
WITOLD GOMBROWICZ, LA EPISTEME Y LA ESTUPIDEZ
“Desde
que empecé a cultivar la literatura, siempre tengo que estar
destruyendo a alguien para salvarme a mí mismo. Si en “Ferdydurke”
ataqué a los críticos fue en realidad para desmarcarme del sistema de
la espisteme, para independizarme. Mis ataques a los poetas, a los
pintores, también estaban dictados por la necesidad de apartarme, de
distanciarme. Me moría de vergüenza al pensar que sería un artista como
ellos, que me convertiría en un ciudadano de esa ridícula república de
almas ingenuas, en un engranaje de esta terrible maquinaria, en un
miembro de este clan (...)”
“¡Por nada del mundo! Pero a medida
que pasan los años, mis palabras, estas palabras escritas, cada vez si
distancian más de mí, están ya muy lejos, traducidas a lenguas
extranjeras, en múltiples ediciones que a menudo ni he visto, en manos
de comentaristas de quienes no sé nada..., ya no lo controlo (...)”
“Me
he convertido en literatura y mis rebeliones son también literatura. Y
la ley ‘cuanto más inteligencia, más estupidez’ se me puede aplicar
perfectamente. ¿Qué hacer pues? ¿Acabar con la episteme, agarrarla por
la garganta, luchar con ella como Don Quijote? ¿Una vez más?”
Gombrowicz
siempre fue un holgazán, pero ya de joven se imaginaba que el
pensamiento errante y libre de un holgazán era lo que más desarrollaba
su inteligencia. Sin embargo, su pereza no era tan absoluta como
pudiera parecer, no sabía bien cómo pero había conseguido una
superioridad intelectual sobre su entorno, poco a poco se fue haciendo
notar como más sensato y equilibrado que los demás, de alguna manera se
sabía que su especialidad era la inteligencia y no otra cosa.
Contar estupideces constituía en la época de su
juventud una de las ocupaciones que más lo absorbía pero nunca se
censuró esta actividad idiota. El desorden, la confusión y la torpeza
de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con los demás
fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le permitió más
adelante sobresalir y entrar en el gran mundo.
El poema del chip,
chip, me decía la chiva y la primera carta que me escribió desde Tandil
fueron los ejercicios preliminares con la estupidez que Gombrowicz hizo
conmigo. El poema ya tenía un cierto prestigio, lo había declamado en
la conferencia que dio contra los poetas en la que uno de los viejos
vates presentes, después del recitado, le revoleó un bastón y estuvo a
punto de pegarle.
“Alfred Jarry, ahí están mis gustos personales
y mis caprichos, incomprensibles para aquellos que no han leído mis
libros. No voy a tomarme el trabajo de explicar a los que no conocen mi
‘Ferdydurke’ por qué elijo ‘Ubú rey’, escrita por un novato de
diecisiete años bajo su pupitre de escolar. Un libro pueril, insolente,
arrogante, impregnado de una inconsciencia genial. Lo elijo porque
constituye una iniciación como no hay otra en los misterios de la
Estupidez”
La
estupidez era para Gombrowicz un fenómeno muy particular que tenía la
característica de una calesita: él perseguía la estupidez y la
estupidez lo perseguía a él. El escenario más propicio para esta
persecución circular era el de las conferencias. La primera conferencia
que dio en la Argentina llevaba como título “Regresión cultural en la
Europa menos conocida”, la dio en el Teatro del Pueblo.
Le
adelantaron que era un teatro de primera clase, frecuentado por la flor
y nata de la intelligentsia de Buenos Aires, en vista de lo cual
decidió preparar un texto del más alto nivel intelectual. En esta
oportunidad planteó la cuestión de cómo la ola de barbarie que había
invadido a Europa central y oriental podía aprovecharse para revisar
los fundamentos de la cultura.
Leyó
el texto, lo aplaudieron y muy contento volvió al palco reservado para
él donde se encontró con una joven bailarina y admiradora, muy escotada
y con unos collares de monedas. Cuando estaba por retirarse con la
bailarina observa que alguien se sube al estrado y empieza a vociferar,
lo único que puede distinguir con claridad es la palabra Polonia, la
excitación y los aplausos.
Acto seguido sube otra persona,
pronuncia un discurso agitando los brazos mientras el público empieza a
chillar. Gombrowicz no entiende nada pero estaba contento de que su
conferencia hubiera despertado tanta animación. Pero, de repente, los
miembros de la Legación de Polonia abandonan la sala, parece que algo
andaba mal, se había producido un escándalo.
