
WITOLD GOMBROWICZ, MICHEL FOUCAULT Y ROLAND BARTHES
“Las
diez de la mañana e hilachas de niebla ascienden por la montaña
dispersadas por la luz. Vengo observando desde hace tiempo que mis
lecturas de alguna manera convergen. Michel Foucault: ‘Les mots et les
choses’. Roland Barthes: ‘Essais critiques’. ¿Son para mí estos libros
amigos o enemigos? Durante los largos años de mi trabajo literario
escrutaba el mundo con mirada penetrante para saber si mi Tiempo me
afirmaba o me abolía (...)”
“Durante muchos años estas
averiguaciones fueron positivas, pero ahora las cosas se han
complicado. Veo multiplicarse a mi alrededor fenómenos con los que sin
duda estoy muy ligado, pero al mismo tiempo aparecen envenenados por
una especie de intención que me resulta insoportable. El problema de la
Forma, el hombre como producto de la forma, el hombre como esclavo de
las formas, la concepción de la Forma Interurbana como fuerza creadora
suprema, el hombre inauténtico (...)”
“Siempre
he escrito sobre eso, siempre me he preocupado por eso, siempre lo he
puesto en evidencia; pues bien, sustituid forma por estructuralismo y
me veréis en el centro de la problemática intelectual francesa actual.
Y es que ‘Ferdydurke’ y ‘Cosmos’, no tratan de otra cosa sino
justamente de la tiranía de las formas, del juego de las estructuras.
En “El casamiento” está expresado con claridad: ‘No somos nosotros
quienes decimos las palabras son las palabras que nos dicen a nosotros’
(...)”
“¿Por qué, entonces, entre ellos y yo, esta antipatía...
como si ellos, dándome la espalda, se encaminaran en otra dirección...?
Sus obras –sea el nouveau roman o su sociología, su lingüística o su
crítica literaria– se caracterizan por una tendencia espiritual que a
mí me parece francamente desagradable, irritante, incorrecta, poco
práctica, ineficaz (...)”
“Seguramente
lo que más me separa es que ellos pertenecen al mundo de la ciencia y
yo al del arte. Despiden un tufillo a universidad. Esa pedantería suya,
consciente y pertinaz. Su actitud profesional, mordacidad, aburrimiento
obstinado, insociabilidad, orgullo intelectual, severidad... Las
maneras de los estructuralistas me chocan, su lenguaje es demasiado
altisonante (...)”
“Quisiera señalar que para estos pensadores el
mundo sigue siendo, a pesar de todo, un campo de especulaciones
cerebrales más bien tranquilas, si no olímpicas. Todos estos análisis
demuestran salud en la medida en que, como se ve, son producidos por
profesores bien tratados por la vida y confortablemente apoltronados.
La que está en la base de ese incansable puzzle intelectual es una
subestimación totalmente infantil del dolor (...)”
“Si ya la
libertad sartriana no siente dolor, no le teme lo suficiente, los
objetivismos actuales van más allá, dan la sensación de haber sido
concebidos en un estado de anestesia”
Todo lo que concierne a la
naturaleza del hombre, salvo los misterios trinos, suele dividirse en
dos: el cuerpo y el alma, la tierra y el cielo... Gombrowicz, siguiendo
él también la línea binaria del pensamiento, eligió la inmadurez y la
forma.
En su visión del mundo irreverente y libertaria la cultura
y las ideas juegan un papel paradójico pues lo ponen al hombre en el
camino de la inmadurez en vez de hacerlo crecer.
No son las ideas
las que mueven a las personas sino las funciones, un pensamiento
fundamental del estructuralismo que apareció bastante después de que
Gombrowicz empezara a darle vueltas a esta nueva manera de ver las
cosas.
El estructuralismo es una teoría común a varias
ciencias humanas, como la lingüística, la antropología social y la
psicología que concibe cada objeto de estudio como un todo cuyos
miembros se determinan entre sí, tanto en su naturaleza como en sus
funciones, en virtud de leyes generales. Antes de que surgiera la moda
del estructuralismo Marx ya había intentado establecer científicamente
las condiciones de la estructura social.
