
WITOLD GOMBROWICZ Y LA FILIATRÍA
“Todos
los jóvenes se alistaban entonces como voluntarios, casi todos mis
colegas se paseaban ya en uniforme. Para mí el ejército era una
pesadilla, a mis dieciséis años ya me venía a la cabeza un angustioso
pensamiento sobre el servicio militar que me esperaba al cabo de cinco
años, y de repente una broma pesada de la historia hacía que las chicas
me preguntasen por la calle: –Y usted, ¿por qué no lleva uniforme?
(...)”
“Mi madre, horrorizada, reprobaba al gobierno por reclutar
niños, pero yo no me hacía ninguna ilusión de que esto fuese algo más
que la expresión de un temor egoísta por su propio hijo. ¿Así que yo
era un cobarde? Hoy considero con mayor tranquilidad mi cobardía y soy
consciente de que mi naturaleza me llamó a desempeñar ciertas tareas y
desarrolló en mí otras facultades completamente ajenas a la milicia
(...)”
“Pero
un chico de dieciséis años no conoce aún nada de sí mismo y no halla su
salvación si no es en lo que hacen los demás muchachos de su misma
edad. La oposición terminante de mi madre venció la voluntad de mi
padre que en principio exigía que yo cumpliera con mi obligación. Fui
destinado a una institución civil que se dedicaba a enviar paquetes a
los soldados del frente (...)”
“Creo que el año 1920 hizo de mí lo
que seguí siendo hasta hoy: un individualista. Y sucedió así porque no
supe cumplir con mis deberes hacia la nación en un momento en que una
terrible amenaza se cernía sobre nuestra joven independencia. Esto me
colocó en una situación apurada, no tenía alternativa. El patriotismo,
cuando no estaba dispuesto a sacrificar mi vida por la patria, era para
mí una palabra hueca (...)”
“Y ya que no existía en mí esta disposición, debía
sacar consecuencias. Todos estos fermentos de juventud se fueron
civilizando y puliendo con el curso de mi desarrollo ulterior. Pero no
han desaparecido. Cosa extraña: se hubiera podido creer que toda esta
confusión de sentimientos e ideas causada por la crisis de la guerra y
por mi imagen manchada, iba a desembocar en un estado de doloroso
desgarramiento (...)”
“Sin embargo, al contrario, todo ese estado
de confusión de sentimientos se descargó bajo un ataque increíble de
snobismo morboso. En el momento en que el combate con los bolcheviques
llega cerca de Varsovia a su fase culminante, me entretenía mostrándole
de refilón una foto a mi jefe en la oficina donde trabajaba de
voluntario enviando paquetes a los soldados (...)”
“La foto
era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin embargo,
le dije a mi jefe, que para mi desgracia lo había visitado un par de
veces: –Es el palacio de mi prima Tyszkiewicz. La familia de los
Tyszkiewicz, junto a la de los Radziwill, los Potocki y los Plater, era
una de las más aristocráticas de Polonia pero no estaba emparentada con
mi familia. Mis artificios se volvían indigeribles (...)”
Gombrowicz
intentó ajustar las cuentas con la batalla de Varsovia y con la segunda
guerra mundial utilizando una blasfemia espantosa. “¡Volved,
compatriotas, marchad, marchad, marchad a vuestra nación! ¡Marchad a
vuestra santísima y tal vez también maldita nación! ¡Volved a ese santo
monstruo oscuro que está reventando desde hace siglos sin poder acabar
de reventar! (...)”
“¡Volved a ese santo engendro vuestro,
maldito por la naturaleza, que no ha dejado un solo momento de nacer y
que, sin embargo, continúa nonato! ¡Marchad, marchad para que él no os
deje ni vivir ni reventar y os mantenga siempre entre le ser y la nada!
!Marchar a esa santa babosa para que os vuelva más moluscos! (...)”
