
Angélica Santa Olaya D. R. ©
México, D. F. noviembre 2009.
PALABRA ESCRITA
Palabra escrita...
grito ahogado bajo el mar de tinta,
solitario susurro de una lengua de papel,
redonda hija del carbón
crecida al amparo de una mano de fuego
y un grillete de hierro en la garganta,
signos que aúllan
en el silencioso desierto
de la página en blanco.
ODISEA A LA ORILLA DE UN POEMA
“Buscamos la poesía; buscamos la vida.
Y la vida está, estoy seguro, hecha de
poesía”.
Jorge Luis Borges
Me aventuro silenciosa
y acaricio el filo de la página
con indecisos apéndices de humo,
mis nervios resucitan al abismo
atisbando la desnuda delgadez
del espacio entre renglones,
olisqueo,
casi a ciegas, casi profeta,
el acomodo de las comas insinuantes,
muerdo el papel con presta mandíbula
para saborear la sutil concisión
del sitio exacto donde pernoctan los puntos,
quiero posar mis tarsos,
apenas insecto, apenas hombre,
sobre las alas batientes de la belleza
y multiplicar en hexágonos multicolores
la hoja donde reposa el disfraz de los instantes,
quiero quedarme ahí
sobre el desierto tatuado de ideas
para descubrir con antena de mil bocas
las dudas que asoman bajo la lupa
con sus dientecillos de tiburón
tendiéndole una trampa a la certeza...
y me quedo esperando
tenazas abiertas
la detención de las pupilas,
el fluir de los escollos entre nieblas
y la fútil sonrisa del vacío
para intentar construir
a la orilla de la incertidumbre
-cigarra que labora sin descanso-
la metafórica respuesta
de mi apenas
penelopéico poema.
LUNAR
Bajo la mirada lunar
un grano infinitésimo de carne
deviene semilla
boca
beso
rechinar de músculos
fulgurar de huesos
las sedientas lombrices
prodigan su parda esencia
en un duelo de orgánica verdad
CINCO RAZONES
A nosotras mismas
y al que le quede el saco.
I
No miento,
podemos llegar al hueso de la tierra socavando el cielo,
multiplicar al predador del pleistoceno,
regurgitar las sobras en dorada placenta
y volver salvas de la cópula infierno-paraíso.
II
Basta ya de aparentar que nuestras piernas
no aman el círculo de fuego,
de dormir avergonzadas con un ojo abierto
anhelando la certeza de otra piel
que alimente nuestros ácaros dormidos.
III
¿Quién dice que esplendemos sólo al parir carne?
También florecemos entre partos y
nos crecen colmillos como estrellas
transitadas por los jugos de la vía láctea.
IV
Quien dijo que blanco es el conejo de la luna
no mira con frecuencia el cielo.
La luna es mujer y a veces sangra
por su propia voluntad.
V
El blanco y el siempre no existen sino a ratos.
El único siempre que conozco es el instante en que lo nombran,
luego huye tras la eme ce al cuadrado.
El único blanco que recuerdo habita una sonrisa de leche
que un día escupe su manto de inocencia.
Suficiente para quitar el dedo de nuestro sol.







































Doy fe de ese conejo ...