
WITOLD GOMBROWICZ Y EL ULANO KAEPERSKI
“Mi
casa natal, a pesar de las apariencias, era el colmo de una disonancia
que no cesaba de herir mis oídos infantiles. Existían muchas razones
para ello: una de las principales era el contraste de temperamento
entre mi padre y mi madre. Mi padre, un hombre hermoso y elegante, de
‘raza’, como se solía subrayar en aquel entonces, tenía fama de persona
seria, responsable y honrada (...)”
“La discordancia entre su
comportamiento, correcto y respetable, y ciertas extravagancias
nuestras, sus hijos, despertaban en más de una ocasión reflexiones del
tipo: ‘¿qué diría de eso su padre?’, o bien, ‘¡qué pena que no hayan
salido al viejo Gombrowicz!’. Su excelente aspecto unido a una mente
sin especial profundidad ni amplios intereses, pero perfectamente
eficaz, le aseguraban esos cargos más bien representativos en diversos
consejos y organismos administrativos (...)”
“En
cambio, mi madre se distinguía por un temperamento extraordinariamente
vivo y una imaginación exuberante. Nerviosa, exaltada, inconsecuente,
incapaz de controlarse, inocente y, aún peor, con una idea de sí misma
totalmente equivocada. Mi padre cedía a veces ante su lucidez e
inteligencia y, a menudo, soportaba en silencio sus exaltaciones,
realmente difíciles de superar (...)”
“El hecho de no querer ser
lo que era, de no reconocerse a sí misma, terminó vengándose de mi
madre, porque nosotros, sus hijos, le declaramos la guerra. Nos
enervaba. Provocaba. Y fue allí, seguramente, donde comenzaron mis
dolorosas aventuras con las diversas distorsiones de la forma polaca
que producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se
troncha de risa, pero no resulta agradable”
Una discordancia tan drástica
como la que existía entre sus padres Gombrowicz la pone en juego en “El
diario de Stefan Czarniecki”, aunque el conflicto de la novela tiene
unas características ciertamente monstruosas. Esta segunda novela corta
de Gombrowicz, es contigua a “El bailarín del abogado Kraykowski” y la
escribió en el año 1926. El punto de inflexión del comportamiento del
personaje es la guerra, al regreso del frente ya no puede mantener las
viejas creencias y se desbarranca en la inmoralidad.
Gombrowicz
tiene la costumbre de asociar el amor con la violencia: “Mi sexualidad
despierta en forma precoz, nutrida de guerra, de violencia, de cantos
de soldados y de sudor, me encadenaba a aquellos cuerpos enmugrecidos
por el duro trabajo”. Su adolescencia estuvo marcada por la guerra y
por los acontecimientos de 1920, cuando el ejército bolchevique invadió
Polonia, llegando hasta Varsovia.
El recuerdo del paso de los ejércitos, los incendios, los
campos asolados por la guerra, están de alguna manera presentes en el
“El diario de Stefan Czarniecki”. “En la época de la Primera Guerra
Mundial, creo que el frente pasó cuatro veces por nuestra casa, avance,
retroceso, avance, retroceso, el fragor lejano y luego cada vez más
próximo el cañón, los incendios, los ejércitos que se retiran, los
ejércitos que avanzan (...)”
“El tiroteo, los cadáveres junto al
estanque, y también los prolongados altos de los destacamentos rusos,
austríacos y alemanes. Nosotros, los muchachos, nos la pasábamos en
grande recogiendo cartuchos, bayonetas, cinturones, cargadores. El
excitante olor de la brutalidad lo invadía todo”. Stefan, el
protagonista del cuento, se alistó en el regimiento de los ulanos, pero
Gombrowicz no estaba alistado en ese regimiento cuando el mariscal
Pilsudski detuvo a los rusos en las puertas de Varsovia.
“En ese año de 1920 era un ser distinto a los
otros, aislado, viviendo al margen de la sociedad (...) y sucedió así
porque no supe cumplir mis deberes con la nación en el momento que una
terrible amenaza se cernía sobre nuestra joven independencia”. En esta
novela no queda títere con cabeza: la familia, la polonidad, la
política, la guerra, el amor, todo vuela por los aires, pero son más
bien caricaturas, marionetas que Gombrowicz zarandea como una parodia
de la realidad.
