
WITOLD GOMBROWICZ, EL PARIENTE POBRE Y LA GRANDEZA
“Lechon
dijo en una conferencia que dio en Nueva York para la colonia polaca,
que estamos a la altura de las mejores literaturas del mundo. ‘Nuestros
sabios de la escritura, ocupados generalmente en la salvaguarda del
idioma polaco, no pudieron cumplir con su papel de asignarle a nuestra
literatura el lugar que le correspondía entre otras, de conferir rango
mundial a nuestras obras maestras (...)”
“Sólo un gran poeta,
maestro de su propia lengua, podría dar a sus compatriotas una idea del
nivel de nuestros poetas, situados a la altura de los más grandes del
mundo, convencerlos de que nuestra poesía está hecha del mismo metal
noble que la de Dante, Racine o Shakespeare’. Diríase que esta
comparación que hace Lechon no es demasiado acertada, porque
precisamente la materia de la que está hecha nuestra literatura es
diferente (...)”
“Comparar
a Mickiewicz con Dante o con Shakespeare es comparar la fruta con la
confitura, un producto natural con uno elaborado, un prado, un campo y
una aldea con una catedral o una ciudad, un alma idílica con un alma
urbana, formada entre la gente y no por la naturaleza, imbuida del
conocimiento de la especie humana. Pero me quiero referir más bien a lo
anticuado del método de Lechon y al eterno carácter repetitivo de ese
estilo dirigido a fortalecer los ánimos (...)”
“Es el azúcar con
el que nos fortalecemos desde hace tiempo, pero nos gustaría llegar a
ver el momento en el que el caballo de la nación agarre con los dientes
la dulce mano de Lechon. Tal como están las cosas, Chopin y Mickiewicz
sólo sirven para destacar vuestra mezquindad, porque vosotros, con
ingenuidad infantil, exhibís ante las narices del extranjero a esos
grandes polacos con el único fin de fortalecer vuestro debilitado
sentido del valor personal y daros importancia (...)”
“Sois
como un pobre que presume de que su abuela tenía un granja y viajaba a
París. Pero lo más terrible es que sacrificáis la vida y la razón
contemporáneas en aras de los difuntos. No me muero en absoluto de
ganas de representar a ninguna cosa aparte de mi propia persona. No
obstante, el mundo nos impone esas funciones representativas en contra
de nuestra voluntad (...)”
“Y no es culpa mía que para aquellos
argentinos yo representara a la literatura polaca contemporánea. De
modo que tuve que escoger: o ratificar aquel estilo, el estilo del
pariente pobre, o bien destruirlo, pero con la conciencia de que la
destrucción echaría a perder todas las informaciones más o menos
halagüeñas y ventajosas para nosotros. Y, sin embargo, no fue otra cosa
que la dignidad nacional lo que me impidió entrar en cálculos (...)”
“Soy
un hombre con un alto sentido de la dignidad personal, y un hombre así,
aunque no esté vinculado a su país por los lazos de un normal
patriotismo, siempre velará por la dignidad nacional aunque sólo sea
porque no puede desprenderse de su nacionalidad y porque ante el mundo
es polaco, de ahí que cualquier humillación a su nación también lo
humilla a él personalmente ante los demás (...)”
“Y estos
sentimientos, de algún modo obligados e independientes de nosotros, son
cien veces más fuertes que todas las sensiblerías aprendidas y sobadas.
Nada de lo que le es propio debe impresionar al hombre; de tal modo
que, si nos impresiona nuestra grandeza o nuestro pasado, ésa es la
prueba de que aún no los llevamos en la sangre”. Gombrowicz no estaba
de acuerdo con Lechon, sólo distinguía a Shakespeare con los laureles
del metal noble.
En cambio Dante era para él un inmoral y
Racine no le parecía gran cosa. También tenía diferencias con
Shakespeare pues para Shakespeare los sentimientos eran la materia
prima de todo lo que existe y para Gombrowicz eran una afección que
había que evitar en el arte y también en la vida. Gombrowicz trató a
los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que
se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la
rigidez de las formas puras.
Jan
Lechon, uno de los principales poetas polacos del período de
entreguerras cuando Polonia recuperó su independencia, tiene el curioso
privilegio de ser el primer escritor mencionado en las páginas del
“Diario” de Gombrowicz, y también el último. Poeta, narrador, crítico
de teatro, diplomático, fue uno de los fundadores del movimiento
literario “Sakamander”.
Le dio el nombre a este movimiento
literario y pronunció el discurso de apertura en la primera reunión del
grupo celebrando la independencia de Polonia. Agregado cultural en la
embajada de París entre 1930 y 1939, cuando estalló la guerra se fue a
Brasil y más tarde se estableció en New York, donde, en el mismo año
que conocí a Gombrowicz, saltó desde el duodécimo piso del Hotel Hudson.
