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La Fuga de Helena

Enviado por Cinosargo el 12/03/2010 a las 12:25
Cinosargo

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La Fuga de Helena

José H. Cáez-Romero

A Mayra Santos-Febres

 

“Helena y sus riquezas serán el premio del combate: el que

venza, demostrando ser el más fuerte, lleva a su casa, como

es de justicia, a la mujer con todas sus riquezas.”

--Homero--

 

                Caminó envuelta en una toalla desde el baño hasta su cuarto.  Sus pies dejan marcas en el suelo de la vieja casona de madera. El pelo negrísimo chorreaba agua todavía. Helena se deja caer en la cama para descansar algunos minutos su cuerpo cansado por un día de mucho estudio. La universidad en esos días no había estado amigable, más bien los profesores. Excesos de trabajos y lecturas le habían sido asignados. Abre la toalla dejando al descubierto su anatomía perfecta, de esas que desafían a la gravedad naturalmente. Siente una ligera brisa que le corre entre sus senos, la piel se le eriza, aparecen puntitos diminutos por todo su cuerpo. Un carro pasa por enfrente de la casa llenando el cuarto con el ritmo de la canción que escuchaba. Levantó sus pies en el aire para confirmar el color de sus uñas, todo en orden. De un salto se bajó de la cama y se sentó en una sillita frente al viejo tocador victoriano. Agarrada de un clavito estaba la imagen de la Virgen Gitana. Pinchada con las rendijas del espejo estaba la foto de Casandra, su abuela. Helena es una mujer hermosa. Esa noche se miró así, bella, más que nunca. Se amarró el pelo para que no le estorbara en el proceso de maquillaje. Una línea negra y ancha cruza sus párpados de lado a lado, también los inferiores. Sus ojos almendrados dan la impresión de una mirada gatuna. Sus pestañas largas y curvas no necesitaban mascara. Helena se maquilla los párpados con suavidad, realiza una obra de arte en ellos. “Con unos ojos así cae cualquiera”, siempre le decía su abuela. Ella, pitonisa experta del pasado, bruja de mesa blanca y altares de santos había predicho con los caracoles desde el nacimiento de su nieta, la catástrofe que realizarían esos ojos en los hombres. Y era cierto, los caracoles nunca le mintieron. Más de una vez esa mirada había creado seísmos en los cuerpos de los hombres con quienes había estado. Ella sabe lo peligroso de las miradas…

 

            --Morenita, no me mires con esos ojos. Tan chiquita y ya sabes devorar con la mirada. Ven… anda… Ven con tu papi.

            Lo quiere muchísimo. Lo encuentra perfecto en todos los sentidos. Él la toma entre sus brazos, la sienta en su falda y comienza a acariciarle el pelo. Le da besos en la cabeza. Helena descubre que le gusta sentirse querida.

            --Mira Morenita, tienes uno igual que yo—le dice mientras le presiona el lunar que tiene en su pómulo.

 

            Con el delineador de ojos exagera un poco más la presencia de su lunar. Toma un lápiz labial color rojo. Le hará honor al cliché, a las divas de los cuarenta, a las que iniciaron la profesión. De seguro no existe en el mundo nada más provocador que una boca pulposa color roja. Se retoca los pómulos y el mentón para esconder la cicatriz del ataque de aquella noche; donde lo vio por última vez.

 

            --Morenita, ven. ¡Hazme caso carajo!

            --Papi, estás borracho.

            --Vente Morenita, ven, rápido, ven. ¡Ahora!—le dice mientras se baja la cremallera.

            --No quiero. ¡No! No quiero por favor…—grita casi silente.

            Su mano aprieta el cuello de Helena contra la pared. La otra le rasga la camisilla rosa llena de flores, le rebusca un pecho ausente. Se baja los pantalones. La niña grita, su espalda choca constantemente contra la pared de madera. Helena intenta zafarse. Él la tira contra el suelo.

            --¡Estate quieta!