“¡Volved
a vuestra demente, a vuestra loca y santa y ay, tal vez maldita
aberración para que con sus saltos y sus locuras os torture, os
atormente, os inunde de sangre, os ensordezca con sus gritos y rugidos,
os martirice con su suplicio, así como a vuestros hijos y a vuestras
mujeres, hasta la muerte, hasta la agonía, y que ella misma en la
agonía de su demencia os enloquezca, os perturbe!”. Las guerras son el
producto de la orden que los maduros le imparten a los jóvenes de que
hay que morir por la patria.
A este mandato Gombrowicz opone la
filiatría, un idea que desarrolla en forma elocuente en
“Transatlántico”. La novela comienza cuando Gombrowicz manifiesta su
necesidad de comunicarle a su familia, a sus parientes y a sus amigos
el comienzo de sus aventuras en la capital de la Argentina, unas
aventuras que ya duraban diez años. Llega a Buenos Aires el 21 de
agosto de 1939.
Desde el primer día en la calle, a la
salida de las recepciones, les agredían los oídos con el grito obsesivo
de “Polonia”, que se escuchaba en las calles. Gombrowicz se daba cuenta
que algo no andaba bien, no había remedio, la guerra estallaría de hoy
para mañana. El barco recibe la orden de partir, se despide de un amigo
embarcado con él deseándole un buen viaje, el pobre compatriota sólo
atina a rogarle que se presente en la embajada.
Cuando el
barco se aleja Gombrowicz pronuncia una blasfemia terrible contra
Polonia y se interna en la ciudad. Estaba desorientado y sin dinero así
que visita a un compatriota que había sido vecino de sus primos en
Polonia para pedirle opinión y consejo. Pero este hombre empieza a
decirle que aprobaba y que no aprobaba su decisión de quedarse, que
había hecho bien y tal vez mal.
Que él no estaba tan loco como
para opinar en estos tiempos o como para no opinar, que tenía que
presentarse enseguida en la embajada o no presentarse, que era igual si
se presentaba o si no se presentaba, que se podía exponer o no exponer
a graves riesgos. Y, en fin, que hiciera lo que le pareciera oportuno o
que no lo hiciera. Perdido entre la muchedumbre decidió no inmiscuirse
en el asunto de la guerra.
No
era un asunto de su incumbencia, si allá tenían que sucumbir, que
sucumbieran. Fue a la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies
del embajador, le besó la mano, le ofreció sus servicios y su sangre, y
le rogó que en ese momento sagrado, según fuera su santa voluntad y
entender, dispusiera de su persona. El embajador le dijo que sólo podía
darle cincuenta pesos, que no tenía más.
Si quería irse a Río de
Janeiro a importunar al embajador de allá, le pagaría el viaje y le
daría algo más de dinero, que no quería literatos por acá porque lo
único que sabían hacer estas personas era pedir plata y después ladrar.
Gombrowicz se dio cuenta que lo estaba despidiendo con moneda menuda y
le dijo que él era una literato pero también era un Gombrowicz.
Y
cuando el embajador le preguntó de cuáles Gombrowicz era Gombrowicz, le
respondió que de los Gombrowicz Gombrowicz, entonces le ofreció ochenta
pesos en vez de cincuenta. Le recordó que estaban en guerra y que había
que marchar para vencer a los enemigos, matarlos, destrozarlos y
aplastarlos, y que no fuera ladrando por ahí que no había marchado y
hablado delante de él.
Le pidió que escribiera artículos para
celebrar la gloria de los genios polacos, que por ese servicio le podía
pagar setenta y cinco pesos mensuales, que era necesario ensalzar a la
patria en momentos tan difíciles, pero Gombrowicz le contestó que no
podía hacerlo porque le daba vergüenza, entonces el embajador lo empezó
a tratar de comemierda, y le recordó que la embajada le había rendido
homenaje y que lo iba a presentar a los extranjeros como el Gran
Comemier… Genio Gombrowicz.
La
primera consecuencia de su presentación en la embajada fue que lo
invitaron a una recepción en la casa de un pintor a la que iban a
asistir los escritores y artistas locales. Tenía una gran seguridad en
su maestría y sabía que como maestro lograría superar y dominar a todos
los demás. Cuando llegó sus compatriotas lo glorificaron, el consejero
lo presentaba y ensalzaba como el gran maestro y genio polaco
Gombrowicz.
