
WITOLD GOMBROWICZ Y LEÓN BOURGEOIS
“Mi
hermano Janusz acababa de casarse y su mujer era dueña de una finca en
la región de Ilza que se llamaba Potoczek. La mansión estaba situada en
medio de unos bosques inmensos surcados por una línea de cinco lagos
que se extendía uno detrás de otro a lo largo de varios kilómetros
hasta el pueblo. Mi hermano y su mujer vivían entonces en Maloszyce y
no iban casi nunca a esa mansión (...)”
“Una casa en medio del
bosque, es siempre algo melancólico. Pero qué decir de una casa en
medio del bosque cuando no hay nadie en ella, cuando el crepúsculo
aparece agonizante y nada lo enturbia, cuando la noche es noche de
verdad, con todas sus locuras, con los aullidos y ladridos desesperados
de los perros... La servidumbre hacía lo que podía para tenerme
contento (...)”
“Me aburría,
comía y vagabundeaba por el bosque, volvía a casa, comía, me acostaba
para dormir y aguzaba la oreja al oír el repentino jolgorio de los
perros, los pánicos nocturnos y, aún peor, el silencio lleno de
susurros ondulantes de los pinares. La verdad es que tenía una
ocupación: escribía una disertación sobre la ‘solidaridad’ de León
Bourgeois, un sociólogo francés, un trabajo de seminario (...)”
“Pero
toda esa sociología política me aburría y pronto la abandoné. ¿Qué
hacer? Me invadió una inquietud imprecisa, un sentimiento cada vez más
intenso de que algo no iba como debería ir, algo relacionado conmigo en
esta mansión, de que llevaba demasiado tiempo sin dar golpe, que de
alguna forma tenía que justificarme, romper con esa vida sibarita ya
asfixiante (...)”
“Así, pues, me puse a buscar febrilmente una
salida, debía emprender algo, actuar, purificarme por el esfuerzo...
¿qué hacer? El silencio nevado de los árboles que me rodeaban era la
única respuesta. Al final, nervioso, casi desesperado, sin saber adónde
huir y dónde albergarme, me puse a esbozar una novela, sobre el
personaje de un contable, que poco a poco me absorbió hasta tal punto
que empecé a trabajar sistemáticamente (...)”
“Mi
primera obra que nacía en medio de tantos dolores era muy ramplona. No
sólo carecía del precoz talento de Krasinski, quien a la edad de veinte
años escribió ‘La no Divina Comedia”, sino que mi salvajismo
espiritual, mi falta de habilidad literaria, todos mis fermentos y
rudezas, me privaron incluso de esa fluidez que adquiere con facilidad
cualquier joven que se mueve en los ambientes literarios (...)”
“Leí
un fragmento a mi hermano y a mi cuñada cuando vinieron a verme: –¿Qué
horror! Tíralo, da asco. No digas a nadie que te has manchado con
semejante parida y en el futuro ocúpate de otra cosa. Mientras mi
cuñada Pifink añadía: –Qué pena que no te hayas dedicado más a la caza.
En el fondo sabía que tenían razón. Quemé mi obra y me dediqué de nuevo
a la sociología de León Bourgeois.
León
Bourgeois, abogado y político francés, fue el padre del solidarismo.
Diputado, ministro, senador, presidió la primera sesión de la Sociedad
de las Naciones en 1920 y en ese mismo año recibió el premio Nobel de
la Paz. Se debe a León Bourgeois una nueva fundamentación de lo moral
en el hecho de la solidaridad. Según esta teoría, el hombre depende por
entero de la sociedad; de ella viene la civilización que nos impregna
por todas partes, sin ella no somos nada.
Tenemos frente a
ella una deuda que pesa sobre nuestro actuar. Por esto, la solidaridad
domina nuestras actuaciones. Así, el mundo de la actividad humana está
sometido a la ley de la solidaridad que expresa la dependencia
universal de todo frente a todo. Presionados por esta solidaridad,
deudores frente a la sociedad de una deuda que nunca lograremos saldar,
debemos consagrarnos por entero al bien social: “el bien moral se
identifica con las exigencias de la solidaridad”.
En
esta moral no se puede hablar, entonces, de deberes para consigo mismo,
y menos de deberes para con Dios; no hay más que deberes para con los
demás, y estos deberes se expresan por la solidaridad, que nos hace
estar siempre atentos de la repercusión de nuestros actos en la vida
colectiva.