Gombrowicz
pronunciaba con picardía la palabra Lechon, pues el nombre del poeta se
nos asociaba en el café Rex con el cerdo mamón o con el aspecto de un
joven obeso. Son bastante conocidas las diferencias que Gombrowicz
mantenía con Jan Lechon: la del caballo de la nación, la del cambio de
opinión y la de los judíos. Jan Lechon era un miembro distinguidísimo
del grupo de los Skamandritas.
Gombrowicz se despide de Jan
Lechon en las últimas páginas del “Diario”, con una crítica al poeta
que también es una crítica que le hace a Polonia. “El ‘Diario’ de
Lechon que he vuelto a examinar con más detenimiento es sorprendente y
vergonzoso. ¿Cómo surgió esta mezcla, una mezcla que constituye la
originalidad de este diario, esta amalgama de arte, sensibilidad
excepcional, perspicacia con ignorancia, incultura, estrechez de miras,
obcecación? (...)”
“Un
lenguaje por lo general exquisito en el que son expresados unos juicios
sutiles sobre la literatura, el arte y a menudo sobre los hombres,
aunque con este mismo lenguaje Lechon manifiesta también toda su
terrible limitación, insoportablemente polaca. Desde el punto de vista
intelectual, este diario es como un traje de 1939 que sacamos del
armario oliendo a naftalina (...)”
“Lechon no tenía ningún
acceso ni al hombre ni al mundo contemporáneos, se perdía en la
cultura, no tenía ni idea del pensamiento contemporáneo ni de nada que
le permitiera enfocar y ordenar el mundo actual. Caos. Tinieblas.
Abismos y brumas. Pasiones y conflictos realmente epidérmicos. Los años
pasados en París se deslizaron sobre él como la lluvia sobre un tejado
(...)”
“Y cuando la
Historia echó definitivamente a Lechon de Polonia, se ahogó en el vasto
mundo igual que cualquier terrateniente expulsado de sus propiedades.
¿Cómo esta caverna con olor a rancio a llegado a instalarse en nuestro
espíritu? ¿Acaso la ceguera que nos impide ver el mundo, la ingenuidad,
la ignorancia son consecuencia de la pérdida de independencia? (...)”
“Pero
es que Polonia en tiempo de los Sajones era sin duda alguna el país más
estúpido de Europa, y en la época de los Jaguellón los polacos estaban
también a la cola de las naciones civilizadas. ¿Por qué, entonces?
¿Cuál fue la razón? ¿La falta de grandes ciudades, la rusticidad
polaca? ¿La indiscutible primacía espiritual del señor párroco en las
ciudades de Polonia? Sí, pero esto probablemente no es lo más
importante (...)”
“Lo más importante es tal vez la forma, esa
pesadez de la forma de Europa que, cincelada con finura como la había
cincelado Grecia, pasa por las planicies polacas para convertirse en
las toscas inmensidades de Rusia, de Asia. ¡Ser un país de transición
no es nada fácil! Como el provincianismo se manifiesta en la manía de
utilizar títulos pomposos, Lechon se ha convertido en el ‘Altissimo
Poeta’”
Cada
persona elige una palabra que considera la más importante, la palabra
que eligió Gombrowicz fue grandeza. Si bien es cierto que este detalle
no basta para reconstruir una personalidad, el caso de Gombrowicz es
muy llamativo. Grandeza es una palabra que nos hace pensar en la
nobleza, en la majestad y en la dignidad de lo grande. La grandeza del
hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en
la que el hombre trata de ser dueño y señor.
La postura romántica,
en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante y en
el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando
se convierte en víctima de un mundo que lo supera. En los diarios
Gombrowicz adopta respecto a la grandeza la postura clásica, la
romántica, y también la negación de la existencia de toda posible
grandeza.
En
los diarios, la actitud de Gombrowicz respecto a la grandeza, es
vacilante, pero vuelve a ella en forma reiterada, en cambio, en todo lo
demás, es decir, en sus novelas, en sus piezas de teatro y en sus
cuentos, podemos decir que, por lo menos en relación a los
protagonistas, la grandeza no aparece nunca. Esta ausencia absoluta de
grandeza no se debe a la casualidad, es el producto de una actitud
completamente deliberada.
Ningún protagonista de la obra artística
de Gombrowicz es grande, ninguno tiene nobleza, valentía, ni siquiera
dignidad y, sin embargo, la obra artística de Gombrowicz pone en el
centro de la creación la humanidad del hombre, y son la nobleza y la
dignidad las inspiradoras de sus escritos. En los diarios Gombrowicz
trata a los hombres sin demasiada consideración y en forma dominante.
