
WITOLD GOMBROWICZ E IGNACY JAN PADEREWSKI
El
Minuet de Paderewski fue el primer contacto espiritual que tuve con
Polonia. Esta breve pieza musical me transportaba en mis sueños a una
Polonia romántica y heroica. Ignacy Jan Paderewski fue un pianista,
compositor, diplomático y político polaco. Su debut en Viena y su
actuación dos años después en París le valieron la fama de ser el mejor
pianista después de Franz Liszt. Eran muy admiradas sus
interpretaciones de las obras de Frédéric Chopin.
En 1919, en la
recién independiente Polonia, Paderewski se convirtió en Primer
Ministro y Ministro de Asuntos Exteriores de Polonia y representó a
Polonia en la Conferencia de Paz de París. Tras la Invasión de Polonia
en 1939 Paderewski volvió a la vida pública. En 1940 se convirtió en la
cabeza del Consejo Nacional de Polonia, el parlamento del Gobierno de
Polonia en el exilio, en Londres.
?En
aquellos años, la guerra mundial despertó en mí una nostalgia incurable
por Occidente. Lo digo porque creo que eso es muy polaco y se mantiene
vivo ahora como entonces... Una de las amigas más íntimas de mi madre
era la mujer del profesor Mikulowski-Pomorski el cual era partidario de
los países centrales y ocupaba el cargo de ministro en el Gobierno del
Consejo de Regencia (...)?
?Bajo su influencia, mi madre
manifestaba un ligera tendencia proalemana, lo cual era evidentemente
suficiente para que nosotros ?mis hermanos y yo? nos declarásemos
partidarios apasionados de la coalición. Seguía con vehemencia los
cambios en el frente y, con un lápiz, marcaba solemnemente sobre el
mapa cada pueblecito tomado allá por Reims o Amiens, como si de eso
dependiera el resultado de la guerra (...)?
?Al otro lado de aquel frente comenzaba para mí la verdadera
Europa, mientras los rusos y los alemanes conformaban una especie de
realidad de segunda categoría: ridícula, bárbara, separadora de
aquello, de la civilización. Presentía, sabía que allí se hallaba mi
mundo, mi patria, mi destino. Cuando en el año 1918 esa barrera se
rompió y Occidente comenzó a infiltrarse, al principio gota a gota,
significó tanto para mí como la recuperación de la independencia (...)?
?Estaba
presente entre la multitud que saludaba a Paderewski, comía chocolate
occidental que traían los americanos, amigos de Janek Balinski,
contemplaba los uniformes de los soldados de Haller, divisaba a lo
lejos el coche del embajador francés...?. Las alas de Gombrowicz vuelan
en sus sueños hacia el Mediodía y el Poniente. Del Oeste le llegaban
los vientos de la historia y de la cultura.
Al Sur accedió más
tarde, en Francia, en un trayecto que recorre en bicicleta entre un
pequeño balneario montañoso y la playa de un puerto diminuto en los
Pirineos Orientales. Pedaleaba hacia abajo con un grupo de meridionales
desenfrenados, de pronto se le apareció a lo lejos la superficie
inmóvil y resplandeciente del mar latino como si se levantara un telón.
Lo que no habían podido las catedrales y los museos de París lo lograba
ese camino vertiginoso que apuntaba al mar.
Comprendió
el Sur, Francia, Italia, Roma... todo eso se le apareció por primera
vez en forma hermosa justamente a él, que hasta entonces había
considerado a la gente de tez morena como un tipo humano inferior. La
blancura de las piedras, el noble gris ceniza de los plátanos, el azul
al frente, la nitidez de las líneas y la plenitud de la forma.
Toda
la cultura francesa, que hasta entonces le había parecido burguesa y
repugnante, se le apareció como algo elemental y salvaje. Nunca más
sintió aversión hacia el Sur, el Mediodía lo atrapó con una dureza
refulgente, un deslumbramiento que preparó el camino para ese viaje
increíble y milagroso que hizo más tarde a la Argentina. No estoy
seguro de esto, porque era una persona culta, pero yo creo que en un
principio se imaginó a la Argentina como un país tropical lleno de
palmeras, de pájaros multicolores, de papagayos.
