
EL INVIERNO
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
Los árboles desnudos piensan que yo no sé dónde está mi casa. La aldea entonces me detiene y me obliga a mirar las ramas y los senderos que albergan a la nieve. Lástima que yo no tenga siquiera un pequeño caballo que desee trotar cerca hasta que se le congelen las patas y sienta la necesidad de pensar en la noche más oscura que le traerá el fin del año.
Por ninguna parte se escuchan campanas. Es un error preguntar si hay alguna disponible. El sonido del viento gélido lanza al aire las hojuelas de nieve y los árboles se sumen en una pesadumbre asaz explícita. Delante existen diversas distancias por recorrer; delante nadie piensa en dormir. El invierno imprime sus huellas con tipos de metal.
El día no tiene prisa, pero la noche susurra que debe ser cremado cuanto antes. El brillo se fatiga; el gárrulo pájaro se casa con él. Lo mejor para cruzar la helada es estar borracho y alejado del calendario.
El cielo zarandea a un fortalecido invierno. Los ríos se han congelado y dentro de ellos se arrojan a las flaquezas y a las vindictas. Ningún ceremonial florece en la ciega espuma.
Los espíritus colocan sus llaves sobre los caminos y piden disculpas a los vecinos por no poder abrir las puertas. Para conseguir la plenitud de la embriaguez se debe levantar un muro de defensa.
La nieve endurecida golpea de lado y lado y torna púrpura a la carne. Los hielos cierran los ojos de los peces para que no vean el descenso de los imaginarios dragones. En los graneros las ratas tiritan de frío y sienten nostalgia por los perdidos arco iris.
¿Cuándo volverán a descolgarse las ruedas de las bicicletas que penden de los muros de piedras? Las ovejas buscan sus hilos para ingresar sin miedos a los refugios. La sangre tirita y un canto ulula, vacilante, en el pico de una lechuza que se mantiene en guardia.
Debajo de unos cacharros de cocina se localizan notas garabateadas de prisa para explicar el resguardo del fuego. El viento quisiera empujar aludes y las personas tosen con la nieve desbaratándose sobre las alas de las aves tenues como brocados. ¡Qué no daría por unos cangrejos rojos de agua dulce, cocidos al vapor y un cuenco de vino de arroz, tibio y fuerte! Mientras mis rodillas temblequean, pienso en alguna mujer que necesite ayuntarse conmigo.

Ahora el invierno alarga sus medidas y muerde a sus propias horas con ferocidad y sevicia. Las nubes se disponen a descargar sus silos de blancuras. Las chimeneas blasonan de su temeridad y yo me maravillo de las chispas que brotan de los hierros encadenados.
Las mezcladas y débiles luces castañetean y mascan la revelada dureza de la miel en el patio signado por las remociones de semillas. El tiempo dispensa dobleces y discurre por las defensas de imperfectos sombreros.
Una torcida belleza se remoza con las cosas que bordean a los pozos y trata de mensurar algunas comparaciones y llamar la atención de ciertos ruines rincones. (¿Por qué no leer, en este momento, poemas acerca de las joyas que el verano deposita sobre los techos?). El invierno arroja sus delicias y placeres que son juguetes que queman con la persistencia de los carámbanos.
La gente duerme mientras la nieve vuela. Murmuran las raíces desde su recóndita hibernación. La luz se compacta en la profundidad que la fatiga. Mis ojos y mis oídos quedan maravillados con los gritos e imágenes que provienen de las ocupaciones en que se afana la mañana. Los cristales llegan a mis manos con su rotación de minúsculas espirales.
Los senderos desiertos siguen a la albura hasta el sitio donde se despliegan las cartas frías. La asunción de la comarca acontece en un medio de alta palidez e ingratas compañías. Las puertas invernales se cierran y los pensamientos esconden palabras para divertir a los instrumentos de labranza que sueñan. De pronto, se rompe la vista que portaba brumas y un no invocado estrépito desperdiga sus pedazos por doquier.
Las montañas toman posesión de las nieves y las brumas. A lo largo de su invernizo cuerno sonoro el sol se desliza con escasas fuerzas y tienta los tambores que sacuden los humos de las emergencias.
El poder de la nieve abate los vestidos y los convierte en servidores del congelamiento. Esta noche, la luna, con su semejanza de uña partida, volverá a ensayar su ansia maternal en la Gran Soledad. El silencio posee un timbre de voz que campea sobre el suelo hambriento. Si tocas con intensidad el gris del ambiente podrás apreciar sobre tu piel las reminiscencias de los amarillos, los verdes y los rojos.
La salud de mi cuerpo fue tutelada por la estrella vespertina que mostró su genuino poder a los dioses hibernales. En el preciso momento cuando recordaba a mis tíos y hermanos, la nostalgia sufrió congelamiento y el tiempo se hizo nevera en mi corazón.
Doy pasos briosos para evitar que mi estadía se convierta en invernáculo. Mi pecho se desnuda y lanza un respiro contra el frío máximo que me vigila sin pausa. Afuera, se enojan las maderas y unos guerreros de tierra levantan sus monstruosos brazos para impedir que los estanques pierdan sus tintas y se liberen sin preparar antes ningún destino.
Me decido a cruzar el azar para aclarar más los destellos de la melancolía. El camino se torna monótono y lamento haber olvidado la canción de las fogatas. Nuevo silencio; insólita quietud. Retornaré a ninguna parte cubierto de plumas heladas y los cencerros ennubecidos de mi viaje llegarán calientes como intrusos en una ronda de nieve.








































lo mas desastrop del invierno