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Sobre Esteban P. Sandoval
Se llamaba Esteban, un nombre fuerte y masculino que siempre me ha gustado, y es todo lo guapo que se necesita ser en esta vida, ni demasiado ni muy poco, es decir, era guapo hasta cierto punto, pero de cualquier forma era lo suficiente como para hacerme sentir afortunado. ¿Cómo alguien tan poco agraciado como yo había podido, ya no digo cautivar, sino simplemente agradar a alguien como él? Semejante pregunta aún hoy me llena de pavor, pero supongo que esas largas horas transcurridas en su sofisticado consultorio de Miraflores (Esteban es un reputado odontólogo) dieron sus frutos al cabo de varios días consecutivos de acompañarnos mutuamente en el molesto proceso de curarme las muelas. Mientras me metía sus terroríficos adminículos por la boca, haciéndome cosquillas en la lengua, mientras me observaba desde ese clima de omnipotencia luminosa que todos los dentista saben muy bien cómo crear, me hacía la conversación: primero se limitaba a decirme lo mucho que le gustaba tal o cual libro, o tal o cual película, y de pronto, no sé en qué momento ni por qué motivo, se desató hablándome de su odiosa mujer, de su pequeña hija a la que adoraba y de su preciosa y asimétrica vida de burgués en permanente estado de pánico.
- Porque no te imaginas lo que es –me decía- vivir con una fulana a la que ya no soportas, qué digo soportar, ya no la puedo ver ni en pintura, daría mi alma con tal de que los papeles del divorcio salgan de una vez por todas, no te imaginas el infierno que es. Por eso aprovecha ahora que eres joven, y disfruta de la vida, conoce gente, sal con tus amigos, y así cuando tengas mi edad no te vas a sentir aburrido de todo. Y por cierto, ¿tienes enamorada?
- La verdad no –dije sin asomo de vergüenza.
- Pero ¿has tenido? –insistió.
Negué con la cabeza, sin apenarme, porque en los últimos tiempos he descubierto que el apenarse ante una pregunta como ésa trae como consecuencia inevitable que tu fama de lelo crezca como la espuma, inmerecidamente, por cierto, porque si no has tenido enamorada antes de cumplir los veinte no es porque seas un lelo, al menos en mi caso no es así, sino porque sencillamente la idea no te resulta demasiado alentadora. O, las cosas más sencillas: te gustan más los chicos que las chicas.
- ¿Qué edad tiene? –preguntó entonces Esteban, sorprendido.
- Veinte –respondí sin que se moviera un pelo
Entonces me incorporé, me quité el babero que siempre colocan los dentistas a sus pacientes antes de taladrarles los dientes careados, me enjuagué la boca y me levanté.
- Creo que es todo por hoy –dije, sacudiéndome la ropa.
- ¿Te tienes que ir tan rápido?
- Bueno, ya es de noche –saqué mi celular y puse cara de sorprendido, diciendo:- Ya son casi las nueve. Creo que me tengo que ir de una vez, si llego muy tarde mi vieja me mata.
- ¿Te importaría si te invito un café? Aquí al costado hacen uno muy bueno –dijo Esteban con cara de necesitar mucho consuelo.
Me quedé pensativo, barruntando algo que en un principio ni siquiera se me hubiera cruzado por la mente.
- Bueno, si es que no te aburro con mis rollos, tú eres tan joven –suspiró- y yo parezco un…
- No me hables de ser joven o de ser viejo –le zampé con toda la frescura que sólo me permito con la gente mayor, porque con los de mi edad siempre me trabo- Tú eres muy joven.
- En enero cumplo 32.
- ¿Ves? No me digas que te sientes viejo con sólo 32 años.
