Apoya a la revista y editorial Cinosargo con un donativo vía paypal

Síguenos en Twitter

Web de Cinosargo Ediciones

logosargooooedic.jpg

Página web de Cinosargo Ediciones

LIBROS IMPRESOS DE CINOSARGO (17 libros a la fecha)

Dibujo1SARGO_VENTAS.jpg

Cinosargo Editorial

¿Dónde adquirir nuestros libros?

Descargar el catálogo de la editorial en pdf

EN ARICA, EN LIBRERIA CINOSARGO

GALERIA SAN MARCOS, MAIPU 115 - LOCAL 17

PEDIDOS DIRECTOS A LA EDITORIAL Y ENVÍOS DESDE REGIÓN O EL EXTRANJERO CONSULTAR A:

CARROLLERA@HOTMAIL.COM O AL CELULAR: 0056-9- 98566401


en Santiago estamos en Ciudad Letrada, Estrofas del sur, Librerías Fariña, Librería Cuarto Propio y Metales Pesados.

y en Lima, en librería Inestable en la calle Porta de Miraflores, signado con el número 185-B, donde atiende de 2:00 a 7:00 pm.


Desde el extranjero y a todo Chile vía internet, en buscalibros.cl

Novela Negra de Juan Podestá Barnao
El libro de las revelaciones de Víctor Munita
Carne de Daniel Rojas Pachas

Proyecto Apocalipsis de Andrés Olava * Eduardo Cuturrufo

Nómada de Eduardo Rojas Pachas * Esteban Morales

Gorakhnath de Joel Vril

La Maldición de los Whateley´s de Pablo Espinoza Bardi

Raíz de Uno de Fernando Rivera Lutz
Descargar el catálogo de la editorial en pdf


Descargar el catálogo de la editorial en pdf

Nomada_1.jpg

Nómada

Antología Gráfica del cuento Chileno

del siglo XX

(Comic - Editorial Cinosargo)

1298644364393-Documento-1-p_gina1.jpeg

El Libro de las Revelaciones

por Víctor Munita Fritis

(Poesía -Editorial Cinosargo)


13-5-2011_17.5.5_1.jpg

Necrospectiva Vol.2

"Cuentos de Gore, de locura y de muerte"

de Pablo Espinoza Bardi

(Relatos -Editorial Cinosargo - Colección Necro-Files)


8-6-2011_20.6.5_1.jpg

Carne

de Daniel Rojas Pachas

(Poesía -Editorial Cinosargo)

279614_2062251109923_1054076434_32302116_3252942_o.jpg

Proyecto Apocalipsis

de Andrés Olave / Eduardo Cuturrufo

(Narrativa -Editorial Cinosargo)

 

Descargar el catálogo de la editorial en pdf

averigua más de nuestra editorial en www.cinosargo.com

 



EL MUNDO EN LA BARRA DE UN BAR

Enviado por Cinosargo el 08/12/2009 a las 14:32
Cinosargo

 

