
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y GEORGE BERNARD SHAW
Utilizando
a Bernard Shaw como excusa Gombrowicz pone de relieve la inclinación
malsana que tenía Victoria Ocampo por los millones y por acostarse con
personas famosas, el deseo oculto del Asiriobabilónico Metafísico por
hacerse del Premio Nobel y la iniciación de las maritornes en los temas
culturales.
“Una dama ya entrada en años y aristócrata, que nadaba
en millones largos y que con su tenacidad entusiasta había conseguido
hacerse amiga de Paul Valéry, invitar a su casa a Tagore y Keyserling,
tomar el té con Bernard Shaw y hacer buenas migas con Strawinski (...)
Un escritor francés de renombre había caído ante ella de rodillas
gritando que no se levantaría hasta recibir el dinero suficiente para
fundar una ‘revue’ literaria: –¿qué iba hacer con un hombre arrodillado
y que no quería levantarse? Tuve que dárselo (...)”
“No
es otra la razón por la que ese hombre de más de sesenta años y casi
ciego, y su anciana madre, que cuenta ni más ni menos que con ochenta y
siete años, decidieron volar en un avión de reacción. Madrid, París,
Ginebra, Londres: conferencias, banquetes, fiestas, para despertar el
interés de la prensa y para poner en marcha todos los mecanismos. El
resto, supongo, es cosa de Victoria Ocampo (‘he puesto más millones en
la literatura que los que Bernard Shaw sacó de ella’) (...)”
“Pues
sobre la cultura del mundo se sentó un montón de maritornes, cosidas,
atadas a la literatura, iniciadas de modo incomparable en los valores
espirituales y orientadas estéticamente, con ideas, conceptos y todo lo
demás, ya enteradas de que Oscar Wilde es anticuado y que Bernard Shaw
es el maestro de la paradoja”
George Bernard Shaw es considerado el autor teatral
más significativo de la literatura británica posterior a Shakespeare.
Además de ser un prolífico autor teatral, escribió más de cincuenta
obras, fue el más incisivo crítico social desde los tiempos de
Johnathan Swift, y el mejor crítico teatral y musical de su generación.
Fue asimismo uno de los más destacados autores de cartas de la
literatura universal.
Místico y visionario, hombre tímido,
introspectivo y discretamente generoso, Shaw era, al mismo tiempo, la
antítesis del romántico, en su papel de despiadado crítico irreverente
con las instituciones. Con un sutil sentido del humor, consiguió
convertir en atractivas obras teatrales, animadas por epigramas y
diálogos vivaces, lo que en manos de otros autores hubieran sido
estudios sobre los más diversos temas sociales.
Su papel fue
determinante en la fundación y el sostenimiento de un grupo de
socialistas de clase media que alentaba la transformación de la
sociedad y del gobierno ingleses mediante la impregnación, en lugar de
la revolución. Tras entrar en contacto con la obra de Marx, se hizo
socialista, la doctrina marxista se convirtió a partir de entonces en
el principal referente de la brillante y ácida crítica social lo mismo
de sus artículos que de sus obras literarias.
La
agudeza de los diálogos y el realismo que domina la mayor parte de las
obras de Shaw le dieron una gran popularidad, por lo que al final de su
vida se había convertido, paradójicamente, en toda una institución del
incorformismo y de la extravagancia. Tras la vertiente humorística de
sus obras, sin embargo, aflora siempre una conciencia crítica y
pesimista, que sirvió a su vez durante largo tiempo como conciencia de
sus contemporáneos.
Shaw se inspira en el Pigmalión de Ovidio
para escribir su “Pigmalión”. Pigmalión buscó durante muchísimo tiempo
a una mujer con la que casarse pero, con una condición: debía ser la
mujer perfecta. Frustrado en su búsqueda, decidió no casarse y dedicar
su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar. Pigmalión
esculpe Galatea y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el
marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos
suavemente.
Pigmalión
se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba.
Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo
flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los
dedos. Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, quién,
conmovida por el deseo del rey, le dijo “mereces la felicidad, una
felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has
buscado. Ámala y defiéndela del mal”
La mejor comedia de Shaw es
“Pigmalión”, cuya intención didáctica era inicialmente popularizar la
fonética, pero que se convierte en una aguda crítica del sistema de
clases inglés, a través del experimento del protagonista, Henry
Higgins, quien pretende hacer pasar a Elisa, una florista, por una
dama, para lo cual le enseña dicción y, naturalmente, buenas maneras.
Elisa
le pedía clases de lenguaje al especialista en fonética, solterón y
cuarentón, para conseguir un trabajo en una buena florería. Higgins
apuesta con su amigo Pickening que convertirá a la muchacha en una
señorita educada en seis meses y que la introducirá en la alta sociedad
londinense.
La experiencia es un éxito, Elisa aprende a hablar y
comportarse como una dama, la alta sociedad la recibe como una
estimulante novedad, un joven con futuro se enamora de ella y Higgins
gana su apuesta. Sin embargo, Elisa se muestra resentida contra el
caballero por tratarla como un mero objeto de experimentación, con
total frialdad y falta de consideración, y da muestras de aspirar a ser
su esposa.
