
WITOLD GOMBROWICZ Y EL DIARIO
“El
presente volumen contiene los textos de mi diario que se han venido
publicando en “Kultura”, completados con fragmentos hasta ahora
inéditos. Aún me queda algo en reserva, pero ese material –más íntimo–
prefiero no incluirlo. No quisiera exponerme a tener problemas. Quizás
algún día... Más adelante. Es una escritura bastante desordenada, hecha
de un mes para otro; seguramente me repito o me contradigo más de una
vez. ¿Qué hacer? ¿Ordenarlo? ¿Pulirlo? Prefiero que no quede demasiado
relamido”
El “Diario” es la obra más grande de Gombrowicz, este
género resultó en sus manos una verdadera creación. En sus extremos
asoman la nariz la grandeza y la falta de seriedad, unos extremos que
se aprietan y se mezclan con situaciones de vida, fragmentos de
carácter filosófico, polémicas, partes líricas, bromas grotescas y
ficción literaria pura, con el contrapunto de los comentarios e
interpretaciones que hace Gombrowicz sobre su propia obra.
Una
obra tan variada en asuntos despierta la curiosidad por saber cómo
empieza y cómo termina. Empieza y termina con asuntos referentes a
Polonia, peripecias en su mayor parte escritas en la Argentina que
concluyen en Francia. Inmediatamente después de los cuatro yo que mete
al comienzo de esta obra nos cuenta la impresión que le produce la
lectura de los periódicos de su país.
Es como si le hablaran de
unas aventuras que corriera alguien muy próximo a él en una tierra
extraña. El alguien ya no es próximo pero le queda con la persona
conocida una identidad diluida. La presencia del tiempo en las páginas
de esos periódicos es tan fuerte que se le despierta el deseo de un
contacto directo con ese alguien, aunque sea para vivir y relacionarse
de una manera imperfecta.
Después
de dieciséis años de este comienzo tan fuera de foco se despide del
“Diario” recordándole a los polacos su olvido de que Polonia era
también un país ocupado, tan ocupado como lo estaba siendo
Checoslovaquia después de la entrada del ejército soviético. En la
prensa de la emigración habían aparecido protestas valientes que
Gombrowicz comparte mereciéndole todo su respeto.
“Pero hay un
detalle que me da que pensar, un detalle casi freudiano: su indignación
casi infantil parece olvidarse que Polonia ha sufrido de la misma
violencia. Al fin y al cabo, Polonia es desde hace años un país
ocupado, exactamente como lo es hoy Checoslovaquia. Si dijeran ‘Para mí
la violencia es un acto cotidiano, sé lo que es, por eso condeno la
invasión rusa’, todo estaría claro. Pero se les ha olvidado..., incluso
a quienes viven en el extranjero. Consternados por Checoslovaquia han
olvidado su propio destino”
Estas
son las últimas palabras que pone en ese magnífico “Diario”, una
sinfonía perfecta de una de las voces más singulares y complejas del
siglo XX. Gombrowicz sentía a Polonia como un mundo fuera de foco, y a
él como un pasajero de un tren que la miraba desde lejos. La falta de
foco de Polonia lo ponía frecuentemente a él mismo fuera de foco,
especialmente en la cuestión del comunismo.
“Si este diario que voy
escribiendo desde hace ya algunos años no está a la altura –la mía, la
de mi arte o la de mi época–, nadie debería reprochármelo, pues es un
trabajo que me ha sido impuesto por las circunstancias de mi exilio y
para el que posiblemente no sirva”. Uno de los propósitos que tenía
Gombrowicz cuando escribía era alcanzar la grandeza, pero cuando empezó
a hacer menciones a su gloria algo salió mal.
El
convencionalismo que le impide al autor este tipo de jactancias entró
en funcionamiento, y los lectores dieron muestras de aburrimiento. Si
no podía pasar por buena su propia grandeza, entonces se le destruía el
sueño que había acariciado desde la juventud; un fracaso que Gombrowicz
sentía dolorosamente. No era un problema intelectual sino de carácter
religioso o amoroso.
