La acordeonista
Juan Ignacio Malacrida
Disfrutaba volver una y otra vez, a diario, a verla o tal vez a escucharla y a dejarse envolver en los sonidos artificiales que se dibujaban sutilmente en su fuelle endiablado, quizás, por su color rojo pálido y sin brillo o por el rojo carmesí de la uñas de las pequeñas manos de la acordeonista o, a lo mejor, por el granate de su vestido que no era ni tan largo ni tan corto pero que dejaba ver parte de sus piernas desnudas que acababan en unos delgados pies envueltos en unas aparentemente cómodas sandalias de un color indefinido, quizás, por el paso del tiempo, quizás por la iluminación o quizás por la sombra que se formaba a causa de esta y que también le oscurecía parte del rostro pero le remarcaba sus facciones más interesantes, como su nariz puntiaguda pero pequeña, los contornos de su cara definidos y afilados pero saludables y proporcionados, sus labios rojos pero sin pintar y su pelo negro, lacio, que caía sobre su cara y le tapaba la frente y las orejas, y llegaba hasta sus ojos que estaban cerrados y con muy poco maquillaje, y que demostraban una entera correspondencia con las notas confusas que parecían escaparse del acordeón que ocupaba el centro de la escena pero que no eclipsaba a esa extraña belleza de la imagen completa que consistía en una joven y delgada mujer, sentada, ejecutando el instrumento con actitud indiferente para quien quisiera escucharla u observarla, o mirarla como lo estaba haciendo él en este momento, atento, callado y concentrado en cada detalle de ella, convirtiéndola en una mujer especial, en una mujer muy especial o quizás en la mujer más especial e importante en la vida de él, que siempre volvía para extasiarse de la belleza y de la delicadeza de ella sentada siempre en la misma silla de mimbre corroída por los años pero íntegra y armónica con el escenario de madera despintado y gastado, que alguna vez fue negro y ahora no era más que una mancha en escala de grises y marrones que yacía bajo las pequeñas sandalias de la acordeonista, encerrado entre dos cortinas que en un principio fueron azules y ahora eran dos pedazos de tela descoloridos que contrastaban con la luz que emergía del acordeón en forma de música, en forma de sonido, en forma de libertad imaginaria o quizás por el foco de iluminación que hacía resaltar los dedos de la acordeonista y su fuelle, que se abría y se cerraba como una mariposa en su primer vuelo, que se abría y se cerraba rozándole ocasionalmente sus pechos proporcionados que amenazaban a salirse por debajo del escote de su ajustado vestido granate, que se abría y se cerraba bajo la atenta mirada de ambos, bajo la atenta mirada de ojos cerrados de ella, una mirada espiritual, una mirada de concentración, una mirada de compromiso con el instrumento, con la música y con él, que ahora la miraba también con los ojos cerrados, entrando en comunión con su música, con sus notas, con ella tocando el acordeón para él, solamente para él y para nadie más, solamente para sus oídos para su alma que se fundía con el alma de ella formando un solo espíritu mezclado, indivisible, indistinguible, en meditación eterna, moviéndose y bailando al ritmo de la melodía incorpórea que los envolvía y los liberaba, que los encandilaba y los iluminaba, que los llevaba a volar y los despojaba de todo lo material, como el escenario, las cortinas y la silla de mimbre, y los dejaba flotando en el aire, unidos, conectados a través de cada uno de sus sentidos pero adivinándose y sabiéndose que son dos cuerpos, que ella es la acordeonista y que él es quien la observa en este momento y se enajena con su música y con su belleza que pertenece al mundo de los sueños, al mundo de los sentimientos, al mundo de los recuerdos, que por momentos parecen olvidarse pero que vuelven, que siempre vuelven al mundo en que la vio y la escuchó por primera vez en ese mismo escenario, o al mundo de esa otra noche en que la saludó, y le invitó un trago y ella aceptó, y le dijo que estaba casada pero a él no le importó y la quiso besar en un intento de penetrar su frontera, y ella le dijo que no pero él estaba muy borracho y volvió a insistirle tomándola de la mano, y ella se soltó, lo insultó y salió rápido a la calle, al mundo de esa calle oscura y solitaria en que él la siguió, y la agarró con firmeza de un brazo, y ella se quiso soltar gritando y pidiendo la ayuda que nadie escuchó, y él le dijo que se callara apretándole el cuello cuando ella gritó desesperadamente que la soltara, que por favor la soltara, que le dolía mucho, y la llevó obligada a la negrura de las vías del tren, llorando y gritando con más desesperación porque sabía lo que le iba a pasar en el momento en que la tiró al suelo y le metió una mano por debajo de la ropa, penetrando, ahora sí, en el mundo humedecido de llantos y de sangre en que él le desgarró el vestido granate, hurgando con sus dedos el sudor y la blanca piel desnuda, quitándose el pantalón, penetrándola, haciéndola gritar ya no de miedo sino de dolor, volviéndola a penetrar, otra vez, quebrantando toda su juventud y toda su pureza, golpeándola para que se callara mientras ella forcejeaba, lloraba, gritaba y luchaba contra él, tratando de despertar de la pesadilla que no estaba soñando, tratando de arrancarse las manos que la estaban estrangulando cada vez más fuerte y no cesaban, como la noche, el llanto, el sudor, las penetraciones, la sangre, la carne desgarrada, los golpes, los gritos, las manos, las heridas, las eyaculaciones, la desesperación y la lucha que se cerró en un último aliento sobre ella y en ella, durmiéndola en un vacío oscuro, quieto, silencioso, impregnado en unos labios violetas y azules exclamando un grito mudo y ensordecedor y en unos ojos abiertos de mirada perdida que lo encontraron en su casa a la mañana siguiente, borracho e inconsciente, señalándolo con el dedo, escupiéndolo y humillándolo con las lágrimas de dolor del viudo y del acordeón insonoro que le hizo llorar un océano de lágrimas secas, ausentes e incapaces de regar el cuerpo de ella que se pudría en la sombra de una tumba como la que lo ocultó a él durante veinte años pero que no le pudo esconder la esperanza de volver a verla, la esperanza que le dio la fuerza para escaparse clandestinamente a ese pequeño pero no tan olvidado pueblo del Paraguay, donde pasa sus días mirando, observando y escuchando a ella, a la acordeonista, a su acordeonista que vive inmortalizada, pura, inmaculada y bella en uno de los tantos cuadros que se exhiben en el museo de bellas artes de la capital y que él acaba de disfrutar.
Juan Ignacio Malacrida
Nació el 3 de febrero de 1983 en







