Resulta que la
conferencia fue aprovechada por los comunistas allí presentes para
atacar a Polonia. La elite intelectual presente en la conferencia era
medio comunistoide y no exactamente la flor y nata de la intelligentsia
de Buenos Aires, de modo que su ataque a la Polonia fascista no se
distinguió precisamente por su buen gusto, y se dijeron tonterías, como
por ejemplo que en Polonia no existía la literatura y que el único
escritor polaco era Bruno Jasienski.
Al
día siguiente Gombrowicz fue a la Legación donde lo recibieron en forma
fría, como si fuera un traidor. En vano les explicó que el director del
teatro, el señor Leónidas Barletta, no le había informado que era
costumbre en el Teatro del Pueblo seguir las conferencias con un debate
y que, por otra parte, no podía considerar como comunista a ese señor
pues él mismo se hacía pasar por un ciudadano honrado, ilustrado,
progresista, adversario de los imperialistas y amigo del pueblo.
Pero
lo peor fue lo de la bailarina: su colorete, sus polvos, su escote
pronunciado y el collar de monedas lo hicieron aparecer como un cínico
en un momento dramático. Hasta la prensa polaca de Estados Unidos se
puso verde. Hubiese soportado todo ese torbellino demencial de
sospechas y acusaciones si no hubiera sido por el presidente de la
Unión de los Polacos en la Argentina.
Ese
señor había escrito un artículo que le hizo perder el escaso contacto
que le quedaba con la realidad. En efecto, a pesar de todo el escándalo
que se había armado sólo le recriminó que en la conferencia no hubiera
hecho la más mínima mención acerca de la enseñanza que se impartía en
Polonia. Una de las intervenciones de Gombrowicz en la que la estupidez
rayó a una gran altura tuvo lugar en Berlín.
Walter Höllerer, un
profesor muy renombrado, director de la revista “Akzente”, lo invitó a
un coloquio para que leyera en alemán un fragmento de “Ferdydurke”.
“Pero mi pronunciación es terrible, profesor, ni yo ni los oyentes
entenderemos nada; –No importa, es un acto de cortesía que tenemos con
usted, el señor Hölzer leerá algunos de sus poemas y después se abrirá
el debate”
Höllerer
–una especie de Victoria Ocampo según nos decía Gombrowicz en sus
cartas– le inspiraba confianza, tanto como profesor como por su talante
de estudiante, algo que se le hacía evidente cuando escuchaba su risa
jocosa y juvenil. Gombrowicz esperaba que esa jovialidad risueña lo
liberara justamente de ese compromiso con los estudiantes de la
universidad.
Pero el alemán que el profesor llevaba adentro lo
obligó a representar su papel y se dispuso a abrir la sesión. Lo
presenta a Gombrowicz en la sala de conferencias y lo invita a leer la
página del libro: “Perdón, señor Höllerer, pero no la voy a leer. Otros
participantes empiezan la lectura de sus poemas. Höllerer hablaba como
profesor y sólo como profesor, dentro de los límites de la función
(...)”
“Barlevi
hablaba en calidad de polaco, de futurista varsoviano de antes de la
guerra y de pintor que estaba preparando una exposición, y también de
invitado de Höllerer. Hölzer, hablaba en calidad de poeta... Völker,
como joven literato (...)”
Gombrowicz se sintió debilitado, tenía
que defenderse y ponerse a la altura, decidió por lo tanto dar señales
de vida y pidió la palabra para chapurrear su alemán. Su balbuceo hueco
se volvió enseguida inconcebible, ensartaba palabras al azar con el
único propósito de seguir hablando, pero, increíblemente, los
estudiantes lo estaban escuchando con atención, no sabía cómo seguir.
Entonces se dirigió a Barlevi, el poeta futurista varsoviano, al que
podía hincar el diente como compatriota y como pintor, y en un tono
apasionado le empezó a hacer unos reproches incomprensibles, hasta que
Barlevi no pudo resistir más y se durmió.
Sonaron los aplausos, los
estudiantes se levantaron y Höllerer dio por terminada la reunión. Sin
embargo, la medalla de oro de estas celebraciones paroxísticas que
Gombrowicz realizaba con la estupidez, se la lleva la conferencia que
dio con un nombre que se hizo famoso y dio la vuelta al mundo: “Contra
los poetas”.
