
FRAGMENTOS DE CIUDAD
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1
El tráfago humano comienza a tempranas horas y desemboca posteriormente en una situación por demás inquietante. A la vuelta de cada avenida se descubren nuevas técnicas para disimular, los corazones se parapetan y la sangre comienza a fluir por donde más le conviene al smog. ¿Será posible un desmedro inesperado?
Un arrebato de imágenes llena los ojos hasta hacerse insoportable y perturbador. También puede suceder que olvidados iconos urbanos regresen de un pasado en proceso de permanente cambio. Como nadie está lo suficientemente preparado para asumir variantes en los trechos andados, se recurre o se echa mano a algún recurso de última hora: puerta de emergencia, escalera de incendio o túnel bajo los pies. Todo sirve siempre y cuando la perspectiva no flaquee.
2
La proposición de desorden puede llegar a deshora, después del canto triste de la rutilancia. Quisimos intervenir para evitar males mayores, pero el descalabro se había hecho sentir semanas atrás. Por más que intentamos evitarlo el plan se desarrolló tal cual como estaba esbozado. De aquí el efecto indeseado.
Nos obligamos a salir al aire de las circunstancias y los reflejos metálicos no pudieron refrescarnos. Pareció importante recalcar los motivos que pudieron tener los transeúntes para plegarse a la fama de los televisores en las vitrinas y sobrevivir con desparpajo.
Después arribaron hitos desparramados en los puentes más cercanos y se escuchó el ruido de una lucha que se desarrollaba con denuedo en procura de lograr la sumisión de los díscolos.

3
En medio de la imprevista oscuridad unos como fantasmas uniformados volaron en gran número. Se movieron ágilmente en la búsqueda de ciudadanos desobedientes. El ulular de sirenas agregó más lobreguez al momento y los animales domésticos se suicidaron. La costumbre policial imperó sobre cualquier razonamiento. Las pistolas cortaron el aliento. La luna huyó despavorida y dejó encima del pavimento una estela seca que brilló someramente.
Algunos ofrecieron sus carnes para el sacrificio de la urbe y los licores no aclararon sus estilos. En las vestimentas de los congregados se destacaron unos ojos que buscaban emblemas de la paz. Una corriente de agua sucia pugnaba por emerger a la superficie desde lo hondo de las cloacas.
Se escuchó una melodía insólita en una terraza inubicable y una textura de colores vagos se insinuó hacia la medianoche. Repentinamente, los fantasmas uniformados se vieron en apuros y se perdieron por entre los recovecos que carecen de retornos.
4
Los automóviles jadean y quieren endulzarse con las yerbas de los jardines. En las estaciones de gasolina crecen unas flores con fragancias de plomo. Es de noche y las luces de los taxis se estrellan contra el piso lustroso. Unos viejos caminan por las aceras mientras tragan presurosos unas sopas de pastas que revolotean como mariposas desesperadas. Otros insectos se avecinan para asesinar el escaso silencio y el escenario se convierte en un epílogo de película mal filmada.
Con frecuencia caen desperdicios de los balcones. Las mujeres de los apartamentos les gritan a sus maridos y los niños son dejados a su suerte para que crezcan sanos y vigorosos. Las luces del alumbrado público se curvan para que se les desprendan las dolencias que las acosan.
Un vendedor ambulante de frutas confitadas trata de rematar de prisa su mercancía. Una ventolera le demarca su destino y el pobre hombre opta por silbar imitando el trino de los pájaros que se pervierten dentro de jaulas.