- Tú dices eso porque tienes toda una vida por delante. Estás en condiciones de darle forma a tu vida. En cambio, yo ya tengo una vida hecha. Tengo una profesión que me gusta pero que no me termina nunca de llenar, una esposa, una hija, amigos. A veces me siento como acabado, ¿sabes? No acabado en el sentido de que ya no me queda nada por hacer, porque sí tengo mucho por hacer, hacer crecer este consultorio, por ejemplo, el consultorio de mi viejo, ¿puedes creerlo? Soy el típico chico bueno que sigue los pasos de su padre para convertirse en un hombre de bien –tosió-. Me siento acabado en el sentido de que ya no puedo hacer nada por mejorar mi vida personal. Tengo amigos, muy buenos amigos, pero todos me terminan hartando, y ni qué decir de mi mujer. Pero no sé ni por qué te cuento a ti todo esto, no son tus problemas, tú ya debes tener bastante con tu vida, mejor vete, déjame con mis tonterías…
Para ese momento yo ya me encontraba extasiado. No sé por qué será, pero siempre me ha cautivado sobremanera la gente conflictuada, los tipos llenos de incomprensibles e inexpresables contradicciones, y mejor si se trata de un tipo guapo de “buena familia” (qué estupidez) que de un momento a otro, a causa de una crisis conyugal, se ve atrapado en un torbellino hecho de preguntas arrastradas desde la primera juventud.
- Claro que no, tengo todo el tiempo que tú quieras –dije, olvidándome de mi vieja y del hecho de que mañana tenía que ir muy temprano a la universidad.
Sonreí con esa clase de candor infantil que me sienta tan bien, y Esteban me sonrió a su vez, dándome a entender que mi respuesta a su confesión lo estaba haciendo muy feliz. Así me encontré, minutos después, en la cafetería de al costado, sentado ante una mesa de plástico negro, frente a frente con Esteban, tomando café de a sorbos y comentando toda suerte de asuntos sin mucha importancia para ese momento: ¿has visto la última de Woody Allen? ¿Viste el especial que hicieron de Metallica el otro día? ¿Has leído las memorias de García Márquez? ¿Y has ido a ver la última exposición de Fernando De Szyszlo en el Fórum? Quizá no se trate de algo premeditado, pero Esteban tiene el imperdonable defecto de no cumplir con las expectativas que él mismo se encarga de crear: yo me había sentado allí creyendo que él continuaría exponiendo al desnudo el relato de sus miserias conyugales (relato que luego yo podría aprovechar en la escritura) pero en lugar de eso se estaba explayando presuntuosamente en el recuento de los muchos libros que ha leído, de las muchas películas culturosas que ha visto y de las muchas exposiciones de arte a las que ha asistido. Aunque todo sonaba muy interesante, porque Esteban es un tipo elocuente que sabe poner todo, hasta la cosa más ínfima, en un contexto interesante, terminé aburriéndome al poco rato. Como quien no quiere la cosa, saqué mi celular otra vez, mientras él hablaba y hablaba sobre las virtudes de Szyszlo para expresar con un par de pinceladas todo un universo de posibilidades oníricas (literalmente éstas fueron sus palabras) y me fijé en que ya faltaba muy poco para las diez de la noche.
- Uy, se pasó volando el tiempo –dije- mejor me voy.
Me levanté de la silla con toda calma, pero en eso, cuando me disponía a despedirme, Esteban, en un hilillo de voz, me suplicó “siéntate, por favor, no te vayas todavía, te lo suplico”.
- Pero es que ya es muy tarde –repliqué, pero entonces me fijé con más atención en su rostro.
No me gustó para nada lo que vi: tenía la tez muy pálida y sus parecían haberse contraído en un escalofrío. Con cautela, consciente de que los problemas de este hombre me superaban tremendamente, me volví a acomodar en la silla, tal y como él me había suplicado. Crucé mis manos sobre la mesa y esperé, nervioso, muy nervioso, porque si algo me pone nervioso es ver cómo alguien más grande que yo demuestra toda su fragilidad.
- Discúlpame –dijo entonces Esteban- No estoy acostumbrado a abrirme así con otra persona. Lo que te dije hace un rato no sé cómo me salió tan fácil. Casi nunca me atrevo a decir como las que te dije a ti. No lo entiendo, pero igual discúlpame por hacerte perder tu tiempo.
- ¿Por qué no lo intentas?
- ¿A qué te refieres?
- Yo estoy aquí ahora, puedes decirme lo que tú quieras, soy todo oídos –dije en tono risueño.
- No es tan fácil.
- ¿Por qué no? Sólo tienes que hablar y punto.