EL MUNDO EN LA BARRA DE UN BAR

Hace muy poco, durante una reunión con unos amigos en un conocido bar de Barranco, el distrito bohemio de Lima, Willie, uno de mis mejores amigos, me presentó a Hernán Garrido Leca. Lo confieso: al primer golpe de vista me pareció  el típico bacancito de esquina miraflorino. Alto, muy alto, espigado, delgado, guapo, de mente rápida y lengua despiadada a la hora de dinamitar el castellano con toda clase de extranjerismos. Se viste como chico malo para aparentar una rudeza más consistente que la que en verdad tiene. Se expresa en un híbrido entre inglés de serie americana y jerga de surfer, rara mixtura que difícilmente alguien como yo puede comprender, porque detesto la tele gringa y mi contacto con los surfers coqueros de punta hermosa ha sido prácticamente nulo (yo vengo del otro lado de la ciudad, cerca de los cerros y del calor insoportable de Chosica). Sin embargo, al cabo de tan sólo media hora de fluida conversación delante de la barra, sentados en los taburetes de cuero negro, logré vislumbrar cierto encanto maravilloso en su forma de ser: cierto entusiasmo para las pequeñas cosas que suele ofrecer la vida y que para la mayoría de personas, agobiadas por la prisa, pasan desapercibidas. En ese cortísimo espacio de tiempo aprendí a verlo más allá de su permanente estado de relax, de su extrema facilidad para decir cosas sin mucho sentido y de su aparente indiferencia y frivolidad.
- Es una buena vaina estar vivo, ¿manyas? Estar aquí con todos tus patas después de pasar tantos meses alejados de todo y de todos, y no sólo de tus brothers del alma, sino también de tu family, de tus viejos, de tus hermanos, puta, hasta de tus primos, ¿manyas? –comenzó a evocar los cinco meses que había servido como soldado para los EE.UU. durante la guerra en Irak- Es una buena vaina haber sobrevivido para contarla y estar aquí ahora, en la Lima de mis horrores, digo, de mis amores.
- ¿Y cómo así decidiste convertirte en soldado? –pregunté yo con el tono expectante de un niño que ha encontrado por fin su modelo a seguir, a su ídolo. (Hernán me lleva unos siete u ocho años).
- No sé la verdad, no sé por qué –dijo. Se le salió un hipo y se metió de un solo golpe su segundo o tercer pisco sour, que el barman acababa de traerle.
- ¿Cómo que no sabes? Alguna razón debes haber tenido. Porque no cualquiera se mete de soldado así porque sí. Y menos si es para que te manden al Medio Oriente entre talibanes y toda clase de gente peligrosa y fanática –tomé un sorbo de mi propio pisco sour y esperé.
- Mira, no sé cómo serás tú, porque recién te conozco –dijo Hernán, mirándome a los ojos- pero lo que soy yo, tratándose de mí, únicamente de mí, pues no, no necesito de una razón en especial, simplemente lo hago y punto. Sí, sí, ya sé lo que vas a decir, que no se trata de ir a, no sé, a África, por ejemplo, no se trata de ir a África y fotografiar toda la promesa de este mundo de porquería, no, no se trata de eso. ¿Te dije que de chibolo quise ser fotógrafo? Bueno, en fin. Ir a Irak en ese momento era una cosa super difícil, porque era poner en riesgo tu vida y, encima, lo único que estabas provocando es que ese puto país siga haciéndose más poderoso de lo que ya es. Pues, ¿sabes una cosa? A veces todo eso te importa un reverendo carajo. ¿Y sabes por qué? Porque eres un pata engreído, aniñado, estás confundido, perdido, sin saber qué hacer, te va mal en la universidad, estás jalando tantos cursos que ya te quieren botar con roche, tu flaca te saca la vuelta con un pata más pepón que tú, tus viejos están a punto de divorciarse por tu culpa, tus tíos murmuran, todos te dicen que eres la oveja negra de la familia y toda esa mierda que le dicen a la gente como nosotros.
“¿Como nosotros?”, pensé, “¿Qué está queriendo decir con ese como nosotros?”. Entretanto, sobre el escenario, un grupo de principiantes tocaba con cierta gracia una acertada colección de canciones noventeras. En ese momento, el vocalista estaba destrozando Runaway train, de Soul Asylum, mientras el guitarrista, el bajista y el baterista, los tres unos pelucones con cara fumones, se esforzaban por quedar lo mejor posible.
- ¿Tan mal te estaba yendo? –pregunté, mirándolo fijamente, acodado sobre la barra.
- Más o menos, más o menos. Pero yo no soy de los que se hacen un dramón por las puras. Me iba de la patada en todo, pero me quedaba calladito. ¿Sabes lo que es que la gente se compadezca de ti? Eso es una mierda. Un consejo para tu vida: si todo se te está yendo al carajo no corras llorando con el primero que te ofrezca un hombro, eso no sirve de nada, porque la gente es interesada, y por más pata que sea quien sea que te ofrezca su hombro algún día te pedirá algo a cambio. ¿Y para qué? Mejor evítate tanto problema, ponte el ipod a máximo volumen y llora todo lo que quieras, o si tienes un poco de plata extra cómprate unos polvos y mándate un viaje astral de campeonato.
Al escuchar esto último esbocé una media sonrisa sin complicidad, porque no soy partidario de la cocaína y no tengo ningún interés en probarla. Hernán sacó un cigarrillo y un encendedor del bolsillo interior de su casaca de cuero negro y, al punto, tal vez percibiendo el sentido de mi gesto, se rectificó:
- No, mentira, mentira, no me hagas caso. Eres demasiado chibolo para caer en eso. Mejor no, ni de vainas, no me hagas caso –encendió el cigarrillo y se puso a fumar.
- El mes que viene cumplo veinte –dije con cierto tonito de autosuficiencia- Ya no soy tan chibolito como piensas.
- Pero pareces de quince. Y ahora que te veo bien pareces recontra marciano –dijo Hernán, en alusión directa a mi aspecto de intelectual desaliñado y excéntrico.
- Te sorprenderías si te muestro mi boleta de la universidad.
- ¿Estás jodido?
- No tanto, no tanto. Un par de cursos, nada más, pero igual en mi casa me quieren colgar. Pero ya pues cuenta, ¿qué más?
- Nada, ¿qué más quieres que te diga?
- Ya –recapitulé- estabas tan jodido en todo que decidiste hacer algo loco y mandarte mudar bien lejos para que nadie te fastidie. Ya. Pero ¿cómo así  llegaste a ser soldado de los Estados Unidos de Norteamérica? Eso no lo entiendo.
- Mira mi pelo –dijo Hernán, agarrándose con los dedos un mechón de cabello rubio y ligeramente crespo- Este pelito rubio no es gratuito. La familia de mi vieja es medio americana, ¿manyas? Así recontra perucho y berraco como ves tengo también algo de gringo.
Divertido, sonriendo, me tomé de un golpe lo que sobraba en mi copa de pisco sour.
- En serio, no te rías –dijo Hernán, y me dio un golpecito en el hombro.
- No me estoy riendo, oye –dije, mirándolo con una mezcla de desafío y simpatía.
- Se te nota en la boca que te estás cagando de ganas por soltar una risotada, y eso no te lo voy a permitir –dijo Hernán, y aquí ya empezaba a notarse todo el pisco sour que ya se había tomado- Lo que te estoy contando es muy serio. ¿Tú te imaginas cómo es el entrenamiento de un soldado del ejército estadounidense? ¡Uf! Deberías estar rezando para que nunca pases por algo como eso.
- Yo jamás jamás haría de soldado para los Estados Unidos, por más que me dieran todo el oro del mundo. ¡Jamás aceptaría ser una marioneta del hijo de perra de Bush! –dije, sin ningún ánimo antiyankee. Simplemente estaba repitiendo lo mismo que muchas veces le había escuchado decir a mi tío Gonzalo, periodista de izquierda y escritor impenitente- ¡Jamás pelearía por ese imperio de mierda! –y le hice un gesto para que me pasara un cigarrillo.
Hernán captó el gesto perfectamente. Sacó su cajetilla y me ofreció:
- Agárrate mínimo cinco porque acá tenemos para rato. Mira cómo gilea Willie, mira cómo le mete letra a la chibola.
