
El Baile de los que Sobran suena
a todo volumen. Siempre me despierto con música clásica. El despertador
de mi teléfono pone un tema diferente cada día: los lunes es la Cabalgata de las Valkirias; hoy son Los Prisioneros, mañana Steppenwolf.
Así siempre sé qué día es. Una inteligente aplicación diseñada por mí
para Chiletronics, la empresa líder en innovación tecnológica en la que
trabajo, cuyo publicista y creador del lema evidentemente no es tan
brillante como su diseñador de producto… pero hoy desearía no saber que
hoy es el día. Uno de “esos días”.
Hoy tengo que salir y asistir
personalmente a una reunión. Un evento penoso y remoto que, sin
embargo, ocurre cuando tenemos que cerrar algún negocio muy importante:
dos o tres veces al año. Debiera de estar feliz, pero… ¡cómo detesto
todas las reuniones! Nos reuniremos en algún buen restaurante; usamos
alguno típicamente chileno cuando hay que agasajar a clientes
extranjeros ¿y cuál sería ese?… donde está mi papelito… ¡aquí está! Es
el restaurante “Chilenazo”, en donde los garzones atienden vestidos de
huaso… no puedo pensar en elección más obvia, más adecuada y ridícula a
la vez ¡y sólo mi horrible fobia social imaginaria –que es la forma
elegante de decir que uno se aburre como ostra –puede explicar que lo
haya olvidado!
¿A qué se estarán dedicando los huasos de verdad?
El año pasado por fin prohibieron el rodeo por inhumano; sólo quedan
algunas medialunas ilegales. Ciertas cosas deben ser extirpadas de la
identidad patria… la barbarie con los animales, por ejemplo. De todas
maneras, a pesar de sus reminiscencias bárbaras, la comida del
“Chilenazo” es buena: carne libre de colesterol de vacas transgénicas…
¡pero sigue siendo una maldita y aburrida reunión!
Pude haberle
dicho a la computadora central de mi departamento que me despertara
diciéndome todo ¡y hasta el microondas recuerda mis citas! Pero yo
anoto en pequeñas hojas de papel que me cuesta encontrar, sólo para
evitar que las voces sensuales de mis computadoras se me vuelvan
antipáticas y yo me enajene. Luego debo hacer el ridículo llamando a la
secretaria humana para preguntarle dónde y cuándo son las cosas, pero
esta vez encontré el papelito y me evito otro papelón más.
Así soy yo ¿qué más da? Después de todo, la mayor parte de mi trabajo es frente a mi agradable y dócil pantalla.
Me
visto con rapidez y me pongo mi corbata roja ¡qué diablos!... fue el
príncipe Harry de Inglaterra quien puso de moda esos trajes Mao y la
corbata desapareció para siempre de la faz del planeta de los
ejecutivos y todos los rebeldes empezamos a usarla... claramente hay
algo contradictorio en seguir una tendencia que se dice rebelde, creo,
pero no tengo tanto tiempo como para pensar tan bien todas mis
rebeldías y a veces me confío a ciertos “movimientos” para que me digan
cómo mostrar mi profundo desagrado. Mi jefe se divertirá a mi costa,
como siempre, pero no hará nada más. Mal que mal mi nombre vende y mi
“rebeldía” también. Quisiera salir en mi vieja reliquia, pero está
prohibido quemar cualquier tipo de combustible desde el radio 45 de
Santiago, pero ¡cómo cambiar el dulce ronroneo del motor a combustión
de una Harley Davidson del más pleno siglo XX por un silencioso y
aséptico motor eléctrico del XXII! Por eso es que rara vez voy al
centro de la ciudad. Me entristece pensar en lo bien que combinaría mi
motocicleta con los edificios históricos ¡es una norma ridícula! ya no
hay contaminación atmosférica desde hace casi cien años, cuando se
acabó el petróleo natural… pero la gente sigue igual de susceptible con
el tema.
Decido agarrar la motocicleta de todas formas. Necesito
un fuerte grado de placer para poder sonreír en esa reunión. Su rugido
llama la atención en las silenciosas calles, atraigo las miradas y me
gusta, claro que dejará de gustarme si la mirada procede de alguien
vestido de verde y con una insignia de Carabineros. El viento en mi
cara es aliento de vida y por un instante olvido que debo ir a esa
tediosa e inútil reunión.