- Eso me gusta de ti. ¡Eres tan transparente! –dijo Esteban- Pero la gente como yo no puede, es incapaz de algunas cosas.
- ¿Y cómo es la gente como tú?
- No sé, la verdad.
- ¿Lo ves?
- Es que soy adulto, y un adulto no ve las cosas igual que como las ve un chico tan joven como tú.
- ¡Qué tontería! No creo que nunca deje de ser como soy ahora, por más que cumpla treinta o cuarenta años, soy así y nada más.
- Eso dices ahora, pero después… después todo es distinto –dijo Esteban, cada vez más alicaído.
- ¡Por favor!
Esta conversación, llena de sinsentidos y despropósitos, se prolongó hasta casi las diez y media, sin posibilidad de remediarlo. Inevitablemente, me sentía como un grandísimo tonto porque me había prestado para servirle de paño de lágrimas a un discapacitado emocional creyendo que sacaría algún provecho, algo que al menos me permitiera vislumbrar algo realmente amable en aquel hombre, pero en cambio había recibido insípidas lecciones de cultura, las cuales sólo sirvieron para borrar de golpe toda la cercanía provocada apenas unos minutos antes. Muy molesto, hice una mueca horrible, me levanté de la silla y dije que ya era demasiado tarde, mejor me voy de una vez. Esta vez Esteban no trató de retenerme, tenía el gesto lesionado por el resentimiento hacia sí mismo, los ojos ligeramente enrojecidos. Pero en un segundo, con su rapidez de dentista experimentado, sacó una libretita y un lapicero de un bolsillo de su impecable chaqueta, anotó su número de celular, arrancó la hojita y me la entregó diciendo lo mucho que le gustaría que le llamara algún día. Cogí el papelito sólo por educación, porque estaba seguro de que ni bien saliera de la cafetería lo haría trizas y lo tiraría al bote de basura más próximo. Pero me equivoqué, no debí ni siquiera recibirlo.
No sólo no hice trizas el papelito con el número telefónico, sino que además, cosa imperdonable, lo guardé celosamente en un pequeño bolsillo de mi billetera, junto a mi DNI, el carnet de la universidad y el carnet de la biblioteca, de manera que así, cada día (porque utilizo ambos carnets todos los días) me vería obligado a acordarme de Esteban y a preguntarme ¿por qué no lo llamo?, sí, en serio, ¿por qué no lo llamo mañana por la noche?, qué puedo perder. Y, en efecto, así fue. Caí en la trampa de mi propia fascinación, porque, como ya dije, me fascina la gente conflictuada y confundida, sobre todo si son hombres de treinta para arriba.
No habían pasado ni dos días desde la desafortunada conversación en la cafetería cuando llegó un sábado completamente desierto en posibilidades para salir. Cero tonos, cero conciertos, cero reuniones, cero recitales, cero amigos disponibles. Parecía como si todos se hubiesen puesto de acuerdo. Temblando, me acordé del papelito en mi billetera y lo saqué con todo el nerviosismo del mundo, convencido de que mi fuerza de voluntad era tan pequeñita como la flor que acababa de despuntar dentro del macetero en el patio. ¿Cómo podía ser tan tonto? Sin hacerme mucho problema, marqué el número, era el número del celular de Esteban, esperé, escuché dos timbradas precisas y luego la melodiosa y bien modulada voz de Esteban contestando:
- ¿Aló?
- Soy, Esteban, ¿qué tal?
- ¿Archi? ¿Eres tú?
- Sí, soy yo.
- Qué milagro. Creí que nunca me ibas a llamar.
- Bueno, pues, aquí me tienes. No tengo nada qué hacer ahora y me preguntaba si tú…
- No, yo tampoco, estoy solo viendo una película. ¿Por qué no vienes?
- ¿Y tu esposa?
- ¿No te dije? Dejé mi casa. Hace como dos semanas que la dejé, porque ya no aguantaba más.
- No me habías dicho. ¿Y dónde estás viviendo?
