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WITOLD GOMBROWICZ Y HENRI BERGSON

Enviado por Cinosargo el 08/01/2010 a las 10:31
Cinosargo
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y HENRI BERGSON

Gombrowicz emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa. En París caminaba por las calles y no tenía curiosidad por nada, sin embrago, su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco, como representante de una cultura más débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera.
La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París. “Por aquel entonces escribía cuentos a escondidas y en mi cabeza no entraba otro proyecto. Pero mi familia había tomado la decisión de enviarme a París a continuar mis estudios y yo no estaba tan loco como para resistirme (...)”

“Por supuesto, podía ir a París, tanto más cuanto que esos estudios me permitían aplazar ese servicio militar al que temía con verdadero pánico. En el Instituto de Altos Estudios Internacionales donde estaba matriculado, había muchos jóvenes interesantes llegados del mundo entero, pero de nada me servía porque iba muy poco la célebre escuela y me había hartado de estudiar (,...)”
“En París no visité nada y toda mi estancia allí se limitaba a andar tontamente por las calles parisienses. Cuando se lo cuento a los argentinos que durante años han guardado dinero en el calcetín para poder permitirse una peregrinación la Ville Lumière sus dientes crujen. Sin embargo mi indiferencia por París no era más que una apariencia. El chino Chou, a quien cariñosamente llamaba Mon chou, me arrastró a uno de los cafés cercanos al Panteón y me presentó a sus amiguetes (...)”

“Era una juventud con estímulo, vivaz, violenta, incisiva, que poseía una notable capacidad para la formulación. Venían también unos cuantos curas, sospecho que más bien por el placer de discutir que para luchar contra los incrédulos. Yo me comportaba con extrema reserva. Mi instinto me aconsejaba no ponerme a la vista y no llamar la atención. Estaba contento cuando se me tomaba por un inglés, pero una noche tuve con ellos un pequeño altercado (...)”
“¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno... más o menos... no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto (...)”

“Mis comentarios fueron recibidos con regocijo. Les apasionaba discutir, frecuentemente nos enredábamos en las marañas de la filosofía de Bergson o en la cuestión anarquista”. Gombrowicz pensaba que uno es joven hasta los veinticuatro años, pues bien, el fue joven entonces hasta 1928, año en que se encuentra en París, un momento de la historia en el que ya habían fermentado todas las revoluciones del pensamiento.
Estas revoluciones tuvieron lugar en los cien años que van entre la mitad del siglo diecinueve y la mitad del veinte, y aunque Gombrowicz no era científico ni filósofo quedó muy afectado por todo esto. Kant tiene que vérselas con el empirismo de Hume y con la ciencia fisicomatemática de Newton, y su pensamiento termina oliendo a mecánica racional. Un siglo después las cosas se habían puesto bastante turbias con el historicismo de Hegel y el positivismo de Comte.

Gombrowicz tuvo las manos libres desde joven para ponerle distancia al realismo y al positivismo, pues el realismo y el positivismo son maneras pesadas e ingenuas de ver la realidad. Los positivistas polacos pusieron el acento en realismo del nosotros y de las cosas, mientras que Gombrowicz lo puso en el realismo de su yo sin dejar por eso de ser un camaleón.
Poco a poco Gombrowicz fue desarrollando una naturaleza camaleónica para despistar y afirmar su yo. En él existen tres personas distintas: el inferior, el hijo de buena familia, y el de la obra, tres naturalezas que no se mezclaban ni en su persona ni en su obra, como líquidos que no se diluyen en otros. Hay personas que sueñan con desaparecer, otras que sueñan con ser invisibles... en fin, hay muchos sueños.

Henri Bergson era el filósofo que apasionaba a los franceses en el tiempo en que Gombrowicz hace su peregrinación a París, y era el tema de discusión más importante en la mesa del café donde discutía con los amiguetes del chino Chou. Aunque Gombrowicz no se plegaba a la maraña de filosofemas de Bergson, sin embargo el filósofo era para él de gran utilidad en su reacción contra el positivismo de Comte y en su combate con la ciencia.
Bergson buscó la solución a los problemas metafísicos en el análisis de los fenómenos de la conciencia. En el terreno filosófico, actualizó la tradición del espiritualismo francés y encarnó la reacción contra el positivismo y el intelectualismo de finales de siglo diecinueve.
Se entrega al estudio de todos aquellos modos de ser que escapan a la medida y a la ciencia, y que exigen un modo de conocimiento distinto. Se separaba así del positivismo para adentrarse en la filosofía de la intuición.

