
LA MONTAÑA
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
La montaña huye, desesperada, del centro y se extiende sobre las jornadas donde respira por siempre un silencio que la fortalece. Allí se convence de que el viento detenta su nombre para reafirmar la veracidad de los prodigios.
Sin duda, la montaña realiza fiestas con las cigarras y con los otros insectos chirriadores que se agachan, trastocan e invierten el orden natural de las cosas.
La montaña asciende y se une a las imágenes que le realzan las connotaciones y que por largo tiempo la anclan al suelo que no es sagrado. La montaña, en consecuencia, se modela a sí misma y embucha un placer que relumbra en lontananza.
Los altos y bajos de la montaña son los fugaces países equidistantes de la fantasía algún día heredada. La montaña, a veces, trepa a los cielos en un remolino de verdor y orfandad. Luego se estabiliza y ronca, grandiosa, hasta que el primer destello de la aurora la saluda con su invariable vigor.
La montaña que no bosteza pronto se muere debido a que la certidumbre de permanecer la ha aquietado. La montaña se propaga por inclinación y el efecto de esta acción redunda en pabellones de pulseras rocosas y procaces.
La verticalidad de la montaña asusta al hombre, pero no a las bestias de carga. La montaña redobla sus esfuerzos por alcanzar inimaginables cumbres cuando el crepúsculo se orienta hacia un retorno de cruces prodigados.
En la ascensión, la montaña suele engancharse a la luna y claramente enrochelarse en la cubeta donde florece un agua concluyente.
Amplía su dominio la montaña con los meteoros que la desligan del norte. Tramontana, la escogida visión atraviesa el posible muro que no advierte la contemplación. Los seres se generan en los deberes de sus grietas y con picos y garras remedan una tormenta.
La montaña se sabe predestinada a dominar sobre la orografía. Por eso no se apresura en continuar camino. Con pesadez gana su espacio y su poder y reconquista los ámbitos que el desierto deja a su albedrío.
En la montaña se traiciona el concepto tradicional de jardín por una proximidad que azulea en los bordes de las ramas. La consagración de la verdura acontece en los términos más adecuados a la imaginación soterrada.
En las faldas de la montaña se deslizan preludios y ecos de bosques que no se perciben de inmediato. A través de las cuevas de la montaña escapan al vuelo atisbos de felicidad con las cinco vocales aladas.
Un simple error en la mesura de la montaña ocasiona descalabros y triángulos rotos en los rellanos. La brisa aprovecha para dejar una estela donde está inscrito el don más duradero del lugar enlutado.
Dentro de la montaña se escuchan, durante el otoño, resonancias de florestas que no han terminado de morir y que están plenas de citas y recelos que les impiden el definitivo partir.
La montaña señala con humaredas los recodos indemnes y las telarañas que se deshacen por demostrar demasiada sumisión. Sobresalientes hondonadas se atan a las tradiciones donde se repliegan las sombras. El lecho seco de los riachuelos se envuelve en una travesía que es una metamorfosis de las hierbas sin fronteras.
Se regenera la montaña, cada mes, con el sello que la encuadra al pie de la secuencia de lo interminable. El tejido de la montaña se pone a prueba en los espejismos de la resolana y en las asfixias que le provoca la niebla cuando se descuelga por los hormigueros.
No conoce ausencias la montaña. Ella toca fondo en el albergue pajizo de las eras y esa metodología la encumbra al reino del vacío donde ella todo lo llena. Sucede que en ocasiones la montaña se agita porque otras regiones pretenden raspar sus costados con ascuas de trueno. Una llaga en su corteza tremola por instantes y a continuación la lumbre de un espectro apacigua cualquier temor.
La montaña, decididamente, cede terrenos y así nacen los valles y de ellos, por desgracia, brotan horrendas ciudades que le adaptan a la montaña un purgatorio y un zapato gigante de hierro y hormigón.
El ámbito se anula con no más cerrar los ojos la montaña. Desde una terraza que surge, de improviso, se puede divisar el mar con su arena sustancial y el derrotero de la espuma en la playa que oscila como un puñal frío. De un vuelco, la montaña torna a su añoranza de encuentros y, furtiva, se muerde los flancos con bloques de cinabrio.
La montaña amortigua sus coherencias de orientes y su espíritu se pone a circular entre los nubarrones y las obsesiones de paraísos disecados. Ella subraya su pertenencia, espacial e intemporal, encima de la grava que desconoce los insomnios de los erizos y las serpientes.
El relato de la montaña continúa en una hilera de libros que se mezclan con las aguas en su caída. Las tribulaciones topográficas de la montaña revolucionan el rumbo de los socavones y sólo con un baño de banderas la montaña mejora, pero prosigue enferma.
La montaña se esfuerza ella misma por ser núcleo de la bruma más señera. Sin soberbia y con riqueza de espíritu, la montaña se adentra en el laberinto que simula progresar como moneda de un bronce antiguo.
¿Le debe la existencia la montaña a un monstruo de la consumación que lanzó sus vísceras al descampado? ¿O por el contrario su nacimiento fue obra de animales inmensos que defecaron sus gestas sobre el suelo vomitado?
La montaña depende en raras oportunidades de los viandantes para arrojar sus lágrimas de cenizas a la incógnita espesura. El recuerdo de la ceremonia de su parto la sume en una vergüenza de fuegos desmembrados.
Conserva y escoge la montaña la sucesión de su actuación y cuando su lava desciende hasta la más recóndita hornacina, un ruido de ceguera le opaca la ventaja conseguida.
Con un zumbido y un desvarío la montaña se despide y se retuerce en la oscuridad como prueba de su hambre estampada en su temblor.








































