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WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARAS

Enviado por Cinosargo el 15/01/2010 a las 16:42
Cinosargo
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LAS CARAS

“Se acercaba el verano. Volví de mis largas vacaciones en Francia y así terminaron mis estudios en París. A decir verdad, nunca habían comenzado: no sé si durante toda mi estancia fui más de dos veces al dichoso Instituto de Estudios Internacionales. A pesar de ello, mi confrontación con Occidente fue extremadamente importante: agudizó mi especificidad polaca y me introdujo en Europa (...)”
Polonia, vista tras una estancia bastante larga en el extranjero, resultó ser menos instructiva que París, pude comprender por primera vez con una mirada más amplia las cosas en medio de las cuales crecí y que, debido a eso, nunca habían llamado mi atención. Un recuerdo desagradable me ha quedado grabado en la memoria, no sé exactamente por qué éste y no otro (...)”

“Al día siguiente de regresar de París, subí a un tranvía en Varsovia... ¡Las caras! Caras apáticas, abúlicas, apagadas, míseras... esa indigencia paralizadora, como un sueño... esa pesadez eslava... Y esa raras vestimentas, no europeas, exóticas”. A decir verdad Gombrowicz, con el tiempo, llegaba a querer los lugares donde vivía pero no se sentía bien en ninguna parte.
Decir que no se sentía bien en Polonia es casi una perogrullada. Un tarde, en un café de Varsovia se sentó a la mesa de Tadeuz Boy Zelenski, un escritor y traductor de literatura francesa, y le dijo que él, en Polonia, se sentía como un pasajero sentado sobre una silla, que la silla estaba sobre una caja, la caja sobre unas bolsas, las bolsas sobre un carro, el carro sobre un barco, el barco sobre el agua, pero no sabía dónde estaba la tierra firme: –Como todos nosotros, le respondió Boy.

Consigo mismo tampoco se sentía bien porque, según le parecía a él, en Polonia no se daban cuenta de las relaciones que existen entre el arte y el mundo espiritual con la enfermedad. Para los polacos el artista no es un neurótico que se cura a sí mismo como dice Freud, sino un creador con un exceso de fuerza vital y salud llamado talento. Mientras tanto Gombrowicz andaba penando con las perturbaciones psíquicas de su herencia.
También penaba con sus anormalidades, y esta falta de valor y estas anormalidades eran justamente las que le permitían ubicar su obra en un clima más real y más trágico. Le permitían también adquirir una distancia en relación a su debilidad y un sentido más agudo sobre la salud y la normalidad. Pero los polacos no entendían que un enfermo sabe mejor que un sano lo que es la salud, al igual que un hambriento sabe mejor lo que es el pan.

Y tampoco se sintió bien en París cuando fue a completar sus estudios: “¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno, no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde? (...)”
“Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto...”. Sobre el aspecto y el encanto de los polacos tampoco estaba muy seguro. Su amigo, Tonio Sobanski, uno de los hombres más característicos de la Varsovia de preguerra y de las transformaciones que se producían en Polonia, no confiaba demasiado en las caras de los polacos.

Sobanski era un conde terrateniente, un bohemio que detestaba el campo, que había roto con las tradiciones y que había asimilado todos los fermentos intelectuales y artísticos de Europa. Gombrowicz estaba deslumbrado con ese aristócrata extraordinariamente inteligente, un europeo de una gran cultura y de modales perfectos. No era snob ni un pedante amanerado, era un hombre de elite, pero su terreno de acción se limitaba a la clase superior.
Más que nadie sabía que el encanto de una nación, su capacidad de fascinar y seducir, eran armas más poderosas que los cañones, y que el mundo trataba de un modo totalmente diferente a un pueblo que lo impresionara por su estilo y por su encanto. “Veía en el país un material de primera categoría, los polacos estaban llenos de temperamento, de fantasía, eran sensibles al arte (...)”