            Saca una navaja de su pantalón ya en el suelo. “Mira, mira lo que te pasa si no te tranquilizas”. La niña grita por su madre. Ella, encerrada tal vez en otra habitación, tal vez fuera de la casa, tal vez ahogada en una cuneta con alcohol, no puede hacer nada. Penélope nunca pudo hacer nada. El piso es un charco de sangre cuando Casandra apareció. Comienza a tirarle todos los objetos que están a su paso. Una esfera de cristal se le rompe en la cabeza, el golpe hace que se corte  Helena en el mentón con la navaja. Él sale como puede de la casona. Casandra toma a la niña en sus brazos para consolarla. Nunca más se supo de él, tampoco de Penélope.

 

            Se ajusta el traje de minifalda negro. El escote es dramático, anuncia un par de senos redondos y grandes.  De su cuello cuelga una pequeña cadena con algunos cascabeles de plata y un péndulo negro en forma de romboide. Coge un cinturón de monedas. Mientras se lo ajusta lee el titular de primera plana que está en la cómoda al lado del tocador, “Hombre muerto en la Fernández Juncos. Helena se aterra un poco, es la zona donde trabaja. Toma una pequeña daga y la coloca en una liga arriba en su muslo. Su abuela se la había dado para que se protegiera de cualquier peligro con ella, “Ay mijita, toma esto, que ningún desgraciado te vaya a joder. Jódelos tú a ellos”. Se suelta el pelo, lo alborota un poco. Sus rizos perfectos caen sobre sus hombros y le cubren un poco la espalda. Con una delicadeza fina besa la punta de sus dedos para luego pasarlos sobre la foto de su abuela, toma la cartera que está en el suelo. Cuando salió del cuarto dio una mirada a la casa. Está hecha un asco. Apaga la luz. Cierra la puerta.

            Había oscurecido bastante. Una brisa ligera corre por la calle. En esta ciudad puede significar dos cosas. Posiblemente caiga una llovizna o haría mucho frío. Helena camina sigilosa por los callejones de la Colectora, un tanto oscuros, sucios. Pasa por la casa azul celeste levantada en pilotes. El mismo perro de toda la vida dormita amarrado con una cadena gigante. Cuando la ve menea la cola. Él también se acuerda de ella. En esa casa fue la primera vez que se enamoró y se acostó con un hombre a quien quería. Antonio Flores se llamaba ese amor. Todavía se acuerda de su cabellera larga, de la música tan extraña que escuchaba. También se acuerda del día en el que desapareció. No del lugar, sino de su vida. Helena sufría antes por todas esas desapariciones, cada uno de los hombres con los que estuvo se le iban, ella se quedaba sola, sumergida en un llanto que le duraba meses. Ya no. Ya no sufría por los hombres, ya no necesitaba amor para acostarse con ellos. Una noche con cualquiera era suficiente para satisfacerse. Esa cosa de sentirse querida ya no era cierta. Ella misma se lo da todo.

            Algunos niños correteaban por el lugar sin tener miedo a nada, no tenían miedo a la oscuridad, a la suciedad que algún día se los tragaría si no salían de allí. Ella no recuerda haber salido nunca de pequeña a jugar con otros niños. Tenía miedo de que él apareciera y se la llevara, de que él apareciera y le volviera a hacer daño. Vivió desmedidamente ayudando a su abuela, de ella aprendió un poco el arte de la brujería, de leer a la gente y también de seducir a los hombres para lograr lo que ella quería. Algunos muchachos, ya más grandes, la ven pasar con rapidez.  Su presencia se hace real con el sonido de los cascabeles. Helena suena cuando camina, cuando mira, cuando el viento choca con su cuerpo y hace ondular su falda. Ellos conocen a Helena, ella les ha servido para hacerse hombres, para conocer algo del misterio de las mujeres. Uno de ellos llegó a enamorarse, pero Helena no estaba en esas. No le interesaba estar con ningún hombre, sólo se quería a sí misma. Lo suyo es la libertad, el sentirse en su piel y no en la distancia de la misma.

            Caminó dos callejones más, hasta llegar a su lugar de trabajo.            En una de las esquinas de la Fernández Juncos, espera por el primer cliente que se aparezca. Pasan algunas horas. Helena se impacienta. Parece que no será buena noche. Un travesti de esos que habitan el lugar le pasa por el lado. “Ay nena, esta noche está mala, y con ese anuncio del periódico, nadie se atreve a venir por aquí”. Se marcha. Helena no pierde la esperanza, camina un poco más hacia el centro de la avenida. Un carro negro se acerca. Los nervios la traicionan, siempre la traicionan. No pasa una noche en la que tenga un poco de miedo ante el primer cliente. Curvea sus caderas hacia la derecha. Coloca una mano en la cintura, la otra acaricia su escote con dos dedos. El hombre baja el cristal.