- Aquí en un depa del malecón Cisneros. Un pata que para todo el tiempo de viaje me lo ha prestado. ¿Por qué no vienes y me haces compañía? Esta peli que van a dar parece excelente. Se llama “Una historia violenta”. Es de hace unos años, pero yo nunca la había visto. ¿Por qué no vienes?
- Ya, dame la dirección y yo voy.
¿Cómo podía ser tan tonto? Tan tonto yo, que había aceptado ir a un departamento con vista al mar y pasarme quizá toda la noche a solas con un tipo mucho mayor que yo y que encima estaba atravesando un molestoso divorcio. ¿Qué podía resultar de tales circunstancias? Era obvio lo que necesariamente tenía que llegar a suceder, pero mientras salía de mi casa y tomaba el bus para Miraflores procuraba no pensar mucho en eso, tal vez porque no soy de los que ansían con desesperación una noche de sexo salvaje con un casi desconocido. Por supuesto que Esteban me gustaba, y mucho, muchísimo, tanto me gustaba que la noche del jueves me había quedado dormido pensando en él y había soñado con él, pero felizmente no se trató de un sueño erótico (me molesta mucho despertar con la ropa interior pegajosa) sino simplemente de lo siguiente: yo sentado en la banca de un parque esperándolo, aire frío, hojas secas que se desprenden de los árboles, rumor de cascada, tronar de pájaros, y él llegando y sentándose junto para vivir el atardecer de a dos. Así lo había soñado y, muy en el fondo, mientras me dirigía a su encuentro aquel sábado por la noche, deseaba que así también sucediera a continuación: un encuentro tranquilo, sin complicaciones, un poco de conversación, ver la peli, comer pop corn, más conversación, risas, anécdotas. En resumidas cuentas, quería mucho más encontrarme con un amigo que con un amante. Y no es algo de lo cual sorprenderse, al menos tratándose de mí. Digamos que no soy todo lo sexual que podría esperarse en alguien de veinte años. Si tengo las hormonas alborotadas, puede ser, pero se tranquilizan en el acto cuando me encuentro ante alguien de verdad inteligente e interesante, alguien que puede significar muchísimo más que un simple encuentro erótico. Y Esteban, ciertamente, y pese a todo, es un tipo inteligente e interesante.
El bus me dejó en Larco, y de ahí me fui caminando cerca de la playa, aspirando el aire salino y viendo cómo el sol se ocultaba más allá del horizonte. El sunset siempre me ha conmovido, siempre me ha puesto meditabundo y nostálgico, y ponerme así ahora, en estos momentos precisos, no era de ninguna manera conveniente. Tenía que mantenerme atento, no quería que Esteban me encontrar frágil y desvalido, porque entonces ¿cuál podría ser su reacción? Esteban no es de los que corresponden reaccionando previsiblemente: si te ve llorar no correrá a abrazarte, y si te ve feliz no se pondrá feliz contigo, tiende mucho a dar la contra, y eso es exasperante, con razón se llevaba tan mal con su esposa.
Su esposa, pensé mientras caminaba cerca de la playa, ¿qué clase de mujer sería su esposa? Porque todavía era su esposa. El proceso de divorcio estaba en marcha, pero seguía siendo su esposa ante la ley. ¿Quién sería esa mujer? ¿Qué tal si ella era la verdadera víctima en todo este embrollo? ¿Qué tal si era él el que la martirizaba y no al revés? ¿Qué tal si Esteban no es tan inocente como dice ser?