Henri Bergson se propone hacer una descripción de los estados de conciencia aprehendidos directamente mediante la introspección, y contra la psicología experimental positivista, que pretende poner en relación los datos internos de la conciencia con los hechos físicos externos. El filósofo pone bien en claro que los hechos psíquicos se viven en una dimensión distinta a los hechos físicos.
El tiempo vivido por la conciencia es una duración real en la que el estado psíquico presente conserva el proceso del cual proviene y es a la vez algo nuevo. Todos los estados de la conciencia se compenetran y dan vida a una amalgama en continua evolución. La ciencia y el sentido común chocan en cambio contra dualismos irresolubles: materia-espíritu, extensión-pensamiento, necesidad-libertad.

La metafísica penetra en el fondo, invirtiendo la dirección natural del pensamiento con un acto de conocimiento interior que Bergson llama intuición. La intuición es esa simpatía mediante la cual uno se inserta en la interioridad de un objeto para coincidir con lo que éste tiene de único. Con la intuición, Bergson encuentra un método cognoscitivo contrapuesto al método científico y adaptado a un objeto que la ciencia, por su propia naturaleza, deja fuera.
Bergson rechaza el modelo determinista así como también rechaza el evolucionismo finalista, ya que ambos niegan la espontaneidad y la novedad del proceso real. La evolución de la realidad es un ímpetu vital (élan vital), acción que continuamente se crea y se enriquece. La vida natural crece como un haz de estrellas, como un fuego de artificio que se bifurca al estallar en varias direcciones.

El principal aporte de Henri Bergson al arte lo constituye la doctrina de la intuición, pues gracias a la intuición el hombre es capaz de plasmar en imágenes, no menos que en pensamientos, la esencia profunda, indivisible y, como tal, inefable, de la realidad. El artista, así como el filósofo, se expresa no tanto mediante el lenguaje, cuanto a pesar del lenguaje.
Enlazando con el ímpetu vital que ha llevado al mundo a su evolución, Bergson constata que la naturaleza ha orientado al hombre hacia la evolución social, lo mismo que a las hormigas o a las abejas. Pero los logros del hombre no están predeterminados como los de aquéllas, sino que dependen de su inteligencia y de su voluntad. Lo que más acerca al hombre al impulso creador, es precisamente la moral y la religión.

Pero hay que distinguir una doble moral: la cerrada, que es una moral de hábitos, que la comunidad inculca en sus miembros para su autosupervivencia, y que rige solamente para los miembros de esa comunidad, y una moral abierta, incluso de amor, que no conoce límites, que se extiende a todos los hombres, e incluso a todo lo creado. El positivismo y las ciencias no mantienen su compromiso de fidelidad con los hechos.
El tiempo de la experiencia concreta escapa a la mecánica, que trata el tiempo como una serie de instantes, uno junto a otro; un tiempo espacializado y reversible (se puede dar marcha atrás y repetir el experimento); los instantes son externos e iguales, es el tiempo isocrónico de Newton. Pero el tiempo de la conciencia no es así, su rasgo básico es la duración.

El yo vive el presente con el recuerdo del pasado y la anticipación del futuro, que sólo existen en la conciencia que los unifica. Los instantes valen de diferente modo, un momento penetra en otro y queda ligado a él. Es inútil ir a la búsqueda del tiempo perdido: no hay reversibilidad del tiempo. El tiempo es nuevo a cada instante y requiere un método específico.
A Gombrowicz le tocó polemizar con los pensamientos más importantes de nuestro tiempo, el existencialismo y el marxismo, sin el apoyo de las creencias ni de la iglesia católica, a las que también combatía. La época de Gombrowicz sucedía a otra en la que había triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos, parecía entonces que la ignorancia podía ser erradicada por el esfuerzo tenaz de la razón.

Este impulso intelectual creció hasta alcanzar su apogeo después de la segunda guerra mundial, cuando el marxismo y el existencialismo se desparramaron por toda Europa ampliando explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al pensamiento. Gombrowicz empieza a darse cuenta de que, si bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo, aparecía una nueva engendrada, justamente, por el intelecto, una estupidez desgraciadamente intelectual.
La vieja visión del mundo que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia, estaba siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar el mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja autoridad. El mundo del pensamiento empezó a caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad, a la que animaba una juventud sorprendente, los intelectuales nos exhortaban a que pensáramos nosotros mismos, con nuestra propia cabeza.