            --¿Cuánto?

            --Treintaicinco la mamada. Ochentaicinco por enfrente y noventaicinco por atrás. Diez por cada cosa extra que quieras. Y no trago leche.

            --¿Y por qué tan cara?

            --Papi, estás viendo esto,—dijo mientras da una vuelta para que viera su cuerpo—no todas se ven como yo. Estoy limpia y saludable.

            --Sí, lo veo…lo veo muy bien. Eres preciosa.

            --Gracias—nunca pierde las buenas costumbres.

            --Supongo que tienes muchos clientes.

            --Supones bien.

            --Y ¿dónde lo haces?

            --Papi ven acá, tú quieres meter mano o hacerme entrevista, porque si eso es lo que quieres también te voy a cobrar.

            --Uy, bravita la chica.

            Helena sonríe, sabe que lo tiene en sus manos, es cuestión de algunos jueguitos más y estará montada en el carro. Ella sabe que no se puede propasar de arrogante con los clientes, puede perderlos en un instante. Pero tampoco pierde su toque de mujer agresiva e independiente. No le gusta ser sumisa. Esa dualidad es la que provoca a los hombres. En un momento parece ser mujer tranquila y tonta, y al otro, es un súcubo que se bebe hasta la última gota de cualquiera.

            --Quieres ver la mercancía. ¿Eso es?

            --No tendría problemas. Siempre hay que inspeccionar lo que se compra.

            --Normalmente no lo hago. Pero siempre hay sus excepciones.

            Helena coloca la cartera entre sus piernas. Mira a todos lados, no es bueno que de la nada aparezca un policía y la agarren con las carnes al aire. Primero empieza a tocarse los senos. Los aprieta mientras mira al cliente que ya se le salen las babas. Con una mano, desliza uno de los manguillos por su hombro, se descubre el seno. Redondo, una circunferencia perfecta de carne. Él se fija en su pezón diminuto y erecto. Le gusta. Con un gesto de la cara le dice que se monte. Helena acomoda su vestido nuevamente y se sube en el carro. La oscuridad del carro no deja que Helena le vea la cara al tipo. Por dentro el carro olía a fresa. Helena se acomoda con las piernas abiertas en el carro. Él le pone una mano en la rodilla. La sube poco a poco por el muslo hasta llegar a sus ingles. Ella lo para.

--¿Qué servicio quieres?

            --Si te digo que todo me crees.

            --Primero déjame ver cuánto dinero tienes.

            Mientras el tipo busca en su cartera el dinero. Helena lo inspecciona. Su perfume huele bien, frutas cítricas y madera. Llegan a un semáforo. La luz roja le alumbra la cara. Parece un hombre de cincuenta años, de cuerpo atlético. A Helena le gusta que se vea canoso. Ella no le mira mucho la cara a los hombres con los que se acuesta por dinero. No lo necesita. Sólo disfruta el momento, de lo contrario, hace que terminen pronto para poder seguir moviéndose a otros lugares. El tipo saca una faja de billetes, a ella se le abren los ojos.

            --Tengo suficiente para disfrutar toda la noche.

            Se le acerca, le da besitos en el cuello. Frota su mano con presión por el pecho y estómago del hombre hasta que llega a la entrepierna. Acaricia primero con suavidad para explotar en una agresividad que a él lo enloquece. Ella sentía como el pantalón se iba inflando. Baja la cremallera y le saca el bulto gigante.  Helena masturba al hombre.

            --¿No esperas mejor a que lleguemos a un lugar cómodo?

            --¿Para qué esperar?

            --¿Conoces algún lugar que te guste por aquí?

            --Luego de esas dos luces y a la derecha. Hay un motel bueno y barato.

