
WITOLD GOMBROWICZ Y EL PARRICIDIO
“‘Nací
y me eduqué en una casa muy respetable’. Esta forma irónica con la que
iniciaba uno de mis relatos, ‘El diario de Stefan Czarniecki’, podría
igualmente servir de introducción a los presentes recuerdos. Yo fui en
realidad el niño mimado de eso que se llama una familia respetable,
aunque aquí la palabra respetable debe ser utilizable sin ironía, ya
que se trataba de una casa de gente más bien benévola y de principios
(...)”
“Mi padre era propietario de una pequeña finca en la región
de Sandomierz y trabajaba en la industria. En los tiempos de mi
adolescencia era presidente de la Central de Chatarra y miembro de
varios consejos de supervisión y de administración, lo que le aseguraba
unos ingresos sensiblemente más altos que los de la pequeña finca de
Maloszyce. Mi madre era hija de Ignacy Kotkowski, propietario
terrateniente de la región de Sandomierz (...)”
“Mi
padre era oriundo de Lituania. A mi abuelo Onufry el gobierno ruso le
había confiscado sus bienes. Con el dinero que salvó compró el pueblo
de Jakubowice y, más tarde, Maloszyce, donde yo nací. Los Gombrowicz
nos considerábamos siempre algo superiores a los demás terratenientes
de la región de Sandomierz, como consecuencia de diversos vínculos
familiares que habíamos heredado de la época lituana (...)”
“También
porque la nobleza de ese país, más rica y asentada desde hacía siglos
en sus tierras, podía vanagloriarse de una mejor tradición, una
historia más precisa y funciones más importantes. De todas formas no
puedo asegurar que la nobleza de la región compartiera este punto de
vista. Yo era el menor de los hermanos. El primogénito se llamaba
Janusz; luego venía Jerzy y mi hermana Irena, cinco años mayor que yo”
Durante
mucho tiempo Gombrowicz fue considerado como un mocoso por sus hermanos
y por su padre. Excluido de la complicidad que se había establecido
entre sus hermanos y su padre, se vio dominado por ellos. En especial
era víctima de las bromas de su hermano Jerzy, el favorito de la
familia. Jerzy, brillante e ingenioso, se mofaba de él continuamente, y
lo ponía frecuentemente en algún compromiso.
Gombrowicz, subyugado
por su hermano Jerzy y por sus éxitos entre los adultos, lo imitaba y
trataba de igualarlo cuanto podía. La admiración hacia su padre se vio
redoblada por la sentía por su hermano. Pero cuanto mayor era su
admiración, más humillado e inferior se sentía. Sobre todo ante su
padre: su manera de ser, muy natural y distinguida, lo impresionaba
muchísimo.
La consideración de que gozaba el padre en su
medio, así como su posición social, le infundían respeto. Gombrowicz
sentía por su padre admiración, temor, ansia y al mismo tiempo celos y
aversión. Describía a su padre como un hombre apuesto, alto,
distinguido..., mientras que él detestaba su propia silueta. Carecía
del aire desenvuelto y el aspecto viril que admiraba en su padre.
Tenía
dos defectos que lo hacían objeto de continuas burlas por parte de sus
compañeros de colegio: su tez, muy femenina, y su tendencia a
ruborizarse. Más tarde reaccionaría contra sus complejos desmitificando
y tomando a broma todo lo que lo dominaba y lo limitaba. La evolución
de su actitud hacia su padre tiene algo de exorcismo. Gombrowicz se
curó de su humillante admiración en “El bailarín del abogado
Kraykowski”.
En “Ferdydurke” completó esta cura burlándose de
la superioridad, la elegancia y el refinamiento señorial de su padre.
“Aquel rico propietario, que conocía la vida, quedaba ingenuamente
desarmado por mi ingenuidad. Lo más curioso era que, pese a su gran
conocimiento del mundo y a su experiencia, no había pensado ni por un
momento que yo pudiera aliarme con Polilla y con el Peón contra él y
regocijarme con sus congojas señoriales (...)”
“El
rico propietario poseía la lealtad de la mejor sociedad, que no concibe
la traición en su propio seno”. Corría el año 1926, y como el
protagonista de “El bailarín del abogado Kraykowski” llega tarde al
teatro, en vez de ponerse en la cola para sacar la entrada, se cuela.
Un individuo alto y perfumado lo sujeta del cuello y lo arrastra hasta
el último lugar de la fila.
