
WITOLD GOMBROWICZ Y EL ABATE BARCELOS
“Mi
situación no tenía nada de envidiable, estaba solo frente a una banda
de gente muy segura de sí misma y que no paraba de burlarse de todo
cuanto podía, totalmente solo con mis ideas provincianas y con mi
francés que, sin ser un desastre, no podía compararse a la fluidez y
agilidad de su lenguaje. Comprendí que tenía que obrar con sensatez,
que no podía permitirme ni una pizca de estupidez (...)”
“Que mi
inteligencia tenía que reflejarse no solamente en mis palabras, sino
también en el mismo modo de hablar, escuchar, en la mirada... Había
llegado la hora de poner a prueba toda mi sabiduría polaca que crecía
lentamente. Este juego se volvía cada vez más serio, hasta que al final
íbamos a ese café como a un campo de batalla para librar un combate que
duraba varios días y estaba muy lejos de concluir (...)”
“Para
mí, todo eso tenía una importancia capital. Como polaco, como
representante de una cultura más débil, tuve que defender mi soberanía,
no podía permitir que París se me impusiera. Y durante esas batallas me
di cuenta de que lo que hasta entonces me había impedido gozar de París
fue justamente eso: la necesidad de preservar mi independencia,
dignidad y orgullo (...)”
“Tenía que evitar a toda costa
convertirme en un alumno, imitador, acólito, admirador y mirón.
Atribuyo una importancia enorme a aquellas discusiones enconadas que
tuvieron lugar en la pequeña cafetería del Boul’Mich, en aquella mesa
del rincón; fue allí y entonces cuando por primera vez cogí por los
cuernos a un toro con el que luego me enfrentaría en numerosas
ocasiones, el toro de la superioridad occidental (...)”
“Veo la
escena como si hubiera ocurrido ayer: junto a la pared había un sofá de
cuero donde estaban sentados unos hombres, al parecer dependientes de
la tienda, que se reían de nosotros y se inmiscuían en nuestra
conversación; de lado, aunque en principio sentado en otra mesa,
participaba también un poeta catalán, el padre Barcelos, mientras
nosotros, seis o siete con el chino Mon chou, discutíamos arduamente
gritando como desesperados (...)”
“La
dialéctica es la madre de la ciencia. Fue entonces cuando descubrí el
método apropiado para polemizar con París”. A Gombrowicz le gustaba
discutir con los curas, acerca del catolicismo, el existencialismo y el
marxismo sobre todo. El abate Barcelos y el padre Jan Parsieb son
religiosos que se ponen en contacto con Gombrowicz en distintos
momentos de su vida por razones diversas: la cárcel y su despedida de
la Argentina.
Unos meses antes de su partida de la Argentina, el
padre Jan Pasierb le hace una entrevista a Gombrowicz en la que se
interesa por algunas cuestiones: cuándo y por qué había perdido la fe;
quiénes era sus escritores católicos favoritos; cómo definiría la
cultura. “Me resulta difícil mantener una relación con el catolicismo,
porque me cuesta grandes esfuerzos y sacrificios intelectuales. En
principio, el catolicismo está en contradicción con mi visión del mundo
(...)”
“Sin
embargo, con el tiempo, he ido adoptando una postura cada vez más
desconfiada y crítica frente el intelectualismo contemporáneo y esa
desconfianza tiende a reconciliarme con el catolicismo. En primer
lugar, el catolicismo le ofrece al creyente una visión coherente del
hombre, lo cual le permite no tratar de resolver los problemas por su
cuenta, intento que, por lo general, da resultados catastróficos (...)”
“Por eso, mi actitud hacia el catolicismo es positiva, aunque
no sea creyente. Fui creyente hasta los catorce años y dejé de serlo
sin el menor trastorno. Nunca he tenido necesidad de una fe. Sin
embargo, no soy ateo, porque para un hombre que se enfrenta al misterio
de la existencia, cualquier solución es posible. Pascal es mi escritor
católico favorito, no me gustan los novelistas, a Mauriac por ejemplo
no lo puedo soportar (...)”