Según
su concepción materialista, la estructura social estaba determinada por
el modo de producción y por las relaciones entre las clases sociales
sobre la que se apoya la superestuctura institucional, jurídica, moral
e ideológica de la sociedad. Y también Sigmund Freud había elaborado un
modelo estructural para dar cuenta del inconsciente reprimido con su
sistema del yo, del ello y del super yo.
Y, además, antes de
que apareciera la moda estructuralista, Saussure diferencia en sus
estudios sobre lingüística a la “lengua” del “habla”, considerando a la
lengua como un sistema de signos independiente del uso que de él hace
el individuo, habiendo sido esta idea la inspiradora del
estructuralismo. Gombrowicz consideraba que en cierto modo era
estructuralista del mismo modo que era existencialista.
Se
hallaba ligado al estructuralismo por la afirmación de la forma. Si la
personalidad se crea entre los hombres, en el marco humano que la
define, entonces es natural que el hombre sea una función de un sistema
de dependencias cercano a lo que llamamos estructura. Pero el mundo de
los estructuralistas, si bien tiene analogías con el suyo, es también
su contrario.
El estructuralismo tiene sus raíces en la
etnología, la lingüística, las matemáticas, y en una acepción más
amplia como la de Foucault, en la epistemología, mientras que el
estructuralismo de Gombrowicz es artístico, procede de la calle y de la
realidad de todos los días, es práctico, y por ser práctico se halla
cercado por la angustia y la pasión. La literatura de Gombrowicz no era
un derivado del estructuralismo, una derivación muy común en esa época.
En
forma independiente había llegado a conclusiones similares a partir de
un estado de ánimo diferente, de otras experiencias, en otro plano. Lo
que los separaba contaba más que lo que los ligaba. “Sí, sí, por
supuesto, me he informado. Una ‘estructura’ estructuralista no es lo
que yo entiendo por ‘forma’, y, puede creerme, he leído aquí y allá un
poco de Althusser, Lévi-Strauss, Foucault, Marx, Lacan, Barthes,
Goldmann (...)”
“¡Sepa que estoy a la última moda aunque no esté
seguro de cuál... hay demasiadas! Pero en los estructuralistas la cosa
es muy diferente, ellos buscan las estructuras en la cultura, yo en la
realidad inmediata. Mi forma de ver las cosas estaba directamente
relacionada con los acontecimientos de aquel entonces: hitlerismo,
stalinismo, fascismo (...)”
“Estaba fascinado por las formas grotescas y espantosas
que surgían en la esfera de lo interhumano destruyendo todo lo que
hasta entonces había sido venerable. Era como si la humanidad estuviera
atravesando un cierto estadio para entrar en otro: el de una
elaboración consciente de la forma. En adelante el hombre podría
‘hacerse’, se fabricaban la verdades a voluntad, y los ideales, los
fanatismos e incluso se fabricaban los sentimientos más íntimos (...)”
“El
hombre fue para mí como una abeja, que secretaba continuamente no la
miel sino la forma. Se modelaba en el vacío. Una fórmula no pude ser
más que una fórmula y el agujero que atraviesa el razonamiento de los
estructuralistas terminará por engullirlos. En la ciencias exactas se
puede razonar en contra de la más evidente realidad cotidiana y
personal, pero en las ciencias humanas no ocurre lo mismo”
El
estructuralismo de Roland Barthes ejerció una influencia nefasta sobre
el Esperpento que pasó así de la filosofía del yo de Fichte a la
semiótica, este cambio en cierto modo malogró su amistad con
Gombrowicz. Los conceptos propuestos por Barthes para el análisis
semiológico van derivando a una especificidad mayor que permite avanzar
por el entonces poco transitado camino de la Semiótica.
Desde
unos orígenes claramente sartrianos desarrolló después una
investigación propiamente semiológica, con un interés especial por la
lingüística. En París se hablaba del existencialismo, de la música de
Schönberg o de teorías físicas que sobrepasaban las posibilidades de
comprensión de los burgueses parisinos. París es más culto que Santiago
del Estero, pero precisamente por eso, más tonto.
