
WITOLD GOMBROWICZ Y EL CAFÉ ZIEMIANSKA
Gombrowicz
desconcertaba tanto a los polacos como a los argentinos, el deseo
permanente de descolocar a los demás lo fue convirtiendo poco a poco en
un actor. El café Zemianska de Varsovia fue su lugar preferido para
realizar estas maniobras. “Bien, señor Stefan Otwinowski, díganos qué
impresión le causa el señor Jerzy Andrzejewski; –Jerzy es muy
inteligente, tiene un gran simpatía y es sincero (...)”
“No, por
favor, Stefan, ahórrenos las virtudes, y concéntrese en los defectos de
Jerzy, suelen ser mucho más interesantes”. Andrzejewski, en lugar de
contestar con una broma, se ensombreció y se puso rígido, entre él y
Gombrowicz se estableció una distancia glacial, el sentido del humor no
era desde luego su fuerte, aunque hay que reconocer que Gombrowicz era
un provocador profesional.
Gombrowicz
se manejaba tranquilamente en el café Ziemianska con estos dos colegas,
él ya había hecho su debut en su carrera literaria con “Memorias del
tiempo de la inmadurez”, mientras Otwinowski y Andrzejewski lo hicieron
unos años después. “Cada tarde me encaminaba hacia el café Ziemianska.
Me sentaba en una de sus mesas, pedía un café y esperaba a que se
reuniera el grupo de mis compañeros de café (...)”
“Frecuentar un
café puede convertirse en un vicio, igual que el vodka. Para un
verdadero adicto, el no acudir a su café a una hora determinada
significa sencillamente sentirse enfermo. Hay que decir que los cafés
de Varsovia, y el café Ziemianska en particular, no se asemejaba a los
demás cafés del mundo: se entraba directamente de la calle de la
oscuridad, a una especie de terrible sopa de humo y de tufo, desde cuyo
fondo se asomaban unos semblantees estrafalarios ululando y haciendo
gestos en un intento de hacerse entender en medio del bullicio general
(...)”
“Mi
actitud en el café Ziemienska se caracterizaba por una desenvoltura que
demostraba claramente que no tenía necesidad de ganarme la vida con la
pluma ni apresurar nerviosamente mi carrera de escritor. Supongo que la
cantidad de tonterías, absurdos e idioteces proferidas por mí en el
Ziemianska debía alcanzar unas cifras astronómicas y, sin embargo, a
través de todas esas locuras, se transparentaba mi natural sentido
común y esta lucidez, este realismo que siempre ha estado alerta en mí
(...)”
“Necesitaba víctimas. Me sentía feliz cuando caía en mis
manos un interlocutor cándido y apasionado con el que podía jugar como
el gato con el ratón. Hoy en día, al leer algunas de las obras polacas,
tropiezo a veces con fragmentos que probablemente no habrían nacido sin
aquellas conversaciones (...)”
“Relacionarse conmigo siempre ha sido y
sigue siéndolo hoy, bastante difícil, debido a que por principio tiendo
a la discusión, al conflicto, intento llevar la conversación de modo
que sea arriesgada, a veces incluso desagradable, incómoda, indiscreta,
ya que eso atrae al juego y pone en entredicho a las personalidades.
Una conversación afable, serena, delicada, como suelen ser las que se
mantienen en los círculos literarios, me han parecido siempre algo
mortalmente insípido e indigno de la gente un poco despierta
espiritualmente”
Cuando uno cree haberlo ubicado en algún asunto,
por ejemplo el de los cafés, Gombrowicz toma la palabra y cambia de
riel. Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la mayoría de sus
obras en la atmósfera impersonal del humo del cigarrillo, el olor de
café, el entrechocar de tazas, los fragmentos de conversaciones, y el
ir y venir de un café parisiense.
El Café Flore y el Café Pont
Royal se convirtieron con el tiempo en la Meca de la filosofía
existencialista. La atmósfera del café está tan arraigada en la mente
de Sartre que incluso explica las teorías de la metafísica en el más
erudito de sus libros con ejemplos tomados de la vida de café.