Todas estas preguntas, muchas de ellas fuera de lugar, me acompañaron durante el breve trayecto que yo mismo me había impuesto para mitigar algunas dudas que me atormentaban (de más está decir que las dudas se multiplicaron) pero cuando llegué al edificio todo eso se desvaneció como la bruma. Es un edificio elegante y bien parado, se nota que un departamento allí debe costar un ojo de la cara, es la clase de edificio en el que a mis hermanos mayores les gustaría vivir si tuvieran un mejor sueldo y una mejor condición de vida. Para mí no significó gran cosa, ni en ese momento ni ahora que lo recuerdo. Simplemente toqué el timbre, una voz ronca en el contestador me preguntó que a quién buscaba, yo dije a Esteban P. Sandoval, la voz me preguntó mi nombre y yo se lo di, se abrió automáticamente la reja e ingresé, campante, sin complejos, porque tengo aprendida la lección de que lo que hace más pobre a una persona no es el poco dinero que tiene, sino sus complejos, ese sentirse siempre disminuido y derrotado, a veces incluso sin motivo alguno. Como decía, entré al edificio y, valiéndome de las indicaciones que el mismo Esteban me había dado vía celular, subí por el ascensor hasta el sexto piso y me interné en el pasadizo pestilente, extrañado por el mal olor, ¿cómo un edificio tan bonito podía oler tan mal? Como no creo en las casualidades, y como casi siempre me dejo guiar por las “señales”, pensé que el olor podía ser una malísima señal. Me alarmé. Pero ya estaba allí, ¿qué más podía hacer? Sólo seguir. Me seguí metiendo en el pasillo y finalmente di con el número del departamento de Esteban. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Por suerte, el hombre de la puerta, el de la voz ronca, le había avisado que yo ya estaba dentro del edificio. Y claro, Esteban abrió su puerta y se encontró cara a cara conmigo. Me miró de arriba abajo, sorprendido, y no dijo nada hasta que yo abrí la boca para decir “hola”, simplemente hola, y ahora me remuerde la consciencia por lo estúpido que se debió escuchar ese hola.
- Hola –dijo Esteban, sonriendo con esa sonrisa impecable de dentista, de comercial de pasta dentífrica, capaz de embelesar a cualquier mujer u hombre con un mínimo de buen gusto- ¿Por qué no pasas? Empieza a hacer frío.
Dubitativo, indeciso entre entrar y atenerme a las consecuencias o salir corriendo disparado, me adelanté un paso hacia el umbral y, casi sin querer, penetré en el departamento, en ese espacio enteramente masculino, lleno de olor a hombre con mucho deseo acumulado en la sangre. Me encontré de pronto sofocado, avergonzado de mí mismo, y creo que hasta se me sonrojaron las mejillas. Esteban se dio cuenta y, conforme con su naturaleza gentil y amigable, me pasó su largo brazo por los hombros y me condujo hacia la salita de sillones oscuros y muebles de fina madera. Alrededor habían evidencias de que este departamento le pertenecía a otra persona: en las paredes colgaban fotografías de gente que yo no conocía, hombres y mujeres blancos y rubios, de ese tipo de gente que va a Asia los fines de semana y a Miami de vacaciones, ricos, fichos, elegantes, como quiera que se les llame, y todos sonreían con sus sonrisas blancas y perfectas, con un fondo veraniego y luminoso; sobre los muebles habían objetos que obviamente no le pertenecían a Esteban: carteras, lápices de labios, cosméticos, artesanías, vasijas traídas de provincia; y también, sobre las estanterías y repisas, un sinfín de libros y discos, muchos de los cuales Esteban jamás leería o escucharía: libros de sociología con intrincados títulos, volúmenes de colores infantiles, discos de Serrat y Silvio Rodríguez (si hay un tipo de música que a Esteban no le interesa esa es precisamente la música con contenido social, o también llamada canción protesta).
Al fin, como si hubieran pasado mil años, aterrizamos en la salita, yo me rendí sobre un sofá bastante cómodo, y me sentí a mis anchas cuando me percaté, a través del enorme ventanal, de que ya se había hecho de noche: la vista era espectacular, la playa de noche es la cosa más preciosa que existe, y mejor si lleva el decorado de las luces nocturnas de la ciudad. Esteban me había dejado para ir a la cocina en busca de algo para refrescar la garganta, como dijo, y volvió con dos copas de baileys. Me entregó una, siempre sonriendo, y comentó:
- Como hace un poco de frío, está bien un baileys.
Asentí y me metí la copa de un solo golpe, aguantando el mal sabor, porque no soporto el baileys, y menos de noche. Esteban se sentó junto a mí y, viéndome tenso, me pidió que me relajara.
- No tienes que ponerte así, pareces nervioso.
- No, qué va, estoy de lo más tranquilo.
- ¿De verdad? Porque aquí no va a pasar nada que tú no quieras que pase. No te voy a comer, tranquilízate.
