MANUEL PUIG
Disparen sobre el novelista
http://manuel-puig.blogspot.com/
MARIO VARGAS LLOSA
De todos los escritores que conocí, el que parecía menos interesado en
la literatura fue Manuel Puig (1932-90). Nunca hablaba de autores o
libros y, cuando la literatura se infiltraba en la conversación, se
mostraba aburrido y cambiaba de tema. En Manuel Puig y la mujer araña,
su biografía muy bien investigada y cuidadosamente documentada, Suzanne
Jill Levine afirma que, en ciertos momentos de su vida, Puig leía
mucho, pero su propio libro parece contradecirlo cuando recrea el
contexto de su sujeto: las referencias más frecuentes son a películas,
actrices, actuaciones y, muchas veces, a la música popular. Muy de vez
en cuando aparecen algunos autores (por lo general la persona, no la
obra). Un joven escritor argentino que lo visitó en Río de Janeiro se
sorprendió al descubrir que en el departamento de Puig, donde tenía una
videoteca de unas 3.000 películas, sólo había un puñado de libros;
aparte de sus propios libros en español y sus versiones traducidas, el
resto consistía, casi exclusivamente, en biografías de actrices y
productores cinematográficos.
No era un escritor inculto. Era un
hombre de cine, o tal vez de imágenes visuales y fantasía, que se
descubrió naufragando en la literatura casi por omisión. Levine relata
cómo Puig llegó a su vocación literaria en forma gradual y casi por
accidente; después de sus frustraciones como estudiante de cine en
Italia y sus intentos fallidos porque se produjeran sus guiones y por
encontrar trabajo como director, pasó casi imperceptiblemente de
escribir para la pantalla esquiva a escribir para sí mismo, componiendo
un texto autobiográfico basado en sus recuerdos infantiles de las
películas que había visto en las salas de General Villegas, una ciudad
pequeña de la pampa argentina. Con los años, el texto evolucionó hasta
convertirse en su primera novela, La traición de Rita Hayworth
(1968). Con este libro comenzó una carrera literaria sui generis que,
décadas después, lo catapultaría a la fama mundial, gracias al
extraordinario éxito de la versión teatral y cinematográfica de su
novela más popular, El beso de la mujer araña (1976).
La
obra de Puig, que consiste en ocho novelas, es una de las más
originales de los últimos años del siglo XX. Su originalidad no reside
en los temas, el estilo o, incluso, la estructura de su narrativa,
aunque estos muchas veces ponen de manifiesto una habilidad soberbia y
una inteligencia sutil, sino en los materiales que utilizó para
crearlos, los tipos y estereotipos de la cultura popular: romances
baratos, radioteatros y teleteatros, el melodrama feroz de los boleros,
los tangos y las rancheras, las columnas de chismes, los escándalos
publicados por la prensa sensacionalista y, sobre todo, la
seudo-realidad creada por las situaciones, los personajes y los sueños
de las películas. Todo esto fue retratado anteriormente en la
literatura, de mil maneras diferentes, pero siempre como un elemento
más en una compleja realidad humana. La innovación en la obra de Puig
es que la versión artificial y caricaturizada de la vida elimina y
reemplaza la otra dimensión y se convierte en la única verdad. Es esto
lo que le transmite a sus novelas su ambientación particular; aunque la
visión de Puig se basa en una de las experiencias humanas más comunes
—el vuelo del mundo real a un mundo de sueños utilizando todas las
formas de la imaginación—, parece distante, adornada, irreal. Sin
embargo, sus argumentos intrincados y sus juegos confusos respiran un
aire de humanidad que padece.
La explicación es simple: como
deja en claro la biografía de Levine, Puig aprendió de chico que los
seres humanos habían diseñado un método para escapar, por un tiempo, de
la crueldad y la miseria de este mundo y él sistemáticamente se apropió
de la ficción hasta transformarla en su modo de vida. No la ficción de
los libros, sino las películas que iba a ver todos los días con su
madre, Malé, la figura más importante en su vida, a los cines de
General Villegas. Las películas abrían las puertas de la irrealidad
frente a sus ojos; poco a poco, convirtió ese refugio en su residencia
privada, casi permanente, un lugar donde podía sentirse protegido y ser
él mismo, a salvo de cualquier peligro que él eligiera no enfrentar,
rodeado sólo por estas estrellas de cine sublimes, incitantes,
excitantes. Su presencia lo enriquecía y compensaba una realidad
sórdida.
Para todo chico sensible, la vida real tiende a ser una
experiencia dura, especialmente en una pequeña ciudad latinoamericana
saturada de machismo y prejuicios salvajes, y mucho más para un chico
que, al madurar, descubre su homosexualidad. Era un contexto inhóspito
para este muchacho, atacado en la escuela y al que le gustaba vestirse
de mujer. Y así, con la ayuda inconsciente de su madre, una fanática
devota del cine, desarrolló la capacidad de vivir lo menos posible en
la realidad y dedicar la mayor parte de su tiempo, energía e
imaginación al mundo del cine.