Pero nadie le llevaba el apunte, entonces el consejero
lo empezó a tratar de comemierda y le exigió que hiciera algo para no
avergonzarlos. Entró un hombre vestido de negro, una persona muy
importante, un gran escritor, un maestro. Llevaba en los bolsillos una
cantidad inconcebible de papeles que perdía a cada momento, y debajo
del brazo también llevaba algunos libros, se volvía a cada rato
inteligentemente más inteligente.
Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a azuzar para
que mordiera al hombre de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar de
comemierda y a morder. Entonces Gombrowicz le dijo a la persona más
cercana en voz bastante alta: “No me gusta la mantequilla demasiado
mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos, ni la sémola demasiado
semolosa, ni los cereales demasiado cerealientos”
El hombre de negro
le respondió que la idea era interesante pero no nueva, que ya Sartorio
la había expresado en sus “Eglogas”, y cuando Gombrowicz le manifestó
que no le importaba un comino lo que decía Sartorio sino lo que decía
él, el que hablaba, el gran escritor le contestó que la idea no era
mala pero que existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame
de Lespinnase en sus “Cartas”.
Gombrowicz perdió el aliento,
aquel canalla lo había dejado sin palabras, entonces empezó a caminar y
a caminar, y cada vez caminaba con más furia, sus compatriotas estaban
rojos de vergüenza y los demás de ira. Pero alguien comenzó a caminar
con él, era un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, los
labios del moreno eran rojos, estaban pintados de rojo. Gombrowicz huyó
como si lo persiguiera el diablo.
El
moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio, se levantaba al
mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en busca
de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio
lacayo, tenía miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la
plata. El moreno estaba perdidamente enamorado de un joven rubio hijo
de un comandante polaco.
Junto a Gombrowicz, en la Plaza San
Martín, lo vio, lo siguieron hasta el Parque Japonés, y allí
encontraron a los tres socios de la empresa equino-canina donde
trabajaba Gombrowicz. Los socios empezaron a decirle que sin embargo no
era tan loco como pensaba la gente, que el moreno tenía millones,
insinuándole una aventura con él. El joven rubio estaba tomando cerveza
con el padre, un hombre bueno, decente, cortés y aterciopelado.
El
comandante le comenta a Gombrowicz que va a enrolar a su único hijo en
el ejército polaco. Gombrowicz lo previene contra el moreno y le
sugiere que se vaya del lugar, el padre no accede. El moreno brinda con
el padre desde lejos, el comandante se lo prohibe, el moreno entonces
le arroja el jarro de cerveza, le parte la frente y brota la sangre. La
vergüenza en la embajada, en la casa del pintor y ahora en el Parque
Japonés, mientras allá, del otro lado del océano se derramaba la
sangre.
A la mañana siguiente apareció el padre en la pensión
de Gombrowicz y le rogó que desafiara al moreno en su nombre, vaca o no
vaca el hecho era que llevaba pantalones y que lo había ofendido
públicamente. Cuando Gombrowicz se lo contó al moreno éste le recriminó
que se hubiera puesto de parte del viejo y no del joven, que tenía que
defender al joven de la tiranía del padre.
Que
de qué le servía a los polacos ser polacos, que si acaso habían tenido
hasta ahora un buen destino, que si no estaban hasta la coronilla de su
polonidad, que si no les bastaba ya el martirio, el eterno suplicio y
el martirologio, que había llegado el momento de la filiatría. Aceptaba
el duelo bajo la condición de que las balas fueran de salva, que las
verdaderas se debían escamotear al momento de cargar la pistolas en el
forro de la manga.