Doscientos años antes ya decían que en París sabían como preparar esa
bebida de tal manera que engendrara el ingenio en aquellos que la
tomaban.
Por
lo menos cuando salían de allí, todos ellos se consideraban cuatro
veces más inteligentes que cuando entraban. Los cafés vendrían a ser
algo así como la Palas Atenea de los griegos, entonces, Gombrowicz,
prepara las armas y empieza a cañonear a los cafés. Según su parecer
algunos escritores son terriblemente charlatanes. Sus libros son como
su prensa literaria, y su prensa literaria como sus cafés, todo
revienta de charlatanería.
Las obras de estos autores no nacen
del silencio, se escriben en los cafés, tienen el rasgo particular de
la sociabilidad, una característica de las personas que no tienen su
propio hogar espiritual. En estos cafés todas las voces tienen más o
menos la misma intensidad y el mismo color. El hombre se siente
diferente según esté en un bosque sombrío, en un jardín podado a la
francesa, o en el piso cuadragésimo de un rascacielos.
Los
escritores que escriben en los cafés tienen los límites de su
personalidad a la distancia que los separa de las mesas vecinas. No hay
en ellos ni rastros del empeño dramático de un pensador solitario, les
falta la angustia metafísica nacida del silencio, el método y la
disciplina de los laboratorios científicos. Cada uno de ellos acaba
allí donde comienza su vecino; muy cerca.
Algunos se dan cuenta
y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero sus
convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo; por lo que
se convierten de nuevo en escritores de café, pero al revés. Un
verdadero círculo vicioso. Hay un solo remedio para esto, partir
espiritualmente sin moverse del sitio. Para cultivar el arte los
hombres de letras deben apoyarse en el arte, deben partir en busca del
arte más alto para encontrar en su naturaleza la propia naturaleza.
Gombrowicz
alcanzó en “Pornografía” una de sus creaciones artísticas más logradas
con el tema de la guerra, y Jerzy Andrzejewski la alcanzó con el mismo
tema en “Cenizas y diamantes”. Gombrowicz estaba rompiéndose la cabeza
con una novela a la que primero llamó Acteón y después “Pornografía”.
Cuando ya llevaba a cuestas una buena parte de las páginas del libro
hace unas reflexiones en los diarios.
“Esta novela (es difícil
llamar a mis obras novelas) se me da mal. Su lenguaje, demasiado
rígido, me paraliza. Me temo que todo lo que llevo escrito hasta ahora
–ya va por las cien páginas– sea una terrible porquería. No soy capaz
de apreciarlo, porque cuando se trabaja duramente largo tiempo en un
texto, se pierde el sentido crítico, pero tengo miedo..., algo me pone
sobre aviso (...)”
“¿Tendré
que tirarlo todo a la papelera, todo el trabajo de meses, y empezar de
nuevo? ¡Dios mío! ¿Y si he perdido el talento y ya nunca más nada...,
al menos nada a la altura de mis obras anteriores? Me he inventado un
tema fascinante, excitante, una realidad cargada de terribles
revelaciones, y la obra está ya en estado de ebullición, estimulada por
numerosas ideas, visiones e intuiciones (...)”
“Pero hay que
escribirlo. Me falla el lenguaje. Me he metido en un lenguaje de un
género demasiado tranquilo, demasiado poco enloquecido”. Ésta es una
novela en la que Gombrowicz recuerda el café Ziemianska como un
representante de la ex-Varsuvia. “Voy a contarles otra de mis
aventuras, y justamente una de las más fatales. Por entonces, era en el
año 1943, me encontraba yo en la ex-Polonia y en la ex-Varsovia, en lo
más hondo del hecho consumado (...)”
“Silencio.
El desmantelado grupo de mis compañeros y amigos del ex-café
Ziemianska, se reunía todos los martes en cierto pisito de la calle
Krucza, y allí, mientras bebíamos, procurábamos seguir siendo artistas,
escritores, pensadores... reanudando nuestras viejas conversaciones,
nuestro ex-debates sobre el arte (...)”
