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WITOLD GOMBROWICZ Y LEÓN BOURGEOIS

Enviado por Cinosargo el 01/01/2010 a las 16:41
Cinosargo


JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LEÓN BOURGEOIS

“Mi hermano Janusz acababa de casarse y su mujer era dueña de una finca en la región de Ilza que se llamaba Potoczek. La mansión estaba situada en medio de unos bosques inmensos surcados por una línea de cinco lagos que se extendía uno detrás de otro a lo largo de varios kilómetros hasta el pueblo. Mi hermano y su mujer vivían entonces en Maloszyce y no iban casi nunca a esa mansión (...)”
“Una casa en medio del bosque, es siempre algo melancólico. Pero qué decir de una casa en medio del bosque cuando no hay nadie en ella, cuando el crepúsculo aparece agonizante y nada lo enturbia, cuando la noche es noche de verdad, con todas sus locuras, con los aullidos y ladridos desesperados de los perros... La servidumbre hacía lo que podía para tenerme contento (...)”

“Me aburría, comía y vagabundeaba por el bosque, volvía a casa, comía, me acostaba para dormir y aguzaba  la oreja al oír el repentino jolgorio de los perros, los pánicos nocturnos y, aún peor, el silencio lleno de susurros ondulantes de los pinares. La verdad es que tenía una ocupación: escribía una disertación sobre la ‘solidaridad’ de León Bourgeois, un sociólogo francés, un trabajo de seminario (...)”
“Pero toda esa sociología política me aburría y pronto la abandoné. ¿Qué hacer? Me invadió una inquietud imprecisa, un sentimiento cada vez más intenso de que algo no iba como debería ir, algo relacionado conmigo en esta mansión, de que llevaba demasiado tiempo sin dar golpe, que de alguna forma tenía que justificarme, romper con esa vida sibarita ya asfixiante (...)”

“Así, pues, me puse a buscar febrilmente una salida, debía emprender algo, actuar, purificarme por el esfuerzo... ¿qué hacer? El silencio nevado de los árboles que me rodeaban era la única respuesta. Al final, nervioso, casi desesperado, sin saber adónde huir y dónde albergarme, me puse a esbozar una novela, sobre el personaje de un contable, que poco a poco me absorbió hasta tal punto que empecé a trabajar sistemáticamente (...)”
“Mi primera obra que nacía en medio de tantos dolores era muy ramplona. No sólo carecía del precoz talento de Krasinski, quien a la edad de veinte años escribió ‘La no Divina Comedia”, sino que mi salvajismo espiritual, mi falta de habilidad literaria, todos mis fermentos y rudezas, me privaron incluso de esa fluidez que adquiere con facilidad cualquier joven que se mueve en los ambientes literarios (...)”

“Leí un fragmento a mi hermano y a mi cuñada cuando vinieron a verme: –¿Qué horror! Tíralo, da asco. No digas a nadie que te has manchado con semejante parida y en el futuro ocúpate de otra cosa. Mientras mi cuñada Pifink añadía: –Qué pena que no te hayas dedicado más a la caza. En el fondo sabía que tenían razón. Quemé mi obra y me dediqué de nuevo a la sociología de León Bourgeois.
León Bourgeois, abogado y político francés, fue el padre del solidarismo. Diputado, ministro, senador, presidió la primera sesión de la Sociedad de las Naciones en 1920 y en ese mismo año recibió el premio Nobel de la Paz. Se debe a León Bourgeois una nueva fundamentación de lo moral en el hecho de la solidaridad. Según esta teoría, el hombre depende por entero de la sociedad; de ella viene la civilización que nos impregna por todas partes, sin ella no somos nada.

Tenemos frente a ella una deuda que pesa sobre nuestro actuar. Por esto, la solidaridad domina nuestras actuaciones. Así, el mundo de la actividad humana está sometido a la ley de la solidaridad que expresa la dependencia universal de todo frente a todo. Presionados por esta solidaridad, deudores frente a la sociedad de una deuda que nunca lograremos saldar, debemos consagrarnos por entero al bien social: “el bien moral se identifica con las exigencias de la solidaridad”.
En esta moral no se puede hablar, entonces, de deberes para consigo mismo, y menos de deberes para con Dios; no hay más que deberes para con los demás, y estos deberes se expresan por la solidaridad, que nos hace estar siempre atentos de la repercusión de nuestros actos en la vida colectiva.