El estilo es brillante, humorístico e irónico,
pero los componentes de la narración son morbosos. Estos elementos
pierden mucho de su carácter repulsivo porque los utiliza como
ingredientes de la forma, tienen un papel funcional y obedecen a un
objetivo superior: la creación artística.
La constitución
sombría de la conciencia de Gombrowicz está metida en esta narración,
pero no la arroja de cualquier manera como si la tirara a una cloaca.
Estaba intentando cancelar su deuda moral, quería que la obra lo
absolviera. Stefan Czarniecki había nacido en una casa muy respetable.
El padre, un hombre fascinante y orgulloso, poseía unos rasgos que
personificaban una estirpe perfecta y noble.
La
madre andaba siempre vestida de negro con unos pendientes antiguos como
único adorno. Stefan se veía a sí mismo como un muchacho serio y
pensativo. Había en su vida familiar un solo punto oscuro, su padre
odiaba a su madre, no la soportaba, un enigma que lo condujo finalmente
a la catástrofe interior. Se convirtió en un inútil inmoral, para poner
un ejemplo, besaba la mano de una dama babeándola, sacaba el pañuelo y
se secaba la saliva mientras le pedía perdón.
El padre evitaba
el contacto con la madre, a veces la miraba a hurtadillas con expresión
de infinito disgusto. Stefan, en cambio, no manifestaba aversión hacia
su madre a pesar de que había engordado muchísimo al punto de
tropezarse con todas las cosas. Stefan se imaginaba que había sido
concebido bajo coacción violentando los instintos, y que él era el
fruto del heroísmo del padre.
Un
día la repugnancia del padre estalló: –Te estás quedando calva. Dentro
de poco estarás más calva que un trasero. Eres horrorosa. Ni siquiera
adviertes cuán horrible es tu aspecto. Stefan no comprendía el porqué
debía considerar a la calvicie de la madre peor que la del padre,
además, los dientes de la madre eran mejores y, sin embargo, ella no
sentía repugnancia por él.
Era una mujer majestuosa y muy
religiosa, rodeada de una furia de ayunos, plegarias y acciones
piadosas. A veces, los convocaba a Stefan, al cocinero, al mayordomo,
al portero y a la camarera y decía: –¡Ruega, ruega pobre hijo mío por
el alma de ese monstruo que tienes por padre! ¡Rogad también vosotros
por el alma de vuestro amo que se ha vendido al diablo!
A la madre
le producían horror las acciones del padre, y al padre lo que le
producía horror era ella misma, no podía dejar de manifestar su asco:
–Créeme, querida, que estás cometiendo una falta de tacto. Cuando veo
ante el altar tu nariz, tus orejas, tus labios, tengo la convicción de
que también Cristo se siente a disgusto. A pesar de estas
contrariedades Stefan fue un buen alumno, aplicado y puntual, pero
nunca gozó de la simpatía de los demás.
En
el recreo los alumnos cantaban: –Uno, dos y tres, dos pan pan/ no hay
judío que no sea un can/ Los polacos en cambio son águilas de oro/ Uno,
dos, tres, ahora le toca al loro. Stefan estaba fascinado con estos
versos pero debía apartarse de los otros chicos cuando cantaban. A
pesar de los esfuerzos que hacía por resultarles agradable a ellos y a
los profesores con sus buenas maneras, lo único que conseguía era una
actitud hostil.
Una tarde, un profesor de historia y literatura,
un vejete tranquilo y bastante inofensivo, les dijo: –Los polacos,
señores míos, han sido siempre perezosos, sin embargo, la pereza es
siempre compañera del genio. Los polacos han sido siempre valientes y
perezosos ¡Magnífico pueblo, el polaco! A partir de ese momento el
interés de Stefan por el estudio disminuyó.
Pero
con este cambio no consiguió la simpatía del profesor y de nada le
sirvió su incipiente preferencia por los desaplicados y los perezosos.