- Parece Casanova el huevón, Casanova lorcho –dije, mirando hacia el otro extremo del local, donde Willie, nuestro amigo en común, el que nos había presentado, le hacía la corte a una chica rubia y super flaca y estirada, tipo Paris Hilton pero en versión misia.
- Oye, y tú, ¿qué eres? ¿Te crees Che Guevara o qué? –dijo Hernán entre discontinuas exhalaciones de humo- ¿Por qué ofendes de esa manera tan cruda al sacrosanto imperio norteamericano y al emperador más grande e inteligente y justo que ha existido jamás sobre la faz de la Tierra?
La evidente ironía del comentario me provocó una carcajada.
- Y te vacilas –acometió Hernán con una frescura posible solamente gracias a todo el pisco sour que ya le rondaba por la cabeza- Te vacilas con toda la concha del mundo, y eso no te lo permito. ¡No te lo permito! ¡Nadie le falta el respeto a Bush en mi presencia! ¡Porque yo he sido su perro! ¿Y sabes una cosa? –y a partir de aquí su  gesto adquirió un rastro de nostalgia que ya no lo abandonaría- Tu soltura para decir estas cosas me hace recordar a alguien…
- ¿A quién? –pregunté yo, esperando un nombre femenino que me permitiera vislumbrar el fugaz destello de una historia de amor todavía no contada, todavía no escrita, y por lo tanto aprovechable para alguien como yo.
- A una chica que conocí  en París.
- Pero no me estás contando bien la historia –protesté, golpeando la barra con mi puño, consciente de que las historias reales deben ser trasladadas al campo de la ficción con sumo cuidado y prolijidad, dándole mucha importancia a los detalles y datos históricos. Si realmente quería escribir esta historia, tenía que conocerla a fondo.
- ¿Qué más quieres que te diga? –inquirió Hernán, expulsando por su boca incontables volutas de humo.
- Ni siquiera me has dicho qué edad tenías cuando te hiciste soldado.
- A ver, a ver –dijo Hernán, jugando con sus ojos y clavándolos en el vacío- Tendría unos 23 más o menos. Ni cagando tenía 24. 23 está bien. Aterricé en Bagdad en febrero del 2003, hace casi cuatro años, y sí, pues, tenía 23, era el típico chico guapo de Miraflores, el surfer relax, el gilerito, el bacancito. ¿Te imaginas a un pata así embutido, porque dentro del uniforme del ejército americano estás embutido como una sardina, en su uniforme del ejército americano, con su metralleta y toda la cosa, tipo Rambo pero más miedoso y menos sanguinario. ¿Te imaginas? Era para cagarse de la risa. Menos mal que allí en la tropa nadie me conocía porque la mayoría eran americanos netos netos. Claro, había uno que otro latino, y hasta a un chico medio japonés, pero casi todos eran super blancos y rubios y de ojos azules como el cielo de Nueva Zelanda. Mi piel tostada por el sol de Lima obviamente llamó mucho la atención. Todos me veían como el raro, el tercermundista, el perro latino. Pero ¿sabes una cosa? Me importó un carajo lo que todos ellos pensaban, porque me dije que tal vez me terminaba muriendo por ahí por una bomba talibán y qué carajo ya me importaba todo lo que el mundo pensara de mí en esa situación –se acercó el cigarrillo a los labios y sus ojos rojos relucieron nítidamente bajo las escasas luces amarillas, alrededor sonaba una pésima versión de la canción One de U2.
- Seguramente debió de ser muy duro para ti –dije con voz tranquila, conmovido por el tono melancólico que había tomado el curso del relato.
- No sólo fue duro, también fue traumático –dijo Hernán, rascándose la cabeza-. El entrenamiento es para morirse. Te hacen practicar con las armas como unas veinte horas al día, y te enseñan a luchar cuerpo a cuerpo, con toda la saña que te puedas imaginar. Ahí tienes que sobrevivir y punto, nada de mariconerías. Si te tienes que defender, caballero nomás, disparas y matas, no hay vuelta para atrás. Te entrenan para vértelas con terroristas, pero no te creas que esos terroristas son como los terroristas de Sendero, nada que ver. Los de Sendero son niños de pecho en comparación. Los talibanes no sólo son capaces de matar y hacer las peores cosas en nombre de sus creencias, sino que también están super dispuestos a amarrarse una bomba a la cintura y meterse al cuartel americano y reventar junto con los gringos. Es terrible. Y eso que la guerra en Irak en su momento no fue ni la mitad de horrorosa de lo que fue y es la guerra en Afganistán. Conocí un pata de mi tropa que también había peleado en Kabul y, puta, lo que me contaba daba para película de terror. Gente destrozada, cuerpos decapitados, niños partidos en cuatro. Puta, que sólo de acordarme ya se me pone la piel de gallina.
- ¿Y tú alguna vez…? –no pude terminar de formular la pregunta.
- Si quieres saber si alguna vez maté, no, gracias a Dios que no, que nunca me encontré en esa situación. Sí, una vez, le disparé en la pierna a un tipo peligroso. Nos habían dado el dato de que en una casa de allí, en pleno centro de Bagdad, una familia tenía escondido a un talibán. Como correspondía a un caso semejante, un grupo de diez u once soldados nos fuimos acercando a la susodicha casa, y claro, apenas aparecimos en la avenida principal, los civiles, mujeres, niños, ancianos, salieron disparados, todos nos veían como a monstruos. Llegamos a la casa, o casita, porque era minúscula, tumbamos la puerta a pura fuerza bruta, entramos y ¡zas!, lo primero que vimos fue a una niña con burka que lloraba asustada escondida debajo de la mesa. Tratamos de hacerle comprender que no le haríamos daño, pero ella estaba muy asustada por nuestras armas y se puso como loca. Entonces apareció un tipo, de mediana edad, y pensamos que era el padre de la niña, pero también podía ser su marido porque ya sabes que los musulmanes tienen costumbres un poco raras, en todo caso atrapamos al tipo, lo arrinconamos contra la pared, lo revisamos de arriba abajo, y la chibola que llore y llore como endemoniada. El grupo se dividió, mientras algunos nos encargábamos de reducir al extraño, otro grupo de cuatro revisaba la casita al derecho y al revés. ¡No te imaginas! ¡Hicimos un desastre! Pero en eso no te imaginas lo que pasó –y Hernán dejó el pucho sobre el cenicero y encendió un segundo hamilton.
- ¿Qué? –pregunté yo, observándolo fijamente, como un niño embobado con el cuento que le está narrando su abuelo.
- Sucedió entonces lo que menos nos esperábamos –continuó Hernán entre exhalaciones, mientras sonaba alrededor otra pésima versión de una canción de U2, All i want is you- No sé exactamente cómo pudo pasar una cosa así, pero ninguno de nosotros se había dado cuenta de que en un rincón, debajo de un montón de mantas y sábanas, había una especie de baúl, o una cosa por el estilo, no sé bien, tal vez era una reliquia familiar del tiempo de los persas, no sé bien. La cosa es que, de repente, un segundo sujeto de turbante apareció: acababa de salir del baúl el muy puto. Y claro, nos cogió desprevenidos, acuchilló a un compañero y le disparó a otro en el brazo. Fue horrible como no te puedes ni imaginar. Casi mi corazón de criollo nada acostumbrado a las sorpresas hace stop, sí, stop stop. Pero felizmente algunos reaccionamos con cierta rapidez. Un compañero, bajito nomás pero bien maceta, Smith es su apellido y así le decíamos todos, Smith simple y llanamente, disparó casi a ojos cerrados, estaba tan sorprendido el pobre, y de pura suerte hirió al puto en el hombro derecho. Yo me agaché, me oculté detrás de la mesa, muy cerca de la niña que seguía llorando, y disparé a la pierna del sujeto. En eso, ni modo, pues, dos compañeros lo terminaron de acribillar, y murió, y cayó al suelo y al toque se formó un charco de viscosa sangre talibana. Y por supuesto, la niña se puso peor, y su padre, o su marido, no sé, también se puso histérico. Después nos enteramos de que el sujeto que nos había atacado sí era terrorista, que había participado en muchos atentados en diferentes países y hasta se decía que mantenía comunicaciones con las células más poderosas de Al-Qaeda. De cualquier manera, no había forma de confirmar nada, porque ya estaba muerto. Y por más que se presionó al primer hombre y a la niña para que hablaran, para que soltaran algún dato que nos llevara a descubrir el paradero de otros talibanes, no se pudo. El hombre se quedó detenido con nosotros y la chibola pasó a un albergue de la UNICEF donde van todos los niños afectados por el conflicto. De todo esto sólo puedo concluir que el terrorista y el padre de la niña mantenían una relación de parentesco, es lo más obvio, hermanos, primos, quién sabe.
