquetes pesados. Decía que eran libros prohibidos. Presté mi
casa para que se hicieran reuniones y para que se guardaran otras cosas.
-¿Sabías que eran
integrantes del Frente Patriótico y que planeaban un atentado?
-Sacarse al tirano de manera violenta era impensable en Chile.
Era muy difícil establecer una organización que resistiera al
gobierno en una ciudad tan pequeña, donde todo se sabe, donde siempre
hay una vieja mirando detrás de una cortina, dispuesta a delatar. Yo
no supe nada hasta que conocí al joven que se presentó a mi puerta.
-¿Cuándo descubriste
qué era lo que ocultaban en tu casa?
-Vivía con dos amigas en una casa abierta. Cuando llegaban los
chicos del Frente a dormir, no me dejaban verlos. Eso ya era
sospechoso. Un día llegué a la casa y estaba mi amiga acostada con la
cabeza sobre un tubo enorme de cobre. Le dije: "Pero niña, por Dios,
¿qué es eso?, parece condón de dinosaurio". Me dijo que eran unos
planos de la universidad que había dejado el Carlos. Lo paramos, le
quitamos la tapa y nos encontramos con la punta del rocket que se usó en
el atentado.
-¿Nunca te sentiste en
peligro?
-Un día, fuimos con una amiga gay a entregar unas
bolsas y nos encontramos con la policía que detenía gente. Llevábamos
las bolsas colgadas del brazo disimulando el peso. Nos preguntaron de
dónde veníamos. Les dije "del mercado", y nos contestaron: "¿Por qué
no nos cocinan algo?" La homosexualidad también sirvió de escudo.
Aunque mis compañeros me decían que si me agarraban, se iban a hacer
un festín. En su tiempo la sacamos muy suave. Cayeron todas las casas de
alrededor, que servían de seguridad, y la nuestra no. Era un lugar
donde había homosexuales y hippies, había música todo el día. No era
sospechoso.
-¿Cuándo decidiste
escribir la novela?
-Tenía veinte papeles que escribí en esos años de urgencia y
luego se perdieron. Los encontré en los años noventa y, al releerlos,
vi que había material para una novela. La escribí en seis meses. No se
llamaba Tengo miedo torero. Se podría haber llamado La
loca del frente, por ser una loca como cualquier otra, y a la vez
por el Frente Patriótico. Un día me encontré con una travesti
vagabunda de casi ochenta años, que me dijo que hacía show de la Sarita
Montiel. "¿Y qué cantas?", le pregunté. "Bueno, ´El relicario´ y
´Tengo miedo torero´, que va así: ´Tengo miedo torero/ que en la tarde
tu risa flote´". ¡Qué bello! Le puse el título por eso, me encantó.
Es evidente que si no hubiera leído El beso de la mujer araña,
no la habría escrito. Manuel Puig es una referencia gravitante en la
novela. Pero allá resultó curiosa la participación de este homosexual
en sucesos violentos. No estaba en la imaginación chilena la polvera
explosiva ni el rímel de nitroglicerina.
-¿Cómo fue recibida en
Chile?
-Cuando la escribí había un boom de la nueva novela, aunque se
trataba más del nuevo mercado de los escritores jóvenes. En ese
momento yo era el maricón de la crónica y no les importaba a los
editores, que buscaban "novelistas", "la representación del mundo". Me
tiré con esta novelita y me resultó. A Bolaño no le gustó. Le parecía
una novelita rosa, un folletín. ¡Eso era, pues, niño! ¡Un folletín
cursi!
-¿Por qué preferís
dedicarte a la crónica más que a la ficción?
-Soy un poco antificción, porque aunque la escritura sea un
trabajo simbólico, necesito que lo que escribo haya pasado por este
cuerpecito de alguna manera. Empecé escribiendo cuentos y me fue muy
bien. Pero en algún momento sentí que se vivía una situación tremenda
en mi país. Había un horror que estaba tapado por el esplendor
económico de esos años, entre 1980 y 1986. Nos íbamos a Brasil y
comprábamos de todo, era el "deme dos" que ustedes también vivieron. Me
di cuenta de que no podía escribir cuentos cuando la realidad estaba
quemando mi acontecer. Por eso me dediqué a la crónica, que me quedó
como anillo al dedo.
-¿Cómo encontraste tu
estilo de cronista?
-Mi crónica no es la que hacen los cronistas latinoamericanos
ahora. Los periodistas dicen que hago literatura y los literatos, que
hago crónica. En ese intermedio se mueven mis letras y aparentemente
se mueven bien. Mi escritura es una mezcla de estilos, un género
bastardo, un pastiche de la canción popular, la biografía, el
testimonio, la entrevista, las voces y los susurros de la calle. Con
esos materiales, literarios o no, me muevo.
