
WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARAS
“Se
acercaba el verano. Volví de mis largas vacaciones en Francia y así
terminaron mis estudios en París. A decir verdad, nunca habían
comenzado: no sé si durante toda mi estancia fui más de dos veces al
dichoso Instituto de Estudios Internacionales. A pesar de ello, mi
confrontación con Occidente fue extremadamente importante: agudizó mi
especificidad polaca y me introdujo en Europa (...)”
Polonia,
vista tras una estancia bastante larga en el extranjero, resultó ser
menos instructiva que París, pude comprender por primera vez con una
mirada más amplia las cosas en medio de las cuales crecí y que, debido
a eso, nunca habían llamado mi atención. Un recuerdo desagradable me ha
quedado grabado en la memoria, no sé exactamente por qué éste y no otro
(...)”
“Al día siguiente de
regresar de París, subí a un tranvía en Varsovia... ¡Las caras! Caras
apáticas, abúlicas, apagadas, míseras... esa indigencia paralizadora,
como un sueño... esa pesadez eslava... Y esa raras vestimentas, no
europeas, exóticas”. A decir verdad Gombrowicz, con el tiempo, llegaba
a querer los lugares donde vivía pero no se sentía bien en ninguna
parte.
Decir que no se sentía bien en Polonia es casi una
perogrullada. Un tarde, en un café de Varsovia se sentó a la mesa de
Tadeuz Boy Zelenski, un escritor y traductor de literatura francesa, y
le dijo que él, en Polonia, se sentía como un pasajero sentado sobre
una silla, que la silla estaba sobre una caja, la caja sobre unas
bolsas, las bolsas sobre un carro, el carro sobre un barco, el barco
sobre el agua, pero no sabía dónde estaba la tierra firme: –Como todos
nosotros, le respondió Boy.
Consigo mismo tampoco se sentía bien
porque, según le parecía a él, en Polonia no se daban cuenta de las
relaciones que existen entre el arte y el mundo espiritual con la
enfermedad. Para los polacos el artista no es un neurótico que se cura
a sí mismo como dice Freud, sino un creador con un exceso de fuerza
vital y salud llamado talento. Mientras tanto Gombrowicz andaba penando
con las perturbaciones psíquicas de su herencia.
También
penaba con sus anormalidades, y esta falta de valor y estas
anormalidades eran justamente las que le permitían ubicar su obra en un
clima más real y más trágico. Le permitían también adquirir una
distancia en relación a su debilidad y un sentido más agudo sobre la
salud y la normalidad. Pero los polacos no entendían que un enfermo
sabe mejor que un sano lo que es la salud, al igual que un hambriento
sabe mejor lo que es el pan.
Y tampoco se sintió bien en París
cuando fue a completar sus estudios: “¿Le gusta París?; –Así, así. A
decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la
cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas
me aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle
en gracia?; –Bueno, no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las
perspectivas de la Place de la Concorde? (...)”
“Cómo
no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima
que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos
son más bien feos y carecen de encanto...”. Sobre el aspecto y el
encanto de los polacos tampoco estaba muy seguro. Su amigo, Tonio
Sobanski, uno de los hombres más característicos de la Varsovia de
preguerra y de las transformaciones que se producían en Polonia, no
confiaba demasiado en las caras de los polacos.
Sobanski era
un conde terrateniente, un bohemio que detestaba el campo, que había
roto con las tradiciones y que había asimilado todos los fermentos
intelectuales y artísticos de Europa. Gombrowicz estaba deslumbrado con
ese aristócrata extraordinariamente inteligente, un europeo de una gran
cultura y de modales perfectos. No era snob ni un pedante amanerado,
era un hombre de elite, pero su terreno de acción se limitaba a la
clase superior.
Más
que nadie sabía que el encanto de una nación, su capacidad de fascinar
y seducir, eran armas más poderosas que los cañones, y que el mundo
trataba de un modo totalmente diferente a un pueblo que lo impresionara
por su estilo y por su encanto. “Veía en el país un material de primera
categoría, los polacos estaban llenos de temperamento, de fantasía,
eran sensibles al arte (...)”
“Los polacos hubieran podido
seducir al mundo si no fuera por una terrible combinación de
esclerosis, de provincialismo, de falsa vergüenza, de pathos y de una
virilidad militar forzada, una mezcolanza que les confería una rigidez
atroz: –¡Qué horror!, dijo inesperadamente una tarde mientras
caminábamos; –¿Qué cosa?; –¡Las caras!”. La cuestión de las caras llegó
a tener mucha importancia para Gombrowicz.
