
WITOLD GOMBROWICZ Y LAS BUENAS COMPAÑÍAS
“Mi
‘Transatlántico’ no alude a un barco, sino a algo como a través del
Atlántico; se trata de una novela que mira hacia Polonia desde la
tierra argentina. Sigue divirtiéndome ese ‘Transatlántico’, jocoso,
esclerosado, barroco, absurdo, escrito en un estilo arcaico, lleno de
extravagancias idiomáticas, a veces inventadas... Es la menos conocida
de mis novelas, ya que esas excentricidades lingüísticas no resultan
fáciles de traducir (...)”
“El fin de la guerra no supuso una
liberación para los polacos. En aquella triste Europa central,
significaba tan sólo la sustitución de una noche por otra, de los
verdugos de Hitler por los de Stalin. En el mismo momento en que en los
cafés parisinos las almas nobles saludaban con un canto glorioso la
emancipación del yugo feudal por parte del pueblo polaco, en Polonia,
el mismo cigarrillo encendido cambiaba simplemente de mano y seguía
quemando la piel humana (...)”
“Yo
observaba todo esto desde la Argentina, mientras me paseaba por la
avenida Costanera. La palabra basta que sin duda afloraba a los labios
de cada polaco, empezó a exigir de mí una solución concreta. Si, por el
hecho de su situación geográfica y de su historia, Polonia se veía
condenada a ser eternamente desgarrada, ¿no era posible cambiar algo en
nosotros mismos, los polacos, para salvar nuestra propia humanidad?
(...)”
“Mientras en Polonia le rompían los dientes a la gente, el
mundo seguía insistiendo con sus declamaciones sobre el romanticismo
polaco y el idealismo polaco, o bien se repetían con insistencia y
monotonía las mismas trivialidades sobre la Polonia mártir. En materia
de arte, no creo en la utilidad de las pequeñas correcciones, hay que
hacer acopio de fuerzas y dar un salto, operar un cambio radical, desde
la base (...)”
“Se
requería, no una realidad de segunda mano, una realidad polaca, sino
una realidad más fundamental, la realidad humana. Había que sacar al
polaco de Polonia para hacer de él tan sólo un hombre, hacer un polaco
antipolaco. Me senté y me puse a escribir, sólo que, empecé a escribir
algo opuesto por completo a lo que hubiera sido conveniente escribir.
En lugar de salirme la gravedad, me salió la risa, los disparates y la
diversión (...)”
“Al escribir ‘El casamiento’ yo estaba obnubilado
con ‘Hamlet’ y con ‘Fausto’, pues bien, ‘Transatlántico’ nació en mí
como un ‘Pan Tadeusz’ al revés. Este poema de Mickiewicz, escrito
también en el exilio, la obra maestra de nuestra poesía nacional,
supone un afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia. En
‘Transatlántico’ estaba obsesionado con Mickiewicz, a menudo me las
arreglo bastante bien para estar en buenas compañías”
Cuando
le puse el punto final a un relato que hice sobre “Transatlántico” me
acordé de que el Vate Marxista, con uno de esos golpes secos en los que
combina con proporciones armoniosas la paradoja, la logomaquia y la
ciencia, había hecho unas declaraciones llamativas: “El mejor escritor
argentino del siglo XX es Witold Gombrowicz”. No pude hacer pie firme
en un terreno tan escabroso.
Decidí recurrir a otras declaraciones
del Vate Marxista en las que el aspecto racional tuviera relevancia y
un poco más de peso que las fantasías del lenguaje y las paradojas. En
un congreso de escritores que se realizó en Santa Fe hace
aproximadamente un cuarto de siglo, afirmó que “Transatlántico” era una
de las mejores novelas escritas en el país, una afirmación más
restringida que la anterior y que, a la primera mirada, no parece
paradojal.
“En cuanto a Macedonio
Fernández habría que decir que es el único escritor argentino con el
que realmente se encuentra Gombrowicz. De hecho Macedonio es el primero
que da a conocer un texto de Gombrowicz en español. En 1944 publica en
su revista ‘Los papeles de Buenos Aires’, el relato ‘Filifor forrado de
niño’ de ‘Ferdydurke’. ¿Se habrán visto Macedonio y Gombrowicz? (...)”