“Dale, dale, dale,
todavía hoy nos veo sentados o tumbados, en el cuarto lleno de humo,
todos charla que charlarás y grita que gritarás. Uno chillaba: Dios,
otro: arte, un tercero: nación, un cuarto: proletariado, y así
discutíamos ferozmente y venga darle vueltas y vueltas. Dios, arte,
nación, proletariado, pero un día llegó Fryderyk, un hombre de mediana
edad, oscuro y reseco, de nariz aguileña, y se presentó a todo el mundo
con todos los requisitos de la cortesía”
Gombrowicz y Fryderyk se
van a la casa de campo de Hipolit para escaparse del drama colectivo de
la ex-Polonia, de la ex-Varsovia y de las discusiones interminables
sobre la nación, Dios, el proletariado, el arte. En el primer domingo
de misa Gombrowicz observa a su compañero que arrodillándose y actuando
de una manera particular le va quitando importancia a la ceremonia
religiosa.
Con
una mirada obsesiva y penetrante Fryderyk establece un contacto sensual
entre las nucas de dos jóvenes, ese hombre se volvía temible y, de
repente, esa misa celebrada en un lugar de la Polonia abandonada a los
alemanes, cayó fulminada por un rayo, como si el absoluto de Dios
hubiera muerto. Pero cada nuca estaba sola, no estaban juntas, eran la
nucas de Henia, la hija de Hipolit, y de Karol, un auxiliar de la finca.
Y
la novela termina a lo Shakespeare, en una verdadera tragedia. Cómo es
que se pasa de la descomposición del ritual religioso y de las nucas a
semejante carnicería, sólo Dios lo sabe. El estallido de las
monstruosidades señoriales y campesinas que confluyen en el gesto del
sacerdote celebrando la misa, y la nihilización de la iglesia, preparan
el camino para el reemplazo de Dios por una nueva deidad.
Las
nucas de Henia y Karol se asocian en la conciencia de Gombrowicz de una
manera lasciva, le nace el pensamiento de que los jóvenes deben
consumar con el cuerpo la atracción que él había descubierto, y es
alrededor de este elemento erótico cómo se empieza a desarrollar la
historia. Henia y Karol son representantes de la tentación y del
pecado; Waclaw, el prometido de Henia, y su madre Amelia, de la
corrección y de los principios religiosos.
De qué son representantes
Fryderyk y Gombrowicz es más difícil saberlo. Por ahora digamos que son
dos adultos mirones y lascivos que planean, en principio, que los dos
jóvenes se presten atención y consumen una atracción que grita al
cielo, salvo para los jóvenes mismos. Karol es atractivo con una
juventud violenta que lo arroja en los brazos de la brutalidad y la
obediencia.
Sensual,
carnal y con una sonrisa que lo ata a una inferioridad superficial,
Karol no puede defenderse. Esta mezcla explosiva en la conciencia de
Gombrowicz se le echa encima a Henia como si fuera una perra, arde por
ella, un deseo que nada tiene que ver con el amor, un enamoramiento
becerril con toda su degradación. Pero la joven señorita tiene con el
muchacho un diálogo desembarazado y confiado, los jóvenes no se
comportan según el contenido de la conciencia de Gombrowicz.
En este
punto Gombrowicz se pregunta cuánto sabe Fryderyk de todo esto: de la
descomposición de la misa, de la atracción de las nucas, del llamado
del cuerpo de los jóvenes a la consumación. Henia es una colegiala
cortés, cordial y muy atractiva. Cuando Fryderyk tenía apartes con
Henia a solas Gombrowicz pensaba: se la lleva para hacer cosas con ella
o ella se va con él para que él le haga cosas.
A
partir de ese momento Fryderyk se convierte en el operador del drama
mientras Gombrowicz le sigue los pasos y trata de interpretar el
significado de sus maniobras. Fryderyk maniobra con los pantalones de
Karol cuando le pide a ella que se los remangue, es como si les
estuviera diciendo: vengan, háganlo, gozaré, lo deseo. Gombrowicz
quería averiguar cuánto de ingenuos eran los jóvenes respecto de los
propósitos de Fryderyk.
