
“Si fuera fuego, quemaría el mundo;
si fuera viento, lo arrasaría;
si fuera agua, lo ahogaría;
si fuera Dios,
lo hundiría.”
Cecco Angiolieri
(1260-1313)
“Y escucho con mis ojos a los muertos”
F. Quevedo.
LOS AHOGADOS
Hay un muerto en lo alto
del cielo que no puede salir
ni zapatear a gusto porque
afuera llueve
y todo se inunda.
Por eso se toca la frente
la papada, la barba de tres días
y camina en círculos alrededor
de su ataúd, mirando de reojo
el traje azul de alpaca
sin pestañear
porque afuera llueve y todo
se inunda debajo del cielo.
Y los ahogados ven pasar
el agua oscura hacia el fondo
inalcanzable de un rojo atardecer
y se inclinan, se ponen
de costado para oír
y se van a pique
porque abajo aúllan los perros
donde nace el lodazal.
¿Y si fuera viento
y lo arrasara;
y si fuera fuego
y lo quemara todo?,
se pregunta alguien
a instancia del cielo
a instancia de los muertos.
Pero yo escucho a los muertos
cantar hasta la madrugada
y a los ahogados del último
reino chapotear con el alma
en los brazos, aullando
de un lado al otro del cielo.
¿Y si fuera viento
y lo arrasara;
y si fuera fuego
y todo ardiera?,
se pregunta el poeta
A instancia de los perros
que aúllan y los huesos
a instancia de la luz
y todos los muertos
de este mundo
que no pueden salir
ni zapatear a gusto
ni castañuelas
porque afuera llueve con furia
y todo se inunda.
PROCEDIMIENTOS
Según andan las cosas
todo va de mal en peor.
Esto es: a cuánto se cotiza
en el mercado del aire
la pluma de ángel,
el mercurio, la soda cáustica
con que sepultan a los ríos.
La tierra tiembla a las siete
menos cuarto, quince minutos
antes que el jefe
de rienda suelta al subalterno
y comience a enloquecer de hastío
en las autopistas obstruidas
donde la luna parpadea atónita
por las consecuencias nefastas
del bajísimo salario.
Qué dirán los industriales
con almidón en las solapas
cuando los teléfonos
enloquezcan a la media noche
porque las uvas
se han petrificado al unísono
en los parrales del mundo
y las acciones en la bolsa
se han convertido
en polvo de estrellas.
PARAFERNALIA
Esta mañana no me he
puesto las orejas
sin embargo
me aturde el mundo,
su multitud de sillas
maniatadas
sus colapsos en la bolsa
ese chirriar de dientes
entre zapatos nuevos
y billetes.
Pienso, con insistencia de toro:
¿De qué lado de la vida
quedó la vida?
La piel de leopardo
se cotiza en el mercado
al precio de un diamante.
Por el tobogán de fuego
se deslizan los besos apasionados
de los amantes
cayendo en desventaja sideral
con los días fríos que deambulan
sin patria
por las ciudades crispadas
repletas de escombro.
Ya nadie silba por las calles.
Y parece vergonzoso añorar
el cielo azul en calma
el sonido amarillo del trigo
el movimiento del agua
en círculos perfectos
cuando una piedra
es lanzada por un niño
desde la ventana iluminada de su cuarto.
La paloma que regresa
a la mesa puesta
trae en su pico ensangrentado
una cachetada del mundo.
Cómo puedo saber de qué lado
vendrá la muerte.
“He aquí el mar
el mar donde viene a estrellarse
el olor de las ciudades”
V. Huidobro
EL NACIMIENTO DE
Es negro el cielo
y las camisas
tendidas de un alambre
se arruinan
con este malestar
de pompas fúnebres.
En esta mañana inverosímil
(la mitad del cielo
llora a mares, en la otra
cantan dos soles, como jilgueros)
subo un escalón
me reincorporo.
Pesa en mi bolsillo izquierdo
un castor
y respira, debajo de mis ojos
una mañana limpia
de espaldas al alquitrán
derramado en los estuarios.
Me recompongo mirando el mar
partido como tengo el cuerpo
en siete partes desiguales.
La luna se pasea nerviosa
fumando por los pasillos
del océano.
Las ciudades de amianto
resplandecen como cirios
en las manos crispadas
de los muertos.
Y yo espero.
FLORENCIA.
Cecilia, Florencia está llena
de pordioseros, no los mendigos
violetas que tú me conoces,
sino condes austeros de capa caída,
generales en retirada, sicarios
vestidos de luto rumbo a los casinos
donde las muchachas tontas
sueñan embriagadas
con una casa blanca
en los jardines de la luna.
Cecilia,
el mundo es una mesa de lata
miserable, acribillada
por la soledad y el egoísmo,
la cubierta desolada de un barco
donde se tambalea un hombre ebrio
y no se cae,
balbucea monosílabos
colgado de la baranda
cuando todotodo se da vuelta
y no sabe bien si el mar vuela
o las estrellas cansadas se hunden,
y le duele respirar
y no sabe si está muerto
o ha nacido
porque no puede despertar
y está llorando.
Florencia no es Damasco
ni Marruecos ni Andalucía,
es un museo de piedra roja
donde me pudro
un monumento a la soledad
del arte
un mausoleo de fiebre amarilla
convulsionada por la lluvia
insolente de los turistas
Y yo me canso de remar.
Y esta noche, oscuramente,
me rondan los demonios,
cuando la sangre se crispa
y un pájaro siniestro
me atraviesa la frente,
se me clava en la garganta
tu alegría
y el mundo es tan grande
amor mío
que si te murieras
no podría cerrarte los ojos
con un grito
ni golpear como un loco
la puerta clausurada
de tu ataúd,
desde la otra punta
de esta mesa de lata
donde te escribo
para no morirme
ni que te mueras.
Bio-bibliografía
Jorge Palma.
Poeta y narrador, nacido en la ciudad de Montevideo, Uruguay, el 24 de Abril de
1961. Periodista cultural, divulgador. Se ha desempeñado durante años en
diferentes medios de prensa oral y escrita. Ha coordinado y dirigido talleres
de literatura y de creación (escritura narrativa y poesía). En poesía ha
publicado “Entre el viento y la sombra” (Banda Oriental, 1989), “El olvido”
(Ediciones Trilce, 1990), “La vía láctea” (Ediciones Trilce, 2006), “Diarios
del cielo” (Ediciones Trilce, 2006) y “Lugar de las utopías” (Ediciones Trilce,
2007). El poema “La destrucción de la sangre” fue incluido en la antología
Aldea poética (selección de poesía inédita de 29 países, publicada por






