Para asegurar esta impostura Gombrowicz
nombró a dos socios de la empresa equino-canina como padrinos del
duelo. El moreno había rematado su exhortación con la palabra
filiatría, y esta palabra le retumbaba en la cabeza a Gombrowicz junto
a los gritos de “Polonia, Polonia” que escuchaba en la calle mientras
caminaba hacia la embajada. ¡Viva nuestro heroísmo!, exclamaba el
embajador.
Un coronel ya le había contado lo del duelo y como
todos descontaban que terminaría sin sangre convinieron en agasajar al
comandante con una comida que se daría en la embajada; mientras el
consejero volcaba en el libro de actas la invitación del embajador
escribió también que iban a asistir al duelo, que tenían que ver al
polaco con la pistola en la mano atacando al enemigo.
Pero
un duelo no es una partida de caza, tenían que asistir con una excusa
bien pensada, bien podría ser una cacería con galgos a la que
invitarían a los extranjeros. Mientras tanto Gombrowicz le preguntaba
al embajador cómo era posible que marcharan sobre Berlín si los
combates se estaban librando en los suburbios de Varsovia. El embajador
le dijo que todo se había ido al diablo.
Que todo había terminado,
que habían perdido la guerra y que había dejado de ser embajador, pero
que la cabalgata se iba a realizar de todos modos. Al día siguiente, el
duelo. Se dio la señal y los adversarios entraron al terreno.
Gombrowicz cargó las pistolas y metió las balas en el forro de la
manga. Vacío absoluto, eran disparos vacíos, a lo lejos apareció la
cabalgata; vacío porque no había balas y vacío porque no había liebres.
El
duelo era una trampa que no tenía fin porque se había convenido a
primera sangre. De pronto se oyó un furioso ladrido de perros y un
grito espantoso. El hijo estaba siendo atacado por los perros, el padre
disparó contra los animales enfurecidos pero con un revolver vacío,
entonces, el moreno se arrojó sobre la jauría y salvó la vida joven. El
padre se conmovió y le ofreció su amistad eterna que el moreno aceptó.
Para
cerrar todas las heridas lo invito a su casa. No era el palacio de la
ciudad, era otro distante a tres leguas, el comandante tenía malos
presentimientos pero igual fue. Pinturas, esculturas, tapices,
alfombras, cristales… se depreciaban rápidamente por su abundancia
excesiva, y la biblioteca llena de libros y de manuscritos amontonados
en el suelo, una montaña que llegaba hasta el techo sobre la que
estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo.
Obras
preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban
porque había demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva
cantidad. Lo peor es que los libros se mordían como si fuesen perros
hasta darse muerte. El moreno regresó pero vestido con una falda y le
dio indicaciones a un muchacho para que se pusiera en el medio de la
sala y luciera su figura, que para eso le pagaba.
Pero ese
mequetrefe estaba allí, más que para lucir su figura, para moverse en
honor al hijo, pues cada vez que se movía el hijo también se movía él.
Al final fue un alivio que el dueño de casa diera la señal de ir a
dormir. Gombrowicz le confiesa al padre que lo había traicionado con el
moreno realizando un duelo sin balas, estaba conmovido y estalló en
llanto frente al padre que, desesperado él también por la congoja, le
hace un juramento sagrado.
Iba
a lavar su honra con sangre, pero no con la sangre afeminada de ese
miserable, sino con la sangre densa y terrible de su propio hijo, era
la ofrenda del hijo que le hacía a la guerra. Cuando el moreno se
entera de que el padre quiere matar al hijo le dice a Gombrowicz que
tiene un medio para convencer al hijo de que mate al padre, y al
convertirse en parricida necesitará su amparo, se ablandará y caerá en
sus manos afectuosas y protectoras.
El moreno y el hijo juegan en
un frontón y golpean a la pelota con todas sus fuerzas, bam, bam, bam,
resonaban los golpes mientras el mequetrefe golpeaba con una madera
unos palitos que estaban mal colocados, bum, bum, bum. Y en medio de
aquel bum-bam la pelota zumbaba y el hijo golpeaba más fuerte porque
sentía que tenía un partidario. El padre comprendió que con el bumbam
le estaban robando al hijo…
Gombrowicz
había perdido la patria, se había asociado con el moreno en una empresa
ignominiosa para humillar al padre… Los compañeros de la empresa
equino-canina donde trabajaba sintieron la necesidad de llevar a cabo
un hecho más terrible que el filicidio y el parricidio que estaban
planeando, un horror que los colmara de poder, se propusieron entonces
torturar al embajador junto a su mujer y sus hijos y después matarlos a
todos arrancándoles los ojos.