“En
aquellos años los dos vivían aislados, en pobrísimas piezas de pensión,
seguros de su valor como escritores pero indecisos sobre el futuro de
sus obras. En más de un sentido eran, el uno para el otro, el único
lector posible. Se puede suponer casi con seguridad que Macedonio leyó
‘Ferdydurke’ porque aparecen referencias a la novela en uno de sus
papeles inéditos (...)”
“Y en cuanto a Gombrowicz era sin duda
el único lector posible del ‘Museo de la novela de la Eterna’, el
único, quiero decir, a la altura del proyecto macedoniano. Arlt,
Macedonio, Gombrowicz. La novela argentina se construye en esos cruces
(pero también con otras intrigas). La novela argentina sería una novela
polaca. Quiero decir una novela polaca traducida a un español futuro,
en un café de Buenos Aires (...)”
“Una
novela escrita por una banda de conspiradores liderados por un conde
apócrifo. Toda verdadera tradición es clandestina y se construye
retrospectivamente y tiene la forma de un complot. Ahora bien, después
de todo, ¿se puede hablar de una novela argentina? ¿Qué características
tendría? Los novelistas argentinos escribimos, también, para contestar
esa pregunta”
El primer filicidio frustrado conocido es el que
protagonizan Abraham y su hijo Isaac en el famoso episodio bíblico.
Cuando Dios advirtió que los hombres se estaban portando mal le mandó
la tabla de los diez mandamientos a Moisés. Este viejo hebreo que vivió
ciento veinte años dudó de la palabra de Dios, no pudo entrar a la
Tierra Prometida, y murió angustiado.
Una
angustia parecida tuvo Abraham cuando se le aparece Dios y le ordena
sacrificar a su hijo Isaac: –Tú eres Abraham, sacrificarás a tu hijo.
La razón no podía probarle a Abraham que en verdad era Dios quien se le
había aparecido, y tampoco que le hablaba únicamente y justamente a él,
el dilema le producía angustia, pero fortalecido por la fe estaba
dispuesto a obedecer.
Cuando Abraham extendió la mano y tomó un
cuchillo para degollar a su hijo un ángel lo llamó desde el cielo: “No
extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya
conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu
único”. El temor y la fe frustraron el filicidio bíblico, el filicidio
del “Transatlántico”, en cambio, es frustrado por el bam, bum, bam.
Las
guerras son el producto de la orden que los maduros le imparten a los
jóvenes de que hay que morir por la patria. A este mandato, el
filicidio, Gombrowicz opone la filiatría, un idea que desarrolla en
forma elocuente en “Transatlántico”. La novela comienza cuando
Gombrowicz manifiesta su necesidad de comunicarle a su familia, a sus
parientes y a sus amigos el comienzo de sus aventuras en la capital de
la Argentina, unas aventuras que ya duraban diez años.
Llega
a Buenos Aires el 21 de agosto de 1939 y desde el primer día, a la
salida de las recepciones, les agredían los oídos con el grito obsesivo
de "Polonia", que se escuchaba en las calles. Gombrowicz se daba cuenta
que algo no andaba bien, no había remedio, la guerra estallaría de hoy
para mañana. El barco recibe la orden de partir y Gombrowicz se despide
de un amigo embarcado con él deseándole un buen viaje.
El pobre
compatriota sólo atina a rogarle que se presente rápidamente en la
embajada. Cuando el barco se está alejando Gombrowicz pronuncia una
blasfemia terrible contra Polonia y se interna en la ciudad. Estaba
completamente desorientado y sin dinero, así que visita a un
compatriota que había sido vecino de sus primos en Polonia para pedirle
opinión y consejo.
Pero
este hombre empieza a decirle que aprobaba y que no aprobaba su
decisión de quedarse, que había hecho bien y tal vez mal, que él no
estaba tan loco como para opinar en estos tiempos o como para no
opinar, que tenía que presentarse enseguida en la embajada o no
presentarse, que era igual si se presentaba o si no se presentaba, que
se podía exponer o no exponer a graves riesgos.