Un
país sin miras de guerras, rico, enorme, despoblado, en contraste con
una Polonia que había sido independiente durante veinte años antes de
la guerra y que había estallado en llamas junto con toda Europa. El
sueño tropical todavía lo tenía cuando conoció a Piñera en el Rex: ?Así
que usted viene de la lejana Cuba. Todo muy tropical por allá, ¿no es
cierto? ¡Caramba, cuántas palmeras!
?Acerca de lo que ocurrió a
bordo de la goleta Banbury? es la novela corta más larga de Gombrowicz.
La escribió en el año 1932, y sin saber que siete años más tarde
desembarcaría en la Argentina, sueña con ella: ?Bajo el hermoso cielo
de Argentina, los sentidos gozan gracias a una niña?. Se toma unas
vacaciones, unas vacaciones argentinas de casi veinticuatro años.
Las
playas de Mar del Plata y de Necochea le despertaron a Gombrowicz
ocurrencias un tanto distintas a las que le sobrevenían en la ?La
Cabaña?, la estancia de su amigo Dus Jankowski, en plena pampa húmeda.
En Necochea, por la aplicación de una determinada ciencia infusa del
conocimiento, supo de repente cómo se había realizado en la Argentina
la reforma agraria.
?Santiago Achaval, Juan Santamarina, Paco
Virasoro y Pepe Uriburu: jóvenes de la oligarquía argentina, ricos y
desenvueltos. ¿Cuántos hermanos y hermanas tienen estos jóvenes? Paco
es el que tiene menos, sólo seis. Entre los cuatro, un total de
cuarenta hermanos. Niaki Zuberbühler tiene ochenta primos de primer
grado. La reforma agraria se lleva a cabo en la cama?
En cambio, cuando viaja por primera vez a ?La Cabaña?,
inscribe el pórtico de esa estancia, como Dante lo había hecho en la
puerta del infierno, unas palabras tristes. ?Si este diario que voy
escribiendo desde hace algunos años no está a la altura ?la mía, la de
mi arte o la de mi época?, nadie debería reprochármelo, pues es un
trabajo que me ha sido impuesto por las circunstancias de mi exilio y
para el posiblemente no sirvo?
En esa pampa ilimitada no hay
océano ni sal ni vientos, después de la agitación de las playas, ahora
la tranquilidad, el silencio y el relajamiento. En el campo argentino
no hay campesinos como los hay en Polonia, aquí no hay nadie. Unos
cuantos peones cuidan los campos y la enorme cantidad de vacas y de
caballos, pero sin prisa. Un hombre con un tractor labra, siega, trilla
y embolsa los granos.
Gombrowicz caminaba por las avenidas de
eucaliptos en medio de la inmensidad de la pampa húmeda, y de nuevo lo
asaltaba el presentimiento de una agonía solitaria en un sótano
asfixiante. Sabía que Dios no sería un asilo para su vejez, y menos aún
la trascendencia del existencialismo con sus borracheras de
sentimientos trágicos, su responsabilidad y su angustia.
El
tiempo del deshielo presionaba sobre su conciencia y se preguntaba si
su regreso a Polonia, si su regreso a la patria no podría darle lo que
Dios y la filosofía no podían darle. Pero en ese caso se tendría que
enfrentar con una libertad relativa, una libertad que debía presentarse
dos veces por semana en la oficina de control para poder vivir una
semivida y una semiverdad.
A través de estas cavilaciones se estaba
definiendo respecto a la ética del catolicismo, del existencialismo y
del marxismo, pero la moral es sólo un fragmento de la vida, y los
otros fragmentos lo seguían presionando por todas partes pues la
realidad es inagotable. Esa contradicción entre el ser y el existir lo
llevaba de la mano al mundo palpable de los eucaliptos y de la tierra.
Ese
era el único mundo amigable y creíble para Gombrowicz, un mundo que se
le había diluido en esa pampa inmensa bajo la bóveda celeste, se le
había borrado completamente. Ni siquiera el globo terrestre, suspendido
él mismo, podía asegurarle un terreno firme para los pies. Ese abismo
sin fondo podría enloquecernos si es que no estuviéramos tan
acostumbrados a él.
?Y al mismo tiempo yo estoy allí, en el seno del
universo. Todas las contradicciones se dan un rendez-vous en mí; la
calma y la locura, la sobriedad y la embriaguez, la verdad y la
patraña, la grandeza y la pequeñez, la belleza y la monstruosidad, pero
siento que en mi cuello se posa de nuevo la mano de hierro, que poco a
poco, sí, de manera imperceptible..., se va cerrando?
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