El
convencionalismo resultó ser demasiado fuerte y la voluntad de dominio
se le fue transmutando en broma, provocación y fanfarronería, y por
esta puerta le fueron entrando poco a poco los medios de expresión
habituales en la literatura. Las idas y vueltas de Gombrowicz para
alcanzar la grandeza eran un obstáculo que le aparecía con frecuencia
en su transición de la inferioridad a la superioridad.
Los
pasajes difíciles del Gombrowicz insignificante al Gombrowicz
significante aparecen en algunos fragmentos dramáticos y en otros
carentes de seriedad. Cuando todavía no había empezado a acariciar la
gloria escribe en los diarios uno de los párrafos más amargos. “Me he
sentado a escribir este diario, no quiero que la soledad vague en mí
sin sentido, necesito gente, necesito lectores (...)”
“No
para comunicarme con ellos. Sencillamente para dar señales de vida. Hoy
acepto ya todas las mentiras, convencionalismos y estilizaciones de mi
diario con tal de poder pasar de contrabando, aunque sea un eco lejano,
un pálido sabor de mi yo aprisionado”. Aunque algunos gombrowiczidas
encuentran en este pasaje una muestra más de la soberbia de Gombrowicz,
no por eso deja de ser pesimista.
Sin embargo, hay que
decirlo, Gombrowicz era más amigo de la falta de seriedad que del
pesimismo. En 1967, recibe el Premio Internacional de Literatura, por
el que se le había despertado un apetito feroz al enterarse, leyendo
una nota de “Le Monde”, que el galardón había pasado de diez mil a
veinte mil dólares. Lo primero que atinó a hacer cuando supo que lo
había ganado fue preparar una lista de sus enemigos literarios,
regocijándose de antemano con la amargura desesperante que les iba a
despertar.
Ya
con el premio en la mano escribe el diario del hijo ilegítimo para
mortificar a sus enemigos polacos de Londres. Los dólares y la gloria
coronaron su sien de laureles, se tensa la cuerda y aparece entonces su
espléndida falta de seriedad. “El crítico francés Michel Mohrt, al
defender mi candidatura en su magnífica intervención en la sesión del
jurado, dijo entre otras cosas:
“(...)” ‘En la creación de este
escritor hay un secreto que yo quisiera conocer, no sé, tal vez es
homosexual, tal vez impotente, tal vez onanista, en todo caso tiene
algo de bastardo y no me extrañaría nada que se entregara a escondidas
a orgías al estilo del rey Ubú’. Esta perspicaz interpretación de mis
obras y de mi persona, de acuerdo con el mejor estilo francés, fue
pregonada con bombos y platillos por la radio y la prensa
internacionales (...)”
“En
consecuencia, los jóvenes que se reúnen en la plazoleta de Vence al
verme pasar comentan por lo bajo: –Mirad, es ese viejo bastardo,
impotente y homosexual que organiza orgías. Y puesto que la delegación
sueca me apoyó en ese jurado por mi condición de escritor humanista,
algunos informes de prensa llevaban un título rimado: ¿Humanista u
onanista?”
Dos de los reproches más frecuentes que suelen
hacerle a Gombrowicz son los de su falta de sinceridad y su
histrionismo, cargos que son más bien aplicables a sus diarios que a su
obra artística. Hay que decir que los diarios de Gombrowicz tienen una
génesis particular, en efecto, los empieza a escribir porque, según lo
sentía él, su empleo de bancario le impedía emprender proyectos
literarios de mayores alcances.
Gombrowicz comienza a publicar sus
diarios cuando todavía no había alcanzado la celebridad pero,
lamentablemente para su suerte, la gente sólo compra diarios de
escritores famosos. Uno de los propósitos que tenía Gombrowicz cuando
escribía los diarios era introducir a los lectores por una puerta
lateral en los bastidores de sus novelas y de sus piezas de teatro.
Su
época le estaba pidiendo a la palabra que fuera, además un recurso
artístico, un instrumento del devenir del escritor en el mundo, algo
íntimamente ligado a la vida y a la otra gente para definir y fijar su
lugar en la sociedad. Gombrowicz le agradece a Dios por haberlo sacado
de Polonia y lanzado al continente americano en medio de gente que le
hablaba en una lengua extraña.
