
WITOLD GOMBROWICZ Y SUS PRIMEROS GARABATOS
Stanislaw
Balinski despertó el primer interés de Gombrowicz en la literatura y
los tribunales de Varsovia fueron testigos de sus primeros garabatos
literarios. Este miembro de una familia aristocrática conoció a un
Gombrowicz niño. Poeta, novelista y traductor, miembro del grupo
Skamander, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores en París y
en Londres durante la guerra, no volvió a Polonia.
Cuando tenía
siete años la familia de Gombrowicz se mudó a Varsovia. Witold
prosiguió sus estudios en un curso particular organizado por la señora
Balinski para uno de sus hijos. La casa aristocrática de la familia
Balinski era por entonces uno de los centros intelectuales más
importantes de Varsovia, una casa aristocrática que Gombrowicz
frecuentó durante mucho tiempo.
Los
primeros contactos de Gombrowicz con los hijos de los aristócratas
varsovianos lo deprimieron. Se sentía torpe, y el saberse diferente de
los demás lo llevó a distanciarse de su familia, de la escuela y de sí
mismo. Creyendo que su mundología dejaba mucho que desear se preocupaba
constantemente de los modos de comportarse en sociedad y de su falta de
modales.
Gombrowicz envidiaba de los aristócratas la facilidad que
tenían para imponerse y una desenvoltura en los modales que parecían
innatas, así como un espíritu que, por esencial, debía dominarlo todo.
En sus relaciones con los adultos se sentía paralizado por sus
defectos, a menudo imaginarios, lo cual aumentaba todavía más su
timidez, su torpeza y su distancia.
Este sentimiento de
inferioridad consolidaría uno de los rasgos de su carácter: una timidez
externa ligada a una seguridad interior. Consciente de la superioridad
de ciertos adultos de su entorno, evitaba las discusiones con ellos por
miedo a parecer ridículo. Gombrowicz pasaba las tardes en casa de
Ignacy Balinski, el padre de Stanislaw, una mansión que se consideraba
ilustrada, rica en contactos con París y Londres, abierta al arte y a
la literatura.
Por
supuesto no tenía acceso a unos desayunos solemnes en cuyo transcurso
Ignacy Balinski recibía al nuncio apostólico y a otros personajes del
cuerpo diplomático. “Stanislaw Balinski se dignaba de vez en cuando a
iniciar a los mocoso en las hazañas de los poetas de los grupos
‘Pikador’ y ‘Skamander’, que inauguraban su ofensiva poética. Fue mi
primer contacto con la literatura (...)”
“Escuchaba con
admiración aquellos rumores ceremoniosos sobre diversas locuras,
excentricidades, provocaciones de Tuwin, Lechon, Slonimski y absorbía
las palabras de sus primeros poemas sin entender casi nada. Creo que
Stanislaw jamás habrá imaginado que este tímido y torpe joven se
transformaría un buen día en el enemigo número uno del grupo
‘Skamander’ y de muchas más cosas que el propio Stanislaw apreciaba:
ignoraba que estaba criando cuervos (...)”
“Pienso
que, todavía hoy, le debe resultar difícil creer que el Gombrowicz de
‘Ferdydurke’ y del ‘Diario’ es el mismo dócil Gombrowicz de antaño que
recibía sus revelaciones poéticas con una piedad casi religiosa”.
Gombrowicz había terminado sus estudios en París y vuelto a sus
vacaciones de Polonia, sólo había pisado dos veces el Instituto de
Estudios Internacionales y, en realidad, los estudios nunca habían
comenzado.
Para calmar la irritación que tenía el padre a raíz
de su holgazanería inició sus prácticas de pasante con un juez de
instrucción en los tribunales de Varsovia. En esa época escribe cuatro
novelas cortas, eran los años de su práctica no rentada en los
tribunales, trabajaba en el despecho de un juez de instrucción en el
que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases.
Gombrowicz
tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el
hombre era inocente por naturaleza, no era una convicción que dedujera
de alguna filosofía sino un sentimiento espontáneo que no podía
combatir. Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y
nada le satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena
verdaderamente loca y ajena a los estándares del razonamiento común.
Esta
irracionalidad, sin embargo, estaba sólidamente establecida dentro de
su propia lógica. Sus primeras tentativas literarias manifestaban, y
Gombrowicz se daba cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y
universal. Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba
la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo
aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un holgazán.