Pensaba más o menos así: Henia remangaba los
pantalones para que Fryderyk gozara, de modo que estaba de acuerdo con
que él gozara con ella y también con Karol, ella se daba cuenta de que
entre los dos podían excitar y seducir, y también Karol lo sabía porque
había colaborado en aquel juego. No eran tan ingenuos, entonces,
conocían su propio sabor. La situación no tenía vuelta atrás, los
cuatro eran cómplices en el silencio pues el asunto era inconfesable y
vergonzoso.
Después de que Karol le
levantara la falda a una vieja fregona y asquerosa haciéndole brillar
la blancura del bajo vientre y la mancha de pelo negro, le dice a
Gombrowicz que le gustaba Henia pero que le gustaría más hacerlo con
doña María, la madre de Henia. El joven estaba actuando para los
adultos porque quería divertirse con ellos, y no con Henia, porque los
adultos, aún dentro de su fealdad, podían llevarlo más lejos al ser
menos limitados.
Pero esto no es lo que quería Gombrowicz, Karol era
demasiado joven para Dios y para las mujeres, era demasiado joven para
todo. El sueño de los dos adultos de que los jóvenes consumaran su
atracción innegable se venía abajo. Era una pareja adulta de enamorados
en la frustración, desdeñada por la otra pareja de amantes, el fuego de
su excitación no tenía nada en qué descargarse.
Llameaba entre
ellos, estaban asqueados el uno del otro y se juntaban en una
sensualidad irritada. Pero Fryderyk continuaba con sus maniobras
calculadas para juntarlos obligándolos a pisar una misma lombriz hasta
partirla. Quería que Henia y Karol causaran tormentos con sus suelas,
con toda calma Fryderyk había transformado en un verdadero infierno la
existencia de esa pobre lombriz.
Un
pecado común cometido para los adultos que penetraba la intimidad
fundiendo a unos con otros. En la virtud los jóvenes se le presentaban
a Fryderyk y a Gombrowicz cerrados, herméticos, pero en el pecado
podían revolcarse con ellos. Era un sistema de espejos, Fryderyk lo
miraba a Gombrowicz y Gombrowicz lo miraba a Fryderyk, hilaban sueños
por cuenta del otro y de ese modo llegaban hasta la idea que ninguno de
ellos se habría atrevido a dar por suya.
Por su parte Henia les
hacía saber que era creyente, que si ni lo fuese no se confesaría ni
comulgaría, que sus principios eran los mismos que los de su futuro
marido. Su futura suegra era como si fuera su madre, era un honor para
ella entrar en esa familia, era seguro que si se casaba con Wlacaw no
haría nada con ningún otro. Un comentario de Henia que parecía severo
pero que era también una confiada y seductora confesión de su propia
debilidad, excitaba, precisamente, por su virtud y no por su
pornografía.
Y
también les decía que Karol no quería a nadie, que lo único que le
interesaba era acostarse un poquito, que ella ya lo había hecho con un
guerrillero, que sus padres lo sospechaban porque los habían
sorprendido juntos, pero que no querían sospecharlo. Amelia, la madre
de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una
rectitud ejemplar.
En Amelia regía el Dios católico, desprendido
de la carne, era un principio metafísico, incorpóreo y majestuoso que
no podía atender a todas las majaderías que tramaban los adultos con
Henia y Karol. Parecía enamorada de Fryderyk, estaba subyugada con ese
ser terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar y distraer por
nada, un ser de una seriedad extrema.
En
la finca de Amelia tiene lugar la segunda caída de Dios después del
derrumbe de la misa en la iglesia. Un ladronzuelo de la edad de Karol
entra en la casa para robar, según todo lo hace parecer la señora
descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek, transcurren
unos minutos y llega a la mesa donde están su hijo y los invitados, se
sienta y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo.
