
LA NOCHE
Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales
La noche con su tiempo esencial representa la decadencia. Los eventos importantes que acaecen dentro de ella se acomplejan. La noche se casa con sus hijos y les ofrece en sacrificio un templo hecho de sustancias del cielo. La noche no acepta recepciones ni reformas. Ella busca la ruptura de las tautologías, de las búsquedas y, más aún, de todos los escrutinios posibles.
La noche retorna siempre de un largo viaje que la lleva a un universo reencontrado de valores donde las pocas luminosidades que existen son las de una temible tiniebla. Un sueño extranjero se apropia de los alrededores de la muerte y de prisa convoca a los fantasmas. La ensoñación nunca vendrá sola y se analiza en una encrucijada que duerme un deseo verdadero.
La noche sueña y sueña sueños justos. Detenta el sabor que reconocerá a posteriori. En buena ley la noche localiza a un narrador que le habla de frío y de los negros tesoros. Una luz penetra, clara, sin abrir la puerta y promete iluminar muros rojos, pintados de amarillo o veteados de gris y pardas manchas del descuido. Aquí no entrampan promesas y los delicados y transparentes vestidos se justifican bajo los pasos. Lo mismo si la noche ingresa en los arcanos, en el lúgubre brillo que descubre, nada menos, el pozo fatal donde engorda el crepúsculo para anteponerse al alba que le pesa tanto como una vaina de espada.
La noche es una posible jugadora que permea las palabras emitidas en las moradas, los vocablos de los enemigos y las majestades de lugares prohibidos. Mas la noche susurra hechos inverosímiles que tratan de comprender quienes carecen de lenguaje. La noche deconstruye el seudopoder del universo paralelo. La noche dispara tiempos primordiales, progresiones identificables y los trazados de futuras calles del vicio y del crimen organizado. La noche finge ser interminable y se apodera del furor de lo que podría pertenecerle al día. La indecisión, a veces, le cierra la autoridad a la noche para que encuentre su permutabilidad en el punto exacto entre lo interno y lo externo. Es en la noche donde el yo se parece más al ello y pasa a identificar ciertas cesuras del espíritu, ciertos tormentos de las actitudes, ciertas fiestas arrambladas por los sismos y las fallas en los terrenos que poseen homogéneos filones, sin la existencia de puentes, ni ataduras, ni pasadizos... La noche se desliza torpe a través de los niveles diferentes que la encapsulan en un decorado geográfico que no es responsable de su contienda. La noche invita, en efecto, a la ruptura con los aliados y a datar el aislamiento de la tropa y a colocar su nuevo recorrido simbólico en los términos más confusos que alguien imaginarse pueda.
La noche muestra su voz cuando toda ella se aproxima al centro donde la vigilancia se aguarda. A menos que ella se corrompa, su veneno mancha de carbón a los dedos que se entristecen en las ventanas. Cada gato descubre en la noche la fractura inicial que guía a las interdicciones hacia los juegos subterráneos y los sitia con desnudos deseos y presiones de meretrices.
La ciudad se sensibiliza ante la psicosis de la noche y hace todos los esfuerzos posibles para partir la intemporalidad y lograr que el hombre expulse su sentido de no ser en la oscuridad. Pero el demonio secreto que habita dentro de la noche logra que ella se vacíe y rompa las figuras que se interponen entre la eternidad y la aspiración de quienes sustentan a los dioses de la nada.
En la noche se expresa lo otro, el inmanente en su categoría de proceso del desorden y de lo apartado. La noche se modifica a sí misma y se altera y cumple con la aparición de lo que se acumula por cansancio.
La noche presencia la muerte de aquellos que se rinden con un signo que está revestido de transgresiones, vértigos y eufemismos de las dimensiones. La noche descompone los rostros de los cadáveres y les otorga un clamor de perfecta elegancia simétrica. La epidermis de la noche está equipada con páginas realistas y miasmas de una vida que nunca se interrogó y se disolvió en el envite de la carroña.
La noche también proviene de un repetido escenario donde la escritura se resiente con la sola mención de abstrusos pasajes, como si un analista en todo momento repitiera hasta el cansancio la confusión del fenecer. En ese correlato de simbólico desborde, la noche se torna omnipresente y se lustra de evanescencia de manera simultánea y súbita y despega a las almas de sus caminos orientados hacia los ritos de crujidos funerarios. Así, la complejidad de los colores oscuros de la noche violentan todo lo que se encuentre a bordo de los vehículos que se desplazan sobre las encarnaciones del plasma.
La noche huye de sus promesas y se reafirma en el abismo de sus pinturas y deviene en una refinada agonía que obra sobre ella al igual que la tumba de un árbol comandada por la distancia. Presencia encadenada es la noche y razón del principio último que decepciona a los nombres. La noche pende de su maldición y designa a sus víctimas del interior de la Historia y logra la filiación con los malhechores, los abandonados y los suicidas sin censura.
La noche se daña en el conjunto de sus confines y torna tangible la experiencia emboscada en las cabezas de los locos y sus repeticiones en los ecos inaccesibles de las necropsias.








