La soledad y la frescura del
anonimato, en un país más rico en vacas que en arte que, y el hielo de
la indiferencia, le permitían conservar su orgullo. También le da las
gracias a Dios por haberle permitido escribir el “Diario”. En los
primeros tiempos, cuando empezó a abandonar el lenguaje grotesco de sus
obras anteriores para escribir los diarios, sintió como si se le
hubiese caído la armadura.
Pero
después, poco a poco, se fue dando cuenta que podía comentarse a sí
mismo, entonces se convirtió en su propio juez y le quitó al cerebro de
los críticos el poder de pronunciar veredictos. Con los diarios
acompañó a su arte hasta el lugar donde penetraba otras existencias,
una zona que a menudo le resultaba hostil. Por lo tanto, debiéramos
decir que el quid de las obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran
parte, es también su propia vida.
Pero, ¿es su vida o una puesta
en escena de su drama personal lo que relata en sus diarios? Amordazado
en Polonia, aislado del gran mundo por el exotismo de la legua polaca,
acorralado en el ambiente cerrado y estrecho de le emigración, en esta
bruma nacían sus obras difíciles, a tal punto difíciles que en el mismo
corazón de París debieron luchar duramente para ser reconocidas.
La
superficialidad de las cabezas polacas con las que trataba en el
emigración se podría medir por el hecho de que el mismo “Diario”, más
fácil de comprender en apariencia que sus otras obras, no conseguía
penetrar en sus cerebros. Lo tildaron de egotista, no se les ocurrió
pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que su yo sea por eso
egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y
disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante.
Cuando
estaba llegando a los cincuenta años empieza a escribir sus diarios y
emprende un camino sin regreso hacia la madurez. Gombrowicz es creado
por su obra pero ahora es ese Gombrowicz el que a por fin le dicta su
ley al “Diario”, ahora es él el que escribe, el que crea su propia
obra. Es un sentimiento nuevo que se le contrapone al sentimiento de
que su obra se había escrito sola, por fuera de él.
La tensión entre la grandeza y la falta de seriedad, un
registro profundo que aparece en todo el “Diario” de Gombrowicz, le
sigue los pasos en forma sigilosa a la representación de los
sentimientos. Un sentimiento que se representa y un sentimiento que se
vive son dos cosas casi indiscernibles: decidir que amo a mi madre
quedándome junto a ella o representar una comedia que hará que
permanezca con mi madre, es casi la misma cosa.
Dicho de otro
modo, el sentimiento se construye con actos que se realizan; no puedo
pues consultarlo para guiarme por él. Lo cual quiere decir que no puedo
ni buscar en mí el estado auténtico que me empujará a actuar, ni pedir
a una moral los conceptos que me permitirían actuar. La idea de la
representación de los sentimientos es el centro de gravedad alrededor
del cual giran las ideas de Gombrowicz.
También es el origen
de su inseguridad, pues como no le aparece clara la diferencia que
existe entre un sentimiento sentido y uno representado no está seguro
de que pueda coger el toro por los cuernos. “Ya está listo para la
impresión. Lo he revisado. He corregido algunas cosillas. Ya lo puedo
enviar a Giedroyc para que aparezca el volumen de mi diario. Estoy
lejos de sentirme satisfecho (...)”
“Lo
diré con sinceridad: uno de los objetivos más importantes que palpitaba
en mí en esos años, cuando me ponía a trabajar en el diario, no ha sido
cumplido. Ahora lo veo claramente... y me deprime... No he sabido
expresar debidamente mi transición de la inferioridad a la
superioridad, ese paso del Gombrowicz insignificante al Gombrowicz
significante (...)”
“Ni el sentido espiritual de esta
cuestión, ni el sentido vergonzosamente íntimo, ni el sentido social
(el cambio de mi situación entre los hombres) han sido debidamente
tratados. Las conveniencias resultaron más fuertes. Cada vez que tocaba
este tema, siempre se me desmenuzaba, se me volatilizaba, se me
transmutaba en broma fácil, en polémica, en aparente fanfarronería, en
provocación..., en simple crónica (...)”
“Los
medios de expresión trillados de la literatura han conseguido
imponérseme. A los fragmentos de mi diario que tocan esta cuerda les
falta energía, coraje, seriedad e ingenio. Es un fracaso personal
–estilístico– considerable. Y dudo que en el futuro pueda coger ya a
este toro por los cuernos. Es demasiado tarde”
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