            El hombre sigue conduciendo mientras Helena le lame las orejas. Siente un estrépito que sale de la garganta de su cliente. Sabe lo que le gusta a los hombres. Sabe cómo tratarlos, sabe cómo sacarle dinero. Sabe cómo hacer que vuelvan a ella si quiere. El auto de súbito dobla hacia la derecha. Es una calle sin salida. El local es inmenso, el letrero alumbra toda el área. Leyó su nombre “Motel Troya”. Ambos bajan. Él pide el cuarto más caro. Él la carga mientras abre la puerta con rapidez. La monta sobre la cómoda que está al entrar. Ni si quiera prende la luz. Empieza a buscarle la boca con la suya. Ella lo detiene. No besa en la boca a sus clientes. El sigue por su camino, la desviste. Helena logra encender la luz tenue que está pegada a la pared. Él la examina, la toca por todos lados, la huele. Le agarra los pechos, se los mete en la boca. Le muerde los pezoncitos. Ella se vuelve loca, algunos gemidos le salen de lo hondo en su vientre como si algo le doliera, como si ese dolor le gustara. El toca la liga, se la quiere bajar pero ella no lo deja. Saca de su cartera una ristra de condones. El se termina de desvestir. Tira a Helena a la cama. Mete sus dedos entre los pliegues bivalvos de ella, siente la humedad que se desborda en chorritos de momento. Ella le da el condón. Ya puesto se introduce en ella, se filtra con suavidad mientras exhala  con los ojos desorbitados. Ese calor le gusta. Helena es apretada, en cada embestida, ella grita como fiera. Lo envuelve con sus piernas para no dejarlo ir. Una cosquilla le corre la carne a ella. Siente que sus pezones quieren estallar, salírsele de su lugar. El la aprieta toda, le muerde el hombro mientras la embiste duro.

            Ella con todas sus fuerzas lo vira en la cama, lo cabalga como jinetera experta. Se agarra de uno de los tubos que sirve como espaldar a la cama; rechina. Helena comienza a tener mareos cortos. El vuelve a lanzarla contra la cama, la toma por atrás. Le da con más fuerza. Helena siente como la daga le inca el muslo. Ese dolor le gusta, ese picoteo la hace sentirse viva. El espaldar de la cama enciende el interruptor de luz. La habitación se ilumina como si fuera magia. Cae rendida en la cama mientras él sigue. Vuelve a virarla, esta vez con las piernas de ella juntas, no le ve el cuerpo. A ella se le escapa el aire por momentos. El vértigo le vuelve.

            --Ay mi morenita. Déjate ir conmigo. Nadie te va a querer como yo mamita. Nadie.

            A Helena le entra un escalofrío como embestida de toro en la sangre. Abre las piernas con fuerza y lo mira. Mira su rostro trincado para aguantar la venida. Mira las arrugas que se le forman en las esquinas de los ojos. Sus dientes perfectos se avecinan en una boca abierta que gime bajito. Helena le mira el lunar, ese que tiene ella, ese que tiene él, ese que tenía él. En sus ojos entra una nostalgia acuosa y enrojecida. A Helena le entra una herida de guerra, una guerra antigua, de esas épicas que contaban los poetas. Le entra una herida que el tiempo no quiso cerrar, pero que ella, gloria de sí misma lo hace. “Que ningún desgraciado te vaya a joder. Jódelos tú a ellos”. Nadie la llama morenita. Ella no es morena de nadie. Nadie se lo hará recordar. Ella es de ella.

             

***

 

            Helena se termina de pintar los labios. Coge el bulto para encaminarse a la universidad. Es temprano en la mañana, todavía el cielo está oscuro. Abre la puerta de salida, recoge el periódico que está en la alfombra. Lee la portada, “Otro hombre aparece muerto en el Motel Troya”. Levanta una ceja, deja caer el periódico sobre una mesita al lado de la puerta. Mira hacia atrás. Sonríe, apaga la luz y cierra la puerta.

 

 

José H. Cáez-Romero. Santurce, Puerto Rico 1987. Cursó un bachillerato en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras en Educación Secundaria y una segunda especialidad en Literatura Comparada. Ha cursado talleres literarios con escritores de renombre internacional como Pedro Mairal (Argentina), Santiago Gamboa (Colombia), Fernando Iwasaki (Perú), Mayra Santos-Febres (Puerto Rico), Edmundo Paz Soldán (Bolivia), entre otros. Ha participado en varias lecturas alrededor de la isla. También incursionó por un tiempo en el teatro y la danza. Actualmente edita su primer poemario.

 

 

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