-También te dedicaste a
la performance con el grupo colectivo Las Yeguas del Apocalipsis.
¿Cuándo empezaron su trabajo?
-En 1987. Cuando entrábamos nosotros, ponían guardias:
"¡Vienen Las Yeguas del Apocalipsis!", como si fuéramos quinientos
españoles bárbaros, y éramos dos, Francisco Casas y yo. Aunque después
hemos entrado en la historia del arte latinoamericano, en ese momento
nadie sabía qué hacíamos. Nos decían que hacíamos performance. "Ah,
¡qué linda palabra!" -decía yo- "suena como un pasaje a Nueva York". Y
así fue.
-¿Cuál era la
intención del grupo?
-Quisimos poner en escena la homosexualidad, que no estaba en
el programa del gobierno democrático que venía. Se hizo un gran acto
al que se invitó a todos los artistas que apoyaban la democracia,
menos a nosotros. Llegamos con unos abrigos largos hasta el suelo y
nos sentamos en la primera fila. Cuando se apagaron las luces, nos
sacamos el sobretodo y saltaron las plumas y las lentejuelas.
Desplegamos un lienzo que decía "Homosexuales por la democracia". Se
quedaron con la boca abierta, hasta que empezaron a aplaudir. Después
nos sacaron a empujones y se censuraron las fotos.
-¿Qué actos fueron los
más importantes?
-Hemos hecho un trabajo más extenso por los
detenidos-desaparecidos. En la Comisión de Derechos Humanos bailamos
una cueca chilena, como la que bailaban las mujeres solas, cuyas
parejas habían desaparecido. Hicimos ese baile descalzos sobre un mapa
de América latina lleno de vidrios. Con un micrófono pegado en el
pecho, escuchábamos el latido de nuestro corazón que nos marcaba el
ritmo, pero afuera se escuchaba sólo la quebradura de los vidrios. Ese
trabajo sí me gustó, porque fue tenso. Zapateábamos con fuerza y no
nos cortábamos. Nos criticaron porque supuestamente teníamos que
reivindicar la homosexualidad y los desaparecidos no tenían nada que
ver con nosotros. Pero pensábamos que la condición homosexual se
reivindicaría en algún momento, mientras que entonces lo más
importante y doloroso eran las víctimas de las violaciones a los
derechos humanos, y nosotros poníamos el corazón donde nos dolía. Eran
actos con una carga simbólica mucho más fuerte que el travesti y que
la pluma. Los homosexuales también estábamos ausentes de la vida
pública, recluidos en la peluquería.
-¿Qué expectativas
tenés de la recepción de la obra teatral?
-Creo que la puesta en escena de Tengo miedo torero
puede ser comprendida en la Argentina porque hay cicatrices comunes en
los dos países. Acá hubo guerrilla, hubo dictadura y hay homosexuales
también, ¿o no? Tuvo que haber habido homosexuales comprometidos con
la oposición a la dictadura, aún más que en Chile, porque acá había
una aversión por el hippismo y las ideas de Mayo del 68, toda esa
revuelta sexual y política, drogadicta y rockera.
-¿En Chile no se
reprimía a los homosexuales?
-No tanto. Nos disfrazábamos de hippies y pasábamos un poco
colados. Los gringos que van buscando el Auschwitz de los homosexuales
chilenos no lo encuentran. El maquillador de Lucía Pinochet era una
gorda muy gay. Servimos de adornos florales de la dictadura. Los
paseos de Chile estaban llenos de topless y de homosexuales. Todas las
locas tenían un pariente general o almirante. Las disco gay
estuvieron abiertas en plena dictadura. En la Argentina había otros
referentes de homosexuales, más relacionados con la izquierda, como
Néstor Perlongher.
-¿Lo conociste?
-Sí. Maravilloso, Néstor. ¡Qué lástima que lo hayan reconocido
tan tarde! Y que se tuviera que ir a Brasil. Lo conocí en Valparaíso
el año en que se murió, y ya estaba muy mal. Esa noche le regalamos un
guante de novia y seguimos de fiesta por la ciudad, pero él ya no
pudo. El sida era un tema que no estaba presente en ese entonces en
Chile. Estaba en Estados Unidos, era de los gringos. Nosotros aquí,
indígenas, estábamos sanos. "Del mar los vieron llegar".







































