WITOLD GOMBROWICZ Y GABRIELA ZAPOLSKA
“Mis
compatriotas de París me gustaban cada vez menos. Me los encontraba de
vez en cuando, más bien poco, un puñado de estudiantes y unas cuantas
familias polacas ya medio afrancesadas. También acudí una o dos veces a
la embajada y saqué de esas visitas una lección para toda la vida: que
hay que huir de las ostras de esas recepciones en dichas embajadas, así
como del tedio (...)”
“Asimismo asistí, quizás dos veces, a las
celebraciones de la colonia polaca en París. Salí enfadado, furioso,
lleno de una malicia rencorosa... era mucho peor de lo que se podía
esperar, era peor de lo que ya me había disgustado en mi país. ¡Esos
bailes cracovianos, ese Kosciuszko, ese Copérnico, esos sentimientos,
esos discursos... ese terrible farolear ante Europa de nuestro méritos
culturales! (...)”
“Por
supuesto no pretendo aseverar que no tengamos méritos, ni tampoco que
no haya que revelarlos, me refiero a la forma en que se hace, que
demuestra precisamente ese terrible complejo de inferioridad nuestro y
nuestra falta de dignidad e incluso de sentido del humor. Tengo la
costumbre desde hace siete años de anotar en mi diario de escritor todo
lo que me ha molestado o consternado (...)”
“Fijaos que frente a
Dios los polacos se comportan en la iglesia de manera normal y correcta
mientras delante de Polonia se sienten perdidos, es algo a lo que
todavía no se han acostumbrado. Yo quisiera que los polacos adorasen a
Polonia de forma menos ingenua, menos provinciana, que no se
traicionasen tanto con el sentimiento de inferioridad que los devora
cuando están en el extranjero. ¡Oh, Dulska! ¡Egeria inmortal de
Polonia, incluso marxista!”
“La moral de la señora Dulska” de Gabriela
Zapolska, simboliza la hipocresía y mojigatería burguesas. Gabriela
Zapolska, fue una novelista polaca, dramaturga, escritora naturalista,
folletinista, crítica de teatro y actriz. Autora de narraciones
naturalistas en las que denuncia el antisemitismo, defiende posiciones
feministas y evoca la miseria humana y la vulgaridad de la vida
cotidiana, suscitó polémicas que rozaron el escándalo.
“La moral de
la señora Dulska” nos devela un mundo perfumado, donde la dignidad, el
respeto y el amor propio se ven aplastados por la doble moral que
impera en una sociedad de apariencias en la que la mujer impone su
punto de vista y el hombre se resigna. La dotación estándar a la que
echaban mano los polacos en el extranjero para hacerse el autobombo era
la tradicional: Kosciuszko, Copérnico, Chopin, Curie y Mickiewicz.
Gombrowicz
estaba hasta la coronilla con la pleitesía que le rendían los polacos a
sus héroes, pero a los días de pisar Buenos Aires se encuentra otra vez
con ellos, es decir, se los encuentra el Gombrowicz de
“Transatlántico”, y se los encuentra justamente en ese lugar del que
había que huir como del tedio, se los encuentra en la embajada. Fue a
la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies del embajador.
Le
besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y le rogó que en
ese momento sagrado, según fuera su santa voluntad y entender,
dispusiera de su persona. El embajador le pidió que escribiera
artículos para celebrar la gloria de los genios polacos, que por ese
servicio le podía pagar setenta y cinco pesos mensuales. Era necesario
ensalzar a la patria en momentos tan difíciles.
Pero
Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza,
entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le recordó
que la embajada le había rendido homenaje y que lo iba a presentar a
los extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz. Cada nación
pasa por tener un campeón de campeones, el campeón de campeones de
Polonia es Nicolás Copérnico.
Desde
los primeros escarceos literarios de Gombrowicz con el mundo de la
inmadurez y de la forma hasta el Premio Internacional de Literatura
pasaron muchos años. Cuando finalmente recibió ese premio Gombrowicz
golpeó a los polacos de muy buena gana, como siempre lo hacía, para que
sintieran en carne viva los errores que habían cometido con su persona.
“¡Oh,
literatura polaca! Yo, el andrajoso, el desplumado, el maltratado, yo,
el presumido, el renegado, el traidor, el megalómano, deposito a tus
pies este laurel internacional, el más sagrado desde los tiempos de
Sienkiewicz y de Reymont! ¡Lo veis palurdos! Qué fácil es permanecer
con Copérnico, resulta más difícil adoptar una actitud inteligente y
honesta con los valores vivos de la nación”
Desde Copérnico hasta el presente los polacos
han tenido la costumbre de poner el mundo patas para arriba o, para
decirlo de una manera más apropiada, de cambiarle el centro a las
cosas. Los medios de comunicación internacionales han dando la vuelta a
la tierra con la noticia de que un polaco se despertó después de veinte
años de estar en coma. El pobre hombre se había dormido cuando Polonia
era todavía comunista y se despertó en medio de una Polonia copada por
los ultranacionalistascatólicos.
La condición de personas que
se acuestan en una cama comunista y se despiertan en una cama no
comunista es la condición de la mayoría de los polacos. La diferencia
con el polaco que durmió durante veinte años es la de que los polacos
no duermen porque no los dejan dormir. A pesar de que no duermen tiene
una resistencia natural a cambiar, de hecho se comportan como personas
que estuvieran dormidas.