5
En las orillas de los canales se desplegó un espectáculo de extrema languidez. Al borde de la tarde corrieron alocados unos mendigos cuyos rostros iban manchados por el desconcierto. La inteligencia los perseguía y ellos buscaban un quieto aposento.
Una música de resonancias extrañas se escuchó en ámbitos acostumbrados a la presencia de burócratas gordos y satisfechos. Unos colgajos como máscaras de tigres descendieron por las paredes y se cobijaron bajo la oportunidad que les brindaron las cisuras de un tiempo pervertido.
Con la boca abierta, la urbe fue tragando poco a poco los muñones que la afeaban y al final la más grande dulzura voló con alas de seda por sobre el estupor de la ciudadanía.
6
La ciudad se burla de todos con sus labios torcidos. Su implacable ley se convierte en destino que se sustenta en mapas rojos donde el crimen penetra por mansas puertas. Los vivos son juzgados por los muertos y las pruebas de los errores son lanzadas al paso de los vehículos. El amor es un pesado fardo que estorba para los negocios. La derrota aguarda en los umbrales y luego hierve con sus falsos signos de purificación.
Los vocablos van pegados a la jerga falaz del dinero. Con las adecuadas estratagemas se asciende y desde arriba se pisa a quienes entorpecieron sus huesos. La ciudad respira con aliento de banqueros y proxenetas: muestra sus fauces pintarrajeadas a las celebridades que descorren los espejismos de la cera.

7
Desde los ministerios las manos se extienden con solicitud para recibir el cohecho. Los ojos se funden con las monedas y el peligro desaparece y sobresale la alegría y la sentencia para un mañana sin sobresaltos.
Los cuerpos se arrebatan en los prohibidos burdeles. Los sellos incorporan la grandeza de los ambiguos preceptos. La moralidad se ciñe a los acontecimientos políticos del momento y contagia su inocencia de vampiro a la adulteración que flota en el ambiente.
Se acata la ley en el teatro de las apariencias, donde los perros tragan sal y exorcisan los audaces tumbos de los dueños de los oráculos cibernéticos. El juego se desplaza sin palidecer y cuando llega la noche se rompen las escaleras para que el decreto sólo atrape a los desplazados.
8
El orden de la ciudad es un cuchillo torvo que pendula sobre las cabezas. Las carnes tras los cristales se tatuan las fechas de nacimiento para no perder las migajas que las lentejuelas traen consigo. Lo mismo que una herida, las espurias necesidades creadas por el consumismo emanan furiosos vahos que trastornan las mentes. Las lámparas iluminan las idolatrías y desde esas esfinges se esperan respuestas para un mejor vivir.
En todos los rincones aparecen los nombres de los deudores. Ellos se están quedando mudos, secuestrados en los más elementales vocablos. Los malhechores se disfrazan de creadores de sueños y la velocidad del modernismo se desplaza en automóviles de famosas marcas extranjeras.
El cielo también pone en venta sus predios y la marea de las inversiones arrastra consigo al azul que otrora a todos perteneciera.

9
Los banqueros se han asociado con los expropiadores de urbanos terrenos. El matrimonio es comparable al del aire con las estrellas. En un éxtasis largo, larguísimo, se envuelven en el talismán de la fortuna y se prometen sacrificios y alimentos de las carteras.
Los malditos que sobreviven con las pocas monedas pegadas a los costados compran bujías para, desde sus ventanas, hacerles señales a los regidores de destinos. Con los cabellos lacrimosos respiran ingentes bocanadas de nostalgia y se atan las venas para que la sangre no se escape.
De madrugada emerge la otra ciudad, la que ratea furtivamente. Sus párpados son de costras y posee un gusto acendrado por la sed y la ruina que ya obvia los secretos. Bajo los pasadizos subterráneos esa otra ciudad corta la niebla y el frío con feroces dientes de gato verriondo.
10
Todo se compra y todo se vende. Desde una bicicleta vieja hasta un virgo más o menos decente. Las madrigueras pueden ser mansiones y las mansiones, madrigueras. Un enorme dedo escarba entre el oropel y sacude el ritual de las alimañas y el hervidero de la hojalata. En las estadísticas no aparecen los obreros muertos en aras del progreso del siglo.
Para el que duerme sin custodia lo conveniente resulta un hierro en el regazo. En sueños suele aparecer el vigilante del fuego ofertando vendas que oculten las cicatrices.
La eternidad encamina su esplendor hacia a la escogida ciudad. La aprisionará con su velo de corrupción y leerá las páginas donde los ladrones han logrado virtudes y colecciones de antigüedades. Cuando la ciudad alise sus pliegues encontrará dentro de ellos las llaves que descorren la inflexibilidad de la estolidez.






