Sentí frío en la espalda y una corriente de electricidad recorriendo mi cráneo.
- ¿Te sorprende que te hable así? Porque si no te gusta…
- No, no me sorprende, sé muy bien qué está pasando, por algo estoy aquí –dije, sin mirarlo a los ojos, enfocándome en el televisor de pantalla plasma colgado muy cerca de los muebles.
- Mira, Archi, te voy a aclarar una cosa –dijo Esteban con un fallido tono aleccionador- Yo no soy… yo no soy eso que tú eres.
- ¿Eso que yo soy? ¿Hablas de ser homosexual?
- Sí –y su aparente firmeza se derrumbó.
- ¿Y quién te ha dicho que soy homosexual?
- Es algo evidente. No has tenido enamorada nunca y, aunque a primera vista no se te nota nada, tienes un no sé qué que te pone en evidencia. Discúlpame que sea así de franco, pero es lo que yo he visto.
Guardé silencio, a la expectativa.
- El caso es –prosiguió Esteban, puntilloso- el caso es que yo no soy homosexual. Al menos nunca antes lo he sido. Nunca he estado con un pata, nunca de ese modo. No te niego que uno y otro me ha gustado mucho, pero nunca he cruzado la línea, por respeto a mis padres, a mi apellido, a mi profesión, a mi prestigio ¿comprendes? Y cuando te vi por primera vez, el día que llegaste a mi consultorio y te conocí, me arrechaste como no tienes idea. Perdona que te hable así, pero es la verdad. Me arrechó horrores tenerte cerca, y cuando te fuiste me metí al baño y me corrí la paja hasta…
Entonces esbocé una media sonrisa de incomodidad. Esteban se calló y se me acercó. Él es más grande y alto que yo, y tenerlo cerca era, en cierta forma, reconfortante, cálido, muy agradable. Lo acepté porque ya no tenía escapatoria. Lo miré a los ojos en silencio, sin decir nada, dividido entre el deseo de correr y el otro deseo no menos intenso de quedarme y descubrir lo que podría pasar después. Él me besó en la boca, y sus labios aplastaron los míos, y su lengua inquieta se comió a la mía, y sus manos grandes me agarraron por los hombros. Yo parecía patalear en el vacío: me rendía y mis manos no encontraban un lugar de donde sujetarse, estaba asustado. Esteban se dio cuenta de mi confusión, se me quitó de encima, se alejó hasta el otro extremo del sofá, encendió el plasma pero a un volumen muy bajo y se quedó haciendo tamborilear las yemas de sus dedos contra sus rodillas.
- Discúlpame, creo que me precipité, de verdad discúlpame –dijo, sin mirarme a la cara.
- No, está bien, discúlpame tú, no sé qué me pasa, no estoy pensando bien.
- ¿No será que no te gusto?
- De gustarme me gustas mucho, eres muy atractivo, tienes un buen porte, me gustas mucho, mucho, pero no sé, no puedo quitarme de la cabeza las cosas que me dijiste el otro día. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? ¿No crees que estás confundiendo las cosas?
- A mi edad ya no existen ese tipo de confusiones –dijo Esteban, mirando el plasma pero sin subir el volumen, con el control remoto en la mano- Sé muy lo que me pasa, y lo acepto, no me da vergüenza ni nada, pero si sucede algo quiero que sea contigo.
- ¿No crees que soy muy joven para ti?
- No me importa tu edad. Además pareces mayor, no eres como la mayoría de chicos de tu edad.
- ¿En qué sentido?
- Al menos yo no era como tú cuando tenía veinte años. Tú pareces demasiado desinhibido en muchas cosas, y tienes ideas interesantes, y dices cosas fuera de lo común, no te pareces a nadie que conozca.
- La gente de las fotos parece gente mucho más interesante que yo.
- No, no lo son. Sólo interesan en la medida de cuánta plata traigan en el bolsillo.
- ¿No son tus amigos más cercanos?
- Cercanos entre comillas.
- ¿No tienes amigos de verdad?
- A esta gente la conozco de la universidad, del trabajo, y ni en el trabajo ni en la universidad se hacen amigos de verdad, ahí todo es competencia y nada más, un poco de hipocresía y punto.