Entonces dejé de observarlo. La idea que me había hecho sobre Hernán en esos escasos minutos que veníamos compartiendo acababa de cambiar brutalmente. Ya no era el típico bacancito miraflorino que creí en un principio, no, ya no, se acababa de transformar ante mis ojos en un sobreviviente de guerra, en un testigo presencial de los acontecimientos más importantes que estaban marcando el principio de la historia del siglo XXI. ¡No podía creerlo! ¡Estaba sentado al costado de una persona cuyas vivencias muy bien podían servirme para escribir! Y eso no es algo que se encuentre todos los días, y menos en una reunión casual en un bar de Barranco. Pedí otro pisco sour, y el barman, muy solícito y eficiente, me lo sirvió en el acto. Me tomé un sorbo, sin dejar de mirar al barman, preguntándome cómo es que dos seres con existencias tan banales como él y como yo podían respirar tan cerca de alguien como Hernán, que había vivido cosas extraordinarias. Tomé otro sorbo de pisco sour y, en silencio, esperé sin saber que esperaba.
- ¿Por qué te quedas tan callado? –me preguntó Hernán, mientras empezaba a sonar Losing my religion ante la creciente emoción  de una legión de treinteañeros nostálgicos- ¿Te parece muy impresionante lo que te acabo de contar? –y exhaló una voluta de humo que parecía tener la forma de una corneta.
“En definitiva, sí, estoy conmovido”, pensé, pero respondí:
- La verdad sí, muy impresionante. Pero no tanto por los hechos que cuentas, porque sé muy bien que en Medio Oriente pasan ese tipo de cosas a cada rato, veo las noticias en CNN, leo la sección Mundo de El Comercio, me fijo en Internet, y siempre encuentro noticias de ese tipo –me expliqué entre eufórico y atolondrado- . Lo que realmente me impresiona es que una persona que ha vivido en carne propia  todas esas cosas está aquí, sentada junto a mí. ¡Es algo que me va a costar un rato asimilar!
- No es para tanto –dijo Hernán-. El mundo ya no es tan grande como antes, y todos podemos llegar bien rápido al lugar que queramos, a cualquier lugar de este mundo que ya se está volviendo pequeño para tanta gente. Por ejemplo, fíjate en Willie. Hace un par de meses estuvo de viaje por China. Ahora todo es así, super ágil, compras tu pasaje de avión y punto, ya estás en otro lugar. ¡Vivimos en la era de la globalización!
- Seguramente es así como tú dices, pero no todos podemos darnos el lujo de viajar sólo por viajar –dije, mirándolo a la cara y sin soltar mi copa-. No todos estamos en las mismas condiciones que ustedes. Tengo un hermano que vive en Nueva Yersey, ¿te dije?
- No. Pero qué bueno por él.
- Sí, qué bueno –dije, y me puse a juguetear con el pico de mi copa- Allí estudia en un college pero también trabaja en un banco limpiando las oficinas y los servicios higiénicos.
- Mira, eso no tiene nada de malo, chamba es chamba –dijo Hernán, llevándose el hamilton a los labios-. Además, ¿no te das cuenta de que si todo fuera fácil la vida no valdría la pena? Sin nada por qué luchar, no hay una sola razón para existir. Por eso no creo en mundos perfectos. Si un día ocurre un milagro y el mundo cambia y mejora, estoy seguro de que sucederán otras cosas terribles que lo pondrán todo de cabeza otra vez. Así ha sido siempre, y tal vez eso sea lo más conveniente después de todo…
“¿Lo más conveniente?”, pensé con todo el ímpetu socialista aprendido de mi queridísimo tío Gonzalo, “¿es conveniente que existan guerras y que millones de personas en diversas partes del mundo se mueran de hambre a cada minuto que pasa?”
- Eres muy pesimista, incluso más pesimista que yo –le dije, sin mirarlo a la cara, mientras el vocalista de la banda le dedicaba la próxima canción noventera a su novia y a su hijo recién nacido-. ¿Sabes algo? A pesar de todo, yo sí creo en un mundo mejor, en un mundo mejor que éste.
- ¿Sí? Me alegro por ti, pero más te vale que no te hagas demasiadas ilusiones.
Justo aquí se escuchó la primera tonadita inconfundible de Zombie y la chillona voz del cantante emuló sin ningún éxito el poderoso registro de Dolores O’Riordan.
- El mundo empeora a pasos agigantados –prosiguió Hernán su insospechado discurso fatalista-. En Medio Oriente las cosas, según lo que se ve en la tele, siguen en las mismas, guerra, muerte, terrorismo. Ya ves lo de la franja de Gaza, cómo matan gente como si nada, y luego nos quieren meter el cuentazo de que son bajas inevitables en cualquier guerra antiterrorismo. Y encima la vaina ésta del calentamiento global. Puta madre –y exhaló una voluminosa nubecilla de humo-. A este paso no llegaré a cochito porque el mundo para entonces estará hecho pedazos. Ni hablar: si pasa algo feo el 2012 y todo se va al carajo en un santiamén, ése será nuestro milagro, la salvación, ni hablar, así nos evitaremos masacrarnos entre nosotros mismos.
- Con tanta cosa que dices ya me duele hasta la cabeza –protesté, llevándome un segundo hamilton a la boca luego de dejar el pucho del primero en el cenicero-. Eres muy oscuro, y lo raro es que no pareces, pareces un pata super relajado y mírate, hablando del apocalipsis con tanta ligereza, quién lo diría.
- Todos los patas relajados que tú ves, los surfers, los coqueros, los marihuaneros, los putos, los skaters, todos ellos son un poco pesimistas porque viven tan convencidos del próximo e inminente fin que les interesa un puto pepino lo que pueda suceder en el presente. Y yo soy un poco así, la verdad la verdad, no te voy a mentir. Pero admito que no estoy tan convencido del próximo fin. Me parece que las cosas no van a resultar tan fáciles como muchos creen.
Sentí una primera punzada en las sienes.
- El pisco y toda la mierda que estás soltando han hecho estragos en mi cabeza –dije, cogiéndome la cabeza con ambas manos-. Los ojos se me van a salir y los labios se me quieren reventar.
- ¿Estás mal? –me preguntó Hernán, acercándoseme y tomándome por los hombros, con la mejor de las intenciones-. Si quieres le llamo a Willie para que te embarque en un taxi. Ya es bien tarde, además.
- ¿Qué hora tienes? –pregunté yo, y la voz me salió cavernosa y áspera.
- Casi las tres de la mañana –dijo Hernán luego de revisar su reloj de pulsera, probablemente marca rolex-. Mejor párate, te acompaño al paradero a tomar tu taxi.
Impelido por efecto del licor, acerqué mi rostro al de Hernán, acaricié su oreja y le dije muy despacio lo mucho que me gustaría “estar con él”, y claro, por “estar” daba a entender lo mucho que me gustaría acostarme con él. Sin yo notarlo, el pisco había causado un efecto catastrófico en mi cuerpo y en mi mente: tenía los nervios y toda la piel erizada por la pura y tremenda excitación de sentirme cerca de alguien que superaba mis pobres y vacías expectativas. Por supuesto que, al darse cuenta del sentido de mi actitud, Hernán se separó de mí, se sentó en el taburete que le correspondía y se volvió a llevar un hamilton a los labios, como si nada pasara.
