
WITOLD GOMBROWICZ Y HENRI BERGSON
Gombrowicz
emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo,
provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París
caminaba por las calles y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su
indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una
guerra implacable. Como polaco, como representante de una cultura más
débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se
le impusiera.
La necesidad de preservar su independencia y su
dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París. “Por
aquel entonces escribía cuentos a escondidas y en mi cabeza no entraba
otro proyecto. Pero mi familia había tomado la decisión de enviarme a
París a continuar mis estudios y yo no estaba tan loco como para
resistirme (...)”
“Por
supuesto, podía ir a París, tanto más cuanto que esos estudios me
permitían aplazar ese servicio militar al que temía con verdadero
pánico. En el Instituto de Altos Estudios Internacionales donde estaba
matriculado, había muchos jóvenes interesantes llegados del mundo
entero, pero de nada me servía porque iba muy poco la célebre escuela y
me había hartado de estudiar (,...)”
“En París no visité nada y
toda mi estancia allí se limitaba a andar tontamente por las calles
parisienses. Cuando se lo cuento a los argentinos que durante años han
guardado dinero en el calcetín para poder permitirse una peregrinación
la Ville Lumière sus dientes crujen. Sin embargo mi indiferencia por
París no era más que una apariencia. El chino Chou, a quien
cariñosamente llamaba Mon chou, me arrastró a uno de los cafés cercanos
al Panteón y me presentó a sus amiguetes (...)”
“Era una juventud con estímulo, vivaz,
violenta, incisiva, que poseía una notable capacidad para la
formulación. Venían también unos cuantos curas, sospecho que más bien
por el placer de discutir que para luchar contra los incrédulos. Yo me
comportaba con extrema reserva. Mi instinto me aconsejaba no ponerme a
la vista y no llamar la atención. Estaba contento cuando se me tomaba
por un inglés, pero una noche tuve con ellos un pequeño altercado
(...)”
“¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado
nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los
edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen;
–¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno...
más o menos... no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de
la Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico
y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura...
Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto
(...)”
“Mis
comentarios fueron recibidos con regocijo. Les apasionaba discutir,
frecuentemente nos enredábamos en las marañas de la filosofía de
Bergson o en la cuestión anarquista”. Gombrowicz pensaba que uno es
joven hasta los veinticuatro años, pues bien, el fue joven entonces
hasta 1928, año en que se encuentra en París, un momento de la historia
en el que ya habían fermentado todas las revoluciones del pensamiento.
Estas
revoluciones tuvieron lugar en los cien años que van entre la mitad del
siglo diecinueve y la mitad del veinte, y aunque Gombrowicz no era
científico ni filósofo quedó muy afectado por todo esto. Kant tiene que
vérselas con el empirismo de Hume y con la ciencia fisicomatemática de
Newton, y su pensamiento termina oliendo a mecánica racional. Un siglo
después las cosas se habían puesto bastante turbias con el historicismo
de Hegel y el positivismo de Comte.
Gombrowicz
tuvo las manos libres desde joven para ponerle distancia al realismo y
al positivismo, pues el realismo y el positivismo son maneras pesadas e
ingenuas de ver la realidad. Los positivistas polacos pusieron el
acento en realismo del nosotros y de las cosas, mientras que Gombrowicz
lo puso en el realismo de su yo sin dejar por eso de ser un camaleón.
Poco
a poco Gombrowicz fue desarrollando una naturaleza camaleónica para
despistar y afirmar su yo. En él existen tres personas distintas: el
inferior, el hijo de buena familia, y el de la obra, tres naturalezas
que no se mezclaban ni en su persona ni en su obra, como líquidos que
no se diluyen en otros. Hay personas que sueñan con desaparecer, otras
que sueñan con ser invisibles... en fin, hay muchos sueños.
Henri
Bergson era el filósofo que apasionaba a los franceses en el tiempo en
que Gombrowicz hace su peregrinación a París, y era el tema de
discusión más importante en la mesa del café donde discutía con los
amiguetes del chino Chou. Aunque Gombrowicz no se plegaba a la maraña
de filosofemas de Bergson, sin embargo el filósofo era para él de gran
utilidad en su reacción contra el positivismo de Comte y en su combate
con la ciencia.
Bergson
buscó la solución a los problemas metafísicos en el análisis de los
fenómenos de la conciencia. En el terreno filosófico, actualizó la
tradición del espiritualismo francés y encarnó la reacción contra el
positivismo y el intelectualismo de finales de siglo diecinueve.