Hasta qué grado Puig se sentía
cómodo en el universo de ficción de las imágenes de celuloide queda
demostrado en esta maravillosa anécdota: es medianoche en Nueva York en
1978. El cameraman español Néstor Almendros, un amigo íntimo, acaba de
llegar de París y Puig lo obliga a ir a su departamento para hablar de
películas, aunque Almendros ya está cómodamente instalado para pasar la
noche en la habitación de su hotel. Almendros acepta y la conversación
se prolonga durante horas. A eso de las 2 de la mañana, un Puig
apasionado pronuncia elogios de Lana Turner, a quien llama una "mujer
sensible" que intentaba hacer su trabajo. Almendros responde que, para
él, es "una mala actriz, una prostituta" y dice que la desprecia. Puig
abre la puerta y lo echa a empujones: "Una persona que odia a Lana no
puede permanecer bajo mi techo. Eres como todas las otras mujeres
francesas, desagradable y amarga". Con sus maletas bajo el brazo,
Almendros tiene que irse y encontrar un taxi en las frías calles del
Greenwich Village.
La biografía de Levine está llena de
anécdotas, algunas divertidas, como la que acabo de contar, otras
emotivas, hasta trágicas. Todas ellas le dan forma a un perfil vivo y
convincente del autor de The Buenos Aires affaire (en mi
opinión, su mejor novela). Una buena parte de su investigación se basa
en la correspondencia de Puig con su familia —su madre en particular,
con quien mantuvo un diálogo continuo y exhaustivo sobre las películas
que veía y las vidas y milagros de las actrices de Hollywood, que
seguía con una devoción religiosa— y con muchos amigos. En
consecuencia, su libro documenta, con una enorme cantidad de detalles,
la génesis de cada una de las obras de Puig así como su vida privada,
sus residencias en la Argentina, Italia, Estados Unidos, México y
Brasil, y sus viajes constantes por todo el mundo. Infinidad de
escritores, actores, directores, músicos, editores y aventureros de por
lo menos media docena de países aparecen en sus páginas, dándole al
libro el aire de un fresco, enorme y entretenido, de las idas y
venidas, las intrigas, los fracasos y los logros de la fauna literaria
y artística a ambos lados del Atlántico en los años 70 y 80. La intensa
vida homosexual de la época también aparece retratada, plena de
anécdotas, ya que Puig se entregó a esa vida casi con la misma pasión
que le dedicó a las películas. Tuvo infinidad de relaciones, desde
encuentros casuales —la mirada perspicaz de Levine descubrió que entre
las "muchas conquistas" de Puig estaban Stanley Baker y Yul Brynner—
hasta relaciones de varios meses. Pero nunca pudo formar una relación
estable, aunque siempre la anheló. (En sus últimos años se quejaba
amargamente de haber pasado su vida "en una búsqueda infructuosa de un
buen marido"). Estas circunstancias contribuyeron a la sensación de
soledad que parece haberlo rodeado en su juventud, intensificada con el
tiempo y devenida en neurosis al final de su vida.
Este libro
fascinante es indispensable para cualquiera que esté interesado en la
obra de Puig (que Levine, la traductora de varias de sus novelas al
inglés, conoce a la perfección) y en la estrecha conexión que existe
entre el cine y la literatura, una característica definitoria de la
vida cultural a fines del siglo XX.
Sin embargo, una vez
reconocidas estas virtudes, me pregunto si la escritura de Puig tiene
la trascendencia revolucionaria que le atribuyen Levine y otros
críticos. Me temo que no. Creo que es más ingeniosa y brillante que
profunda, más artificial que innovadora, y demasiado dependiente de las
modas y los mitos de su época como para alcanzar, alguna vez, la
permanencia de las grandes obras literarias, como las de un Borges o un
Faulkner. Los grandes libros, a diferencia de las grandes películas, no
están hechos de imágenes sino de palabras —es decir, ideas que surgen
de una serie de imágenes y, finalmente, constituyen una visión del
mundo, de la condición humana, del flujo de la historia—. Esta visión
florece en el espíritu del lector, gracias a la riqueza y efectividad
de un lenguaje y un estilo, y produce la fascinación de una obra
literaria. En la escritura de Puig hay imágenes cuidadosas, hábilmente
construidas, pero no ideas, ni una visión central que organice y le dé
significado al mundo ficcional, ni un estilo personal. Hay fantasmas y
manifestaciones de ingenio, algunos títeres de las sombras a los que la
destreza formal del escritor ocasionalmente otorga una semblanza de
realidad, pero, unas páginas después, desaparecen como espejismos. La
vida, en realidad, nunca se abre paso: está recortada por la
superficialidad, una actitud que funde sustancia con apariencia y, en
una inversión de valores, le da prioridad al parecer y no al ser.
Por
estas características, la obra de Manuel Puig tal vez sea la más
representativa de lo que se llamó "literatura liviana", tan emblemática
de nuestro tiempo: una literatura placentera que no exige ni tiene otro
fin que el de entretener. Esta literatura rechaza como arrogante y
estúpido el esfuerzo de los autores que creían que escribir podía
cambiar el mundo, revolucionar la vida, transformar los valores,
enseñar a sentir y a vivir. Nada de eso. La literatura debe aceptar que
los libros que no son importantes ahora forman parte de la vida de la
gente. Aceptar que el entretenimiento —que le ayuda a una persona a
pasar el tiempo de una manera placentera, absorbente, comprometida,
como lo hacen los programas de telvisión más populares— cumple una
función honrosa y respetable, que es la tarea de la literatura en un
tiempo de ritmos veloces y preocupaciones como el nuestro. Con tanto
trabajo, tantas preocupaciones agobiantes, tantos placeres y
diversiones, nuestros ciudadanos casi no tienen tiempo de ponerse
serios y reflexionar, o de leer novelas que puedan darles un dolor de
cabeza.
Copyright The New York Times y Clarín, 2001. Traducción de Claudia Martínez.







