Y, en fin, que
hiciera lo que le pareciera oportuno o que no lo hiciera. Perdido entre
la muchedumbre decidió no inmiscuirse en el asunto de la guerra, no era
un asunto de su incumbencia, si allá tenían que sucumbir, que
sucumbieran. Fue a la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies
del embajador, le besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y
le rogó que en ese momento sagrado, según fuera su santa voluntad y
entender, dispusiera de su persona.
El
embajador le dijo que sólo podía darle cincuenta pesos, que no tenía
más, pero que si quería irse a Río de Janeiro a importunar al embajador
de allá, le pagaría el viaje y le daría algo más, que no quería
literatos por acá porque lo único que sabían hacer era pedir plata y
después ladrar. Gombrowicz se dio cuenta que lo estaba despidiendo con
moneda menuda y le dijo que él era una literato pero también un
Gombrowicz.
Y cuando el embajador le preguntó de cuáles Gombrowicz
era Gombrowicz, le respondió que de los Gombrowicz Gombrowicz, entonces
le ofreció ochenta pesos en vez de cincuenta, ni un peso más. Le
recordó que estaban en guerra y que había que marchar para vencer a los
enemigos, matarlos, destrozarlos y aplastarlos, y que no fuera ladrando
por ahí que no había marchado y hablado delante de él.
Le
pidió que escribiera artículos para celebrar la gloria de los genios
polacos, que por ese servicio le podía pagar setenta y cinco pesos
mensuales, que era necesario ensalzar a la patria en momentos tan
difíciles, pero Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le
daba vergüenza, entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda,
y le recordó que la embajada le había rendido homenaje.
Lo iba a
presentar a los extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz. La
primera consecuencia de su presentación en la embajada fue que lo
invitaron a una recepción en la casa de un pintor a la que iban a
asistir los escritores y artistas locales. Tenía una gran seguridad en
su maestría y sabía que como maestro lograría superar y dominar a todos
los demás.
Cuando llegó sus compatriotas lo glorificaron, el
consejero lo presentaba y ensalzaba como el gran maestro y genio polaco
Gombrowicz, pero nadie le llevaba el apunte, entonces lo empezó a
tratar de comemierda y le exigió que hiciera algo para no
avergonzarlos. Entró un hombre vestido de negro, se notaba que era una
persona muy importante, un gran escritor, un maestro.
Llevaba
en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que perdía a cada
momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a cada rato
inteligentemente inteligente. Los compatriotas de Gombrowicz lo
empezaron a azuzar para que mordiera al hombre de negro, que si no lo
hacía lo iban a tratar de comemierda y a morder. Entonces Gombrowicz le
dijo a la persona más cercana en voz bastante alta.
“No me gusta
la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos,
ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado
cerealientos”. El hombre de negro le respondió que la idea era
interesante pero no nueva, que ya Sartorio la había expresado en sus
“Eglogas”, entonces Gombrowicz le manifestó que no le importaba un
comino lo que decía Sartorio.
Lo
que le importaba era lo que decía él, el que hablaba; el gran escritor
sin pensarlo dos veces le contestó que la idea no era mala pero que
existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame de Lespinnase
en sus “Cartas”. Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había
dejado sin palabras, entonces empezó a caminar y a caminar, y cada vez
caminaba con más furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y
los demás de ira.
Pero alguien comenzó a caminar con él, era
un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios eran
rojos, estaban pintados de rojo. Huyó como si lo persiguiera el diablo.
El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al
mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en busca
de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio lacayo.
Tenía miedo que los muchachos le
pegaran o que lo asesinaran para sacarle la plata. El moreno estaba
perdidamente enamorado de un joven rubio hijo de un comandante polaco.
Junto a Gombrowicz, en la Plaza San Martín, vio al joven rubio, lo
siguieron hasta el Parque Japonés, y allí encontraron a los tres socios
de la empresa equino-canina donde trabajaba Gombrowicz.
Los
socios empezaron a decirle a Gombrowicz que entonces no era tan loco
como pensaba la gente, que el moreno tenía millones, insinuándole una
aventura con él. El joven rubio estaba tomando cerveza con el padre, un
hombre bueno, decente, cortés y aterciopelado. Le comenta a Gombrowicz
que va a enrolar a su único hijo en el ejército polaco. Gombrowicz lo
previene contra el moreno y le sugiere que se vaya del lugar, el padre
no accede.