- Felizmente yo soy bien open mind –dijo entonces, sin mirarme a la cara pero a la vez sin vergüenza-. No hay roche conmigo ¿okay? Estamos entre patas, y además como eres tan chibolo el pisco sour te ha caído bomba, ni hablar, mañana vas a tener una cruda de la que te vas a acordar el resto de tu vida.
- ¿Qué? ¿No me vas a decir maricón para al toque irte corriendo? –pregunté, cabizbajo, jugueteando con el cigarrillo encendido, quemándome las yemas de los dedos.
- No, para nada –dijo Hernán, y al punto se dio cuenta de lo que estaba haciendo, me arrebató el cigarrillo encendido de los dedos y lo dejó en el cenicero-. ¿Te quieres quemar o qué? Eres demasiado chico para hacerte huevadas a ti mismo, ¿no te parece?
- Soy un asco –estallé, y me agaché tanto que mi frente rozó la superficie húmeda de la barra-. Pero no soy así siempre, te juro que no soy así siempre.
- Oye, chico –me dijo Hernán casi al oído, porque se había aproximado mucho, ante la atenta mirada del extrañado barman-. ¿Qué pasa contigo?
- Soy un asco –repetí, y yo mismo me consideré insoportable.
- ¿Un asco por qué? ¿Por intentar seducirme? No es para tanto, no te paltees, yo hago eso todo el tiempo con las flacas. No te aflijas por esa huevada. Levanta esa carita, y cambia de expresión porque así pareces un pariente de Frankenstein –sentí sus dedos fríos y largos en mi mentón.
- ¿No te molesta? –le pregunté, mirándolo a los ojos, comiéndome toda la vergüenza que me había embargado apenas unos segundos atrás.
- No, la verdad que no –dijo Hernán, llevándose un enésimo hamilton a los labios. Bajó mucho la voz y agregó sólo para levantarme la moral:- Pero si tuviera cinco años menos de los que tengo y me gustaran los chicos, te juro que te llevaría a la cama y te lo haría toda la noche, hasta cansarme. No es por nada, y no te equivoques conmigo, pero eres un chico bastante lindo, por si no te habías dado cuenta.
Dilaté mucho las pupilas, sorprendido.
- ¿No crees que soy demasiado llenito? Y estos lentes, puta, me hacen parecer un marcianazo –mi ánimo se había recuperado de manera automática.
- Llenito sí, un poco llenito, pero eso que yo sepa no es ningún defecto. No me imagino a quiénes les pueden gustar esos patas flaquitos como los que están en el escenario. Y esos lentes de montura azul te quedan muy bien…
- A la mayoría le gustan los patas flaquitos –dije, como quien dice una verdad irrefutable.
- Pues los cánones de belleza en la actualidad son una mierda, no te bajonees por nada de eso –me aconsejó Hernán, dándome un golpecito en el hombro-. No te preocupes. Ya aparecerá alguien por allí que te quiera por la clase de persona que eres, y por lo que Willie me ha contado de ti creo que tener tu amistad sí que merece la pena, y de la amistad al amor hay un paso, un amigo hoy puede ser tu amante mañana.
Tragué saliva, aspiré mucho aire mezclado con humo de cigarro y le pedí al barman un vaso de agua bien fría, pero no al polo porque no quería coger una neumonía; me lo trajo sin demora y, aliviado por las frases tan agradables que Hernán acababa de decirme, me tomé toda el agua del vaso sintiéndome cada vez mejor.
- ¿Ya? ¿Mejor? –dijo Hernán, aplastando el pucho del último cigarro contra el cenicero-. ¿Quieres que te acompañe al paradero a tomar tu taxi? –y acodándose muy cerca de mí, aproximó mucho su rostro al mío-. ¿O quieres seguir escuchando mis cuentos, no, perdón, mis historias?
- No son cuentos, he visto tus fotos de Irak por el Facebook. Estoy seguro de que no mientes –afirmé.
- Tienes razón, no estoy mintiendo, todo lo que he dicho es cierto, completamente cierto –dijo Hernán, y su expresión lucía cada vez más cristalina, como si no hubiera probado una sola gota de licor en toda la noche-. Pero he tomado tanto que confundo, sorry, sorry –y entrelazó sus manos, como implorando disculpas-. Tengo la cabeza como si una mosca se me hubiera metido por la oreja.
El grupo sobre el escenario había ya consumido todo el repertorio de super hits noventeros con el sello de R.E.M., U2, The Cranberries, Soul Asylum, Green Day, Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, The Verve, etc, y ahora se lanzaba con uno de los Smashing Pumpkins.
- ¿Te gusta esa canción? –le pregunté a Hernán con toda la intención de suavizar el tono de la plática.
- Sí, sí, ¿cómo es que se llama? No recuerdo.
- Perfect.
- Qué ironía –dijo Hernán, sonriendo para mí.
Yo también le sonreí, pero enseguida preferí no mirarlo demasiado a la cara.
- Suena recontra bien –dijo Hernán, haciendo tronar sus dedos y tarareando el estribillo de susodicha canción.
- Es una de mis favoritas, no sólo de los Smashing Pumpkins, sino de todo el rock en general –dije, como quien sabe mucho de música.
- ¡Hasta en eso te pareces a ella! –dijo Hernán-. A Natasha también le fascinaban los Smashing Pumpkins, y esta song le vacilaba como mierda.
En ese momento volvieron a mi mente unas palabras que Hernán había pronunciado unos minutos antes: “Me recuerdas a una chica que conocí en París”.
- ¿Quién es ella? Natasha –dije, ya sin la menor intención de grabarme todo puntillosamente para luego escribirlo.
¿En ese momento qué podía interesarme tener para después material de escritura? ¡Estaba así de abatido y ofuscado!
Hernán se quedó como pensativo, mirando hacia la nada, pero luego clavó sus intensos ojos azules en los míos más modestos y menos bonitos, y dijo, acodado junto a mí sobre la barra:
- Es una austríaca que conocí en París, cinco años mayor que yo, pacifista militante, vegetariana, espiritualista y amante del rock gótico y la literatura fantástica. Más o menos así te la puedo describir, pero es mucho más que eso, tenlo por seguro, es una de esas flacas que sólo te encuentras una vez en la vida, y luego nunca más, porque existen muy pocas como ella.
- ¿La conociste en París? –le pregunté, extrañado.
- Sí –dijo Hernán. Se rascó el lomo pecoso de la nariz y continuó:- Después de estar en el servicio casi medio año me dieron, mejor dicho, nos dieron, a todos los soldados quiero decir, unas merecidísimas vacaciones en Europa. Visité París y gocé de la ciudad como un loco, peor que chibolo en Disney world, ¿manyas? Era el sueño de mi vida. Europa, París, Torre Eiffel, croissants y chocolate a media tarde, conciertos de rock de grupos que jamás tocarían en el Perú, mucho arte, aunque de arte yo no entiendo demasiado, lo admito, pero igual era pajísima ver tanta alta cultura junta, las construcciones antiguas, el Palacio de Versalles, el Louvre, en fin, ya lo verás el día que visites París, porque tienes que ir algún día, es el mejor lugar del mundo –hizo una pausa, tosió y prosiguió:- Era una maravilla. Estaba encantado de la vida por estar ahí, del infierno que significó Irak pasé al paraíso que significaba París, al menos dentro de mi cabeza de entonces era así, porque ya sabemos que el infierno está en todas partes y en todas las personas, un talibán no es menos infernal que cualquiera ciudadano de la Unión Europea. Y bueno, una noche en un bar parecido a este pero más grande y con mejor música, la conocí, conocí a Natasha. La vi aparecer de la nada, rodeada por sus amigas, segura de sí misma, guapísima, inteligente, recontra alta y recontra rubia, un poco intimidante la verdad, pero igual le hice el habla, en inglés, claro, porque ni ella hablaba español ni yo alemán, así que nos entendimos perfecto en inglés. Le conté de dónde venía y qué estaba haciendo por Europa, y casi se desmaya cuando le dije que estaba de vacaciones luego de haber servido al ejército norteamericano en Irak. Me miró con asco, me preguntó “you’re a Bush’s dog?”, y yo no supe qué responderle, porque lo último que se me hubiera ocurrido es que esa chica tan guapa, con porte de top model internacional, era una de las pacifistas más acérrimas y fanáticas