La observaciones del profesor tenían mucha influencia en la clase: –Los
polacos han sido siempre holgazanes y desobligados, pero las suecas,
las danesas, las francesas y las alemanas pierden la cabeza por
nosotros, sin embargo, nosotros preferimos a las polacas.
¿No es
acaso famosa en el mundo entero la belleza de la mujer polaca? El
resultado de esas insinuaciones fue que Stefan se enamoró de una joven
pero ella no se daba por enterada. Una mañana, después de haberle
pedido consejo a sus compañeros de clase, venció su timidez y le dio un
pellizco; ella cerró los ojos y soltó una risita. Lo había logrado. Se
lo contó a sus compañeros y fue la primera vez que lo escucharon con
interés, acto seguido se precipitaron sobre una rana y la mataron a
golpes.
Stefan
estaba emocionado y orgulloso de haber sido admitido por los jóvenes y
presintió que empezaba una nueva etapa de su vida. Para congraciarse
aún más atrapó una golondrina y le rompió un ala, cuando se disponía a
golpearla con un palo un alumno le dio una bofetada en la cara. Como no
se defendió todos se lanzaron sobre él y lo aporrearon sin ahorrar
escarnios ni insultos.
En el amor tampoco le iba nada bien, la
joven pellizcada le hacía recriminaciones porque era un consentido, un
pequeño nene de mamá. Stefan había comprendido finalmente que, si bien
el padre era de raza pura, su madre también lo era pero en el sentido
contrario, el padre era un aristócrata arruinado casado con la hija de
un rico banquero. Se imaginaba que las dos razas hostiles de los
padres, ambas poderosas, se habían neutralizado y habían parido un
ratón sin pigmentación, un ratón neutro.
Por
eso no tomaba parte de nada a pesar de haber participado en todo, ése
era su misterio. La joven le pedía que fuera valiente, le ordenaba que
saltara zanjas, que sostuviera pesos, que golpeara abedules bajo la
observación del vigilante, que arrojara agua sobre el sombrero de los
transeúntes. Cuando Stefan le preguntaba cuál era la razón de esos
caprichos le decía que no lo sabía, que era un enigma, una esfinge.
Era
un misterio para ella misma. Si la joven fracasaba en algo se
entristecía, si triunfaba se ponía feliz y le permitía besar sus
deliciosas orejas, como premio, sin embargo, nunca se permitió
responder a su apremiante: –¡Te deseo! Le decía que había algo en él de
repulsivo y no sabía bien qué era, pero Stefan sabía muy bien lo que
querían decir esas palabras relacionadas con la disonancia que existía
entre sus padres.
Leía
mucho y trataba de comprender el significado de su secreto, se daba
ánimos con el recuerdo de uno de los temas escolares, la superioridad
de los polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies
planos; los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos
son peludos; los italianos... bel canto. Ésta era la razón por la que
querían eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos
que no causaban repulsión.
El horizonte político se volvía cada
vez más amenazador y la joven cada vez más nerviosa. La multitud en las
calles, las tropas se desplazaban hacia el frente. La movilización, los
adioses, las banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios,
lágrimas, manifiestos, indignación, exaltación y odio.
La
amada de Stefan ni lo miraba, no tenía ojos más que para los militares.
Stefan afirmaba su patriotismo, participaba en juicios sumarios contra
espías, pero algo en la mirada de Jadwiga lo obligó a alistarse como
voluntario en el regimiento de ulanos. Atravesaban la cuidad cantando
inclinados sobre el cuello de sus caballos, una expresión maravillosa
aparecía en el rostro de las mujeres.
Sentía
que muchos corazones latían también por él, y no entendía el porqué
pues no había dejado de ser el conde Stefan Czarniecki que era antes ni
el hijo de una Goldwasser, el único cambio era que ahora usaba botas
militares y llevaba en el cuello unas tiras color frambuesa. La madre
lo convocaba para que no tuviera piedad, para que arrasara, quemara y
matara, para que destruyera a los malvados.
