
La Venganza
La sangre corría por torrentes deslizándose hasta el pequeño río que atravesaba el potrero, había estado corriendo desde las seis de la mañana de ese aciago domingo; los transeúntes uno a uno se detenían a contemplar el agua corriendo bañada de sangre, nadie podía determinar la fuente exacta de tanto liquido rojo, en pocas horas la gran aldea estaba alarmada, la tierra está pariendo sangre, el agua se volvió tinta, ya va a ser el fin del mundo, decían unos en tono sarcástico mientras otros los escuchaban preocupados.
Uno de los jóvenes bajado de la montaña conmovido decidió contar nada más que la verdad: no se alarmen ni se espanten, es la sangre del ladrón matado hoy al amanecer que está corriendo exigiendo cristiana sepultura, era un vil ratero, con mi primo le dimos alojamiento anoche en la casa de la montaña, no sabíamos de sus andanzas, si hubiésemos estado enterados lo dejamos dormir a merced de la noche, él muy cabrón platicó hasta la madrugada con nosotros, hablamos de siembra, de música, de juegos, de gallos y mujeres hasta nos invitó un par de cigarros, nos quedamos dormidos por un rato; cuando despertamos sorprendidos observamos que nuestro huésped no estaba en su cama, tampoco estaba nuestra grabadora, ni los objetos de la mesa, ni la guitarra, buscamos la billetera y tampoco estaba, este hijueputa nos ha robado por eso nos desveló para timarlos, sigámoslo hasta donde lo alcancemos invitó mi primo, lo seguimos como almas a quienes se las lleva el diablo, nuestros machetes brillaban del filo que temprano en la noche habíamos sacado para la limpieza de la finca; lo alcanzamos a la altura de ese potrero exactamente en el paso de la hamaca sobre el río, cuando nos divisó correr quiso, pero era demasiado tarde, mi primo embravecido le agarró del pelo y le dio el primer vergazo con el machete en la espalda, el cabrón gritó y suplicaba llorando que no le matáramos pero nosotros estábamos a verga de la cólera, sin ninguna lástima yo le aseste un pijazo con el machete cayéndole el brazo derecho, luego mi primo le corto el derecho, entonces decidimos hacerlo picadillo, le cortamos por pedazos las piernas, de un filazo le cortamos la cabeza, les sacamos los ojos, le cortamos las orejas, hicimos pedazos sus brazos y por últimos decidimos córtale la pija con todo y huevos; cuando saciamos nuestra venganza recogimos los objetos robados junto al dinero, entonces nos fuimos a bañar río arriba, eran las seis y treinta de la mañana cuando llegamos a casa de nuestros padres, si ustedes quieren meterlos presos por la muerte, vamos tranquilos a la cárcel pero llevamos la satisfacción de haber limpiado estos pueblos de esa pestilencia de ratero.
Los vecinos habían estado escuchando absortos el relato, nadie quiso interrumpir, algunos se estremecían contrariando el rostro con la macabra descripción de su pariente provinciano, cuando terminó su narración, ninguno de los presentes quiso objetar ni preguntar nada, uno a uno se retiró en silencio con la cabeza baja, todos parecían la misma ruta trazada seguir: el paso de la hamaca sobre el río. Cuando llegaron empezaron a recoger pesarosos los pedazos de cuerpo humano aún sangrantes, como pudieron armaron cual rompecabezas el cuerpo del difunto, lo ultimo recogido y colocado fue la cabeza, las orejas las pusieron en una bolsa encima del integrado cadáver, no pudieron encontrar los ojos ni los órganos genitales; fueron a traer junto al juez un ataúd al pueblo, después del levantamiento de informe judicial entre cantos litúrgicos de perdón Oh Dios mío y perdona a tu pueblo señor levantaron y llevaron el muerto donde sus padres en el pequeño pueblo vecino a cinco kilómetros de la gran aldea.
Nadie derramó una lágrima, nadie estuvo alarmado con el recién llegado muerto, siempre le dije a mi marido que este muchacho tendría un mal fin, pero él nunca quiso hacer caso, siempre se rió de sus travesuras de niño ingenuo, siempre cumplió sus caprichos, siempre jugaba con él como dos niños, ahora nos lo traen por retazos, expreso la madre acariciándose ambas manos; decidieron abrir el ataúd para verlo como se acostumbra mirar los muertos por última vez, nadie soportó la impresión causada por los ajustados trozos de cuerpo humano, todos salieron de la casa afligidos, solo quedo la madre encendiendo unas velas y rezando a la imagen de la santísima trinidad el perdón y el descanso eterno para su hijo.
Los pedazos de cuerpo no dejan de sangrar, la sangre esta por mitad del ataúd afirmo uno de los visitantes, porque derramará tanta sangre, el río se estaba tiñendo de rojo hoy cuando lo encontramos, preguntó otro vecino de la gran aldea, es su alma llorando por la inclemencia de la vida, respondió contrito el rezador.
A las cuatro de la tarde decidieron enterrarlo, empezaba a heder y todos dijeron a la madre la imposibilidad de estar en el velatorio, entonces el padre del muerto sin levantar la cabeza ordenó: enterrémoslo hoy mismo.
Todos los habitantes del pequeño pueblo fueron al cementerio, cantando todos al unísono perdón Oh Dios mío, perdona a tu pueblo señor y llevando velas encendidas entre sus manos, rápidamente lo sepultaron e hicieron un breve rezo sobre la tumba. En la noche, nadie habló del muerto, todos se miraban entre sí preocupados sin decir una palabra, nadie salió a las calles de la pequeña aldea, decidieron irse a la cama temprano pero estuvieron sincronizados y elevaron una oración al altísimo por ellos mismos y sus hijos.
Emig Paz
Emig Paz: Nació y creció en Honduras. Licenciado en Ciencias Económicas y Máster en Administración de Empresas. Aficionado al arte y la literatura, autor de poemas, cuentos y dos novelas, una de ellas ?La Princesa del Río?, estará siendo presentada próximamente al público.
Ha participado con varios poemas en la Antología ?Nueva Literatura de Habla Hispana 2008? de editorial Nuevo Ser y dos cuentos en la Antología ?Letras Vivas? de la misma editorial, además de publicar poesía en diferentes revistas de Latinoamérica y España.






