En
muchos pasajes de sus obras hizo todo lo posible por desacreditar a
esas caras e intentó reemplazarlas con el culo. La cara y sus
habitantes: los ojos, la boca, la nariz y la orejas; el culo y sus
proximidades: las manos, los dedos, los muslos y las espaldas se
convirtieron en los representantes plenipotenciarios de la forma y de
la inmadurez, una estructura con la que Gombrowicz procuraba ordenar
todos los desbordes de su imaginación.
En “Ferdydurke”
desmonta la mistificación de los ideales recurriendo a un duelo de
muecas entre estudiantes que termina en una violación que se hacen por
las orejas, y desmorona a la modernidad en un amasijo de cuerpos en el
que un profesor trata de mantener su dignidad utilizando los orificios
de su nariz mientras los juventones, la colegiala y el colegial se dan
bofetadas, se agarran de los mentones y de las rodillas.
También
se muerden las costillas y enloquecen en un montón hormigueante. En
otras ocasiones se refiere a las caras como un soporte de partes. En
uno de los primeros intentos que hizo en los diarios, al que podríamos
considerar al margen de la literatura, se las arregla para desvincular
a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando mano a Creta y a
las caras.
Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un
ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso. A medida
que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del comedor
y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la conversación se
centraba también en el Renacimiento, una adoración por Grecia, por
Roma, por la belleza desnuda y la llamada del cuerpo.
La
conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se
le pegó el cretino, leitmotive de toda la narración, pero no de una
manera renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica. Llegado a
este punto del relato le advierte al lector que él sabe muy bien que no
debería escribir sobre esto. De vuelta en la ciudad se dirigió al café
Rex pero, de repente, desde el café París, le hicieron señas.
Son
unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa
comiendo bizcochos que mojan en la crema. Pero era una mistificación,
la verdad es que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte
apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y la acción de comer
consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado en la
cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban también sobre
la cara.
Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se
marcha alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo
cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo
obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo. Al salir del
café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca una
persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo, lo
saluda, le da las gracias y se va.
Cuando
iba a ponerlo de vuelta y media al cretino, se da cuenta que no es
cretino, puesto que sólo quería conocerlo y lo había conocido. Se
empiezan a encender las luces de la noche, pasan los coches, caminan
los transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las casas. En el balcón
de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer. Él
también les hace señas.
Henryk y su mujer hablan y hacen señas.
Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas.
De pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña..., ¿pero
qué es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una
botella. Gombrowicz hace señas. De repente ella, pero no, Gombrowicz no
puede hacer él mismo de cretino, sin embargo, si tiene que
desenmascarar al Cretino debe hacer él mismo de cretino.
Entonces
ella le enseña a Gombrowicz, hasta que Henryk se asoma y ella le enseña
con saña a Henryk, ¿pero qué es lo que enseña?, después de lo cual los
dos se ensañan ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá. Esto
sí que Gombrowicz ya no puedo decirlo, está por encima de sus fuerzas.
Estas aventuras que tiene Gombrowicz en Acassuso y en el café París son
como una réplica de aquel otro París.
“Largo tiempo después de mi
estancia en París rastreaba en Polonia las huellas de esa falta de
europeísmo. Trataba de describir en qué consistía esa condición
fronteriza de Polonia respecto a Europa. Lo que saltaba a la vista era
el proletariado, el pueblo, comenzaba a comprender: en Occidente no
existe el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término
(...)”
“Había
trabajadores intelectuales y trabajadores físicos, pero, por lo
general, la miseria no alcanzaba un estado tan grave como para crear de
verdad una nueva categoría de hombres, otra clase. Unas criadas
descalzas por las calles de París era algo inconcebible. Pero mi
europeísmo no me impedía de ninguna manera permanecer en Polonia, ni
tampoco me empujaba a realizar un nuevo viaje (...)”
“Era
demasiado perezoso y no cabía duda que vivir en el regazo de la familia
resultaba mucho más agradable que vagabundear por los hoteles. No
presionaba, pues, a mis padres, quienes, por otra parte, no se hacían
ilusiones en cuanto mis estudios en el Instituto. Renuncié a continuar
allí mis estudios y comencé mis prácticas de pasante con el juez de
instrucción Myszkorowski”






