“Sí,
a medida que envejezco me hago cada vez más partidario de las
temperaturas medias. Es una postura dialéctica. La cultura tiende a los
extremismos, pero mi espíritu de contradicción me lleva en la dirección
contraria. Mi actitud intelectual presente es crítica de los
extremismos. Por otra parte, al adoptar esta actitud centrista me
convierto en un representante típico de la cultura polaca, que ha sido
siempre una cultura mediadora (...)”
“En cuanto a la cultura,
yo pienso que la cultura es una violación, la violación de un débil por
un poderoso”. El cortocircuito de Gombrowicz con el pensamiento se le
produce cuando mira a la razón desde las ventanas de sus narraciones y
de sus piezas de teatro. No es tanto el Gombrowicz filósofo el que se
ríe de la conciencia, de la angustia y de la nada, son los personaje de
sus obras, ese Gombrowicz irresponsable el que se ríe a carcajadas.
El
Gombrowicz filósofo no desacredita ni se burla del Gombrowicz artista,
pero el Gombrowicz artista no se cansa de desmontar las plantaciones
que hace el Gombrowicz filósofo, ni de reírsele en la cara. “El
existencialismo no es una moda, ni una locura, ni algo decadente, sino
una de las más serias necesidades del desarrollo humano actual, una
corriente creativa que se proyecta en el futuro (...)”
“El
existencialismo es uno de los factores más esenciales que conforman la
mentalidad, si no de América, cuando menos de Europa, y los marxistas,
por su propio interés, deberían mirar, algo que está más allá de sus
narices marxoidales”. Gombrowicz encontraba en los polacos una
resistencia sistemática que se oponía a la asimilación del
existencialismo, y no sabía bien si debía esta aversión.
Era
quizás la aversión tipo sármata que tienen los polacos a pensar
demasiado, o causada por un pasado cultural algo pueblerino, o con
origen en el aislamiento del pensamiento libre en el que había caído
Polonia desde el advenimiento del comunismo. Esta falta de orientación
de los polacos respecto al existencialismo los separaba de Occidente
más que el corte de los pantalones o la cantidad de coches.
A
los católicos polacos no les interesaba el existencialismo porque
consideraban a la filosofía como una especialidad de los ateos. Se
olvidaban que sus verdades reveladas debían ser tratadas a un nivel de
profundidad acorde con un desarrollo mental al que habían contribuido
durante siglos muchos sabios laicos. Al católico no debiera resultarle
indiferente el nivel mental del hombre ni los límites de su conciencia
Es justamente en esta dirección que
el existencialismo ha profundizado la sensibilidad religiosa del hombre
y enriquecido la fe con contenidos nuevos. A los marxistas polacos
tampoco les interesaba demasiado el existencialismo porque se
consideraban poseedores de un conocimiento supremo de la vida,
cometiendo el mismo pecado que los católicos, ellos le encargaban al
materialismo dialéctico la solución de los misterios, así como los
católicos se la encargaban a Dios.
“Pero a los marxistas se les
debería decir que la humanidad no se acaba en Marx y que ese orgulloso
aislamiento detrás de la muralla china de cualquier pensamiento
posterior al comunismo, poco a poco va convirtiendo al marxismo teórico
en una sabiduría cada vez más estéril, caduca y aburrida, como puede
ser aburrido repetir siempre la misma cosa. La presente crisis
intelectual por la que atraviesa esta doctrina, que hoy en día no puede
vanagloriarse de contar siquiera con un nombre ilustre, se debe
precisamente a la incapacidad de asimilar ideas nuevas”
Gombrowicz
quiere darles una lección a los polacos que piensan que las
abstracciones no sirven para nada y que sólo lo concreto y la realidad
son verdaderos, y quiere darles una lección pues resulta que justamente
el existencialismo piensa la misma cosa.
Kierkegaard, el
petimetre danés que inventó el existencialismo, anunció urbi et orbi
que el razonamiento hegeliano era impotente, y era impotente porque se
vale solamente de conceptos. La diferencia entre un concepto y el
objeto del que se lo abstrae es la de que el objeto existe y el
concepto no existe, por esta razón las filosofías no tiene utilidad en
la vida concreta pues sólo elaboran fórmulas y sistemas lógicos de
conceptos.