que se pudieran encontrar por Europa en ese momento. No, estoy exagerando, disculpa. Pero sí –volvió a toser- después me enteré que Natasha era una de las cabezas de una ONG que organizaba manifestaciones multitudinarias anti-guerra, anti-Bush, anti-sistema imperialista, anti-armas nucleares, anti-terrorismo y tortura en prácticamente todas las grandes capitales europeas. Ironías de la vida. Yo no podía creer lo que me estaba sucediendo. Me encontraba parado frente a la flaca más espectacular que había visto en toda mi vida y no podía pretender algo más con ella por culpa de cosas que sucedían muy lejos de nosotros. ¿Puedes creerlo? ¡Estábamos tan cerca y a la vez tan lejos el uno del otro! Tipo Romeo y Julieta, en versión actual, sin la vaina de las familias enemigas pero con una recatafila de acontecimientos de repercusión mundial a nuestras espaldas. Éramos de mundos completamente opuestos. Pero igual, esa noche en el bar, tanto le insistí que terminé sacándole el número de su celu. Me dio un post-it y, claro, lógico, yo creí que era un número falso que me había dado sólo para deshacerse de mí. Pero no, sorprendentemente, era su verdadero número de celular. Al día siguiente la llamé, le dije para encontrarnos a la hora del almuerzo en un restaurante cerca de Notre Dame, y ella atracó, increíblemente atracó. Nos encontramos, comimos, charlamos, ella me contó que había vivido en la India durante tres años y que allí se había hecho budista, vegetariana y sobre todo pacifista, enemiga de toda forma de opresión y violencia, amante de las vacas, de las flores y de todo ser viviente. Para no incomodarme, no dijo una sola palabra acerca de su militancia, y en cambio me contó de los libros que le gustaban y de la clase de música que escuchaba: todo Borges, Alessandro Baricco, Ryszard Kapuscinski, Susan Sontag, piezas clásicas de Wagner, Chopin, Beethoven, y por supuesto el buen rock, sobre todo los Smashing Pumpkins, porque ella los consideraba seres especiales perdidos en el reino del dinero y la frivolidad. Yo, por mi parte, le conté del Perú, de Cuzco sobre todo, porque de Lima no hay mucho qué decir. Me expresé con tanta elocuencia, que ella quedó encantad y me prometió que un día visitaría las ruinas de Machu Picchu, porque si había algo que realmente la apasionaba era eso, conocer culturas exóticas muy diferentes de las culturas europeas, como los incas, los mayas y los aztecas.
Hernán tosió para despejar su garganta y se quedó observando al barman, que en ese momento le alcanzaba un cosmopolitan rosado a una chica alta y morena, vestida como bataclana, que acababa de sentarse al otro extremo de la barra. Mientras, sobre el escenario, el mismo grupo de chicos ruidosos rasguñaba sin piedad sus guitarras intentando reproducir 1978, también de los Smashing Pumpkins, pero la voz del vocalista era suave y aflautada, muy diferente de la de Billy Corgan.
- ¿Y qué pasó entonces? –pregunté yo, para apurar la cuestión. Me estaba muriendo de la curiosidad.
- Pues, pasó lo que tenía que pasar –dijo Hernán-. Natasha y yo nos gustábamos, y en algún momento, sin necesidad de palabras, ambos decidimos que era una estupidez no darnos una oportunidad. Decidimos ser un hombre y una mujer, nada más que eso, ni soldado ni pacifista, ser sólo nosotros, Hernán y Natasha. La cosa funcionó muy bien al principio. Los días parecían más largos en su compañía, íbamos juntos a todas partes y mis compañeros ya estaban con miedo de que yo no me quisiera regresar con ellos a los EE.UU. ¡Y todo por una loca pacifista! Bueno, así decían ellos, pero yo no les hacía caso. Lo que tenía con Natasha, no sólo valía la pena, sino que era algo que me daba fuerzas, que me ayudaba a ser mejor persona de lo que era. Es lo más parecido al amor que he encontrado en toda mi vida… sí aunque suene ridículo y cursi, yo creía que era amor –y se puso a juguetear con sus dedos en el cenicero atiborrado de puchos.
- A mí no me parece ridículo ni cursi –dije-. La gente se enamora todo el tiempo, y a veces de las personas equivocadas.
- ¡Wow! Suenas como una persona ilusionada. ¿Hay alguien por allí que te tenga arrastrando la lengua? –me preguntó Hernán con toda la frescura del mundo, estirando su brazo sobre mis hombros, como dándome ánimos.
- Había.
- ¿Cómo que había? ¿Ya no está?
- Ya no lo veo. Por algo que… Por algo que ya no tiene la menor importancia –dije en tono lacrimoso y triste-. Digamos que ya no está dentro de mi vida.
- Esas cosas pasan siempre –dijo Hernán, acariciándome el hombro afectuosamente-. Las personas siempre se terminan yendo. Al final sólo nos tenemos a nosotros mismos –y acercó mucho su cabeza a la mía.
- ¿Ella también se fue? ¿También te dejó?
- En realidad yo la dejé a ella. Primero que nada, se terminaron las vacaciones y todos los que habíamos servido en el ejército ya debíamos regresar a los Estados Unidos, pero, claro, yo me había templado de una loca pacifista, y de muy buena gana me quedé en París mientras todos mis compañeros regresaban a casa. ¿Puedes imaginarte semejante locura? Quedarte en un continente que sólo conoces por las películas, completamente solo, sin jato y sin family, y lo peor era que no tenía una razón poderosa para hacerlo. Ahora entiendo que el amor que decía sentir no era una razón, sino una excusa. Una excusa para estar lejos, bien lejos del Perú, de Lima, porque creía que aquí  mi vida ya estaba liquidada. ¿Qué vida me esperaba en Lima después de todo? Con los estudios perdidos, con una familia destruida, ya no tenía nada por lo que volver. Ahora computo que por eso, sólo por eso, me aferré como una garrapata a Natasha: ella simbolizaba un nuevo comienzo, una nueva vida. Por eso la seguí hasta Frankfurt y me engañé por un par de semanas creyendo que lo nuestro duraría. A Natasha realmente no le preocupaba demasiado tener una pareja, toda su vida se resumía a leer, estudiar, protestar en la calle con un montón de gente, hablar frente a las cámaras de televisión sobre las terribles consecuencias que traería el conflicto en Medio Oriente, en fin, ya te imaginarás, es una idealista de pies a cabeza, y todo su corazón está copado por las cientos de miles de personas a las que se siente unida por una cuestión de principios. Ella “tiene” que ayudarlos, “hacer algo” por salvar a todas las personas que sufren en cualquier parte del mundo. Entonces no tenía tiempo ni ganas para ocuparse de un pata que todo el día andaba detrás de ella rogándole las migajas de su tiempo libre. Ya me había perdonado el error de haber servido en el ejército norteamericano, pero lo que nunca me perdonó fue lo que ella llamaba mi “proverbial indiferencia ante las únicas cosas verdaderamente importantes de la vida”, o sea, nunca me perdonó mis niñerías, mi apego a la frivolidad, a los programas de televisión más estúpidos, a las películas más superficiales, a los libros más fáciles y huecos. A final de cuentas, nunca aceptó mi forma de ser, mi personalidad, y supongo que ahí está una de las razones por las que duramos tan poco tiempo. En Frankfurt vivíamos en su departamento, en un edificio cerca del Paulskirche, desayunábamos y comíamos juntos, de noche tirábamos como locos, pero nada más, el resto del día ella se lo pasaba en las calles repartiendo afiches y agitando banderas blancas y rugiendo sus consignas pacifistas por un altavoz, rodeada por todas las personas que la apoyaban en su lucha, mientras yo me quedaba encerrado en el depa tirado en la cama, viendo programas de concurso en alemán, atontado de tanto amor que decía sentir, sin atreverme a salir y unirme al grupo de manifestantes porque sabía que yo no pertenecía allí, ése no era mi lugar, para nada lo era.