Al joven se le cortó la
respiración, se dirigió al atrevido, un hombre rozagante con un pequeño
bigote cuidadosamente recortado, que conversaba con dos damas elegantes
y otro caballero. Con una voz casi imperceptible, estaba a punto de
desvanecerse, le preguntó si era a él a quien le debía la gentileza, el
caballero lo miró con desprecio pero no le contestó. Después del primer
acto lo saludó en la escalera, pero tampoco le respondió.
Entonces,
le hizo una reverencia, posteriormente lo volvió a saludar un par de
veces más, regresó a su asiento tembloroso y extenuado. A la salida del
teatro, cuando el arrogante despedía a una de las señoras y a su
marido, se le acercó para pedirle que si no le hacía el favor de
dejarlo viajar en su coche por un rato porque le gustaba la comodidad,
como el caballero le responde que lo deje en paz se dirige al chofer, y
cuando empieza a repetirle el mismo pedido, el automóvil parte.
El
joven lo sigue en un taxi, observa la casa en la que entran y con una
estratagema obtiene del portero el nombre del caballero: abogado
Kraykowski. A la noche no pudo dormir atormentado por los pensamientos
de lo que le había ocurrido en el teatro. A la mañana siguiente envía
un ramo de rosas a la casa de Kraykowski y lo espera algunas horas en
la puerta de la casa.
Sale el abogado
elegantemente vestido silbando y blandiendo un bastón. El joven lo
sigue dominado por un sentimiento de gratitud y decide rendirle un
homenaje en silencio. Le compra un ramo de violetas a una florista,
pasa corriendo al lado del abogado y se lo arroja a los pies sin
detener la marcha. No se animaba a mirar hacia atrás, cuando finalmente
mira, el abogado había desaparecido.
A la salida del teatro
escuchó que a la noche los cuatro se iban a encontrar en el “Polonia”,
el resto del día lo vivió con esa única idea. Entró tras ellos en el
lujoso local, inmediatamente advirtieron su presencia. Mientras las
damas lo miraban y murmuraban el abogado no le prestó ninguna atención.
Les hacía cortesías a las damas, miraba fijamente a otras mujeres y
hablaba lentamente.
Cuando ordena la comida para su mesa el joven
ordena la misma comida, come y bebe todo lo que come y bebe el abogado
Kraykowski. Admira la elegancia y la gracia de sus inclinaciones. Su
esposa era una verdadera nulidad, pero la otra señora, la esposa del
doctor, era muy atractiva y el protagonista advierte que cuando se
dirigía a ella su voz era más dulce y tierna.
La
esposa del doctor era una mujer hecha realmente para él: delgada,
elegante, felina, con una deliciosa arbitrariedad femenina. Fue su
primera orgía nocturna por el abogado y para el abogado, a partir de
ese día comenzó a esperarlo a la salida de su casa espiando desde un
café, para luego seguirlo. El joven tenía tiempo de sobra, su única
ocupación era cuidar de una epilepsia que lo había extenuado hasta el
punto de suponer que no le quedaba mucho tiempo de vida.
Unos
ingresos modestos eran suficientes para cubrir sus necesidades. El
abogado era goloso, al regresar del Tribunal se detenía en una
pastelería y devoraba pastelillos de manzana. Después de pensarlo con
cuidado un día el joven habla con la pastelera y le paga por adelantado
el consumo de un mes de pastelillos para Kraykowski, le dice que lo
hace porque tiene que pagar una apuesta que había perdido.
Al
día siguiente, cuando la pastelera no le quiso cobrar los pastelillos a
Kraykowski, el abogado se enojó y arrojó las monedas en una alcancía de
beneficencia. Un océano ilimitado de ideas empezó a llenarle la cabeza
durante el día, las coincidencias y los servicios se sucedían,
encuentros en el tranvía para sentarse frente al abogado, los servicios
de baño pagados por adelantado por el joven.
Eran señales de
adoración y de obediencia que le daba al abogado, muestras de fidelidad
y de respeto, un sentimiento férreo del deber que denotaba pasión. La
mujer del doctor, el amigo de Kraykowski, parecía insensible a los
encantos del abogado, era evidente que lo rechazaba, un día lo vio
salir furioso de la casa de ella. Para convencerla de que tenía que
ceder a los sentimientos del abogado le escribe una carta anónima en la
que le protesta por su comportamiento incomprensible.
La
exhorta a que cumpla sus obligaciones con un caballero tan encantador.
A los pocos días el abogado Kraykowski se detiene mientras el joven lo
perseguía, se vuelve y se le acerca con el bastón en la mano. Una
extraña sensación de desvanecimiento se apoderó del protagonista cuando
se sintió agarrado de la solapa y sacudido violentamente. Cuando lo
amenazó con romperle el cuello a bastonazos por los anónimos el joven
no pudo hablar.