“Si para el polaco el existencialismo no se personifica
en la figura de un anarquista con barba y pelo largo, de todos modos
comienza y termina en Sartre, quien también, según esta versión, es un
bobalicón ateo e inmoral que predica que todo lo que se nos antoje está
permitido. En realidad, este Sartre, aunque ateo, es precisamente un
moralista y trata de servirnos un nuevo alimento ético (...)”
“De
todas formas, con Sartre no termina esta nueva escuela del pensamiento
sobre la vida, sino que también existe la riquísima variante del
existencialismo cristiano, en el que descuellan nombres célebres”.
Cuando se tomó unas largas vacaciones en Santiago del Estero,
Gombrowicz dio una conferencia sobre la ciencia y la filosofía a los
estudiantes de la Universidad de Tucumán.
Dígame, señor
Gombrowicz, ¿qué es la existencia?; –La existencia es lo que no es y no
es lo que es. El estudiante creyó que le estaban tomando el pelo, se
levantó y se fue. Lo que Sartre intenta decir en este trabalenguas es
que la existencia, contrario sensu a las cosas, es un movimiento, y
mientras los objetos inanimados son idénticos a sí mismos, son lo que
son, la vida es cambio.
Hasta
la llegada del existencialismo la lógica de las cosas era la lógica de
la filosofía, pero cuando Kiekegaard escoge como objeto de su
pensamiento, no el mundo de las cosas, sino la existencia misma, pone
al universo patas para arriba. El desideratum del pensamiento
existencialista es, por un lado, su rechazo a la abstracción y a los
sistemas teóricos, y por otro, el intento de aprehender todo lo que se
mueve para atrapar al mundo en su desarrollo y en su movimiento.
Algunos
filósofos creen que la dialéctica hegeliana puede hacerse cargo de este
segundo deseo vehemente del existencialismo, pero la diferencia que
existe entre la visión dialéctica y la visión existencialista, es la
misma que existe entre las sensaciones de una persona que observa un
coche moviéndose a toda velocidad y las sensaciones de otra que va
sentada dentro de ese mismo coche.
El existencialismo va más
allá del rechazo a la abstracción y del intento por aprehender el
movimiento, sostiene también que el hombre, en el curso de su
desarrollo crea su propia ley, de lo que deviene un ser imprevisible
sujeto a un proceso continuo de formación, tanto la de él como la de
sus normas.
Pero no sólo los pensadores y los filósofos laicos han
sido tomados por el sentimiento angustioso de que todo le estaba
desapareciendo bajo los pies. En el café Boul’Mich cerca del Panteón en
París, Gombrowicz sostuvo en su juventud discusiones interesantes sobre
este punto con el abate Barcelos y con los amiguetes del chino Chou. La
iglesia desea que el hombre haga el uso más completo de la razón, ya
que la razón utilizada con propiedad también nos conduce a Dios.
Pero
los sacerdotes deben tener en cuenta las dificultades originadas en el
hecho de que el desarrollo de la razón es cada vez más acelerado, por
lo que la interpretación racional de las verdades reveladas sufre
continuamente en el tiempo nuevas transformaciones, y cada decenio es
más profunda y rica en descubrimientos. El abate Barcelos le tenía
aprecio a Gombrowicz.
Lo
consideraba una oveja descarriada pues ese joven de buena familia había
llegado a relacionarse con algunos tratantes de blancas, y por el
aprecio que le tenía tuvo que intervenir en una mediación importante y
providencial que lo salvó de la cárcel. El alma sigue luchando con los
demonios indomables de la abstracción y del movimiento, es la misma
lucha que había emprendido Kierkegaard ciento cincuenta años atrás.
“Y
cuando llega a nuestros oídos un gemido porque la humanidad rompe todas
las normas, porque está creciendo la dinámica de nuestros tiempos, la
relatividad y el carácter funcional de todo cuanto nos rodea, todo ello
no es más que la expresión del miedo ante ese segundo demonio cuyo
nombre es movimiento, desarrollo, devenir (...)”
“El
existencialismo se encuentra a cien millas de la solución de estos
problemas, consiste más bien en dar la cabeza contra el implacable muro
que ellos forman. Pero al menos tiene la ventaja de formular nuestras
inquietudes más profundas, tanto las de Europa Occidental, como las
inquietudes que tiene origen en los menos conscientes dolores nuestros,
los dolores polacos”
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