Abrumado seguramente por las concepciones morales de León Bourgeois Gombrowicz se hunde en esa mansión solitaria en unas monstruosidades literarias cuyo primer intento es abortado por su hermano y su cuñada, pero el joven escritor no ceja.  “El festín de la condesa Kotlubaj” es una de las cuatro novelas cortas que Gombrowicz escribió en el año 1929, unos años después de la novela del contable.
Si en “Crimen premeditado” se nota la relación entre el asunto de la novela y su práctica de pasante con un juez de instrucción en un Tribunal de Varsovia, y en “La virginidad” asistimos a la confusión del erotismo más refinado con la obscenidad total, en “El festín de la condesa Kotlubaj” la cuestión es otra. Cuenta como unos personajes aristócratas organizan comilonas aparentemente vegetarianas con el fin de cultivar la sublimación y las sutilezas del espíritu.

Pero en realidad asistimos a un banquete en el que se sirve una comida muy sabrosa preparada con trozos de un pequeño muchacho. Es una narración absurda y cruel,  construida con elementos sacados de la vida, un absurdo monstruoso que, sin embargo, es una caricatura de la realidad. Esta novela le trajo a Gombrowicz algunos problemas con una familia Kotlubaj de Lituania que casi termina en un asunto de honor, lo retaron a duelo.
Sin embargo, la fuente verdadera de su inspiración había sido Marta Krasinska, parienta directa del conde Zygmunt Krasinski, esposa de un mayorazgo, famosa en aquel entonces por sus hazañas filantrópicas y estéticas. Ese plasma oscuro de la conciencia de Gombrowicz esta vez se le dispara hacia el lado de la crueldad, está preparando el próximo banquete de los aristócratas antropófagos en el rostro infantil de un pequeño enfermizo que observa por la ventana lo que ocurre en el interior del palacio en medio de la lluvia.

La honestidad burguesa de Mann resulta chocante y vacía en nuestros tiempos pero la perversidad de Gombrowicz nos fascina. El protagonista y la condesa Kotlubaj eran amigos, era la amistad de un joven de un medio burgués y una aristócrata de pura raza. Había conquistado la simpatía de la condesa gracias a su altivez, a su agudeza intelectual y a su tendencia al idealismo.
Su espíritu romántico y ligeramente anacrónico le allanaron el camino para asistir por primera vez a los célebres almuerzos vegetarianos de los viernes que daba la condesa Kotlubaj. La condesa maldecía la carne y los olores que despedían las personas que la comían. Era heredera de la familia de los ilustres Krasinski y tenía la convicción arcaica de que bastaba que un salón fuera aristocrático para que todos sus altos propósitos quedaran garantizados.

Un príncipe había aceptado el papel de intelectual y filósofo, una baronesa animaba las reuniones con su canto, era impresionante ver inclinarse a las más grandes fortunas sobre un plato de achicoria en un mundo cruelmente carnívoro. Los tomates rellenos con arroz poseían un sabor inigualable en esas comidas espirituales, las tortillas de espárragos tenían reputación mundial.
Los camareros trajeron una gigantesca coliflor cubierta de mantequilla fresca deliciosamente horneada. Conversaban en forma animada del amor, de la belleza y de la piedad, de que la piedad era más bella que el amor pero que no había que descuidar los modales. ¡Deliciosa coliflor!, exclamó el barón; sí, dijo la condesa mirando el plato con sospechas mientras ordenaba que lo llamaran al cocinero.

Comían la coliflor con una glotonería atroz, sin ningún tipo de modales, el protagonista no pudo contenerse más, estornudó y se levantó de la mesa para ir a buscar un pañuelo, no podía comprender por qué habían perdido tan abruptamente la elegancia y la delicadeza. Volvió al comedor, la enorme bandeja de plata tenía restos de la coliflor, la panza de la condesa parecía la de una mujer en el séptimo mes de embarazo.
El barón hundía la nariz en el plato mientras la marquesa rumiaba moviendo las mandíbulas como una vaca. ¡Divino, maravilloso, efervescente manjar!, exclamaban. El protagonista no comprendía lo que había pasado, entonces empezaron unas aclaraciones que le parecían momento a momento cada vez más extrañas. Se levantaron de la mesa y condujeron sus enormes abdómenes al dorado saloncito Luis XVI.