Las ideas podían tener un salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo eso, teníamos que experimentarlas en nuestra vida, había que tomarlas en serio y alimentarlas con nuestra propia sangre. “Los resultados funestos no se hicieron esperar. Empezaron a proliferar pensadores fundamentales que se remontaban hasta las fuentes para construir mundos nuevos. La filosofía se hizo obligatoria (...)”
“Pero el acceso al pensamiento más elevado y más profundo, jalonado de grandes nombres, no es fácil, y henos aquí hundidos en la horrible ciénaga del pensamiento aproximado, no digerido, en el lodo, en el barrizal de la cuasi profundidad”. El aumento de este exceso de responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el conocimiento y la verdad dejaron de ser la preocupación principal del intelectual, una preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que descubrieran su ignorancia.

El intelectual, atiborrado de conocimientos que no termina de asimilar, anda con rodeos para no dejarse pescar, entonces toma algunas medidas de precaución bastante ingeniosas: enmascara la formulación de los pensamientos, utiliza nociones pero no las desarrolla, dando por sentado que son perfectamente conocidas por todo el mundo, y todo esto lo hace para ocultar su ignorancia.
“Ha nacido una destreza particular que consiste en esgrimir hábilmente unas ideas no asimiladas poniendo cara como que todo está perfecto orden. Ha surgido un arte particular de citar y utilizar los nombres”. La omnipresencia de Sartre en la segunda mitad del siglo XX termina por cerrarle el cerco a los intelectuales, Sartre les exige que se comprometan y que elijan, que se pongan en pro o en contra.

Cuando expone los postulados de su exhortación en “Situations”, los pobres burgueses pensantes toman conciencia de que para entender la idea de la libertad, había que leer antes la setecientas páginas de “El ser y la nada”, y de que, como el fundamento de esta obra es una ontología fenomenológica, había que leer antes a Husserl..., y antes a Hegel..., y antes a Kant, y antes Descartes.
“Pregunto: ¿cuántos de los que discutieron las tesis de Sartre se habrían atrevido a presentarse ante una comisión de examen para mostrar cuánto sabían? Y (teniendo en cuenta el trabajo incansable del vientre femenino), todos los elementos de esta mascarada tienen que multiplicarse y aumentar de día en día. Ah, la sociabilidad ha adquirido de pronto un aspecto inesperado (...)”

“Estamos ya tan hartos de esas verdades últimas y profundas que hay que alimentar con la propia sangre que, no sabiendo finalmente cómo conciliar nuestro bostezo con la importancia de nuestra empresa, empezamos a preocuparnos únicamente por guardar las apariencias”. Sartre va acumulando poco a poco toda la patología de nuestra época, pone en crisis la grandeza de la literatura y la convierte en una literatura funcional.
La voz más categórica de su espíritu desciende al terreno llano para desempeñar el papel de un maestro pedante y moralista. Como no consigue unir el dominio de la verdad esencial con los asuntos cotidianos, le asigna al escritor una función social. Sus instrucciones positivas sobre el papel del escritor en la sociedad contienen todas las debilidades propias de los sermones, sean religiosos o marxistas, y son ajenas a los filósofos más antiguos, menos producidos y más naturales.

“Ellos no experimentaban esos deseos de autodestrucción y de autodescrédito propios del intelectual de hoy que, no confiando en sí mismo, se esfuerza por adoptar un tono brutal prestado de una esfera inferior. La protagonista de una de las novelas de Thomas Mann, tras acostarse con un ascensorista del hotel exclama extasiada: ‘¡Caray, yo, madame de no sé cuánto, poeta, persona mundana, con un botones desnudo en la cama! (...)”
“Para mí esta anécdota encaja muy bien con Sartre, no tanto por la dialéctica de infraestructura y de superestructura que contiene, cuanto por el ascensor. Porque incluso en nuestra época ocurre a veces que un escrupuloso, asustado por la idea de que lo que lo ha llevado tan alto no es su propia esencia sino un mecanismo, aprieta el botón de la misma máquina para descender cuanto antes”

 


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