Sin
embargo, está acosado por la dimensión del mundo y por la misión que él
mismo se impuso para comprenderlo; al final de la historia Gombrowicz
termina quejándose de la grandeza de un Gombrowicz que él mismo había
creado con sus propias manos. Gombrowicz anduvo buscando durante toda
su vida una manera de pasar de la inferioridad a la superioridad con un
movimiento de ida y vuelta.
Quería conservar por separado las
propiedades que tienen cada uno de estos estadios, una aspiración a la
totalidad y a la universalidad característica de la cultura de su
tiempo. La persona de Gombrowicz reconoció al Gombrowicz de la obra
como un ser distinto, al Gombrowicz que existía desde afuera. Siente
que el rasgo más distintivo de este doble respecto a los demás es la
importancia que le había dado a su persona.
Esta función de
agrandamiento del yo no le podía ser indiferente a la naturaleza, así
que supuso que su suerte después de la muerte debería ser distinta a la
de los otros. El yo inferior no tenía por qué gustarle a nadie, más que
a él mismo, pero el otro yo se reconocía como superior cuando entraba
en contacto con el yo inferior. Mientras estas dos personas miraban al
doble, el doble también las miraba despertando de un sueño erótico y
humorístico.
En
la tercera actualización de su inmadurez que hace en la Argentina
conoce a los jóvenes de Tandil, entonces escribe en los diarios páginas
en las que el centro de la importancia es ocupado por la desfachatez y
la ligereza de la adolescencia. Pero tres años después aparece una de
sus reiteradas inversiones copernicanas y cambia el centro, ahora lo
ocupa la responsabilidad y el peso de la madurez.
“En aquel
entonces yo estaba con toda mi alma del lado de la evolución que iba
destruyendo todos esos cultos y veneraciones, que para mí eran
simplemente tontos y quitaban a los polacos su audacia y su libertad.
Hoy en día, después de haber pasado veinte años en América donde la
gente no hace caso a los esplendores del otro, tanto si se trata de un
millonario, un dignatario, un artista o un científico, siento de una
manera diferente”
“En
la Argentina un chiquillo de diez años se dirigiría a Einstein con el
mismo desparpajo con el que se dirige a sus compañeros, empiezo a veces
a añorar aquellas vergüenzas de otro tiempo, los antiguos rubores y
toda aquella torpeza fruto de la admiración. Naturalmente es agradable
sentirse seguro de sí mismo y cómodo con todo el mundo, no dejarse
impresionar, no interesarse demasiado por nadie, dedicarse a asuntos
personales (...)”
“Y, sin embargo, se produjo una especie de
empobrecimiento cuando el hombre dejó de sentir en el otro un secreto
magnífico e inaccesible y desaparecieron las tensiones entre los
diferentes mundos”. Gombrowicz ha expresado en más de una oportunidad
que no luchaba contra la falsedad que tenía dentro de sí mismo, sino
que se limitaba a revelarla en el momento que se le aparecía.
Pero
no sabemos si la falsedad le aparece cuando se pone de parte de la
desfachatez de los jóvenes de Tandil o del secreto magnífico e
inaccesible del hombre de antes. “Por supuesto no pretendo aseverar que
los polacos no tengamos méritos, ni tampoco que no haya que revelarlos,
me refiero a la forma en que se hace, que demuestra precisamente ese
terrible complejo de inferioridad nuestro y nuestra falta de dignidad e
incluso de sentido del humor (...)”
“Tengo la costumbre desde
hace siete años de anotar en mi diario de escritor todo lo que me ha
molestado o consternado. Fijaos que frente a Dios los polacos se
comportan en la iglesia de manera normal y correcta mientras delante de
Polonia se sienten perdidos, es algo a lo que todavía no se han
acostumbrado. Yo quisiera que los polacos adorasen a Polonia de forma
menos ingenua, menos provinciana, que no se traicionasen tanto con el
sentimiento de inferioridad que los devora cuando están en el
extranjero”
Gombrowicz
estaba hasta la coronilla con la pleitesía que le rendían los polacos a
sus héroes, lamentablemente a los días de pisar Buenos Aires se
encuentra otra vez con ellos, es decir, se los encuentra el Gombrowicz
de “Transatlántico”, y se los encuentra justamente en ese lugar del que
había que huir como del tedio, se los encuentra en la embajada. Fue a
la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies del embajador.
Le
besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y le rogó que en
ese momento sagrado, según fuera su santa voluntad y entender,
dispusiera de su persona. El embajador le pidió que escribiera
artículos para celebrar la gloria de los genios polacos, que por ese
servicio le podía pagar setenta y cinco pesos mensuales. Era necesario
ensalzar a la patria en momentos tan difíciles.
Pero
Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza,
entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le recordó
que la embajada le había rendido homenaje y que lo iba a presentar a
los extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz.
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