
Si bien el capitalismo global parece un molde que cae uniforme sobre todos los continentes, es casi seguro que nadie más que un japonés podría sentirse en extremo orgulloso de bautizar a su hijo como Tsutomeru (“Trabajar”).
Detalles como éste, en general sospechados en occidente, pero que no dejan de sonar “llamativos”, son los que va desmenuzando Amélie Nothomb en “Estupor y temblores”, una novela de fuerte carga autobiográfica.
La protagonista justamente se llama Amélie, una joven belga que, según confiesa, de pequeña deseaba convertirse en Dios, pero al comprender que eso era pedir demasiado, opta por ser Jesús. No obstante, su ambición sigue ajustándose a la baja y acepta finalmente hacerse mártir. En eso está cuando llega a Yumimoto, una gran empresa japonesa, con la intención de trabajar como intérprete. Pero la caída libre sigue y se convierte en contable de la compañía, para seguir descendiendo sin freno y llegar a ser Madame Pipí, la limpiadora de retretes.
A pesar de lo cruel que pueda sonar este descenso a los infiernos, la historia está contada con ironía y humor, en una prosa sencilla y directa que hace de “Estupor y temblores” una novela que puede leerse prácticamente “de un tirón”.
Sorprenden por una parte las absurdas órdenes que recibe la protagonista, que en un primer momento llega a estar encargada de actualizar los calendarios de los empleados de Yumimoto. También llaman la atención las humillaciones y la larga y claramente demarcada cadena de dependencias existentes entre los trabajadores y las diversas jefaturas, ocupadas por seres pusilánimes o sádicos.
Punto aparte merece lo rígido de las ideas y costumbres que gobiernan la vida de los nipones, rigidez que tiene botones de muestra en el machismo exacerbado y en el febril culto al trabajo. Esto termina llenando de contradicciones la existencia: “Así pues, existía una incoherencia en el reglamento previsto para las mujeres: comportarse de un modo intachable trabajando con empeño llevaba a superar los veinticinco años siendo soltera y, en consecuencia, a dejar de ser intachable. El colmo del sadismo residía en su propia aporía: respetarlo implicaba no respetarlo”, se cuestiona Amélie teniendo en mente el caso de su superiora directa, Fubuki, quien ha podido ascender en la empresa a costa de inmensos sacrificios.
Claro que las reflexiones de la novela no sólo tienen que ver con la filosofía japonesa del trabajo, sino que también pueden extrapolarse a nuestra propia realidad en donde los medios cada vez más ocupan el lugar de los fines. “¿Y, fuera de la empresa, qué les esperaba a aquellos contables de cerebro lavado por los números? La cerveza obligatoria con colegas tan trepanados como ellos, horas de metro abarrotado, una esposa que ya duerme, el sueño que te aspira como el desagüe de un lavabo que se vacía, las escasas vacaciones en las que nadie sabe qué hacer: nada que merezca el nombre de vida”.






































