La
razón y la ciencia han fallado, o al menos eso es lo que mucha gente
afirma, buscando cualquier forma de camino alternativo que les re
encante el mundo o que les solucione sus problemas. Atrás quedó la
época en que nos encantamos con los prodigios de Thomas Edison o las
audacias de los hermanos Wright. Nada nos impresiona ahora. Muchos
quieren volver a aquello ancestral, a ese mundo antiguo que parecía
lleno de magia, que estaba lleno de magia.
Pero no ha fallado. Nuestras vidas son un sueño de longevidad para las antiguas generaciones; los vilipendiados transgénicos han desplazado las aprehensiones de Malthus, quien creyó que moriríamos de hambre por el conflicto entre geometría y aritmética, sin embargo… el mundo se vuelve para muchos demasiado prosaico. Las explicaciones científicas se vuelven demasiado difíciles de intuir. La propia ciencia cae en malas manos, manos privadas que abultan los precios de los medicamentos, por ejemplo.
Pero los actuales problemas de los mortales no están en la razón ni en la ciencia. Los problemas son precisamente la sinrazón y la codicia de unos pocos que quieren enriquecerse a costa del resto de nosotros. La economía se ha vuelto muchas veces despiadada y parece que no hay esperanza en las soluciones que ofrece el mundo de la razón, que aparece frío, distante y complicado ¿habrá algo que puedan trasmitirnos nuestros ancestros? ¿Acaso sabían algo que nosotros hemos olvidado?
La sabiduría ancestral no está en los libros escritos de los antiguos, no en la mayoría de ellos, que no son más que relatos épico fantásticos con un poco de historia, aunque sí hay cosas que aprender de los griegos, de los chinos y otros pueblos que en algún momento se apartaron de los mitos e interrogaron al mundo con sus mentes. La sabiduría ancestral consistió en haber sabido salirse de un mundo sin agua potable, sin energía eléctrica, sin computadoras, sin derechos humanos ni democracia y heredarnos un mundo mejor que aquel en que ellos tuvieron que vivir.
De ello, sin embargo, no pudieron separarse totalmente la superstición y la religión que contaminó nuestra Filosofía de una serie de prejuicios que el pensamiento recién en los últimos siglos extirpa. Los prejuicios se adhieren, sin embargo a los juicios y toman los primeros la forma de estos últimos y se hace muy difícil distinguirlos. Así, por ejemplo, la creencia en un dios personal es tenida no sólo por racional, sino como una condición previa en toda persona juiciosa por demasiadas personas.
La experiencia contradijo hace mucho que la creencia constituyera un conocimiento, pero la creencia forma una parte espuria de aquel cuerpo de conocimiento heredado y como no puede sobrevivir al más mínimo escrutinio racional, se reserva para sí, como bien afirma Dawkins, un territorio separado que no puede ser sometido a un examen como corresponde. Este creer se afirma a sí mismo como dogma de fe. Yo solía afirmar a modo de broma, que mi gigantesca cabeza era la señal y condición de una gran inteligencia, entonces, al ser cuestionado, oponía que era dogma de mi fe, así como era otro dogma el hecho de que era delgado, pero que me veía gordo –además de dogma, misterio.
“Razonamientos” como esos de mi cabeza y contextura son esgrimidos en todas partes sin pudor alguno y en serio. Reclamamos nuestro derecho a nuestras creencias y renunciamos a nuestro derecho a cuestionarlas, a nuestro deber de cuestionarlas. Cada uno de esos actos inconscientes de renuncias es un paso más hacia fanatismos y un freno en el progreso que, como hemos visto antes, no es tanto una ley natural necesaria como el resultado del esfuerzo conjunto de toda la especie y, a estas alturas, de un esfuerzo consciente.
Todo lo que hemos logrado como especie lo hemos logrado al deshacernos de creencias. Muchos principios que ahora las instituciones religiosas defienden –como los derechos humanos o incluso el actual dibujo del sistema solar –se convirtieron en principios universales precisamente como el resultado de una lucha en contra de esas instituciones. Todo progreso ha sido siempre la superación de supersticiones, supercherías o prejuicios de cualquier índole, pero ahora, al amparo de una Filosofía que duda y equipara todos los discursos, los prejuicios, las supercherías y los temores religiosos vuelven al ataque para someter nuevamente a la especie a su dominio.
No nos engañemos: el calentamiento global, la crisis energética y en general todos nuestros problemas serán solucionados por la razón y la ciencia, con ayuda de la Filosofía cuando quiera plantearse los problemas más profundos y cuando quiera dotarnos de sentido vital. Allí fuera del conocimiento no hay nada que nos sea útil, sólo están los viejos temores a los espíritus y a la oscuridad y aquella magia añorada, pero inútil para conjurarlos. Ningún ángel descenderá de los cielos a llevarse a sus escogidos ni ningún rapto será el preludio de ningún reino de ningún dios. Deberemos seguir trabajando con nuestras cabezas… ¿pero qué se puede esperar de cabezas llenas de encantamientos extravagantes y absurdos?
Auspicia PERVERSA SEÑAL






