Abrumado seguramente por las concepciones morales de
León Bourgeois Gombrowicz se hunde en esa mansión solitaria en unas
monstruosidades literarias cuyo primer intento es abortado por su
hermano y su cuñada, pero el joven escritor no ceja. “El festín de la
condesa Kotlubaj” es una de las cuatro novelas cortas que Gombrowicz
escribió en el año 1929, unos años después de la novela del contable.
Si en “Crimen premeditado” se nota la
relación entre el asunto de la novela y su práctica de pasante con un
juez de instrucción en un Tribunal de Varsovia, y en “La virginidad”
asistimos a la confusión del erotismo más refinado con la obscenidad
total, en “El festín de la condesa Kotlubaj” la cuestión es otra.
Cuenta como unos personajes aristócratas organizan comilonas
aparentemente vegetarianas con el fin de cultivar la sublimación y las
sutilezas del espíritu.
Pero en realidad asistimos a un
banquete en el que se sirve una comida muy sabrosa preparada con trozos
de un pequeño muchacho. Es una narración absurda y cruel, construida
con elementos sacados de la vida, un absurdo monstruoso que, sin
embargo, es una caricatura de la realidad. Esta novela le trajo a
Gombrowicz algunos problemas con una familia Kotlubaj de Lituania que
casi termina en un asunto de honor, lo retaron a duelo.
Sin embargo, la fuente verdadera de su inspiración había sido
Marta Krasinska, parienta directa del conde Zygmunt Krasinski, esposa
de un mayorazgo, famosa en aquel entonces por sus hazañas filantrópicas
y estéticas. Ese plasma oscuro de la conciencia de Gombrowicz esta vez
se le dispara hacia el lado de la crueldad, está preparando el próximo
banquete de los aristócratas antropófagos en el rostro infantil de un
pequeño enfermizo que observa por la ventana lo que ocurre en el
interior del palacio en medio de la lluvia.
La honestidad
burguesa de Mann resulta chocante y vacía en nuestros tiempos pero la
perversidad de Gombrowicz nos fascina. El protagonista y la condesa
Kotlubaj eran amigos, era la amistad de un joven de un medio burgués y
una aristócrata de pura raza. Había conquistado la simpatía de la
condesa gracias a su altivez, a su agudeza intelectual y a su tendencia
al idealismo.
Su espíritu romántico y ligeramente anacrónico le
allanaron el camino para asistir por primera vez a los célebres
almuerzos vegetarianos de los viernes que daba la condesa Kotlubaj. La
condesa maldecía la carne y los olores que despedían las personas que
la comían. Era heredera de la familia de los ilustres Krasinski y tenía
la convicción arcaica de que bastaba que un salón fuera aristocrático
para que todos sus altos propósitos quedaran garantizados.
Un
príncipe había aceptado el papel de intelectual y filósofo, una
baronesa animaba las reuniones con su canto, era impresionante ver
inclinarse a las más grandes fortunas sobre un plato de achicoria en un
mundo cruelmente carnívoro. Los tomates rellenos con arroz poseían un
sabor inigualable en esas comidas espirituales, las tortillas de
espárragos tenían reputación mundial.
Los camareros trajeron una
gigantesca coliflor cubierta de mantequilla fresca deliciosamente
horneada. Conversaban en forma animada del amor, de la belleza y de la
piedad, de que la piedad era más bella que el amor pero que no había
que descuidar los modales. ¡Deliciosa coliflor!, exclamó el barón; sí,
dijo la condesa mirando el plato con sospechas mientras ordenaba que lo
llamaran al cocinero.
Comían
la coliflor con una glotonería atroz, sin ningún tipo de modales, el
protagonista no pudo contenerse más, estornudó y se levantó de la mesa
para ir a buscar un pañuelo, no podía comprender por qué habían perdido
tan abruptamente la elegancia y la delicadeza. Volvió al comedor, la
enorme bandeja de plata tenía restos de la coliflor, la panza de la
condesa parecía la de una mujer en el séptimo mes de embarazo.
El
barón hundía la nariz en el plato mientras la marquesa rumiaba moviendo
las mandíbulas como una vaca. ¡Divino, maravilloso, efervescente
manjar!, exclamaban. El protagonista no comprendía lo que había pasado,
entonces empezaron unas aclaraciones que le parecían momento a momento
cada vez más extrañas. Se levantaron de la mesa y condujeron sus
enormes abdómenes al dorado saloncito Luis XVI.
La
alegría de los comensales se alimentaba del desconcierto del
protagonista que jamás había presenciado semejante comportamiento. El
barón cantaba arias canallescas de opereta. Nosotros, los de la
aristocracia, le murmuró al oído la marquesa, adoramos la más completa
libertad de las costumbres, somos capaces de emplear expresiones
vulgares, sabemos ser frívolos y, en algunas ocasiones, plebeyos.