Estaciono la moto en el “Chilenazo” y
pago por el estacionamiento. No hay casi riesgo de robo, pero sí de que
la grúa de la policía saque un vehículo a combustión de la zona
prohibida. Gracias a Dios que eliminaron las oficinas y nos dejaron
trabajar en casa. Fuimos uno de los últimos países en hacerlo
masivamente y nos atrevemos a llamarnos desarrollados ¡por fin
aceptaron que era más barato y productivo! Estoy nervioso… esto del
contacto personal con gente que no me interesa en lo más mínimo es
demasiado estresante para mí. No puedo esperar el día en que sea
abolido para siempre, pero tengo a todos los expertos del mundo en mi
contra. Las reuniones de camaradería, los asados, las pichangas de la
empresa me agotan y las evito hasta la primera amonestación. La empresa
debe despedirme por ley si no asisto al menos a una al mes ¡maldigo a
los diputados que propusieron la Ley Vargas del Contacto Personal!
Creerse un ermitaño ya no es tan raro y es hasta un cliché en estos
días, pero aún así ¡Dios bendiga a la Internet!
Llego al comedor y
todos están allí; mi jefe se toca el cuello para molestarme por la
corbata y yo me río con la más helada de mis sonrisas… entonces la veo
y mi sonrisa se entibia…
Resulta que ella es Madeleine Krantz.
Muchas
veces traté virtualmente con ella, pero me imaginaba una señora
sesentona y no este monumento. No imaginaba que alguien tan joven
tuviera esa experticia. Se me ha caído la mandíbula y creo que le ha
hecho gracia. La recojo, porque un hombre pasmado es gracioso sólo
hasta los veinte segundos y después es ridículo. Firmamos los papeles,
los alemanes comprarán nuestros teléfonos celulares, pero ya estaba
decidido. Esta reunión no es más que un viejo ceremonial comercial.
Madeleine me felicita por mi diseño artístico y yo me sonrojo, pero
hago como si no se notara. Los papeles se guardan, llega la comida,
hablamos y bebemos pisco sour. Ella dice que es lo más sabroso que hay
en Chile. Yo bromeo con que todos los extranjeros hacen ese comentario
y le pregunto si hay un instructivo internacional para negociar con
chilenos en el Tricentenario. Ella ríe... de hecho sí existe, lo lleva
consigo y me lo muestra. Después del almuerzo me acerco con aplomo y le
pregunto con una audacia increíble si le gustaría que la llevara a
alguna parte en mi vieja reliquia que creo que constituye todo mi
sex-appeal… es ahora o nunca, es demasiado probable que nunca nos
volvamos a ver, ni a hablar ni a chatear, aunque su voz me parecía
agradable, nunca pensé que fuera tan encantadora y por eso que nunca
entré en ningún plano personal... por suerte.
Mi jefe me mira
horrorizado y se apronta a una disculpa. Todas las leyes de protección
laboral de la mujer me caerán encima y mi despido será algo cierto si
ella no sonríe. Deberé entrar en la red de protección social, porque
nadie más me contratará jamás después de un problema por acoso sexual.
Acabo de arriesgar mi vida laboral y todo mi brillante futuro
acercándome a esta valkiria, que estoy seguro que es la que enamoró a
Sigfrido. Su perfume es demasiado embriagador, su cabellera rubia
demasiado dorada, sus labios hacen demasiadas promesas que no dicen,
además, y sobre todo, posee una mente capaz de volar… ¡sí que es ahora
o nunca y misteriosamente no pude contenerme! Bien ha valido que
arriesgue todo mi futuro.
La redentora sonrisa omnipotente llega por fin.
-
Sure! Why not? –dice en la lengua de todos los negocios del mundo y que
todos llevamos dos horas hablando. Mi jefe respira aliviado, lo mismo
que todos mis colegas y yo. Su sonrisa es la salvación para mi empresa,
mi carrera y puedo ver con claridad que para el resto de mi vida
¡bendita sea la Ley Vargas!






