- Pero si de verdad querías quedarte con ella, debiste hacer algo por pertenecer a su mundo –dije yo, tal vez ingenuamente.
- A veces la gente actúa sin mucha lógica, ¿te das cuenta? –dijo Hernán, señalándose la sien con los dedos formando una pistola-. A veces no haces lo que se supone debes hacer y te resignas. Y lo peor es que tú mismo no te das cuenta en qué momento has tomado esa actitud tan mezquina. Sólo sucede, o mejor dicho, algunas cosas dejan de suceder porque tú nunca te atreviste a hacerlas, y luego te arrepientes, te dices lo estúpido que has sido, pero entonces ya es demasiado tarde, no hay nada más qué hacer.
Sobre el escenario, el grupo de cuatro principiantes había dejado de lado a los Smashing Pumpkins y a pedido del público retomó a U2: estaban interpretando with or without you, y en definitiva era el mejor número de toda la noche
- ¿Y qué pasó luego? –pregunté yo, observando de cerca el rostro de Hernán, y, lo confieso, cada vez me parecía más guapo y atractivo.
- ¿No te lo imaginas? –dijo Hernán, abriendo mucho los ojos-. Una noche ella llegó al departamento después de un cansado día de protesta, griterío y caminata, tiró sus cosas al suelo y corrió a abrazarme y a besarme, como si ya presintiese lo que estaba a punto de suceder. Quise contenerme, pero no pude, porque a pesar de su vida tan espiritual Natasha era puro fuego en cosas de intimidad. ¿Manyas? Esa noche tiramos más que nunca, y fue la mejor noche de todas, la sentí más mía que nunca, y supongo que ella sintió lo mismo. A la mañana siguiente, todavía en la cama, le dije que me volvía a Lima. “¿What?”, se sorprendió ella, y yo le repetí “i´m gone to Lima”, y ella entonces “¿why?”, y yo le expliqué mis motivos uno por uno. Natasha perdió los papeles, se puso histérica y me mandó a la mierda. Se vistió, se lavó apenas la cara, cogió sus afiches y carteles y se largó a la calle dando un portazo que en el fondo quería decir “si te quieres ir, lárgate de una vez, al volver ya no quiero encontrarte aquí”. Así lo hice. Llené las pocas cosas que traía en una maleta y, al mediodía, fui a la estación del tren a comprar un boleto hacia París, porque de París tomaría una avión a Madrid, y de Madrid uno a Sudamérica. Y entonces… -y se calló repentinamente.
- ¿Y entonces qué?
- Entonces pasó algo que siempre que lo cuento me dicen que es un invento mío porque esa clase de cosas nunca suceden en la vida real.
- Estoy acostumbrado a la ficción –dije en un tonito desenfadado.
- Desde el mediodía, luego de comprar el boleto, me quedé esperando que llegue el tren, sentado en una de los asientos del andén, entre mucha gente que también esperaba lo mismo. Se fue una hora, luego otra, y ya empezaba a consumirse la tercera hora cuando comenzó a llover. Era una lluvia fina y agradable, como una cortina de encaje muy delicada y transparente. Durante la mañana había hecho frío, pero nadie creyó que llovería. Me levanté y me puse a dar un par de vueltas, empapándome con las delgadas gotas de agua dulce. Observé con atención el cielo pálido y me quedé pensando si algún día en el futuro Natasha se acordaría de mí. Y entonces apareció ella. La vi correr hacia mí desde unos diez metros de distancia y, por supuesto, como te imaginarás, me quedé perplejo, petrificado como una estatua de sal, pero igual me pareció la mujer más hermosa del mundo. Tenía el cabello húmedo y el rostro blanquísimo congestionado. Llegó hasta mí y me abrazó muy fuerte pidiéndome que no me vaya, que me quede con ella un tiempo más. Me besó en la boca enfrente de todo el mundo y yo estuve a punto de sucumbir, quería decirle “sí, me quedo contigo”, pero esas palabras no me salieron, y en cambio dije “no, no puedo, tengo que irme”. Ella se echó a llorar como en las películas melodramáticas, yo la abracé más fuerte, la besé en una mejilla y me separé de su cuerpo. Me aproximé a la estación y me subí al tren que acababa de llegar. Mientras me acomodaba en el asiento, la vi por la ventanilla; estaba convertida en una figura escuálida y triste debajo de la lluvia. La estuve mirando hasta que el tren comenzó a avanzar, y ella no dejaba de observarme con sus grandes ojos llorosos. Al cabo de unos segundos, por fin terminó de desaparecer…
- ¿Esa parte es verdad? –le pregunté, mirándolo a los ojos.
- Es tan verdadera como el resto de la historia. Pero la gente común y corriente no cree en los hechos extraordinarios, y está tan acostumbrada a la ficción del cine que ha perdido la noción de lo que es realmente maravilloso, de lo que es verdaderamente fabuloso. A veces la vida real puede ser más extraordinaria que cualquier película, pero son pocos los que se atreven a vivir esos momentos. Andamos tan ocupados con miles de cosas que olvidamos el simple hecho de vernos a nosotros mismos como protagonistas de nuestras propias vidas. ¿No crees lo mismo, chico?
- Con todo lo que has dicho, sí, sí te creo –y enseguida, picado de curiosidad, pregunté:- ¿Y por qué me cuentas todas estas cosas a mí? Recién nos conocemos y creo que…
Hernán me interrumpió:
- Me han dicho que escribes, ¿es verdad?
- Sí, sí escribo, pero no soy un escritor.
- ¿Cómo es eso?
- Escribo sólo para mí mismo, no sé si seré un día un escritor de verdad, un escritor publicado –me expliqué.
- Willie dice que escribes de la puta madre.
-Willie es un exagerado.
- De todas formas, creo que he hecho bien en contarte todo esto –dijo Hernán-. Porque yo no escribo nada de nada, y es chévere saber que la mejor historia de toda mi vida está en manos de alguien que pueda utilizarla algún día.
- ¿Utilizarla?
- Tú sabrás, tú eres el escritor. ¿Nunca has querido escribir una novela?
- No, todavía, me sería muy difícil ahora.
- Pero si algún día te animas, ya tienes material suficiente –dijo Hernán, y se fijó en su reloj de pulsera-: Uy, ya nos pasamos de la hora. ¿Quieres que te acompañe al paradero a tomar el taxi?
- Sí, por favor, si no me ayudas soy capaz de caerme en medio de la vereda.
Esa madrugada se sábado, Hernán me embarcó en el taxi y nunca más lo volví a ver, a pesar de que entonces estudiábamos en la misma universidad (yo en la Facultad de Administración y él había conseguido reintegrarse a la Facultad de Comunicaciones después de rendir infinidad de exámenes).
Hace unos días, Willie me llamó por teléfono para invitarme a una reunión en su casa: Hernán estaba a punto de mudarse a Nueva York definitivamente para estudiar y trabajar, y sus amigos más cercanos le habían organizado una sobria despedida en casa de Willie. Yo no quise asistir, me excusé diciendo que estaba enfermo, y Willie comentó:
- Pucha, qué pena, Hernán quería que estuvieras con nosotros.
Colgué la bocina sin comprender el motivo de mi actitud.
Ahora lo entiendo: algunas relaciones humanas no están hechas para prolongarse por demasiado tiempo. Así como la relación entre Hernán y Natasha fue sólo cuestión de un par de semanas, el encuentro entre Hernán y yo es una ocasión única que siempre recordaré, y está bien que no haya tenido oportunidad de continuar, debe quedar allí y punto. Juraría que Hernán está consciente de esto.
Ahora, el día ha llegado a su ocaso, muy pronto el cielo oscurecerá y se hará de noche. ¡Qué extraño! Me asalta la nostalgia por el hecho de que Hernán ya no está ni estará más cerca de mí, como si lo conociera desde hace mucho tiempo. ¿Será que lo conozco de otra vida? En todo caso, es una persona que ha conseguido cautivarme. Siento que lo quiero y que lo voy a querer siempre, pese a que es probable que nunca más vuelva a verlo en persona.
¿Será posible que este sentimiento extraño que nunca antes he sentido por nadie me conduzca por los caminos de la creación? ¿Cómo saberlo? Sólo resta esperar el momento oportuno.