Todo les parecía poco, así que
pensaron que lo mejor sería matar al hijo del comandante, esa muerte
aumentaría tanto el horror que la naturaleza, el destino y el mundo
entero iban a cagarse en los pantalones. El moreno y el hijo jugaban a
la pelota y el mequetrefe se movía con el joven clavando palitos,
bumbambeaban.
El comandante se paseaba comiendo ciruelas, el
hijo estaba delante de Gombrowicz con su vos fresca y alegre, su risa
armoniosa, los movimientos de todo su cuerpo ágiles y livianos. El
padre observaba al moreno que llevaba el ritmo del bumbam, y el
bumbameo unía a los muchachos debajo de los árboles. ¡A bailar!, un
gentío increíble, la flor y nata de la colonia polaca, mejor olvidar y
no dejar transparentar nada.
En
la oscuridad de la noche se escondían algunas siluetas monstruosas,
parecían perros pero tenían cabezas humanas, se agrupaban en un montón
y parecían brincar, copular y morder. Los polacos de la empresa
equino-canina se preparaban para ser ellos también terribles matando al
hijo. Las parejas bailaban y el hijo bailaba con una hermosa polaquita
lleno de brillo y gallardía.
Si el joven saltaba, el
mequetrefe saltaba, bailaban al ritmo del bumbam, temblaban los
cristales, la colonia polaca quería bailar la mazurca pero era
imposible, sólo había bumbam. El padre tomó un gran cuchillo y lo
guardó en un bolsillo. Y, de pronto, bum, el criado contra una lámpara;
y el hijo, bam, a la lámpara; vuelve el mequetrefe, bum, a un jarrón; y
el hijo, bam, al jarrón; bum.
El
criado contra el padre; el padre cae al suelo y ya se apresuraba el
hijo a bambearlo con su bam. En aquel pecado general, mortal, en
aquella debacle, en medio de esa enorme corrupción no existía otra cosa
que el llamado del bum-bam y el trueno del asesinato. El hijo volaba
hacia el padre, pero en vez de bambearlo con su bam, lo bambeó con una
risa que le estalló en la garganta.
El embajador también
estalló de risa. Fue un bramido de risa general en todo el salón. Junto
a las paredes habían quienes se pedorreaban y quienes se meaban de
risa. Bambeabam. “Y, entonces, de risa en risa, riendo, bum; riendo;
bam, bum, bumbambeaban”. Pero los fermentos de la juventud respecto a
aquella batalla de Varsovia no le habían desaparecido a Gombrowicz ni
nunca le desaparecieron.
“No oculto que tenía miedo. Quizá no tanto
del ejército y de la guerra, si no del hecho que, a pesar de mi mejor
voluntad, no podría estar a la altura. No estoy hecho para esto. Mi
campo es diferente. Desde la edad más temprana mi desarrollo tomó otra
dirección. Como soldado sería un desastre. Sería una vergüenza para mí
y para vosotros. ¿Creéis que patriotas como Mickiewicz y Chopin no
participaron en la lucha únicamente por cobardía? (...)”
“¿O
quizá porque no querían hacer el ridículo? Y supongo que tenían derecho
a defenderse de aquello que superaba sus fuerzas. Pero tal vez estas
confesiones sean innecesarias y torpes. Tal vez sería suficiente decir
que en el momento del estallido de la guerra tenía la categoría de
inútil parcial, y luego, cuando me presenté ante una comisión médica en
la legación polaca en Buenos Aires, me clasificaron como perteneciente
a la categoría de inútil total... Prefiero poner los puntos sobre las
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