
El único relato de una gaviota rivera
Se pregunta el capitalino a su aguda razón ¿Qué hacen aquí? Sus preguntas todas que hacen a su noble conciencia ¿Conocerán el mar, la arena, el sol de verano? ¿Se darán cuenta de que el río se pudre en vida, y lo tratamos de limpiar? ¿Qué hace una gaviota volando arriba del asfalto? ¿Qué, y el mar…? Pues entiendan nuestra respuesta, porque las dictare aquí, en este mismo papel escribiré. Las muy todas en su dicha rivera. Ese canal dibujado por la espátula del drenaje ¡Todas, las muy todas, estamos locas de remate!… ¡Así es, su río fue convertido en un psiquiátrico nacional para gaviotas! Y las palomas… nuestros queridísimos doctores ¡Cierto es mi buen samaritano! ¡Los desgraciados todos! Nos sacaron de casa, y Ay de mi alma cuando recuerdo a nuestra propia familia, echándonos la culpa de todo, que éramos un mal para toda la costa porteña… ¿Les dimos asco…? ¡Y es aquí donde padecimos una especie de mal inventado! Os digo preferentemente, no queríamos hacer ningún daño, el mal estaba expuesto al olvido. Dictaron que nuestra carne estaba infectada con el mal; nuestro espíritu, corrompido. Pero dejadme decir que sólo hicimos lo que debimos hacer, obedecer el amor. Sí, el amor. Despojados de nuestros hogares a causa de los mas noble que posee un ente vivo, el amor señores y señoras. Esa presencia exquisita, secreto de físicos, que sucumbe el sentimiento hasta disolverlo por completo… ¡Malditos injustos al rechazar este sentimiento tan bello! Sucias ratas. Prohibiéndonos la forma en que amábamos, nuestra orientación, nuestras actitudes. Nuestra naturaleza.
Se deben dar cuanta, yo era quien amaba a un perro ¡Oh querido amante, qué de ti! Y los malditos me creyeron que estaba enfermo, los pelicanos me acribillaron de escupes, y un lobo de mar trato de comerme. Las olas, el viento quizá, lo alejaron de mí. Lo amaba ¿Y él lo hacia también… ? Eso importaba mucho. Sí, lo hacia.
Entre octubres, fuimos descubiertos. A él lo colgaron los suyos ¡Porque así mueren los perros, ladraban, colgados! Y yo caí en las manos de un sanitario… Palomas que creen sanar mi locura ficticia; sabiendo yo, que la única enfermedad, era no verlo nunca más.
Me hacen beber del río, que trae ciertos “químicos” que resolverán mi “enfermedad”... De esto no estoy seguro.
Aquí comparto habitación con una gaviota que dice ser famosa, que sale en un libro que ha sido leído por montones, es un gran amigo, se llama Juan, se apellida salvador. Tenemos a otro que cree ser una tortuga, y la verdad yo creo que lo es. A veces despierta con un caparazón verde. Ocultándolo bajo la cama cuando llegan los doctores. Nadie sospecha nada…
Para escapar de esta prisión, nos damos a la fuga por la noche, imaginando –creo que esta es la única pócima de la poca vida que queda-. Así, nos entregamos a lo que somos de verdad; nuestra querida realidad aparte. Mientras los doctores duermen, en silencio, gritamos por las noches entre las grietas de los cubos de hormigón. Acto iluminado, para dar cuenta de nuestra existencia. A Juan le encanta volar, por aire y surco, como si el viento compartiera un beso con sus plumas. A nuestra tortuga la debemos cargar, ya saben que las tortugas no vuelan; pero no es problema, la dejamos en la avenida que da arriba del río. Sobre el césped. Le encanta saludar a las hormigas.
En cuanto a mí, el gusto es ver ese olimpo que sujeta de los pies a la ciudad. Esos parques que de gota a gota exclamando la luz para regalar un juego a un niño. Los autobuses, los autos, las motocicletas, grandes cabos y tuercas para admirarlos, si parecen insectos cuando cae la noche – como si se los fuera a devorar la luna-. Imagino domingos por la tarde Cuando ellos, los palomos, nos dan el día libre para volar por la ciudad toda. Como si una ventisca se llevara el mundo. Lavar tus alas en las piletas, esas, que se llenan de actitudes piadosas, piedra y postura. Con cada gota nos relatan los deseos que pide cada personaje de la ciudad. Ver la caminata de los madrugadores, quienes en vela estuvieron y en vela se quedan, por un salario, que viene de parte del vino. Además, sobrevolamos la feria. Tan lindas cuando acaban su trabajo; su forma al ser desfragmentada a cada pedazo, abre de por si un repollo viejo, un zapallo roto, unas lechugas cuantas por el suelo. Luego la manguera lava el pavimento, y la pala ara lo que dejaron; un cuadro sureño, un poema en abasto. Me gusta, me gusta todo este clima. Me gusta imaginar, pero sobre todo gusto, creo a mi perro blanco, como ese de allí, callejero de la esquina… Eso me gusta, me ama. Me imagina.
Autor: Jorro Rojas.







































locura playera
si que es un auténtico siquiatrico en el que las personas tras metamorfosis son animales y beben de los drenajes cuando éstos desembocan en la mar donde se baña el paisano, cuando no...