Pero el lingüista se muestra incapaz de
salir de su frialdad y de su actitud socarrona ante el amor y el
matrimonio. En la obra se muestra la interacción entre la clase baja de
la época y la media. Higgins hace de Elisa un experimento, y tan sólo
la usa para ganar la apuesta. La trata mal, como a una vendedora de
flores. En cambio el capitán Pickerland, la trata como a una verdadera
duquesa y es de él de quien, finalmente, Elisa aprende los modales y
todo lo que Higgins no pudo enseñarle.
En un epílogo no teatral,
Shaw subraya su negativa a conducir la trama al final romántico que
podría esperarse y en lugar de casarse con el lingüista, la florista se
casa con el joven caballero que ha conocido en sus peripecias de alta
sociedad. Gombrowicz, igual que Higgins, se muestra frío y socarrón
frente al amor y al matrimonio, e igual que Shaw, rechaza las
soluciones románticas para las tramas de las obras literarias.
Del mismo modo que Shaw, que miraba desde la
izquierda, Gombrowicz andaba detrás de un libro maestro, pero mirando
desde la derecha. Bernard Shaw recuerda el caso de un amigo suyo que
después de haber leído “Colmillo Blanco” de Jack London, estaba seguro
de que era material y espiritualmente imposible escribir algo mejor,
tanto que había interrumpido todas sus lecturas.
No leyó más.
En un principio Shaw se ríe de él, pero luego reconoce que, al final de
cuentas, todos leemos buscando un libro así, que acabe con las
expectativas de encontrar algo digno de ser leído, que anule la
curiosidad. Un libro maestro. Digamos que el libro maestro resultó ser
para Gombrowicz “Ferdydurke” y que el amor caído es el de la colegiala.
La belleza de Zutka hacía sufrir a Kowalski, al extremo de llegar a
soñar con su destrucción física.
Se empezó a preparar para atacar
la hermosura de la moderna adolescente. Al día siguiente en la cena:
–Zuta, ¿quién es ese muchacho que te acompañó a casa?; –No sé, se me
pegó en la calle; –¿A lo mejor tienes una cita con él? ¿A lo mejor
quieres pasar el week-end con él y quedarte toda la noche? Quédate
entonces; –Como no, mamá. El ingeniero se tomó el atrevimiento de
continuar con las insinuaciones de la Juventona: –¡Claro está que no
hay nada de malo en eso! Zuta, si deseas tener un hijo natural,
¡sírvete nomás! El culto a la virginidad se acabó, es una idea
anacrónica propia de estancieros.
Kowalski
se empezó a imaginar el parto, la nodriza y también una criatura que,
con su calor infantil y con su leche, iba a aniquilar muy pronto la
hermosura de la muchacha, transformándola en una madre pesada y tibia.
Se inclinó de un modo miserable hacia la colegiala y dijo: Mamita. Y de
golpe y porrazo el Juventón se mandó una risotada, algo se le debió
asociar con el cabaret o, quizás, con el desván del género humano.
Las gafas se le cayeron de la nariz al
Juventón que no podía parar de reír: –¡Víctor! Kowalski echó más leña
al fuego: –Mamita, mamita; –Perdón, el ingeniero seguía risoteando,
perdón. La muchacha había sido alcanzada: –Me extraña, Víctor, los
comentarios de nuestro viejito no son nada jocosos; –Mamita, mamita;
–¡Hágame el favor de no meterse en la conversación!
Kowalski,
para consolidarse en su miseria, empezó a chapotear en la compota, le
metía todo lo que tenía a mano y la revolvía con el dedo; –¿Qué
hace?... ¿Por qué el caballero ensucia la compota?; –Yo lo hago así
nomás... me da igual. El ingeniero otra vez chilló con una risa de
cabaret: –¡Es una pose! ¡No comas, Zuta, no permito! ¡Víctor,
impídeselo! La colegiala se levantó y se fue, la Juventona salió tras
ella.
Huían, el risoteo subterráneo del Juventón le había devuelto a
Kowalski la capacidad de resistencia, tenía que aniquilar el modernismo
de la colegiala, rellenándola con elementos extraños como había hecho
con la compota. Sin embargo, el éxito que había tenido en la cena era
dudoso, era más bien un triunfo sobre los padres, la muchacha había
salido sin un daño serio.
Kowalski
se había quedado solo en la casa, tenía que entrar al cuarto de la
colegiala para afearla. Lo único que le llamó la atención fue un clavel
metido dentro de una zapatilla de tenis. Agudizaba su amor por el
deporte con el amor. Asociando el sudor deportivo con la flor
despertaba una atracción hacia su sudor. Tenía que neutralizar el
hechizo de la flor. Atrapó una mosca, le arrancó las patas y las alas,
hizo una bolita sufriente, pavorosa y metafísica, y la puso dentro de
la zapatilla. La mosca sufriente descalificaba todo lo que estaba
dentro del cuarto de la colegiala.
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