La
situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado porque
Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado,
que había sido un accidente. Fryderyk era mal psicólogo porque tenía
demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a doña
Amelia en cualquier situación. Una sospecha terrible flotaba en el aire
de la casa de campo.
Sospechaban que esa mujer tan espiritual y guiada por los
principios de Dios había prologado demasiado la lucha con Joziek
revolcándose en el suelo de puro placer y, por accidente, se le había
clavado el cuchillo. Si esto fuera así no podían entregar a Joziek a la
policía. A la casa de Hipolit llega Semian, un jefe de la resistencia
que se había vuelto cobarde.
Sus compañeros temen que se
convierta en delator y le piden a Hipolit que lo mate. Semian actualiza
el sentimiento de que todos estaban atados a la patria, todos eran
instrumentos de todos los demás, y a cada cual le estaba permitido
servirse del instrumento con la mayor temeridad, para la causa común.
La presencia del recién llegado convirtió a Karol en un soldado,
preparado a dispararse como un perro al oír la orden.
Pero no era
sólo él, la miseria romántica tan repelente unos instantes atrás cedió
de pronto, y todos en la mesa, como si fueran una patrulla, esperaban
la orden para entregarse a la lucha. Mientras tanto Fryderyk seguía
maniobrando para juntar a Henia con Karol, esta vez utilizando al
prometido. Le dio unos papeles en un teatro escrito por él y los hacía
actuar en el parque, participaban de una escena extraña.
Los
jóvenes, según desde dónde se los mirara, recitaban con ademanes
poéticos o caían en el pasto para revolcarse. Lo único que atinó a
decir el pobre Waclaw, que observaba la escena desde el lugar en que lo
había puesto Fryderyk, es que eso de caer tan pronto y luego levantarse
era raro, que así no se hacía, que le parecía que ella no se había
entregado a él.
Esto le resultaba peor que si hubieran vivido
juntos, que si se le hubiera entregado él podía defenderse, pero así
no, porque entre ellos ocurría de otro modo, y al no habérsele
entregado Henia era todavía más de Karol. Llegando al final de la
novela hay un intercambio de mensajes escritos entre Gombrowicz y
Fryderyk, es un intento que hacen los adultos por saber qué pasa.
Fryderyk
confiesa que no tiene un plan determinado, que actúa siguiendo las
líneas de tensión y del apetito. Él piensa que los jóvenes no se juntan
porque sería demasiada plenitud para los otros, que se les acercan y
flirtean porque quieren hacerlo gracias a los otros, a través de los
otros y también de Waclaw, por los otros. Lo peligroso de todo esto es
que Fryderyk siente que ha caído en manos de unos seres frívolos.
Unas
manos apenas crecidas empujaban, en la plenitud de su desarrollo
intelectual y moral, a su propio pensamiento y pasión a hacer todo lo
que estaba haciendo, se sentía como un Cristo crucificado en una cruz
de dieciséis años. Y llegamos al final. Los adultos no se animan a
matar a Semian y le piden a Karol que lo haga con la irresponsabilidad
de la juventud para quitarle gravedad a un crimen tan siniestro.
Waclaw, que está preparando su propia muerte entra
al cuarto de Semian y lo mata. Apaga la luz y se enmascara con un
pañuelo para que no lo reconozca Karol cuando le abra la puerta. Karol
no lo reconoce y lo mata creyendo que es Semian. Queda un cabo suelto,
Joziek, el joven al que no se lo puede entregar a la policía porque es
inocente, entonces, Fryderyk lo mata.
Y no se sabe si lo mata para
guardar sin mancha la memoria de doña Amelia que había caído en el
pecado original, o para ponerle el punto final a la no consumación de
los jóvenes. Hania y Karol sonríen. “Sonríen como sonríe la juventud
cuando no sabe cómo salir de un apuro. Y durante unos segundos, ellos y
nosotros, en nuestra catástrofe, nos miramos a los ojos”.






