Se sentía feliz y aceptaba el suplicio como si
fuera la santa comunión, se arrodilló en silencio y le ofreció la
espalda al abogado. Kraykowski se alejó y el joven regresó a su casa
con la sensación de que eso todavía no bastaba, que era necesario mucho
más. Era evidente que la señora había considerado la carta como una
broma estúpida y se la había mostrado al abogado.
Decidió ser más persuasivo
esta vez y le volvió a escribir de manera más drástica, se iba a
infligir toda clase de penitencias hasta que ocurriera aquello, debía
dejar de lado su orgullo y su obstinación, ¿perfumes?, sólo Violette, a
él le gusta. A partir de entonces el abogado dejó de visitar a la
esposa del doctor. El protagonista pasaba las noches en blanco, le
seguía escribiendo a la señora que debía hacerlo.
Le decía que su
doctor era una nulidad, que lo debía hacer esa misma noche si es que el
marido no estaba. De pronto recordó que el abogado había tenido la
intención de golpearlo, entonces se dirigió a los Tribunales, y cuando
Kraykowski salió en compañía de dos colegas se arrodilló delante de él
ofreciéndole la espalda para los golpes de bastón, exclamando que tal
vez ahora podía.
El abogado le dijo en voz baja a sus colegas
que debía ser un pobre idiota, le dio unos centavos al miserable y se
despidió. Uno de los señores quiso darle él también unas monedas pero
no se las aceptó, le explicó que sólo recibía limosna de la mano del
abogado Kraykowski. En el edificio de la mujer dibujó una gigantesca K
con una flecha, fue tejiendo una telaraña de malos entendidos.
Estos
malentendidos la empujaban más y más a caer en los brazos del abogado,
le hacía llamadas a la medianoche ordenándole que lo haga. Pero todos
sus esfuerzos parecían caer en el vacío, empezó a perder las
esperanzas. En unas de las noches en las que el joven regresaba a su
casa después de las persecuciones agotadoras, una corazonada le dijo
que tenía que entrar en el parque.
Y los vio, caminaban por un
sendero, luego se sentaron en un banco. El abogado la abrazó y empezó a
murmurarle palabras dulces. El joven no pudo resistir, algo explotó
dentro de él como si una corriente eléctrica se descargara en su
interior y empezó a gritar con una voz que podía escucharse en todo el
parque: “¡El abogado Kraykowski se la está…! ¡El abogado Kraykowski se
la está…!”
Cundió
la alarma. La gente corría y se asomaba a las ventanas, el joven sintió
una primera sacudida, una segunda, una tercera, las piernas le
temblaron y empezó a bailar como nunca lo había hecho antes, con la
espuma en la boca sollozaba en medio de las convulsiones. Fue una danza
orgiástica, se despertó en el hospital. Cada día que pasaba se sentía
peor, los últimos acontecimientos lo habían vencido
El abogado
Kraykowski se tuvo que escapar y esconder en una pequeña localidad al
este de los Cárpatos, buscando refugio en las montañas con la esperanza
de que el joven lo olvidara. Pero el protagonista se propone seguirlo,
lo seguirá a todas partes porque ese hombre es como su estrella. El
protagonista duda que regrese vivo de ese viaje pero se arriesga a
morir.
Por si eso llegara a ocurrir se dispone a preparar un
documento para que su cadáver le sea remitido de inmediato al abogado
Kraykowski. Gombrowicz recurrió en la vida y en la literatura a una
gran variedad de ardides para sobreponerse al dominio del padre y, por
consiguiente, al dominio de cualquier autoridad. A veces lo hacía
recurriendo a los artificios literarios y otras veces se las arreglaba
de otra manera.
“Es
la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento
también ha sido detenido. Aparte de eso, los medios militares y
civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema,
el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los Departamentos, los
Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios,
todos están es prisión. Hemos encarcelado también a los ministros y, en
general, todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La
calma”
“Pues bien, yo, aunque traidor y escarnecedor de mi
esfera, pertenecía a ella a pesar de todo, y como seguramente ya he
dicho, muchas de mis raíces deben buscarse en la época de mayor
depravación de la nobleza, el siglo XVIII. Yo, que tenía un pie en el
bondadoso mundo de la nobleza terrateniente y otro en el intelecto y el
la literatura de vanguardia estaba entre dos mundos, tenía entonces que
escamotear sus pretensiones de autoridad. Pero estar entre es también
un buen método para enaltecerse, puesto que aplicando el principio de
divide et impera puedes conseguir que ambos mundos empiecen a devorarse
mutuamente, y entonces tú puedes zafarte y elevarte por encima de ellos”
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