Se
entrega al estudio de todos aquellos modos de ser que escapan a la
medida y a la ciencia, y que exigen un modo de conocimiento distinto.
Se separaba así del positivismo para adentrarse en la filosofía de la
intuición.
Henri Bergson se propone hacer una descripción de los
estados de conciencia aprehendidos directamente mediante la
introspección, y contra la psicología experimental positivista, que
pretende poner en relación los datos internos de la conciencia con los
hechos físicos externos. El filósofo pone bien en claro que los hechos
psíquicos se viven en una dimensión distinta a los hechos físicos.
El
tiempo vivido por la conciencia es una duración real en la que el
estado psíquico presente conserva el proceso del cual proviene y es a
la vez algo nuevo. Todos los estados de la conciencia se compenetran y
dan vida a una amalgama en continua evolución. La ciencia y el sentido
común chocan en cambio contra dualismos irresolubles: materia-espíritu,
extensión-pensamiento, necesidad-libertad.
La metafísica penetra
en el fondo, invirtiendo la dirección natural del pensamiento con un
acto de conocimiento interior que Bergson llama intuición. La intuición
es esa simpatía mediante la cual uno se inserta en la interioridad de
un objeto para coincidir con lo que éste tiene de único. Con la
intuición, Bergson encuentra un método cognoscitivo contrapuesto al
método científico y adaptado a un objeto que la ciencia, por su propia
naturaleza, deja fuera.
Bergson
rechaza el modelo determinista así como también rechaza el
evolucionismo finalista, ya que ambos niegan la espontaneidad y la
novedad del proceso real. La evolución de la realidad es un ímpetu
vital (élan vital), acción que continuamente se crea y se enriquece. La
vida natural crece como un haz de estrellas, como un fuego de artificio
que se bifurca al estallar en varias direcciones.
El principal
aporte de Henri Bergson al arte lo constituye la doctrina de la
intuición, pues gracias a la intuición el hombre es capaz de plasmar en
imágenes, no menos que en pensamientos, la esencia profunda,
indivisible y, como tal, inefable, de la realidad. El artista, así como
el filósofo, se expresa no tanto mediante el lenguaje, cuanto a pesar
del lenguaje.
Enlazando
con el ímpetu vital que ha llevado al mundo a su evolución, Bergson
constata que la naturaleza ha orientado al hombre hacia la evolución
social, lo mismo que a las hormigas o a las abejas. Pero los logros del
hombre no están predeterminados como los de aquéllas, sino que dependen
de su inteligencia y de su voluntad. Lo que más acerca al hombre al
impulso creador, es precisamente la moral y la religión.
Pero
hay que distinguir una doble moral: la cerrada, que es una moral de
hábitos, que la comunidad inculca en sus miembros para su
autosupervivencia, y que rige solamente para los miembros de esa
comunidad, y una moral abierta, incluso de amor, que no conoce límites,
que se extiende a todos los hombres, e incluso a todo lo creado. El
positivismo y las ciencias no mantienen su compromiso de fidelidad con
los hechos.
El tiempo de la experiencia concreta escapa a la
mecánica, que trata el tiempo como una serie de instantes, uno junto a
otro; un tiempo espacializado y reversible (se puede dar marcha atrás y
repetir el experimento); los instantes son externos e iguales, es el
tiempo isocrónico de Newton. Pero el tiempo de la conciencia no es así,
su rasgo básico es la duración.
El
yo vive el presente con el recuerdo del pasado y la anticipación del
futuro, que sólo existen en la conciencia que los unifica. Los
instantes valen de diferente modo, un momento penetra en otro y queda
ligado a él. Es inútil ir a la búsqueda del tiempo perdido: no hay
reversibilidad del tiempo. El tiempo es nuevo a cada instante y
requiere un método específico.
A Gombrowicz le tocó polemizar con
los pensamientos más importantes de nuestro tiempo, el existencialismo
y el marxismo, sin el apoyo de las creencias ni de la iglesia católica,
a las que también combatía. La época de Gombrowicz sucedía a otra en la
que había triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los
campos, parecía entonces que la ignorancia podía ser erradicada por el
esfuerzo tenaz de la razón.
Este
impulso intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la
segunda guerra mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se
desparramaron por toda Europa ampliando explosivamente los horizontes
de los hombres dedicados al pensamiento. Gombrowicz empieza a darse
cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo,
aparecía una nueva engendrada, justamente, por el intelecto, una
estupidez desgraciadamente intelectual.