El juez le entregaba expedientes con la
investigación policial preliminar, lo distinguía con los asuntos
interesantes porque sabía jugar al ajedrez. Cuando terminó las cuatro
novelas cortas que había escrito ese año no se las mostró a nadie, por
vergüenza. El trabajo literario le parecía un poco ridículo, ser
artista era para él una falta de tacto, y las iniciativas que tomaba en
ese sentido le parecían condenadas a una afectación incurable.
Se
divertía jugando al tenis, escribiendo cuentos, no consideraba a sus
prácticas de pasante como un trabajo verdadero, se sentía como un
verdadero parásito. Le confesó a una joven las tribulaciones en las que
se encontraba por tener una vida fácil. Ella lo escuchó con atención y
le respondió que era claro que tenía una vida fácil, pero que para él
su vida fácil era más difícil que lo que podía ser para otros su vida
dura.
Se le estaba presentando la posibilidad de realizar una
operación que tiene una gran utilidad en el arte, la transformación de
los propios defectos en valor. Por el momento se dedicaba a elaborar
cuentos fantásticos dejando para más adelante su ajuste de cuentas con
la vida, con la suya y con la de los demás. El tribunal llegó a ser
para Gombrowicz una especie de agujero por el penetraba en la miseria
de la existencia.
Pero
los jueces, los fiscales y los abogados, aunque mejores que los
propietarios terratenientes, se hallaban lejos de la perfección, ellos
también eran caricaturas. La vida miserable deformaba al proletariado,
las comodidades y el ocio deformaban a los terratenientes. Pero esa
intelligentsia urbana también estaba desfigurada por su modo de vivir.
Había
que destruir esa forma, había que imponer otra que permitiera a la
superioridad acercarse a la inferioridad para establecer con ella una
relación creativa, pero no sabía cómo realizarlo. Gombrowicz se sintió
desde muy joven como actor de una mala obra teatral, con un papel
estrecho y banal, y sin ninguna posibilidad de lucirse. Es así que se
fue preparando poco a poco con la conciencia de esta inferioridad
esperando tiempos mejores.
Lo
que sí sabía, sin ninguna duda, es que él no era culpable de nada, la
culpable era la situación. A pesar de la confusión que tenía en la
cabeza y de que la actividad de escribir no estaba bien vista entre los
miembros de su familia, de a poco se fue convirtiendo en un escritor,
apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”. Había una
paradoja, sin embargo, en esa convicción de sus tíos del campo.
Esta
paradoja despertaba la perplejidad de Gombrowicz, si sus acciones iban
a influir en el futuro, era responsable, por lo menos en parte, de lo
que ocurría en el mundo. Pero si su propia vida estaba regida por
circunstancias que escapaban a su control, entonces no era responsable
de sus acciones. Y esta paradoja nos lleva de la mano, porque una cosa
que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber
cuánto de loco estaba.
En
la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la
literatura, pero él quería experimentar en su gran laboratorio, sacar
consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que sufría
su imaginación. En un estudio realizado por una famosa psiquiatra
ginebrina se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus
pacientes relatos de sus experiencias mentales.
Estas experiencias
coincidían en muchos aspectos con las experiencias que describen los
existencialistas y, especialmente, con las experiencias vividas por
ciertos héroes de las novelas y del teatro de Sartre. “El menor gesto
se extiende a todo el universo. La piedra que arrojé al agua hace un
momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás una estela de
ondas; siento que puede ser la causa remota de un naufragio en el
océano (...)”
“En
consecuencia, yo seré la causa de ese naufragio, y tendré que asumir la
responsabilidad total... ¡Soy culpable de todo, absolutamente de todo!
Por mi mera existencia soy culpable y complico al mundo entero en mi
ignominia... ¡Qué terrible es esta carga eterna sobre nuestros hombros
humanos! No estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no
obstante verse obligada a comprometerse siempre de manera total”.
La
paciente, que verdadera y sinceramente intentó vivir según los
rigurosos principios existencialistas del compromiso y la
responsabilidad, finalmente, perdió por completo la razón. Imaginemos
por un momento que en el mismo instituto psiquiátrico en el que se
encontraba internada la paciente, hubiera estado también internado
Gombrowicz, un asunto nada improbable pues durante buena parte de su
vida le anduvo dando vueltas por la cabeza la idea de que estaba loco.