La episteme
occidental no puede solucionar los problemas del sistema comunicativo,
ni siquiera puede registrarlo porque está por debajo de su nivel.
Roland Barthes le sale al cruce a Gombrowicz y se pone a favor de la
episteme. “La escritura no es más que un lenguaje, un sistema formal
(una verdad que lo anima); en un cierto momento (que puede ser el de
nuestras crisis profundas, sin otro fin que cambiar de ritmo lo que
decimos) este lenguaje siempre puede ser hablado en otro lenguaje (...)”
“Escribir
(a lo largo del tiempo) es tratar de descubrir el mejor lenguaje, el
que es la forma de todos los otros”. Gombrowicz piensa que a Barthes y
a muchos otros escritores no les falta descaro, no se asustan de
ninguna escalada verbal, siempre que no les produzca vértigo. El
carácter abstracto del sistema de signos elaborado por Barthes absorbió
totalmente la actividad intelectual del Esperpento y sus conversaciones
con Gombrowicz se hicieron por esta razón cada vez más difíciles.
Llegaron
al punto que cuando el Esperpento iba a la casa de Venezuela a visitar
a la señora Schultze era incapaz de entrar a la pieza de Gombrowicz
para saludarlo. La concepción de la forma no es para Gombrowicz un
problema conceptual, como lo es para la filosofía, sino un problema
práctico. La realidad no puede ser abarcada tan sólo por la forma pues
la forma no está acorde con la esencia de la vida.
El
intento por definir esta insuficiencia de la forma para abarcar la vida
es un pensamiento que se convierte en forma, y que confirma tanto su
impotencia para aprehender la existencia como nuestra inclinación por
ella. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe
en medio de equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el
caos.
Y a cada momento la forma se levanta de las cenizas como una
historia que se crea a sí misma a medida que se escribe,
introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en
los bastidores de la realidad. Gombrowicz descompone el mundo en
elementos de la forma, pero también recrea la reacción del hombre
frente a ese proceso de descomposición, de modo que es de nuevo el
hombre y no la forma quien se halla en el centro de la obra.
En
uno de los primeros intentos que hizo en los diarios, al que podríamos
considerar como un intento metaliterario, Gombrowicz se las arregla
para desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando
mano a Creta. Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un
ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso.
A
medida que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del
comedor y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la
conversación se centraba también en el Renacimiento, una adoración por
Grecia, Roma, la belleza desnuda y la llamada del cuerpo. La
conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se
le pegó el cretino, leitmotive de toda la narración, pero no de una
manera renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica.
Llegado a este punto le advierte al lector que él
sabe que no debería escribir sobre esto. De vuelta en la ciudad se
dirigió al café Rex pero, de repente, desde el café París, le hacen
señas unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la
mesa comiendo bizcochos que mojan en la crema. Era una mistificación,
la verdad es que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte
apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas.
La acción de
comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado
en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban.
Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se marcha
alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas
demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo
obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo.
Al
salir del café París se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca
una persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo,
lo saluda, le da las gracias y se va. Cuando iba a ponerlo de vuelta y
media al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que sólo
quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces
de la noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto
Gombrowicz mira las casas.
En
el balcón de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer.
Él también les hace señas. Henryk y su mujer hablan y hacen señas.
Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas.
De pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña..., ¿pero
qué es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una
botella.
“Yo hago señas. De repente ella (pero no, yo no puedo
hacer el cretino; sin embargo, si tengo que desenmascarar al Cretino
debo hacer el cretino); entonces ella le enseña hasta que él se asoma y
ella le enseña con saña (pero qué es lo que enseña?), después de lo
cual los dos se ensañan ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia
allá, y, ¡puff!... (¡Esto sí que no puedo decirlo, está por encima de
mis fuerzas!)”






