El moreno brinda con el padre desde lejos, el
comandante se lo prohibe con un gesto, el moreno le arroja el jarro de
cerveza, le parte la frente y brota la sangre. Primero la vergüenza en
la embajada, después en la casa del pintor, y ahora en el Parque
Japonés, mientras allá, del otro lado del océano, se derrama la sangre.
A la mañana siguiente apareció el padre en la pensión de Gombrowicz.
Le
rogó que desafiara al moreno en su nombre, vaca o no vaca el hecho era
que llevaba pantalones y que lo había ofendido públicamente. Cuando
Gombrowicz se lo contó al moreno éste le recriminó que se hubiera
puesto de parte del viejo y no del joven, que tenía que defender al
joven de la tiranía del padre, que de qué le servía a los polacos ser
polacos, que si acaso habían tenido hasta hora un buen destino.
Si
no estaban hasta la coronilla de su polonidad, si no les bastaba ya el
martirio, el eterno suplicio y el martirologio, había llegado el
momento de la filiatría. Aceptaba el duelo bajo la condición de que las
balas fueran de salva, que las verdaderas se debían escamotear al
momento de cargar la pistolas en el forro de la manga. Para asegurar
esta impostura Gombrowicz nombró a dos socios de la empresa
equino-canina como padrinos del duelo.
El
moreno había rematado su exhortación con la palabra filiatría, y esta
palabra le retumbaba en la cabeza a Gombrowicz junto a los gritos de
“Polonia, Polonia” que escuchaba en la calle mientras caminaba hacia la
embajada. ¡Viva nuestro heroísmo!, exclamaba el embajador, un coronel
ya le había contado lo del duelo entre el comandante y Gonzalo.
Como
todos descontaban que el duelo terminaría sin sangre convinieron en
agasajar al comandante con una comida que se daría en la embajada;
mientras el consejero volcaba en el libro de actas la invitación que
estaba haciendo el embajador escribió también que iban a asistir al
duelo, que tenían que ver la valentía del polaco con la pistola en la
mano atacando al enemigo.
Pero un duelo no es una partida de caza, tenían que
asistir con una excusa bien pensada, bien podría ser una cacería con
galgos a la que invitarían a los extranjeros. Mientras tanto Gombrowicz
le preguntaba al embajador cómo era posible que marcharan sobre Berlín
si los combates se estaban librando en los suburbios de Varsovia. El
embajador le dijo que todo se había ido al diablo, que todo había
terminado.
Habían perdido la guerra y había dejado de ser
embajador, pero la cabalgata se iba a realizar de todos modos. Al día
siguiente, el duelo, se dio la señal y los adversarios entraron al
terreno. Gombrowicz cargó las pistolas y metió las balas en el forro de
la manga. Vacío absoluto, eran disparos vacíos, a lo lejos apareció la
cabalgata; vacío porque no había balas y vacío porque no había liebres.
El duelo era una trampa que no tenía fin porque se había
convenido a primera sangre. De pronto se oyó un furioso ladrido de
perros y un grito espantoso. El hijo estaba siendo atacado por los
perros, el padre disparó contra los animales enfurecidos pero con un
revolver vacío, entonces, el moreno se arrojó sobre la jauría y salvó
la vida joven. El padre se conmovió y le ofreció su amistad eterna que
el moreno aceptó.
Para
cerrar todas las heridas lo invito a su casa. No era el palacio de la
ciudad, era otro distante a tres leguas, el comandante tenía malos
presentimientos pero igual fue. Pinturas, esculturas, tapices,
alfombras, cristales… se depreciaban rápidamente por su abundancia
excesiva, y la biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados
en el suelo, una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que
estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo.
Obras
preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban
porque había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva
cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros
hasta darse muerte. El moreno regresó pero vestido con una falda y le
dio indicaciones a un muchacho para que se pusiera en el medio de la
sala y luciera su figura, que para eso le pagaba.