Es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la
irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su
poeticidad convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a
ventilar todo el problema de escribir versos. A parte de la alteración
que se produjo en el público presente y del bastonazo que le quiso
pegar un viejo poeta, se desató una batalla tremebunda en la prensa.
Gombrowicz no podía esperar que los signos de interrogación que le
había puesto a la poesía fueran a ser enriquecidos por los periodistas.
Su razonamiento antipoético merecía un análisis bien hecho, no
se lo podía despachar en cinco minutos con cuatro garabatos, su idea
era nueva y estaba basada en un sentimiento auténtico. La conferencia
la dio en la librería Fray Mocho y resultó muy agitada, pero las
palabras que pronunció fueron tan convincentes que el presidente del
Banco Polaco se entusiasmó con su elocuencia y le dio trabajo.
La
gente, en su mayoría jóvenes, empezaron a hacerle preguntas a
Gombrowicz; él respondía con vivacidad. Todos estaban muy animados.
Alguien se levantó y empezó a insultar. Algunos chiflaban. Gombrowicz
estaba en su salsa, se sentía muy bien, adoraba el clima polémico.
Cuando empezó a hablar se hizo silencio. Gombrowicz sacó del bolsillo
un papel y un reloj y leyó: “Chip, chip, me decía la chiva/ mientras
yo imitaba al viejo rico/ Oh rey de Inglaterra viva/ El nombre de tu
esposa Federico”.
Hizo una pausa y declaró: –Sé que entre el
público hay por lo menos unos veinte poetas. Les doy un minuto para la
réplica. Se levantó Córdova Iturburu, y tras él muchos más pidieron
hablar. Córdova Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las
papeletas. Gombrowicz se declaró entonces el rey de los poetas. El
marido de Wally Zenner, radical de Forja, tembló de indignación y
estuvo a punto de proceder.
Los
amigos de Gombrowicz estaban desorientados por el ataque que había
llevado contra la poesía, no era de esperar que un artista como él
pudiera atacar el arte en tal forma, no sabían que un artista, con una
sinceridad que lindaba casi con la ingenuidad, podía decir que el arte
lo aburre. La charla provocó muchas protestas, de Adolfo de Obieta, de
Graziella Peyrou y de Roger Pla.
Gombrowicz anotó en sus
apuntes: “Más bien un fracaso. Adolfo atacó fuertemente la charla.
Graziella y Pla muy críticos. A la última charla, el jueves 4 de
septiembre, asistieron quince personas (igual a 22,50 pesos) (...)
Liquidación”. Finalmente Gombrowicz hace entrar en franco combate a la
estupidez con la episteme enunciando la ley de cuanto más inteligencia,
más estupidez.
“Resulta
curioso que, mientras todo nuestro esfuerzo espiritual a lo largo de
los siglos ha estado dirigido a liberarnos de la estupidez, a
superarla, en el mismo seno de la humanidad la estupidez parece
coexistir con la razón. La composición de la humanidad asegura a la
estupidez un papel nada desdeñable. La humanidad se compone de hombres,
mujeres, jóvenes y niños, y este hecho ya nos conduce a una oscilación
constante entre el desarrollo y la falta de desarrollo, la estupidez
renace en cada generación (...)”
“¿No es ella necesaria para
la vida? ¿Acaso sin ella la mujer querría parir? ¿Serían posibles el
orden, la disciplina, el trabajo mecánico? ¿Podrían funcionar los
trenes, las minas, las oficinas, las fábricas sin este lubrificante en
todos sus engranajes? ¿Sería soportable la muerte sin esta ligereza,
sin esta frivolidad bobalicona? ¿La condición humana? El esfuerzo de la
episteme para purificarse de la estupidez no encuentra confirmación en
la organización interior del género humano, donde más bien debería
hablarse de un reparto de papeles: unos deben expresar la conciencia
superior, otros la conciencia inferior (...)”
“¡No,
Kant! Tu Crítica, aunque sumamente rigurosa y profunda, escrita con el
máximo esfuerzo, no es suficiente. ¡Coge un hacha! ¡Coge un hacha, te
digo, sal con ella y da hachazos a diestra y siniestra, a los niños y a
las mujeres, a los jóvenes y a los obreros, a todos, sí, a todos, a
todos...! ¡La erradicación de la estupidez no puede hacerse sólo sobre
el papel! ¡Matar! ¿Eh...? Pero ¿qué estoy diciendo?”
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