Gombrowicz ha escrito palabras memorables sobre los polacos y,
aunque en este caso es más difícil elegir páginas, en casi todas ellas
pone de relieve una naturaleza polaca atada al pasado. “Sois como un
pobre que presume de que su abuelita tenía una granja y viajaba a
París. Nada de lo que le es propio al hombre debe impresionarlo; de tal
modo que si nos impresiona nuestra grandeza o nuestro pasado, ésa es la
prueba de que aún no lo llevamos en la sangre”
A pesar de todo
Gombrowicz pensaba que hay un alter ego polaco que estaba pidiendo a
gritos el derecho a la palabra, para destacar el hecho de que el rasgo
más característico del pueblo polaco, producido por la historia, es la
exageración. La virilidad, la violencia psíquica, el amor a la patria,
la fe, la honradez, el honor tienen en Polonia un quantum de exceso.
El
alter ego que existe dentro del polaco, ahogado por las costumbres y el
pasado, intenta negar esta exageración, pero le resulta muy difícil
rebelarse contra ella. Hay pueblos que alcanza la grandeza conquistando
naciones, hay otros que la alcanzan con el romanticismo, pero en uno o
en otro caso nos encontramos con problemas. Frederic Chopin es
considerado uno de los más importantes compositores y pianistas de la
historia.
Su
perfección técnica, su refinamiento estilístico y su elaboración
armónica han sido comparadas con las de Johann Sebastian Bach, Wolfgang
Amadeus Mozart y hasta de Ludwig van Beethoven por su perdurable
influencia en la música de tiempos posteriores. La obra de Chopin
representa el romanticismo musical en su estado más puro. Si por su
situación geográfica y por su historia Polonia se veía condenada a
estar eternamente desgarrada, entonces había que cambiar algo en los
polacos para salvar su humanidad.
Los artistas y los intelectuales
polacos fueron también responsables de no ajustar las cuentas con ese
pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica
y por su situación especial en el mundo, para que la leyenda polaca del
romanticismo y del idealismo, de la que Chopin y Mickiewicz eran los
campeones, se extinguiera.
“Un
día tuve ocasión de participar en una de esas reuniones de polacos
dedicadas a darse ánimos mutuamente..., donde, tras haber cantado la
Rota y bailado un krakowiak, todo el mundo se puso a escuchar a un
orador que exaltaba a nuestro pueblo porque había dado al mundo a
Chopin, porque teníamos a Curie-Sklodowska y a Mickiewicz, y además
porque fuimos el último baluarte del cristianismo (...)”
“También
porque la constitución del 3 de mayo había sido muy progresista.
Explicaba a sí mismo y a todos los asistentes que éramos una gran
nación, lo cual tal vez ya no despertaba el entusiasmo en los oyentes
(conocían ese ritual y participaban en él como en un acto religioso del
que no se debían esperar sorpresas), que, sin embargo, lo recibían con
cierta satisfacción por haber cumplido con un deber patriótico (...)”
“Pero
yo veía esa ceremonia como venida directamente del infierno; esa misa
nacional se me antojaba un espectáculo diabólicamente sarcástico y
malignamente grotesco. Porque ellos al exaltar a Curie-Sklodowska y a
Mickiewicz se humillaban a sí mismos, y cuando glorificaban a Chopin
demostraban que no eran dignos de él, y, deleitándose con su propia
cultura, dejaban al descubierto su barbarie”
Adam Mickiewicz,
Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski son los tres poetas profetas de
Polonia, y a partir de estos guías espirituales de la nación Gombrowicz
empieza a recorrer un largo camino que culmina cuando pronuncia su
conferencia "Contra los Poetas", una de las piezas literarias más
analizadas por los hombres de letras hispanohablantes. La grandeza del
hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en
la que el hombre trata de ser dueño y señor.
La
postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre,
en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico
recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo
supera. Mickiewicz es la postura romántica del aguante y el
sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo
somete y lo hace víctima de un mundo que los supera.
“Empezaba a
crecer en mí un espíritu de resistencia frente a nuestra obstinada e
incansable propaganda y frente a las inclinaciones patrióticas que nos
incitaban siempre a pregonar a Polonia en el extranjero. Pero en
aquellos años, en París, no me sentí capaz todavía de tomar una postura
clara con respecto a la nación, cosa que no sucedió hasta después de la
última guerra, cuando me puse a escribir ‘Transatlántico’ (...)”
“De
cualquier forma, París contribuyó mucho en el año 1928 a intensificar
mis relaciones con ella. La vi desde afuera. Desde el extranjero. Fue
muy instructivo”. “Transatlántico” es una ajuste de cuentas que hace
Gombrowicz entre el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese
pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica
y por su situación especial en el mundo.
El
propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo
haciéndola más resistente al abrumador predominio de la masa. Esta
presión contra la patria va creciendo hasta que Gombrowicz pronuncia la
blasfemia increíble del comienzo de “Transatlántico”. Pasados diez años
de escritas estas páginas sacrílegas en las que maldice a Polonia, pone
en el diario que en ese barco, en "Transatlántico", había regresado a
su patria.
“¡Volved, compatriotas, marchad, marchad, marchad a
vuestra nación! ¡Marchad a vuestra santísima y tal vez también maldita
nación! ¡Volved a ese santo monstruo oscuro que está reventando desde
hace siglos sin poder acabar de reventar! ¡Volved a ese santo engendro
vuestro, maldito por la naturaleza, que no ha dejado un solo momento de
nacer y que, sin embargo, continúa nonato! ¡Marchad, marchad para que
él no os deje ni vivir ni reventar y os mantenga siempre entre le ser y
la nada! (...)”
“!Marchar
a esa santa babosa para que os vuelva más moluscos! ¡Volved a vuestra
demente, a vuestra loca y santa y ay, tal vez maldita aberración para
que con sus saltos y sus locuras os torture, os atormente, os inunde de
sangre, os ensordezca con sus gritos y rugidos, os martirice con su
suplicio, así como a vuestros hijos y a vuestras mujeres, hasta la
muerte, hasta la agonía, y que ella misma en la agonía de su demencia
os enloquezca, os perturbe!”
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