¿Qué
hubiera estado haciendo nuestro amigo?, tirando piedras al agua,
seguramente. Gombrowicz no soportaba el compromiso y la responsabilidad
existencialistas, los consideraba una enfermedad que producía una
deformación en el hombre, era una carga muy pesada para la naturaleza
humana. La idea de una conciencia cada vez más profunda para alcanzar
la existencia auténtica debía conducir a la locura.
El compromiso
y la responsabilidad tientan al hombre a resolver con su propia cabeza
los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce
resultados catastróficos. Gombrowicz comienza entonces a tirar piedras
en el agua, se presenta como un paseante pequeño burgués que sólo por
azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas y poderosas.
Gombrowicz es un representante ejemplar de una vida que huye
del compromiso y de la responsabilidad, esas categorías que condujeron
a la paciente a la locura, su metafísica intenta soportar a todos los
hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, una metafísica que
abarque todos los tipos de existencia, tan irresistible arriba como
abajo. De este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la
responsabilidad excesivos nacen algunos reproches que se le hacen a su
falta de sinceridad y a su histrionismo.
Pero
hay que recordar que la literatura es escurridiza y lo obliga al
escritor a rebotar con las paredes del lenguaje y del objeto. El bufón
que todos llevamos dentro del alma nos habla muy claramente de las
ganas que tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor flexibilidad
y de una forma menos definida.
Si alguna cosa en el mundo, sea
la cosa que fuere, no le permite al hombre pensar, reír y sentir
libremente, puede que no alcance para volverlo loco, pero lo pone en el
camino de la locura. “Los jueces de instrucción ejercían sus funciones
en un edificio de la calle Nowy Zjazd, a orillas del Vístula. Mi jefe,
el juez Myszkorowski, tenía asignados dos cuartos que daban a un largo
pasillo atestado de presos y de policías (...)”
“En
el primer cuarto, nosotros, los pasantes, teníamos tres escritorios, el
otro escritorio estaba ocupado por el juez. Nuestra tarea consistía
básicamente en instruir los expedientes penales dirigidos al tribunal
de primera instancia. Se trataba de asuntos judiciales bastante serios,
el juez me entregaba el dossier de la investigación preliminar llevada
a cabo por la policía (...)”
“Durante el año y pico que trabajé
en el despacho del juez tuve ocasión de tratar con un hampa de diversas
clases: autores de asesinatos, crímenes políticos, eróticos, robos,
estafas. Tratábamos a veces con algún loco o teníamos que asistir a
autopsias, lo cual no podía ser incluido entre las cosas agradables.
Pudiera parecer que de este contacto con la miseria y el crimen debería
haber sacado enseñanzas de suma importancia (...)”
“Sin
embargo, no fue así, sucedió lo contrario. Había constatado desde hacía
tiempo que el hombre no se habitúa a nada tan rápidamente como a ese
bajo fondo de la existencia, sobre todo si contacta con ellos
profesionalmente, como médico o como juez. El trabajo en el tribunal no
me ocupaba demasiado tiempo, en total unos dos días por semana, el
resto del tiempo lo ocupaba leyendo (...)”
“Devoraba al azar
una cantidad considerable de libros. Volví también a otra de mis
ocupaciones abandonada hacía tiempo: escribir. Esta vez, sin embargo,
ya no se trataba de obras abortadas en su propia concepción, sino de un
trabajo sagaz y calculado para dar un resultado concreto. Me puse a
escribir obras cortas, es decir, cuentos, con la idea de que si no
salían bien esos cuentos los quemaría y empezaría de nuevo a escribir
otra cosa (...)”
“A pesar de vivir en Varsovia, a pesar de mi
trabajo presente de pasante, seguía siendo un muchacho de campo, un
producto típico de mi universo terrateniente, pero aún así me iba
introduciendo poco a poco en el mundillo artístico. En un comienzo,
exceptuando a Stanislaw Balinski, en quien no confiaba demasiado en
esta materia, no conocía a nadie del mundo literario (...)”
“Proseguía
mi práctica de pasante, era un trabajo que me convenía, me dejaba
tiempo suficiente para la literatura y, además, había adquirido tal
destreza en la redacción de los protocolos que, en los momentos menos
tensos de la sesión, garabateaba a escondidas mis pequeñas obras
literarias”
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