La vieja visión del mundo
que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia, estaba
siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el
mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja
autoridad. El mundo del pensamiento empezó a caracterizarse por una
extraordinaria ingenuidad, a la que animaba una juventud sorprendente,
los intelectuales nos exhortaban a que pensáramos nosotros mismos, con
nuestra propia cabeza.
Las
ideas podían tener un salvoconducto si se las comprendía personalmente,
y no sólo eso, teníamos que experimentarlas en nuestra vida, había que
tomarlas en serio y alimentarlas con nuestra propia sangre. “Los
resultados funestos no se hicieron esperar. Empezaron a proliferar
pensadores fundamentales que se remontaban hasta las fuentes para
construir mundos nuevos. La filosofía se hizo obligatoria (...)”
“Pero
el acceso al pensamiento más elevado y más profundo, jalonado de
grandes nombres, no es fácil, y henos aquí hundidos en la horrible
ciénaga del pensamiento aproximado, no digerido, en el lodo, en el
barrizal de la cuasi profundidad”. El aumento de este exceso de
responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el conocimiento y la
verdad dejaron de ser la preocupación principal del intelectual, una
preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que
descubrieran su ignorancia.
El
intelectual, atiborrado de conocimientos que no termina de asimilar,
anda con rodeos para no dejarse pescar, entonces toma algunas medidas
de precaución bastante ingeniosas: enmascara la formulación de los
pensamientos, utiliza nociones pero no las desarrolla, dando por
sentado que son perfectamente conocidas por todo el mundo, y todo esto
lo hace para ocultar su ignorancia.
“Ha nacido una destreza
particular que consiste en esgrimir hábilmente unas ideas no asimiladas
poniendo cara como que todo está perfecto orden. Ha surgido un arte
particular de citar y utilizar los nombres”. La omnipresencia de Sartre
en la segunda mitad del siglo XX termina por cerrarle el cerco a los
intelectuales, Sartre les exige que se comprometan y que elijan, que se
pongan en pro o en contra.
Cuando expone los postulados de su
exhortación en “Situations”, los pobres burgueses pensantes toman
conciencia de que para entender la idea de la libertad, había que leer
antes la setecientas páginas de “El ser y la nada”, y de que, como el
fundamento de esta obra es una ontología fenomenológica, había que leer
antes a Husserl..., y antes a Hegel..., y antes a Kant, y antes
Descartes.
“Pregunto:
¿cuántos de los que discutieron las tesis de Sartre se habrían atrevido
a presentarse ante una comisión de examen para mostrar cuánto sabían? Y
(teniendo en cuenta el trabajo incansable del vientre femenino), todos
los elementos de esta mascarada tienen que multiplicarse y aumentar de
día en día. Ah, la sociabilidad ha adquirido de pronto un aspecto
inesperado (...)”
“Estamos ya tan hartos de esas verdades
últimas y profundas que hay que alimentar con la propia sangre que, no
sabiendo finalmente cómo conciliar nuestro bostezo con la importancia
de nuestra empresa, empezamos a preocuparnos únicamente por guardar las
apariencias”. Sartre va acumulando poco a poco toda la patología de
nuestra época, pone en crisis la grandeza de la literatura y la
convierte en una literatura funcional.
La
voz más categórica de su espíritu desciende al terreno llano para
desempeñar el papel de un maestro pedante y moralista. Como no consigue
unir el dominio de la verdad esencial con los asuntos cotidianos, le
asigna al escritor una función social. Sus instrucciones positivas
sobre el papel del escritor en la sociedad contienen todas las
debilidades propias de los sermones, sean religiosos o marxistas, y son
ajenas a los filósofos más antiguos, menos producidos y más naturales.
“Ellos
no experimentaban esos deseos de autodestrucción y de autodescrédito
propios del intelectual de hoy que, no confiando en sí mismo, se
esfuerza por adoptar un tono brutal prestado de una esfera inferior. La
protagonista de una de las novelas de Thomas Mann, tras acostarse con
un ascensorista del hotel exclama extasiada: ‘¡Caray, yo, madame de no
sé cuánto, poeta, persona mundana, con un botones desnudo en la cama!
(...)”
“Para
mí esta anécdota encaja muy bien con Sartre, no tanto por la dialéctica
de infraestructura y de superestructura que contiene, cuanto por el
ascensor. Porque incluso en nuestra época ocurre a veces que un
escrupuloso, asustado por la idea de que lo que lo ha llevado tan alto
no es su propia esencia sino un mecanismo, aprieta el botón de la misma
máquina para descender cuanto antes”
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