Pero
ese mequetrefe estaba allí, más que para lucir su figura, para moverse
en honor al hijo, pues cada vez que se movía el hijo también se movía
él. Al final fue un alivio que el dueño de casa diera la señal de ir a
dormir. Le confiesa al padre que lo había traicionado con el moreno
realizando un duelo sin balas, Gombrowicz estaba conmovido y estalló en
llanto frente al padre que desesperado por la congoja le hace un
juramento sagrado.
Iba a lavar su honra con sangre, pero no
con la sangre afeminada de ese miserable, sino con la sangre densa y
terrible de su propio hijo, era la ofrenda del hijo que le hacía a la
guerra. Cuando el moreno se entera de que el padre quiere matar al hijo
le dice a Gombrowicz que tiene un medio para convencer al hijo de que
mate al padre, y al convertirse en parricida necesitará su amparo, se
ablandará y caerá en sus manos afectuosas y protectoras.
El
moreno y el hijo juegan en un frontón y golpean a la pelota con todas
sus fuerzas, bam, bam, bam, resonaban los golpes mientras el mequetrefe
golpeaba con una madera unos palitos que estaban mal colocados, bum,
bum, bum. Y en medio de aquel bum-bam la pelota zumbaba y el hijo
golpeaba más fuerte porque sentía que tenía un partidario. El padre
comprendió que con el bumbam le estaban robando al hijo…
Gombrowicz
había perdido la patria, se había asociado con el moreno en una empresa
ignominiosa para humillar al padre… Los compañeros de la empresa
equino-canina donde trabajaba sintieron la necesidad de llevar a cabo
un hecho más terrible que el filicidio y el parricidio que estaban
planeando, un horror que los colmara de poder, se propusieron entonces
torturar al embajador junto a su mujer y sus hijos.
Después
los matarían a todos arrancándoles los ojos. Todo les parecía poco, así
que pensaron que lo mejor sería matar al hijo del comandante, esa
muerte aumentaría tanto el horror que la naturaleza, el destino y el
mundo entero iban a cagarse en los pantalones. El moreno y el hijo
jugaban a la pelota y el mequetrefe se movía con el joven clavando
palitos, bumbambeaban.
El comandante se paseaba comiendo
ciruelas, el hijo estaba delante de Gombrowicz con su vos fresca y
alegre, su risa armoniosa, los movimientos de todo su cuerpo ágiles y
livianos. El padre observaba al moreno que llevaba el ritmo del bumbam,
y el bumbameo unía a los muchachos debajo de los árboles. ¡A bailar!,
un gentío increíble, la flor y nata de la colonia polaca, mejor olvidar
y no dejar transparentar nada.
En la oscuridad se escondían
algunas siluetas monstruosas, unas siluetas que parecían perros pero
tenían cabezas humanas, se agrupaban en un montón y parecían brincar,
copular y morder. Los polacos de la empresa equino-canina se preparaban
para ser terribles matando al hijo. Las parejas bailaban y el hijo
bailaba con una hermosa polaquita lleno de brillo y gallardía.
Si
el joven saltaba, el mequetrefe saltaba, bailaban al ritmo del bumbam,
temblaban los cristales, la colonia polaca quería bailar la mazurca
pero era imposible, sólo había bumbam. El padre tomó un gran cuchillo y
lo guardó en un bolsillo. Y, de pronto, bum, el criado contra una
lámpara; y el hijo, bam, a la lámpara; vuelve el mequetrefe, bum, a un
jarrón; y el hijo, bam, al jarrón.
Bum, el criado contra el padre;
el padre cae al suelo y ya se apresuraba el hijo a bambearlo con su
bam. En aquel pecado general, mortal, en aquella debacle, en medio de
esa enorme corrupción no existía otra cosa que el llamado del bum-bam y
el trueno del asesinato. El hijo volaba hacia el padre, pero en vez de
bambearlo con su bam, lo bambeó con una risa que le estalló en la
garganta.
El
embajador también estalló de risa. Fue un bramido de risa general en
todo el salón. Junto a las paredes habían quienes se pedorreaban y
quienes se meaban de risa. Bambeabam. “Y, entonces, de risa en risa,
riendo, bum; riendo; bam, bum, bumbambeaban”
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