El padre, un gran
patriota, lloraba en un rincón y le decía que con la sangre podría
borrar la mancha de su origen, que pensara siempre en él y ahuyentara
como la peste el recuerdo de la madre porque podía serle fatal, que no
perdonara y que exterminara hasta el último de esos canallas. La amada
le entregó por primera vez su boca, una verdadera delicia. La guerra
era hermosa.
Era
precisamente la conciencia de ese esplendor la que le proporcionaba las
energías para combatir al implacable enemigo del soldado: el miedo. De
cuando en cuando lograba colocar un tiro de fusil en el blanco preciso,
y entonces se sentía columpiado por la sonrisa impenetrable de las
mujeres y hasta le parecía que se ganaba el afecto de los caballos que
hasta el momento sólo le habían propinado coces y mordiscos.
Sin
embargo, ocurrió un incidente que lo lanzó al abismo de la depravación
moral de la que no pudo apartarse hasta el día de hoy. La guerra se
había desencadenado en todo el mundo. La esperanza, consuelo de los
imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa perspectiva del porvenir: el
regreso a casa y la liberación de su situación de ratón neutro, pero
las cosas no ocurrieron de esa manera.
El
regimiento de Stefan estaba defendiendo con tesón por tercer día
consecutivo una colina en el frente, con la orden de resistir hasta la
muerte. Fue entonces cuando cayó un obús que le cortó de un tajo ambas
piernas al ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el pobre,
seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan
tuvo que acompañar.
Cuando terminó la guerra y volvió a casa con
la risa del ulano Kaeperski sonándole aún en los oídos comprobó que
todo lo que hasta entonces había sostenido su existencia yacía hecho
escombros, que no le quedaba más remedio que volverse comunista. Stefan
entendía el comunismo como un programa en el que los padres y las
madres, las razas y la fe, la virtud y las esposas, y todo, sería
nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales.
Un
programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos y
repartida entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus
oraciones; que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos
cuya raza fuera poco satisfactoria. Un programa en el que todas las
sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados
exclusivamente bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado
fuera causal del castigo con la cárcel.
Stefan
elegía el término comunismo porque constituía para los intelectuales
que le eran adversos un enigma tan incomprensible como lo eran para él
las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de esos intelectuales.
Las conversaciones más irónicas las tuvo con su adorada Jadwiga que lo
había recibido con efusiones extraordinarias al regreso de la guerra.
Stefan le preguntaba que si acaso la mujer no era algo misterioso.
Cuando
ella le respondía que sí, que lo era, y que ella misma era misteriosa y
desencadenaba pasiones, que era una mujer esfinge, entonces Stefan
exclamaba que también él constituía un misterio, que tenía un lenguaje
personal secreto y que le gustaría que ella lo adoptara. Le advirtió
que le iba a meter un sapo debajo de la blusa, y que ella tenía que
repetir con él las siguientes palabras: Cham, bam, biu, mniu, ba, bi,
ba be no zar.
Fue
imposible, Jawdiga no quiso pronunciarlas, le dijo que le daba
vergüenza y se echó a llorar. Stefan no le hizo caso, tomó un sapo
grande y gordo y cumplió con su palabra. Se puso como loca. Se tiró al
suelo, y el grito que lanzó sólo podría compararse con el del soldado
destripado, el ulano Kaeperski. ¿Pero es que para todas las personas
las mismas cosas deben ser bellas y agradables?
Lo único que le
quedó de agradable en esa historia fue que ella enloqueció, incapaz de
librarse del sapo que se agitaba bajo su blusa. Es posible que Stefan
no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba por
el mundo en medio de opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba
con un sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la
patria, sentía la necesidad de cometer una villanía.
“Tal
es el secreto personal que opongo al gran misterio de la existencia.
¿Qué queréis?... cuando paso junto a una pareja feliz, a una madre con
un niño o a un anciano amable, pierdo la tranquilidad. Pero a veces el
corazón se me encoge y una gran nostalgia de vosotros, padre y madre
queridos, se apodera de mí. ¡También de ti siento nostalgia, oh santa
infancia mía!”
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