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LA ALDEA

Enviado por Wilfredo Carrizales el 22/12/2009 a las 9:59
Wilfredo Carrizales

LA ALDEA

 

Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

 

     La aldea queda preñada con la visión de la ciudad. En su parte inferior se acomoda un dédalo para imperar sobre los visitantes molestos. La aldea siente la necesidad de una torre y trata de sacar ventaja de lo perentorio de su razón.

     Con granos desprendidos de la quietud, la aldea codicia triunfos que le otorguen una renovada versión en la distancia que la desplaza a fuerza de tropezones.

     En una representación compleja, la aldea se niega a entregar el alma para el convite de los disparates. De reliquia en reliquia los apelativos subterráneos de la aldea se esconden del vaho enemigo que conspira en las sombras.

     La aldea tartamudea cuando oye mencionar a la filigrana que porta la tempestad del sur. La aldea impele a los estambres a envolver las sonrisas para su mejor preservación.

     Los niños de la aldea dibujan sobre sus paredes los acertijos que restañan las heridas profundas de los desaparecidos. Una corriente fluye por la ocre ensenada de la aldea y arrastra las maldiciones hasta detrás de los tajos que acorralan.

     Los aldeanos ya no salen en peregrinación y sólo se ocupan de algunas mascaradas que hagan reverdecer, a duras penas, al suelo estragado por las hormigas. Los lechos en la aldea se resienten con las figuraciones de unas construcciones que no soportan las culpas de la soledad, ni las confidencias de los pájaros torvos.

     Entre una aldea y su vecina más próxima existen comunicaciones poco convencionales: estandartes que tremolan encima de los postigos entornados o botellas de picos incandescentes como velas en una tumba.

     En la memoria sucinta de la aldea se completa el culto a los antepasados que se creían superiores. Con los favores de las distinciones familiares, los problemas se preservan y se admiten en la voluntad de los ancianos por venir.

     Si la aldea se inclina hacia abajo es señal de que algún risco la requiere y, por ende, se hace inaplazable una ofrenda de palomas reducidas a cenizas. Otra negrura flotará en la humareda de los portales para que en la intemperie se mezclen los niveles con el granizo que yerra en sus redobles.

     A las mujeres de la aldea les cuesta partir. Ellas se reproducen en la inaccesibilidad de las junturas y encuentran una ficción perpetua en la agitación que les ensancha las cinturas.

     Numerosos atributos posee la aldea y todos se sitúan en medio de agudas cerdas. En un instante de inmovilidad unos aldeanos recelan de los otros y es un bien que penetra desde el exterior para afinar sus orejas gachas y la rústica ironía del existir.

 


     La aldea reparte sus tributos de acuerdo a un modelo emboscado tras las tapias. En verdad, los dones se disipan en un reemplazo de funciones y la aldea pierde en el avance hacia la progresión.

     A lo lejos, la aldea se asemeja a una isla pintada contra la espesura, con un estanque circular para los peces que traman voluptuosidades y una terraza para mirar el desplazamiento de quienes se levantan a enjugar el rocío que se deposita sobre las cabezas de los patos.

     La aldea quisiera prosternarse y continuar sometida al edicto que levantó la cólera del señor de los sembrados. Mas ella se reconoce en su mudez y se promete la hora más aciaga.

     La labranza en la aldea corre feroz por los surcos que fraguan acechanzas de lodo. El morador innato de la aldea avista desde su umbral principal el peligro en la rueca del vado. Las legumbres, los granos y las frutas escarban en su penitente fecundidad para responder a las bruscas y roncas preguntas que les lanzan desde todos los lados.

     En la aldea consumen el tiempo en el salto de los animales y los fulgores de la luna pasan desapercibidos porque la mansedumbre se repliega temprano bajo las camas.

     Madruga la aldea con el canto de las hachas en la enmienda de las tablas. De las vigas se alargan las quejas y las tejas van a dar al río que es el lugar del desbarajuste y la sumergida tenaz.

     Se ponen las aldeas en acoso de liturgias, pero donde empiezan las escaleras a romperse se le saca el cuerpo a lo nefasto y un exorcismo doméstico se ejercita para que los dientes dejen de castañetear.

     El recinto de la aldea lleva a cuestas un mandamiento que le viene del desgozne de los osarios. Bajo los sinos de la incertidumbre la aldea se achata y apenas se atreve a respirar por miedo al encuentro con los fantasmas que fijan las burlas.

     Ha establecido la aldea los hitos de la hospitalidad en los bordes del camino. Ha fundado ella un recorrido de ladridos y despertares de gallos con la mirada puesta en los hoyos indescifrables de los calderos. Ha encerrado la aldea sus aguas en pozos que deliran y se debaten entre fiebres del menoscabo y la ilusión que rápidamente se desvanece.

     En la aldea los perros chupan las sabrosuras de los saltamontes y entierran sus ojos debajo de las raíces de árboles que fueron azotados por las tormentas. De esta manera, se acuñan las derrotas que las nervaduras proveen a los resfríos.

     Exigua se torna la luz en la aldea durante la invención del invierno. Se esconde bajo el frío un disfraz de lagartija en la gloria y allí corroe su edad para hibernar a pesar del escándalo que propugnan las lámparas tristes del aceite huérfano.

     Los canes que descuellan les ladran con ferocidad a sus dueños y éstos se atormentan los huesos. Los caballos aran sobre la escarcha y provocan apariciones que son golpes a contraluz. Los gallos huyen con el sabor de las madrugadas incrustado en los harapos de las crestas. Los gatos miran hacia atrás constantemente con el temor de descubrir en cualquier momento a las lágrimas de los espectros rezumando en el suelo desollado. La aldea se desliza por la rampa y desde una remota época comienza a ser descifrada con prontitud.

      Por más que una pertinaz ventolera zurre a la aldea, ella incuba sus aperos de labranza para lanzarlos luego a las hondonadas donde se contraen las alucinaciones. Entre malezas y cráneos de bueyes la aldea procura una alianza con la ley que enceguece las polaridades.

     Todos los vestíbulos de la aldea muestran garabatos y desgarraduras. Eso es obra del poniente que no logra estabilizar su círculo de fieras que truecan despojos por humillaciones.

 


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