“Los polacos hubieran podido seducir al mundo si no fuera por una terrible combinación de esclerosis, de provincialismo, de falsa vergüenza, de pathos y de una virilidad militar forzada, una mezcolanza que les confería una rigidez atroz: –¡Qué horror!, dijo inesperadamente una tarde mientras caminábamos; –¿Qué cosa?; –¡Las caras!”. La cuestión de las caras llegó a tener mucha importancia para Gombrowicz.
En muchos pasajes de sus obras hizo todo lo posible por desacreditar a esas caras e intentó reemplazarlas con el culo. La cara y sus habitantes: los ojos, la boca, la nariz y la orejas; el culo y sus proximidades: las manos, los dedos, los muslos y las espaldas se convirtieron en los representantes plenipotenciarios de la forma y de la inmadurez, una estructura con la que Gombrowicz procuraba ordenar todos los desbordes de su imaginación.

En “Ferdydurke” desmonta la mistificación de los ideales recurriendo a un duelo de muecas entre estudiantes que termina en una violación que se hacen por las orejas, y desmorona a la modernidad en un amasijo de cuerpos en el que un profesor trata de mantener su dignidad utilizando los orificios de su nariz mientras los juventones, la colegiala y el colegial se dan bofetadas, se agarran de los mentones y de las rodillas.
También se muerden las costillas y enloquecen en un montón hormigueante. En otras ocasiones se refiere a las caras como un soporte de partes. En uno de los primeros intentos que hizo en los diarios,  al que podríamos considerar al margen de la literatura, se las arregla para desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando mano a Creta y a las caras.

Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso. A medida que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del comedor y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la conversación se centraba también en el Renacimiento, una adoración por Grecia, por Roma, por la belleza desnuda y la llamada del cuerpo.
La conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se le pegó el cretino, leitmotive de toda la narración, pero no de una manera renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica. Llegado a este punto del relato le advierte al lector que él sabe muy bien que no debería escribir sobre esto. De vuelta en la ciudad se dirigió al café Rex pero, de repente, desde el café París, le hicieron señas.

Son unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa comiendo bizcochos que mojan en la crema. Pero era una mistificación, la verdad es que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y la acción de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban también sobre la cara.
Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se marcha alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo. Al salir del café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca una persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo, lo saluda, le da las gracias y se va.

Cuando iba a ponerlo de vuelta y media al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que sólo quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces de la noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las casas. En el balcón de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer. Él también les hace señas.
Henryk y su mujer hablan y hacen señas. Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas. De pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña..., ¿pero qué es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una botella. Gombrowicz hace señas. De repente ella, pero no, Gombrowicz no puede hacer él mismo de cretino, sin embargo, si tiene que desenmascarar al Cretino debe hacer él mismo de cretino.

Entonces ella le enseña a Gombrowicz, hasta que Henryk se asoma y ella le enseña con saña a Henryk, ¿pero qué es lo que enseña?, después de lo cual los dos se ensañan ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá. Esto sí que Gombrowicz ya no puedo decirlo, está por encima de sus fuerzas. Estas aventuras que tiene Gombrowicz en Acassuso y en el café París son como una réplica de aquel otro París.
“Largo tiempo después de mi estancia en París rastreaba en Polonia las huellas de esa falta de europeísmo. Trataba de describir en qué consistía esa condición fronteriza de Polonia respecto a Europa. Lo que saltaba a la vista era el proletariado, el pueblo, comenzaba a comprender: en Occidente no existe el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término (...)”

“Había trabajadores intelectuales y trabajadores físicos, pero, por lo general, la miseria no alcanzaba un estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de hombres, otra clase. Unas criadas descalzas por las calles de París era algo inconcebible. Pero mi europeísmo no me impedía de ninguna manera permanecer en Polonia, ni tampoco me empujaba a realizar un nuevo viaje (...)”
“Era demasiado perezoso y no cabía duda que vivir en el regazo de la familia resultaba mucho más agradable que vagabundear por los hoteles. No presionaba, pues, a mis padres, quienes, por otra parte, no se hacían ilusiones en cuanto mis estudios en el Instituto. Renuncié a continuar allí mis estudios y comencé mis prácticas de pasante con el juez de instrucción Myszkorowski”


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