El
barón exclama con aire de superioridad que no eran terroríficos como
parecía a primera vista aunque su grosería apareciera como menos
aceptable que su elegancia, y la condesa grazna que, claro, no habían
cometido ningún delito, que no eran caníbales y que no se habían comido
a nadie, con excepción de... Y todos soltaron una gran carcajada
lanzando los cojines al aire.
Estos aristócratas no eran los mismos de la sopa de
calabaza, una metamorfosis increíble los había hundido en la
hostilidad, el sarcasmo y en una mofa ardiente que sostenían con una
altivez y un desprecio que le impedían cualquier manifestación de
confianza. Después de soportar un largo rato su propio silencio el
joven le recordó a la condesa que le había prometido un ejemplar
dedicado de los “Efluvios de mi espíritu”.
La condesa tomó un
pequeño volumen encuadernado, le escribió unas palabras y firmó:
Condesa Podlubaj, una palabra que quiere decir húrgame la nariz. Cuando
el protagonista le señala la equivocación le responde que era distraída
y estalla en una risa a mandíbula batiente con todos los demás. Afuera
diluviaba con una lluvia de ráfagas de un viento cortante que azotaba
los ventanales.
La condesa le preguntó por qué tenía esa
expresión de terror, mientras los otros lo acusaban de que estaba
escandalizado porque en su ambiente nadie se divertía con tanta
imaginación, que ellos cultivaban maneras infinitamente mejores que la
de los salvajes aristócratas. Empezaron a fingir que estaban temerosos
del juicio del protagonista y se acusaban en público fingiendo
arrepentimiento.
Desvanecido,
sin saber a qué santo encomendarse o hacia dónde huir, se dirigió
suplicante a la marquesa que había hablado con tanta piedad de los
niños raquíticos, y le pidió piedad suponiendo que si era capaz de
sacrificarse por esos pobres desgraciados podría consolarlo. La
marquesa se enjugó las lágrimas de risa que tenía en los ojos y le dijo
que cuando los veía caer y levantarse sobre sus piernecitas a esos
pobres niños enclenques todavía se sentía fuerte como una encina.
Ahora
era demasiado tarde para montar a caballo así que cabalgaba alegremente
sobre sus pequeños paralíticos. De pronto intentó mostrarle sus piernas
viejas aunque rectas, sanas y todavía fuertes, el protagonista hizo un
gesto de espanto. ¿Y el amor, la piedad, la belleza, los presos, los
inválidos y las maestras jubiladas? Nos acordamos de todos ellos, le
decían en medio de estruendosas risotadas.
Entonces
el protagonista empezó a temblar espasmódicamente, finalmente había
comprendido dónde se hallaba mientras la lluvia seguía azotando los
cristales de las ventanas. ¡De cualquier manera el Señor existe!,
balbuceó el pobre tratando desesperadamente de agarrarse de algo, y el
barón le respondió que por supuesto que existe, el Señor existe y sale
a pasear con la Señora.
La marquesa se sentó al piano mientras
el barón y la condesa empezaron a bailotear con elegancia, buen gusto y
finura. Ahora sabía de qué se trataba... se lo habían hecho comprender
con violencia. ¡Era un baile de caníbales! Faltaba sólo la presencia
del pequeño tótem, el monstruillo negro de cabeza cuadrada, labios
prominentes y nariz chata que desde algún lugar patrocinaba esas
bacanales.
Dirigió
la mirada hacia la ventana y vio algo espeluznante... un pequeño rostro
infantil, un rostro febril y enfermizo que observaba lo que ocurría en
el interior con una mezcla de idiotez y de éxtasis celestial... A la
madrugada el protagonista logró salir del palacio y se aventuró en la
lluvia, vio bajo la ventana un cuerpo exangüe. Era el cadáver de un
muchachito de ocho años, de cabellos rubios y pies descalzos, flaco al
punto que... parecía haber sido completamente devorado.
En eso
había terminado el pobre Bolek Coliflor, fascinado por la luminosidad
de las ventanas, visibles desde lejos en medio de campos inundados.
Mientras corría hacia el portón apareció Felipe, el cocinero, vestido
de punta en blanco con una distinción de maestro en el arte culinario:
“Se inclinó, me miró de reojo y dijo en tono servil: –¡Espero que el
señor haya disfrutado nuestra comida vegetariana!”
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