Volví a callar. Entonces, Esteban subió el volumen del
plasma y, en efecto, estaban transmitiendo por el
- Está muy buena la peli, pero mejor vemos otra cosa –y prendió el DVD, apretó play y en la superficie del plasma, a todo color y en formato wide screen, apareció el primer plano de una película pornográfica, pornografía homosexual, quiero decir, la primer escena con dos hombres de mediana edad duchándose juntos entre otros muchos hombres desnudos, en lo que parecía ser las regaderas de un centro deportivo, o algo así.
- ¿Qué es eso? –pregunté, haciéndome el tonto.
- ¡Cómo qué es eso! –dijo Esteban, un poco disgustado- Algo que nos puede ayudar a tener una idea de cómo hacer.
- Yo sé muy bien cómo hacerlo, no necesito de pornografía para aprender.
Y los tipos en la pantalla comenzaron a besuquearse y manosearse por todas partes.
- ¿Qué tiene de mal? –preguntó Esteban- No me digas que nunca has visto una de éstas.
- Tal vez sí, tal vez hasta me gusta verlas, pero ahora no tengo ganas.
- No te hagas el cucufato, no te queda ese papel.
- No me hables así.
- ¿Y cómo quieres que te hable? Primero aceptas venir hasta acá y luego te pones como una mujercita cuando te agarro. No te entiendo, la verdad, no te entiendo. Tú no eres tonto y sabías muy bien de qué se trataba.
- Sí, sí sabía, y también quiero tener algo contigo, pero no de este modo, así no me gusta, no me gusta.
- ¿Y cómo es que te gusta? ¿Con delicadeza? ¿Que te traten como una niña que está punto de ser desflorada?
- No, eso no, pero al menos me gustaría que te excites viéndome a mí y no a un par de tipos en la pantalla. Me gustaría que me vieras como algo más que un pedazo de carne, porque eso me parece a mí, me ves como a un pedazo de carne.
- ¡Por favor, no me hagas reír! ¡Eres gay! ¡Y lo has sido desde siempre! Ahora no me vengas a decir a mí que eres el muy santurrón. Todo el mundo sabe que los gays adoran el sexo, y ya me imagino la cantidad de pingas que te has comido. ¡Mira cómo me tienes! ¡Mira! –dijo, y se frotó el pene que se le endurecía por debajo del pantalón.
- Mejor me voy de una vez, estoy perdiendo el tiempo aquí –decidí, mientras en la pantalla un hombre le hacía sexo oral al otro.
- No, por favor, espera, discúlpame, si quieres apago la tele y ya –dijo Esteban apagando el plasma y volviéndose hacia mí, me volvió a mirar de frente, y debo reconocer que su mirada cristalina llegó a conmoverme, había algo de sinceridad allí, pero ni loco me podía quedar.
Me alejé de la sala, salí del departamento y del edificio, caminé hasta Larco, tomé un bus hasta mi casa y, como ya era demasiado tarde, encontré a todos ya dormidos, hasta mi madre se había cansado de esperarme. Y, sin posibilidad de recurrir a un mejor consuelo, me metí a la cocina a oscuras, abrí el refrigerador y, bajo su luz fosforescente, me arrodillé en suelo de losetas frías, lloré de rabia y me zampé una rebanada de torta de chocolate que había sobrado de la tarde. Me sentía un completo imbécil, pero tenía –y tengo- miedo de preguntarme realmente por qué.
Giancarlo Barico (Lima, 1988)
Es un joven de 21 años, de nacionalidad peruana. Actualmente reside en Lima. Su formación literaria es íntegramente autodidacta. Divide su tiempo entre sus clases de alta cocina y su afición por la creación literaria. Asiste con frecuencia a conferencias sobre literatura y es asiduo lector de muchos blogs y revistas virtuales. Sus autores favoritos son Gabriel García Márquez, José Saramago, Marguerite Yourcenar y Julio Cortázar. Tiene la aspiración de un día ser reconocido en las dos pasiones de su vida: cocina y literatura.






