Giancarlo Berrospi Castillo (Lima, 1988)

Es un joven de 21 años, de nacionalidad peruana. Actualmente reside en Lima. Su formación literaria es íntegramente autodidacta. Divide su tiempo entre sus clases de alta cocina y su afición por la creación literaria. Asiste con frecuencia a conferencias sobre literatura y es asiduo lector de muchos blogs y revistas virtuales. Sus autores favoritos son Gabriel García Márquez, José Saramago, Marguerite Yourcenar y Julio Cortázar. Tiene la aspiración de un día ser reconocido en las dos pasiones de su vida: cocina y literatura.


Etiquetas: | Área creativa. | Secciones Generales.
Publicidad por Bligoo.com

Permiso

Enviado por Reme el 21/04/2010 a las 15:54
Reme

Me ha gustado la foto de la chica en el bar; Si no tienes inconveniente voy a ponerla en mi blog, al lado de un poema, por supuesto poniendo a pie de foto tu dirección de blog, de donde la he copiado; en caso contrario, comunícamelo y la retiro. Gracias. Reme


Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

Directorios

Itinerario, directorio cultural de Hispanoamérica bannertr.jpg Page copy protected against web site content infringement by Copyscape Blogalaxia
Phoenix Web Design   /   Paginas Web 1abaestudio.com

Directorio de blogs Zuloblog vuelos barcelona londres Poetry Art Blogs - BlogCatalog Blog Directory blogs

  Directory of Literature Blogs  Adoos

 Mi Ping en TotalPing.com Directorio Web - Directorio de Páginas Webs directorio de blogs Blogs México

iPing-it!   BlogsPeru.com  blogarama - the blog directory

directorio de blogs    directorio de weblogs. bitadir  

MundoInicio  Xanky Bitacoras.com Directoriomaestro.com

GoLedy.com  Blogs Dominicanos  blog search directory

avisos gratis  Top Blogs

Directorio de blogs    Creative Commons License Cinosargo by Daniel Rojas Pachas
Literature

planetachileno.cl estamos en
PlanetaChileno.cl

 

BITÁCORAS DE CINOSARGO


28-4-2009 7.4.14 1.jpg 28-4-2009 7.4.25 4.jpg
28-4-2009 7.4.39 1.jpg

9-5-2009 9.5.36 1.jpg

  10-5-2009 8.5.5 1.jpg

Quienes Somos.

Cinosargo Home

En línea desde el 17/5/08

Director: Daniel Rojas Pachas.

Coordinadores Generales: Milvia Alata Tejedo, Daniel Rojas Pachas.

Editores: Daniel Rojas Pachas, Edgard Lara

Redactores de Cinosargo

Cinosargo, es una revista de arte y literatura que nace desde el extremo norte de chile (Arica) y tiene como finalidad, generar en este medio virtual, sin fronteras, un movimiento que impulse a otros cronistas, amantes y estudiosos de las letras, música y cine, a indagar y explorar, en torno al ambiente, historia y perspectivas, en el campo creativo de las diversas áreas de expresión. (Leer más)

CÓMO COLABORAR CON REVISTA CINOSARGO

COMO COLABORAR EN LA REVISTA CINOSARGO
PASOS A SEGUIR PARA PUBLICAR


1. En esta Revista se aceptan colaboraciones en los siguientes géneros: Poesía, narrativa, obras dramáticas, ensayo y crítica Literaria, artículos y reseñas de obras, siempre y cuando se ponga en claro en el documento o en el asunto del mail, el tipo de colaboración que se envía.

2. La colaboración será mandada como dato adjunto al siguiente correo carrollera@hotmail.com

3. Para la extensión de los trabajos se tendrá en cuenta las siguientes especificaciones: Para Poesía: un mínimo de 3 poemas y un máximo de 10. Para Narrativa: un máximo de un cuento o fragmento de novela que no excedan las 15 páginas (en casos especiales se podrá publicar una novela corta que no exceda las 40 paginas, textos más extensos se pueden publicar a través de un fragmento que acompañe un vínculo para su descarga en formato pdf). Para Artículos, reseñas y crítica literaria: un mínimo de una página.

(Leer completa la pauta de colaboración)

Si tu interés es el arte y la cultura y en especial el mundo de las letras y deseas participar de Cinosargo, o enviar tus poemas o relatos a esta primera red de corresponsales literarios y artísticos, no importa donde estes, te invitamos a comunicarte al mail: carrollera@hotmail.com

Suscríbete a Cinosargo

qwqwwq.JPG

Enter your email address:

Delivered by FeedBurner

2008/07/20

EBOOKS DE CINOSARGO

REVISAR TODAS LAS EDICIONES

EN ESTE LINK.

Aguante Barreda de Alejandro Colliard

Leer   o   descargar.


antoooll.JPG

“Un poema siempre será nada más que un poema”  (Cinosargo / Groenlandia 2010)

Leer y descargar desde scribd

descargar desde nuestro servidor de modo directo:

ANTOLOGIA_JOVEN_CHILENA.pdf

 

REVISAR TODAS LAS EDICIONES

EN ESTE LINK.