La alegría de los comensales se alimentaba del desconcierto del protagonista que jamás había presenciado semejante comportamiento. El barón cantaba arias canallescas de opereta. Nosotros, los de la aristocracia, le murmuró al oído la marquesa, adoramos la más completa libertad de las costumbres, somos capaces de emplear expresiones vulgares, sabemos ser frívolos y, en algunas ocasiones, plebeyos.
El barón exclama con aire de superioridad que no eran terroríficos como parecía a primera vista aunque su grosería apareciera como menos aceptable que su elegancia, y la condesa grazna  que, claro, no habían cometido ningún delito, que no eran caníbales y que no se habían comido a nadie, con excepción de... Y todos soltaron una gran carcajada lanzando los cojines al aire.

Estos aristócratas no eran los mismos de la sopa de calabaza, una metamorfosis increíble los había hundido en la hostilidad, el sarcasmo y en una mofa ardiente que sostenían con una altivez y un desprecio que le impedían cualquier manifestación de confianza. Después de soportar un largo rato su propio silencio el joven le recordó a la condesa que le había prometido un ejemplar dedicado de los “Efluvios de mi espíritu”.
La condesa tomó un pequeño volumen encuadernado, le escribió unas palabras y firmó: Condesa Podlubaj, una palabra que quiere decir húrgame la nariz. Cuando el protagonista le señala la equivocación le responde que era distraída y estalla en una risa a mandíbula batiente con todos los demás. Afuera diluviaba con una lluvia de ráfagas de un viento cortante que azotaba los ventanales.

La condesa le preguntó por qué tenía esa expresión de terror, mientras los otros lo acusaban de que estaba escandalizado porque en su ambiente nadie se divertía con tanta imaginación, que ellos cultivaban maneras infinitamente mejores que la de los salvajes aristócratas. Empezaron a fingir que estaban temerosos del juicio del protagonista y se acusaban en público fingiendo arrepentimiento.
Desvanecido, sin saber a qué santo encomendarse o hacia dónde huir, se dirigió suplicante a la marquesa que había hablado con tanta piedad de los niños raquíticos, y le pidió piedad suponiendo que si era capaz de sacrificarse por esos pobres desgraciados podría consolarlo. La marquesa se enjugó las lágrimas de risa que tenía en los ojos y le dijo que cuando los veía caer y levantarse sobre sus piernecitas a esos pobres niños enclenques todavía se sentía fuerte como una encina.

Ahora era demasiado tarde para montar a caballo así que cabalgaba alegremente sobre sus pequeños paralíticos. De pronto intentó mostrarle sus piernas viejas aunque rectas, sanas y todavía fuertes, el protagonista hizo un gesto de espanto. ¿Y el amor, la piedad, la belleza, los presos, los inválidos y las maestras jubiladas? Nos acordamos de todos ellos, le decían en medio de estruendosas risotadas.
Entonces el protagonista empezó a temblar espasmódicamente, finalmente había comprendido dónde se hallaba mientras la lluvia seguía azotando los cristales de las ventanas. ¡De cualquier manera el Señor existe!, balbuceó el pobre tratando desesperadamente de agarrarse de algo, y el barón le respondió que por supuesto que existe, el Señor existe y sale a pasear con la Señora.

La marquesa se sentó al piano mientras el barón y la condesa empezaron a bailotear con elegancia, buen gusto y finura. Ahora sabía de qué se trataba... se lo habían hecho comprender con violencia. ¡Era un baile de caníbales! Faltaba sólo la presencia del pequeño tótem, el monstruillo negro de cabeza cuadrada, labios prominentes y nariz chata que desde algún lugar patrocinaba esas bacanales.
Dirigió la mirada hacia la ventana y vio algo espeluznante... un pequeño rostro infantil, un rostro febril y enfermizo que observaba lo que ocurría en el interior con una mezcla de idiotez y de éxtasis celestial... A la madrugada el protagonista logró salir del palacio y se aventuró en la lluvia, vio bajo la ventana un cuerpo exangüe. Era el cadáver de un muchachito de ocho años, de cabellos rubios y pies descalzos, flaco al punto que... parecía haber sido completamente devorado.

En eso había terminado el pobre Bolek Coliflor, fascinado por la luminosidad de las ventanas, visibles desde lejos en medio de campos inundados. Mientras corría hacia el portón apareció Felipe, el cocinero, vestido de punta en blanco con una distinción de maestro en el arte culinario: “Se inclinó, me miró de reojo y dijo en tono servil: –¡Espero que el señor haya disfrutado nuestra comida vegetariana!”

 


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